El 11 de septiembre de Belkis Ayón, por el Estudio Figueroa-Vives

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Matrices y colografías de Belkis Ayón, en Estudio Figueroa-Vives (Foto Alba León)

Desde el 11 de septiembre y hasta noviembre de 2019 estará abierta al público, de lunes a viernes y de 10:30 a.m. a 4:30 p.m., en el Estudio Figueroa-Vives, la exposición Torres & tumbas. Esta galería de El Vedado habanero (ubicada junto a la Embajada de Noruega, en calle 21 #303-307, entre H e I) nos propone –según el meridiano catálogo de la expo– “un insospechado paralelo entre momentos históricos, vidas y estéticas” que podrían parecer equidistantes, controversiales.

Tentado por el azar concurrente de las fechas y por la geometría quiral –pero no sólo–, el Estudio Figueroa-Vives ha hecho confluir dos historias, dos líneas de vida (y muerte): la de las Twin Towers destruidas el 11 de septiembre de 2001 y la de la grabadora Belkis Ayón (La Habana, 1967-1999). La biografía de Belkis está marcada por esa fecha en que se suicidó; mientras que su obra se asocia además con la persistente labor por difundirla, desplegada durante veinte años por su hermana, la Dra. Katia Ayón (1964-2019), fallecida el pasado mayo, cuyo quehacer se homenajea con esta expo y queda traducido en muchas de las fotos en loop que se proyectan también en la Embajada de Noruega –como de costumbre, sede asociada al evento.

Dos pares de hermanas se han entrelazado aquí, y la disposición hacia lo doble, hacia el portarretrato, se multiplica al menos par de veces más, puesto que el acercamiento al 9/11, que es el eje clave numérico articulador de la exposición, ocurre también a través de dos artistas del lente. Junto a los videos de las transmisiones de las cadenas televisivas estadunidenses que dieron cuenta del siniestro y a las cubiertas de las revistas del país que circularon por estos días allí, las imágenes fotográficas que podemos contemplar fueron capturadas por Janis Lewin (Connecticut, 1949) y José Figueroa (La Habana, 1946), justo en las jornadas del tristemente célebre 9/11. Ambos se hallaban en New York el día del suceso, como asistentes a la exposición Shifting Tides: Cuban Photography after the Revolution, y se dice que estas piezas son sólo “la punta del iceberg” de lo que allí pudieron ver y documentar, ya que las series completas nunca han sido expuestas.

En Torres & tumbas pervive, pues, el alto contraste de los espacios citadinos vaci(ad)os o atestados de gente, aniquilados (urbe y hombres) por los terrores. Figueroa se dejó impactar otra vez –como en sus trabajos de corresponsal de guerra en Angola y en su estancia en la RDA de la caída del muro– por las enormes áreas cosmopolitas de New York, ciudad de suyo generalmente vivaz, de veloces dinámicas poblacionales. Sus túneles, puentes, avenidas, “esquinas emblemáticas” despojados de sus acostumbrados ruidos y del hormigueo cotidiano. Estado de ánimo impensable en la reina del skyline y de los traffic jams. Zonas cero, desinfladas, con la respiración casi cortada o reanimada apenas por el bocaboca de los flashes y la jauría de sirenas.

Como subraya la curaduría, al pe(n)sar a uno y a otro artista, Janis Lewin, proveniente de Queens, con sus inmigrantes y obreros, exploró –a diferencia de Figueroa–, horizontalizando la mirada y estableciendo vínculos (más allá de religiones, clases, razas o procedencias), el impacto del 9/11 entre los habitantes de esa “ciudad vertical”. Las víctimas de los flyers, los familiares de los missing, los bomberos rescatistas, los transeúntes desconocidos, encontrándose, envueltos y d/revueltos por ese masivo sentimiento de pavor y desamparo que los atravesó como a las Torres –bombardeados a su vez por los hechos y por las dimensiones que se les dio en los medios.

Así “los mensajes de liberación contenidos en las obras de Belkis Ayón” pretenden ser abordados por Torres & tumbas más allá de las clasificaciones antropológicas y religiosas que han rodeado ese corpus. De ahí, en parte, que tales mensajes se hayan hecho acompañar por las imágenes de los luctuosos hechos de ese 9/11 que, como hace notar el catálogo, “marcan el inicio de una etapa superior de violencia, miedos, laceraciones y segregaciones, detonada por la caída de unas torres que parecían eternas”. Desastres individuales y desastres de dimensiones inenarrables, estruendos y caídas, implosiones y explosiones son reunidas por la mirada del Estudio.

En cuanto al devenir artístico de Belkis Ayón, los galeristas han vinculado en la exhibición videos, bocetos, fotografías y grabados ya vistos en muestras internacionales. Por ejemplo, se ha retomado en parte la expo Nkame, curada por Cristina Vives, que dio fruto como publicación en un “catálogo razonado” que editó Turner en Madrid, en 2010, y que como muestra circula desde 2016 por museos estadunidenses con excelentes críticas. Otro tanto ha sido con piezas de la expo Sostenme en el dolor (Alemania, noviembre de 1995), que fue dotada de nombres dobles por Belkis, en alusión a la religión católica y en diálogo con la Abakuá, en la que se sumergió en pos de revivir el via crucis de un alter ego, su doble, la princesa Sikán.

A mi juicio, sin embargo, lo que más singulariza la exhibición actual, su acierto más contundente, es la exposición de las matrices, que –junto a los materiales audiovisuales– nos dejan bojear de otros modos los meandros existenciales y creativos de la artista. De un lado se contemplan, junto a diversas colografías, algunas matrices que tienden a lo rectangular: La familia, Niloro y Sikán, o Perfidia, pieza compuesta para dar vida a una obra que se colocaría en una esquina y que abarca, como proyecto en bisagra, dos trozos de pared –como un relicario, me digo fascinada por la persistencia del doble en la exposición–. Del otro –y son para mí la guinda del pastel–, tenemos ante nosotros seis obras circulares en espejo (¿seis relicarios?), es decir, doce piezas (¿doce testigos?); ya que seis colografías de 100 x 75 cm son expuestas con sendas matrices –o viceversa– casi a la entrada del Estudio, donde la pared se curva suavemente, como invitando a (ad)entrar(se) cada vez más.

¡¡Déjame salir!! (1997), Acoso, My Vernicle o la honda herida, My Vernicle o yo no te olvido, My Vernicle o tu amor me condena (estas, de 1998) y Temores infundados (1999) nos dejan al descubierto la magia de los materiales (cartón y papel, papel lija, carborundum, barniz y gesso: tiza, yeso, pigmentos) que dieron vida a estas imágenes de Belkis Ayón. Si el espesor de las texturas y los elementos dispuestos con fuerza y primor subyugan, lo que más me perturba, sin embargo, es la sensación de que estamos ante algo vivo y visceral. Como si del vientre de la artista se hubieran desprendido ante y para nosotros estas placentas, entintadas en sangre, presumiblemente pegajosas, húmedas aún al tacto, palpitantes todavía.

En el recinto de Noruega se pueden contemplar otras piezas notables, a la par que numerosas fotos que siguen los pasos de Belkis Ayón, desde San Alejandro en 1986 hasta agosto de 2019, poco antes de su muerte. Así, varias colografías (Sikán; Abasí, sálvanos; ¿Arrepentida?; La sentencia; El señor del secreto); los dibujos –en probidad los bocetos– de algunas obras: una s/t que se identifica como “Sikán con chivo” y los esbozos de La sentencia y ¿Arrepentida?, etcétera. Sobresalen las pocas piezas que llevarían colores vivos –por cómo fueron soñadas con crayolas o lápices, aunque, a ciencia cierta, nunca se imprimieron–, las únicas que se escapan del blanco y negro que reconocemos en tanto marca de estilo de la artista, sumada a la mirada penetrante, ojos bien despiertos, de sus figuras –un wake up y un go deeply que vienen de su propia mirada.

Destacan las fotografías donde ella trabaja (entinta, hace girar la rueda de la prensa) en dos de los grandes grabados que se observan en la Embajada. Se trata de un par de colografías sin título de tamaño semejante, entre las que impresiona vivamente la identificada de forma tentativa como “Mujer quitándose la ropa” por su llamado a la liberación y al desenmascaramiento, a desembarazarse de atuendos que se nos antojan a un tiempo presiones individuales y sociales, familiares y genéricas, religiosas y políticas.

Otro material audiovisual redondea la muestra dedicada a Belkis, el video de 2017 de la curadora suiza Inés Anselmi que aprovecha el material de una entrevista hecha a la grabadora en el año de su fallecimiento. Escucharla y verla moverse, interactuar con los significados intrínsecos y con la simbología que emana de su obra, o establecer sus vínculos explícitos con El Monte (1954), de Lydia Cabrera, nos abre al imaginario de una artista consecuente, que más bien intentó dialogar de tú a tú con la herencia cultural afrocubana desde una perspectiva liberadora para el individuo y, en específico, para la mujer.

En el Estudio Figueroa-Vives confluyen exposiciones transitorias con los gabinetes de varios creadores que exhiben allí desde la Bienal de Arte pasada (abril-mayo de 2019), como Lorena Gutiérrez, Alejandro González, Jacqueline Maggi, Alejandro Campins, Alexandre Arrechea, Fidel García y otros que cedieron su espacio a la de Belkis esta vez. Siempre es estimulante seguir las narrativas y entrar en el rejuego metafórico, en la ilusión dramática de lo que propone Cristina Vives. Un modo de mostrar arte ensayando sobre él, al catalogarlo, al introducirlo con elegancia e ingenio para principiantes y entendidos.

En 2012, estimulada en parte por Nkame. Catálogo razonado de Belkis Ayón, la escritora Soleida Ríos (Santiago de Cuba, 1950) le rindió tributo a la artista, entrelazando su muerte con la del poeta Ángel Escobar, en un libro que soñó para una treintena de mujeres, El retrato ovalado. En el texto “La sentencia / Expediente Ayón”, Soleida recorre, con su tenaz pericia experimental, los nombres y las descripciones de las piezas catalogadas, como si se trataran de los mensajes grabados (en tinta y voz) que Belkis nos fue dejando. La escritora concluye: “Septiembre 11. ¡¡¡Es hora!!! Ahora / lo Mínimo, lo Seguro. El Instante. Amo los metales, amo la velocidad, amo la risa. La risa me sacudirá, esta risa convulsa me llevará al Lugar”.

El lugar para encontrarnos con Belkis, ese donde las fotos nos devuelven no sólo sus ojos, sino su boca muchas veces riente, aquella que nombró con tanta fuerza lo que parió/lo que partó, sigue siendo construido. En el Estudio Figueroa-Vives hay abierta una puerta –y un balcón.

 

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JMR
Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David, 2008), Primaveras cortadas (México D. F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016), País de la siguaraya (Premio Nicolás Guillén, 2017), y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015), Para empinar un papalote (San José, 2015) y JamSession (Querétaro, 2017). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier, 2012), cuyos títulos ha reditado, compilado y prologado para Cuba y Argentina. J. Medina Ríos como editora y JMR para Rialta Magazine. Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado sobre el ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Nadadora, filóloga, ciclista, cometa viajera; aunque se preferiría paracaidista o espeleóloga. Integra el staff del proyecto Rialta.
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