Edgar Ariel (FOTO Abel Rojo)
Edgar Ariel (FOTO Abel Rojo)

Por alguna razón cuando estoy muy triste, a veces, miro a los ojos de las otras personas y no digo nada. A veces mis ojos, cuando estoy muy triste, son dos líneas. A veces los párpados superiores caen solos, como dos láminas de acero. Acero que al caer decapita. A veces cuando estoy muy triste hablo y hablo y hablo y al final no sé lo que digo. A veces esa tristeza viene de un doble fondo al que ni siquiera yo tengo acceso. O sí, pero solo a veces. A veces una palabra dicha de una manera; una palabra dicha detrás de otra palabra; una palabra no dicha; una palabra más alta o más baja; dicha en la sala o en el baño; al oído o tres metros más allá; una palabra corta o larga; una palabra que me roza, a veces, me pone triste. Por alguna razón, a veces, esa palabra es hermana, o distancia, o soledad. O amor. A veces esa palabra es amor. Pero solo a veces. Por alguna razón cuando estoy triste recuerdo que he estado triste otras veces y paso un rato dentro de esas otras tristezas. La tristeza todas las tristezas. La tristeza es como soñar; soñar con el dolor. Una tarde una amiga de mi madre llegó a la casa. Mi madre le brindó café. Yo, por casualidad, salí de mi cuarto, ni sé para qué. No salía nunca de mi cuarto. Y menos si había visita. Mi familia sabía que estaba vivo porque, a veces, me escuchaba gritar. Los libros me hacían gritar. Yourcenar me hacía gritar. Cortázar me hacía gritar. Duras me hacía gritar. Hugo me hacía gritar. Woolf me hacía gritar. Lorca me hacía gritar. Carpentier me hacía gritar. Bolaño me hacía gritar. Gritaba y me daba golpes en las piernas y mi familia creía que yo no estaba bien. Pero yo estaba bien. Estaba solo repitiendo, una y mil veces, un nombre: Antínoo. El cuerpo marfileño del esclavo de Bitinia / Se pudre / Entre el légamo / Verde / Del Nilo. La amiga de mi madre, al verme, dijo con sorna que una tarde, hace unos días, la otra semana, me había visto por su casa cabizbajo. Un poco triste fueron sus palabras. Que no. Que nunca mirara hacia el suelo. Que hay que levantar el mentón. Me dijo. Quiso darme una lección. Pero al verla me dio tristeza porque vi en sus ojos tristeza y porque sabía que su vida era un pozo. No de tristeza. No. De algo más que no tiene nombre y que, a veces, llamamos tristeza, porque sí y porque no hay palabras para todo y porque hay tristezas, como hay fiestas, y dolores, innombrables. Por alguna razón cuando estoy muy triste camino sin parar y llego hasta El Retiro. Ayer mismo me senté en un banquito cerca de la puerta del Ángel Caído y pensé que este es mi primer otoño en Madrid, mi primer bosque amarillo, mi primera ciudad encendida en Navidad. Por alguna razón, a pesar de mi tristeza, sentí un extraño placer en pensarme primerizo frente al otoño y frente al jardín. Por alguna razón, a veces, estoy triste, estoy tan triste.

Colabora con nuestro trabajo
Somos una asociación civil de carácter no lucrativo, que tiene por objeto principal la promoción y fomento educativo, cultural y artístico. En Rialta nos esforzamos por trabajar con el mayor rigor profesional en la gestión, procesamiento, edición y publicación de los contenidos y la información. Todos nuestros contenidos web son de acceso libre y gratuito. Cualquier contribución es muy valiosa para nuestro futuro.
¿Quieres (y puedes) apoyarnos? Da clic aquí.
¿Tienes otras ideas para ayudarnos? Escríbenos al correo [email protected].
Edgar Ariel Leyva González (Holguín, Cuba, 1994). Periodista, investigador y crítico de arte. Máster en Estudios Teóricos de la Danza (2020) en la Universidad de las Artes de Cuba (ISA) y Licenciado en Periodismo (2018) en la Universidad de Holguín. Es egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Actualmente investiga sobre la configuración de la estética poscrítica en Cuba. Forma parte del Staff de Rialta.

Deja un comentario

Escriba su comentario...
Por favor, introduzca su nombre aquí