Ilustración de Alejandro Cañer

La Habana, 11 de septiembre de 1992

Sr. Jaime Labastida
Director de Plural

Sr. director:

Hemos leído en Cuba, con cierto retraso, el número de julio de la revista Plural, que se presenta como un abordaje “pluralista” de la realidad política y cultural de nuestro país, y aún de su propia historia.

Sin que dejen de estar presentes algunos (pocos) valiosos creadores jóvenes, sorprende, de entrada, la ausencia de escritores de primera línea, de diversas generaciones y tendencias, que viven y trabajan en Cuba, y hubieran podido hacer aportes de gran utilidad en un espacio de análisis realmente plural de nuestro presente, de nuestra cultura y de su vínculo con la sociedad.

La introducción al número, que condiciona desde el umbral el resto de la lectura, y la selección o encargo de los trabajos de carácter ensayístico, sobre todo, establecen una articulación unidireccional de las ideas. Más que un material abierto a la investigación y al debate, muchos textos vienen a ser la ilustración de las premisas ya establecidas en la presentación del número.

En ese trabajo introductorio, titulado “Revolución de la utopía, utopía de la revolución”, usted pasa por temas diversos, que van desde una vaga mención a los cambios en “las condiciones internacionales”, hasta un intento, reduccionista y limitado, de explicar el derrumbe del mal llamado “socialismo real” en Europa, y todo esto con un solo objetivo: presentar una Cuba marcada por las deformaciones y por el propio destino de aquellos países “socialistas”; una Cuba autobloqueada, ajena al contacto con “las ideas más renovadoras del mundo contemporáneo”, condenada, por su terquedad, a fracasar en un proyecto revolucionario que ya ni siquiera merece ese nombre; una Cuba donde “la Revolución de la utopía ha cedido el paso a una revolución que ya no se encuentra en ninguna parte”. La alusión crítica al bloqueo norteamericano, rápida, brevísima, hecha al paso, como si se tratara de algo tan manido, soso y demodé, que no valiera la pena detenerse en ello, se pierde, se disuelve; queda de tal forma neutralizada junto al presunto abroquelamiento de la Revolución, junto a su voluntaria y suicida “insularidad”, junto al galimatías del “dentro”, “fuera”, “todo” o “nada”, que podría, simplemente, no estar.

Nos preguntamos también, cuando usted habla de “las ideas más renovadoras del mundo contemporáneo”, a qué se está refiriendo exactamente. No sabemos si alude a las ya muy viejas leyes del mercado, ahora redescubiertas y propagandizadas sin descanso, o a las recetas del Fondo Monetario Internacional, que el Norte (tan precavido a la hora de aplicarlas) impone en estos tiempos al Sur como vía de redención. No sabemos si está hablando de modelos políticos, o si alude quizás a la tendencia, tan en boga en Europa oriental, de considerar el esquema oligárquico norteamericano como escuela de democracia y pluralismo. Quizás estas “ideas renovadoras” tienen que ver con el optimismo, explícito en su texto, hacia el capitalismo como sistema triunfante, capaz de “desarrollar sus fuerzas productivas en escala creciente” y de seguirlas desarrollando “aún al máximo”. No es el momento de discutir los fundamentos de ese optimismo suyo. Apuntemos solamente que en sus aplausos ante el éxito productivo del capitalismo, faltan algunos datos básicos: el costo social y humano de esa productividad, y las desigualdades y contradicciones crecientes que ese sistema no ha podido resolver, tan obvias para los que vivimos de este lado del planeta.

En realidad, tanto la introducción como todo el montaje de este número de la revista, se adscribe al discurso oficial que, contra todas las normas jurídicas y morales, pretende justificar el bloqueo, el hostigamiento, la saña, las presiones y el chantaje a gobiernos y empresarios que quieren comerciar con Cuba, la implacable persecución de todos nuestros empeños para salir de la crisis. Plural pone ahora su granito de arena en la corriente dominante, en ese discurso totalitario que cuenta con los canales más poderosos de la Tierra para imponerse, que está creando el clima sicológico adecuado para hacer más férreo el cerco y para aumentar la agresividad contra la Revolución Cubana hasta límites imprevisibles. O quizás no tan imprevisibles para quienes conocen un poco la historia de este continente.

Para los revolucionarios cubanos, la palabra “imperialismo” no ha pasado de moda. Mucho menos ahora, cuando esos “cambios en las condiciones internacionales”, han favorecido radicalmente al hegemonismo yanqui, y han convertido a la ONU en instrumento de ese hegemonismo, y le han dejado las manos más libres que nunca. Se puede cerrar los ojos ante tales realidades, queriendo evitar quizás la mala conciencia; pero están ahí, pesando día a día sobre Cuba, y no sólo sobre nosotros.

Confundir nuestra capacidad de resistencia y la voluntad de llevar adelante nuestro proyecto, con una actitud de tozudo abroquelamiento, no sólo es falso, sino injusto. La Revolución Cubana no es una ficción “que ya no se encuentra en ninguna parte”: permanece viva, resistiendo y (a la vez) autorrenovándose, con un apoyo popular que se hace más claro en estos momentos tan difíciles.

Ya ante el cuerpo de la revista, salta a los ojos la parcialidad. Cuatro de los cinco trabajos de carácter conceptual que se incluyen en el número, están escritos por cubanos que residen en el extranjero, y son textos con pretensiones interpretativas que trascienden la cultura y entran de lleno en el terreno de la política. Son de calidad muy desigual, y en algunos apenas se disimula la intención propagandística contra la Revolución Cubana. El seleccionado por Plural de la investigadora Nara Araújo, residente en Cuba, trata de “Marie Chauvet y Maryse Condé: identificación femenina, identidad racial”, por lo que, naturalmente, no representa contrapeso alguno frente a los cuatro restantes.

La selección que se hace para representar la lírica femenina cubana, nos parece reducida, y en un caso, obviamente tendenciosa, ante la poesía que hacen en Cuba desde Dulce María Loynaz, Fina García Marruz y Carilda Oliver Labra, hasta Nancy Morejón, Lina de Feria y Reina María Rodríguez, entre muchísimas otras de indiscutible calidad, de todas las edades y de los más diversos modos de expresión.

Y si se quería indagar seriamente, con rigor y hondura, en “los otros signos de la Isla”, ¿por qué no acudir a los ensayistas que lo han hecho y lo siguen haciendo en Cuba, desde enfoques diversos, y a partir de un verdadero conocimiento de nuestras raíces y nuestras encrucijadas? Desde Cintio Vitier, Roberto Fernández Retamar y Rogelio Martínez Furé, hasta Fernando Martínez Heredia, Luisa Campuzano y Desiderio Navarro, Cuba cuenta con ensayistas que abordan cotidianamente la historia y el presente de su cultura.

Podríamos abundar en el análisis de los textos de crítica y teoría y señalar muchos puntos débiles en ellos; pero pensamos que, por ahora, lo dicho es suficiente.

Nuestra Unión de Escritores y Artistas estaría dispuesta a preparar un conjunto de textos, de pensamiento y ficción, que representen, en toda su diversidad y espíritu polémico, la creación en la Cuba de hoy. Si Plural les da un espacio en sus páginas, se hará evidente la pluralidad que está en la esencia misma de la cultura revolucionaria cubana.

Por otra parte, en el Consejo Editorial de esa revista y en su propio equipo de realización hay personas que en Cuba son muy queridas y respetadas. Para ellas, y para todos los amigos solidarios de México, nuestro abrazo fraterno.

Esperamos, señor Labastida, su respuesta acerca del proyecto que ponemos en sus manos. Le rogamos, asimismo, haga pública esta carta.

Cordialmente,

Miguel Barnet (poeta y novelista), Roberto Fabelo (pintor), José Loyola (compositor), Enrique Núñez Rodríguez (guionista y dramaturgo), Abel Prieto (narrador y crítico), Graziella Pogolotti (ensayista), Humberto Solás (cineasta)

Ejecutivo de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

* Esta carta se publicó posteriormente bajo los títulos “Carta a Jaime Labastida”, Plural, n. 254, noviembre, 1992, pp. 69-70 y “Plural, pluralidad, pluralismo (carta a Jaime Labastida)”, La Gaceta de Cuba, n. 6, noviembre-diciembre, 1992, pp. 39-41.


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