'Los antagonistas', Ramón Alejandro, 2022, acrylic on canvas, 36 x 60 in
'Los antagonistas', Ramón Alejandro, 2022, acrylic on canvas, 36 x 60 in

Entre todas las cosas que pueden contemplarse bajo la concavidad de los cielos, nada hay que excite más el espíritu humano, que embelese más el sentido, que horrorice más, que provoque más terror o admiración entre las criaturas que los monstruos, prodigios y abominaciones con que vemos invertidas, mutiladas y truncadas las obras de la naturaleza.
Pierre Boaistuau, Histories prodigieuses, París, 1561

I

La idea de estimular los sentidos a través del arte es tan antigua como la propia creación. A lo largo de la historia, el desarrollo de la pintura se ha regido por cánones que condicionan y coartan la originalidad y, por tanto, las expresiones de la vida. La imaginación y la libertad creativa de los cuadros de Ramón Alejandro son una evasión de estos cánones, un elogio de los sentidos y una oda y expresión de la vida.

Hombre de otra época, Ramón Alejandro ha construido su destino a partir del azar; con sus cuadros intenta seducir y engañar ante el asombro que le produce la vida.

Venus estaba casi totalmente iluminado por el Sol durante un eclipse solar lunar, el 16 de febrero de 1943, cuando Alejandro nació en Cuba, bajo el signo de Acuario, en el seno de una familia de inmigrantes españoles católicos de clase media que habían llegado a la isla durante la guerra por su independencia. Creció siendo el menor de cinco hermanos. En 1952, cuando solo tenía nueve años, murió su madre. Este acontecimiento marcaría su sentido de la independencia y la autodeterminación. Con el tiempo, Ramón Alejandro se convirtió en un consumado artista autodidacta con un conocimiento cultural enciclopédico.

A finales de 1960, a la edad de diecisiete años, apoyado por su padre e informado por sus lecturas de política y literatura, abandonó la isla rumbo a Argentina para vivir brevemente con la familia de su hermana mayor, tras un breve romance ideológico con la Revolución cubana. Aún no había terminado el bachillerato. En los tres años siguientes, Ramón Alejandro tomó clases independientes de arte en Buenos Aires y Montevideo, viajó a Uruguay, Brasil y España. En el verano de 1963, él terminó viviendo en Francia. Animado por amigos argentinos y una profesora de arte uruguaya, se fue a explorar su curiosidad por la vida, siguiendo las oportunidades infundidas como sueño de infancia (por su tío materno, amante del arte) de convertirse en artista.[1]

Aquellos primeros años que vivió en París fueron para Ramón Alejandro un período de intensa actividad, de exploración y de una imparable búsqueda de sí mismo sobre la que fue construyendo su persona, y afirmándose a través del descubrimiento de sus esencias. Esta fue una época en la que estudió con pasión la cultura francesa y se adentró en la clandestina vida homosexual parisina.

Durante su infancia, Alejandro había estado rodeado de copias de maestros clásicos del Museo del Prado de Madrid, pintadas por su abuelo materno antes de que se fuera a Cuba a pelear en el bando español en la guerra de independencia de la isla. Estas copias moldearon su gusto, haciendo que el arte de su época le resultara poco atractivo. En París, visita ávidamente los museos y aumentó su admiración por la pintura de los grandes maestros, aunque entonces “no se atrevía a pintar por miedo a no poder hacer nada a su nivel”.[2]

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Alejandro se sintió impactado y conmovido por la antigüedad grecorromana, por las catedrales románicas y por el Renacimiento florentino: “Ni siquiera perdonaba al estilo gótico y mi repudio del barroco era total. Ni hablar de la abstracción ni de la modernidad en general. Todo el arte de vanguardias del siglo XX me parecía una siniestra conspiración para quitarme los maravillosos juguetes que para mí eran el dibujo, la perspectiva y el claroscuro de los pintores renacentistas italianos y flamencos”.[3]

Por entonces, Ramón Alejandro se incorpora al taller de grabado parisino del artista francoalemán Johnny Friedlaender (1912-1992), donde entabla amistad con Alighiero e Boetti (1940-1994), artista conceptual italiano. A través de un conocido del taller, conoce al artista cubano Roberto García York (1929-2005). También trabajó como copista ayudante del pintor homoerótico griego de fama internacional Yannis Tsarouchis (1910-1989), con quien aprendió y perfeccionó sus técnicas pictóricas.[4]

Ramón Alejandro, como artista emergente que exploraba su camino en las artes, fue capaz de establecer sólidas conexiones dentro de la élite del mundo artístico parisino. A menudo, este entramado estaba vinculado a un importante grupo de intelectuales, muchos de los cuales eran homosexuales que le abrieron las puertas a Alejandro. Bernard Minoret (1928-2013), un homme de lettres, esteta y escritor discretamente gay, con el que vivió ocho años, le presentó en su salón a intelectuales y personajes que impulsaban el gusto francés. En él muy pronto conoció a una de las más célebres anfitrionas y mecenas parisinas de las vanguardias desde los años veinte, en particular del surrealismo, Marie-Laure Bischoffsheim, Vizcondesa de Noailles (1902-1970); así como al escritor, esteta, filósofo y padre del estructuralismo Roland Barthes (1915-1980), quien se interesó por su pintura y su persona.

'L’ange à la fenêtre', Ramón Alejandro, 1976, oil on canvas, 42 x 29 in
‘L’ange à la fenêtre’, Ramón Alejandro, 1976, oil on canvas, 42 x 29 in

Más tarde, apoyado y animado por Roberto García York, su recién exiliado amigo, Ramón Alejandro cambió las herramientas del grabado por las de la pintura. A través de su amistad con García York, coincidió en la Casa Cuba de la Cité Université de París con varios jóvenes intelectuales cubanos, algunos becarios del gobierno revolucionario que se convirtieron en figuras clave más tarde en su vida, entre ellos el cineasta Néstor Almendros (1930-1992), el escritor y poeta Severo Sarduy (1937-1993) y el pintor Jorge Camacho (1934-2011).

Fue también en el salón de Minoret donde Ramón Alejandro conoció a Catherine Blanchard (1952-1993), librepensadora y fascinante mente artística de la que se enamoró, y con la que más tarde se casó y tuvo dos hijos. Catherine le sirvió de apoyo, se convirtió en su compañera de aventuras, y lo ayudó a centrarse en sus creaciones hasta su desafortunada muerte prematura.

II

Il faut travailler, sinon par goût, au moins par désespoir, puisque, tout bien vérifié, le travailler est moins ennuyeux que s’amuser.
Charles Baudelaire[5]

A lo largo de los años sesenta y entrados los setenta, la obra de Ramón Alejandro, que poco a poco se fue enfocando exclusivamente en el dibujo y la pintura, se centró en la concepción hipotética de una arquitectura sensorial, invadida por un culto a lo mecánico y construida como una oda a la maquinaria. Sus creaciones de máquinas imaginarias sin alma, que Ramón Alejandro llamaba “aparatos”, solían representarse flotando o volando sin suelo ni base en la que apoyarse, quizás como recreación metafísica de sus inquietudes religiosas y filosóficas. Como sugirió Roland Barthes, su concepción de estas estructuras en su pintura edificó una cosmología sobre y acerca de la mecánica de la agresión. Prevalece la idea de que estos aparatos se asocian comúnmente a la cultura del dolor como fuente de placer.

Los seguidores de la astrología podrían asociar esta representación de las fuentes del dolor a su signo zodiacal, Acuario. Aunque creció con una educación católica, Alejandro se interesó más tarde por el hinduismo y el budismo, búsquedas que estaban conectadas y determinadas por importantes acontecimientos personales en su vida.[6] Mientras transitaba por esa senda, sucumbió a la lectura y el estudio de los escritos de doctrinas metafísicas orientales del autor francés René-Jean-Marie-Joseph Guénon (1886-1951), seguidor de la pedagogía hindú. [7]

Estas máquinas de Ramón Alejandro se asemejan a la estructura arquitectónica de los vimănas, palacios voladores de la mitología hindú, tronos o carros utilizados por los dioses para recorrer largas distancias en poco tiempo, y que se movían a través de la energía natural de los chakras.[8]

Después de unos años viviendo en París y siguiendo su firme decisión de convertirse principalmente en pintor, creó el primero de estos aparatos, Ce n’est pas du Louis XV (Este no es Luis XV) (1968), que fue calificado con desdén por uno de sus conocidos como un “objeto heteróclito”. Esta pintura, y sobre todo la intención que le dio con su título, fue la declaración de un artista que estaba incursionando en nuevos territorios, como pintor y dentro de la vida cultural en Francia, el nuevo país que había elegido.

Aunque estas estructuras parecen haber sido construidas como posibles máquinas de tortura, los humanos están visiblemente ocultos, pero no ausentes, ya que estos artefactos parecen haber sido construidos por y para ellos. La idea de agresión y aislamiento que transmiten estas estructuras se ve reforzada por lo que era, en este momento, la paleta cromática de Alejandro, típicamente limitada, en los años sesenta y principios de los setenta, se reducía habitualmente a dos valores, uno para el aparato y otro para el fondo plano. A lo largo del tiempo, el número de matices que utiliza aumentará.

De acuerdo con Ramón Alejandro, algunos de sus intereses e inspiraciones en la creación de estos aparatos fueron provocados por un ensayo sobre el surrealismo escrito para una notable exposición en la Galerie Charpentier por el escritor franco-americano Patrick Waldberg (1913-1985). Él descubre el ensayo mientras estaba en Montevideo, más tarde en París conocerá a Waldberg en el salón de la Vizcondesa de Noailles.[9]

Al mismo tiempo, estas estructuras también podrían asociarse directamente con algunos de sus lujuriosos recuerdos juveniles habaneros de tempranas exploraciones sexuales con un joven vecino. En sus recuerdos, el vecino, para provocarle y seducirle antes de los encuentros sexuales, siempre creaba un cuento en el que un “cero de luna” (como lo llamaba su amigo), un artefacto de aspecto redondo, sobrevolaba a menudo los cielos de las noches de plenilunio. Alejandro recuerda aquellos días: “Me complacía estudiar mis percepciones, me acostaba sobre mi cama y escuchaba el silencio hasta creer oír la música de las esferas celestes en un crepitar muy sutil que parecía surgir de mi propio tímpano”.[10]

Hoy día, Alejandro concibe esta estructura voladora mencionada por su vecino como su primer encuentro con una vimăna, que tomó forma en su mente como artefacto construido con una base de formas geométricas simples.[11]

Todos estos trabajos se desarrollaron en medio de la aislada realidad de Ramón Alejandro, que vivía entre la utópica élite intelectual francesa y personas que centraban sus intereses en la historia de sus antiguas familias, mientras en las calles de París tenían lugar revueltas estudiantiles y se luchaba por la independencia y la descolonización de los países del tercer mundo.

A finales de 1969, Roland Barthes escribió que “las máquinas de Alejandro son a la vez intransitivas e insubjetivas; de este modo decepcionan la gramática de la representación con más eficacia que cualquier imaginación surrealista […] porque Alejandro es pintor, nos obliga a leer sus máquinas por segunda vez y a operar en nosotros la decepción de la decepción”.[12] Ejemplos cargados de poesía de esos momentos en su obra son El silenciario (1967), Dioscusos (1972) y L’ange à la fenêtre (1976).[13]

'Dioscusos', Ramón Alejandro, 1972, oil on board, 24 x 20 in
‘Dioscusos’, Ramón Alejandro, 1972, oil on board, 24 x 20 in

Esta atención a las estructuras / vimănas ha mantenido su presencia en la obra de Ramón Alejandro hasta la actualidad y parece mimetizarse viajando a través de la extensión de su cosmología. En los años sesenta, sus cuadros representaban a menudo estructuras solitarias que levitan y suelen ocupar todo el espacio pictórico, mientras que en los setenta se centró en representar secciones aisladas o partes de ellas que flotan. La década de los setenta fue también una época en la que estas máquinas evolucionaron simplificándose hasta convertirse en partes individuales más agresivas, o quizás en instrumentos construidos para agarrar, sujetar y desgarrar. No hay dudas que estos lienzos que reproducen aparatos suspendidos en el aire son reflejo de un intrincado viaje de reflexión y búsqueda personal. Estas pinturas son testigos de su exploración interior, que se reorientó cuando conoció a Catherine Blanchard y empezó a vivir con ella. No fue hasta la década de los 80 cuando Alejandro comenzó a situar estas estructuras en paisajes imaginarios, en algunos casos en bosques rocosos terrosos, en otros, en escenarios con perspicaces tintes metafísicos.

Entre los cuadros representativos de este momento de su carrera figuran El nyctámero (1981), L’ entrée d’un long chemin (La entrada de un largo camino) (1982), Tout au bout d’un long chemin (Al final de un largo camino) (1983) y Le nature du désir (La naturaleza del deseo) (1984). En sus escritos, Ramón Alejandro se refiere a estos paisajes con máquinas pintados en la década de los ochenta como “paisajes metafísicos de resabios celtas”.[14] Se inspiró en antiguas construcciones celtas y neolíticas como Stonehenge, en Inglaterra, y en otras (como Dólmenes y Menhires) encontradas en Asturias, la región de España de la que es originaria su familia paterna.[15]

'El nyctamero', Ramón Alejandro, 1981, oil-canvas, 39 x 51 in
‘El nyctamero’, Ramón Alejandro, 1981, oil-canvas, 39 x 51 in

III

Tengo los ojos como linternas, tengo la boca como un farol, se han encendido todas las fibras que llevo dentro del corazón. Allá va Candela.
Ramón Alejandro[16]

Fue durante un viaje a Caracas, en 1988, invitado por la prestigiosa marchante Cecilia Ayala (1926-2008) para exponer en su Galería Minotauro, cuando Ramón Alejandro se reencontró por primera vez desde su salida de Cuba con un paisaje tropical similar al de su juventud. Tras el viaje, el paisaje y sus frutos se abrirían paso en sus pinturas. En sus obras introdujo estos nuevos temas con elementos de la tradición occidental, como la pintura francesa, trabajándolos a menudo a través de las composiciones.

“Años después cuando regresé de Caracas”, recuerda Ramón Alejandro, “me puse a pintar en París las frutas que me había comido en Venezuela. Empecé con ese tema y pintaba todas las tardes. Por las mañanas me iba al Louvre a estudiar sobre todo la composición de los grandes cuadros de Nicolas Poussin”.[17]

En su pintura, los aparatos / vimănas son artefactos rígidos que brotan de la luz; vuelan, flotan y coexisten en un ethos metafísico. Mientras tanto, las frutas, que representan el orden natural, son reproducidas a menudo ofreciendo sus pulpas frescas, que él ha experimentado en carne propia, ingiriéndolas. De este modo, Ramón Alejandro enlaza dos formas diferentes de acercarse al goce, a través de la mente y a través del cuerpo. La mutación de su aproximación a lo sensual pasa de una perspectiva exterior, mental y filosófica, a otra interior, gustativa, sensorial y táctil. Al hacer este giro, él vuelve a acercarse a la sensualidad ya explorada con los aparatos, mediante nuevos elementos y desde un nuevo punto de vista.

Tema que le sigue cautivando hoy día, como demuestra en sus últimos cuadros de 2022: Vértigo, Amanecer, Cazador de nubes, Retorno a los fantasmas del pasado, Los navegantes, Los hermanos enemigos y Algunas maneras en que la madre naturaleza va organizando la materia.

Ahora bien, como advertía Barthes, para evitar “la decepción de la decepción” de Ramón Alejandro, es esencial visitar las obras por segunda vez. A primera vista, los cuadros parecen dioramas escenográficos con tintes surrealistas, pero con estos paisajes llenos de frutas está escribiendo, creando una narrativa, contando desde la introspección breves historias que articula con sus herramientas pictóricas. Los elementos compositivos de sus cuadros no son el resultado de un simple ejercicio de acumulación; son pistas y signos, portadores de significado derivados de su propio itinerario personal.

'Los navegantes', Ramón Alejandro, acrylic on canvas, 36 x 60 in
‘Los navegantes’, Ramón Alejandro, acrylic on canvas, 36 x 60 in

Tradicionalmente, estas frutas caribeñas se utilizan también como ofrendas a divinidades religiosas populares y, en sus cuadros, en ocasiones la conversación deriva hacia las religiones afrocubanas, las cuales Ramón Alejandro experimentó de cerca durante su juventud en el culturalmente diverso barrio habanero de La Víbora. Él comenzó a representar algunas de estas deidades, como en el caso de Olokún (1996), como un enigmático molusco en una playa con velas extinguidas en su regazo. Esta diosa vive en el mar, y en Cuba, en la Regla de Osha se asocia con Yemayá o la Virgen de Regla.

En ocasiones en sus pinturas, las conversaciones en torno a las religiones afrocubanas se construyen usando como referencias patakines para crear narrativas internas de representación.[18] El trasfondo religioso es examinado a través de una visión modernista que utiliza elementos y objetos cotidianos con carga simbólica para comprender y deleitarse con la seducción, la propia religiosidad y los procesos subyacentes de la vida. En su narrativa pictórica a menudo alude y toma como instrumento los misterios de los lenguajes que conoce, que introduce para construir y solidificar la poética de su iconografía. Al mismo tiempo, la construcción de su propia narrativa no está exenta del sentido del humor, que en sus creaciones se construye a partir de la ambigüedad del azar.

Este enfoque, que da la impresión de una selección aleatoria de elementos, ha llevado a calificar a Ramón Alejandro de neosurrealista; pero, aunque su obra bebe de fuentes surrealistas, esto no significa que él pretenda o tenga la intención de seguir el canon. En esencia es el resultado de su visión pasional. Al mismo tiempo, es una pintura que pretende seducir y engañar; tiene el propósito de captar la mirada y la atención, de abrir caminos ya sean de recuerdos popularmente compartidos o de remembranzas íntimas. En conjunto, sus cuadros, todos ellos, parecen ser la materialización de posturas; están intrínsecamente sobrecargados de una sensualidad que roba la atención y exige el reconocimiento de los ojos. Se tratan de expresiones fulgurantes de su vanidad, que no revela en su cotidiano porte personal.

'Cazador de nubes', Ramón Alejandro, 2022, acrylic on canvas, 24 x 36 in
‘Cazador de nubes’, Ramón Alejandro, 2022, acrylic on canvas, 24 x 36 in

Ocasionalmente, en sus lienzos su interés por la narrativa se extiende al verso, que utiliza como medio para explorar el diseño gráfico con intrincadas inscripciones caligráficas, dejando anotaciones laberínticas que engalanan la mística de las obras al tiempo que se convierten en puntos de referencia e información. Estas anotaciones se realizan con líneas monocromáticas simples que fluctúan en grosor, a menudo en negro o rojo, y que edifica creando complejas formaciones compositivas. La mayoría de las veces estos comentarios están compuestos por el título del cuadro más otros apuntes como frases populares, sus propios versos y poemas, o indicios de sus fuentes de inspiración. En el modernismo cubano, el uso de estas densas líneas como instrumentos composicionales se remonta a la obra de Amelia Peláez, que las utilizó magistralmente en sus cuadros.

Indudablemente, su intención de crear narraciones a través de la pintura podría asociarse a su afición e interés por la literatura, así como a su estrecha relación con escritores y poetas, especialmente los residentes en París, y algunas figuras punteras del boom literario latinoamericano de los años sesenta y setenta. No obstante, a lo largo de los años, Ramón Alejandro ha mantenido una activa y polifacética vinculación con el mundo editorial, al ser escritor, y, con frecuencia, ilustrar publicaciones, realizar libros de artista e incluso fundando su propia editorial. Entre las editoriales internacionales con las que ha colaborado se encuentran, en Francia, Fata Morgana, Les Cahiers des Brisants, Le Polygraphe, y Éditions Deleatur; en Estados Unidos Ediciones Universal; en España, Alianza Editorial y Aduana Vieja; y, en México, Arte de México.

'Hermanos enemigos', Ramón Alejandro, 2022, acrylic on canvas, 36 x 48 in
‘Hermanos enemigos’, Ramón Alejandro, 2022, acrylic on canvas, 36 x 48 in

IV

La libertad ha sido siempre mi mayor pasión.
Ramón Alejandro [19]

La obra de Ramón Alejandro representa espacios abiertos, de esa forma, respira y transmite libertad creativa. Captura el momentum anecdótico de un trayecto, sus cuadros no siguen el canon surrealista, sino que exploran su propia narrativa. En general, da la impresión de que cada pintura es un instante arrebatado de un viaje vital. A lo largo de todo este tiempo, él ha sido capaz de crear y definir una cosmología propia que florece como resultado de la intersección de su pasado cultural con su experiencia vital.

Su línea cosmológica no se preocupa en por qué decir sino que se ocupa en cómo hacerlo, así explora las habilidades que la vida le ha dado adentrándose en sus misterios. Pintar es para Ramón Alejandro un juego que le ha permitido buscar el placer inmediato; o sea, distraerse de la ominosa conciencia de la falta de sentido inicial, que lo impulso a dibujar para escapar de la existencia misma. Busca sufrir menos dentro de la imprevisibilidad de vida, Alejandro va componiendo rompecabezas mentales que lo distraen de las angustias cotidianas. Su aspiración ha sido “cantar la euforia del vivir que a veces de tan fuerte que se siente duele en el pecho. La exaltación de la pulsión de vida que sostiene al universo, su fuerza descomunal, es eso lo que yo quiero pintar. Eso es lo que yo llamo el Misterio.”[20]

Explorar la sensualidad, es para Ramón Alejandro, incidir y sondear en los misterios de vida. A medida que progresa va indagando en la sensualidad propia, en la ajena, en la que nos asocia, unifica y desmiembra. Así, de los misteriosos aparatos / vimănas a las frutas tropicales hay un recorrido que se mueve de lo metafísico a lo afectivo, de lo especulativo del mito a lo fehaciente táctil, con referentes de olor y sabor.

'Algunas maneras en las cuales la madre naturaleza va organizando la materia', Ramón Alejandro, 2022, acrylic on canvas, 24 x 30 in
‘Algunas maneras en las cuales la madre naturaleza va organizando la materia’, Ramón Alejandro, 2022, acrylic on canvas, 24 x 30 in

En 1960, cuando Ramón Alejandro salió de Cuba, no esperaba embarcarse en el viaje vital que hoy celebra. En ese momento, era un joven curioso que buscaba explorar más allá de su mundo, que cambió drásticamente de la noche a la mañana. Eventualmente, su aventura soñada se convirtió en situación permanente, una en la que durante años no se le permitió regresar a la Isla. Él recuerda la experiencia tras años de exilio: “Mi curiosidad de conocer el mundo exterior junto con la ignorancia de lo maravillosa que era Cuba realmente, hicieron que salir de ella fuera para mí una fiesta. Más tarde me daría cuenta de lo que había perdido. Pero en ese momento significó para mí el inicio del viaje hacia mí mismo que tanto anhelaba. La conquista de mi soledad”.[21]

'El retorno de los fantasmas del pasado', Ramón Alejandro, acrylic on canvas, 32 x 32 in
‘El retorno de los fantasmas del pasado’, Ramón Alejandro, acrylic on canvas, 32 x 32 in

* Este texto fue publicado originalmente como palabras al catálogo de la exposición Elogio de los sentidos, galería Latin Art Core, Miami.

** A la memoria de David Bilgeman, un amigo que, en 1992, en mi primera visita a París, me mostró las pinturas de Catherine Blanchard y Ramón Alejandro. Me gustaría agradecer además a Ramón Alejandro por la posibilidad de dialogar, a Israel Moleiro por la oportunidad, y a Amanda Fleites y David Freeland por sus esmeradas recomendaciones editoriales. Estas palabras se escribieron a destiempo entre Nueva York, Londres y Lisboa, en aviones y hoteles

[1] William Navarrete y Enrique José Varona: “Una religión que me satisfaga. Entrevista al pintor cubano Ramón Alejandro”, La Habana Elegante, Primavera 2000. El tío materno de Ramón Alejandro estudio en la Academia de San Alejandro con el pintor impresionista cubano Domingo Ramos (1894-1976).

[2] Correspondencia electrónica con Ramón Alejandro, enero 7, 2023.

[3] Ramón Alejandro: Adua la Pedagoga, Aduana Vieja, Valencia, 2012, p. 82.

[4] Correspondencia electrónica con Ramón Alejandro, enero 7, 2023.

[5] Hay que trabajar, si no por inclinación, por desesperación. En definitiva, trabajar es menos aburrido que divertirse.

[6] El inesperado suicidio a los 29 años de su amigo el grabador, dibujante y pintor francés François Lunven (1942-1971) marcó su interés por estos sistemas filosóficos y le llevó a un cambio de vida.

[7] Correspondencia electrónica con Ramón Alejandro, enero 16, 2023.

[8] Para más información sobre el tema cfr. William Navarrete: “Ramón Alejandro: el vimana de la existencia”, palabras al catálogo, Latin Art Core, Miami, January 26 – March 26, 2007.

[9] Emilio Ichikawa Morín: “No somos Occidente. Entrevista al pintor Ramón Alejandro, a propósito de la influencia del francés Louis-Ferdinand Céline en la cultura latinoamericana”, Cubaencuentro, Miami, octubre 03, 2006. Consultado enero 15, 2023.

[10] William Navarrete y Enrique José Varona: ob. cit.

[11] Conversación telefónica con el autor, enero 16, 2023.

[12] “les machines d’Alejandro sont à la fois intransitives et in subjectives; elles déçoivent de la sorte la grammaire de la représentation plus efficacement que toute imagination surréelle […] parce qu’Alejandro est peintre, il nous oblige à lire ses machines une seconde fois et à opérer en nous la déception de la déception” (Roland Barthes : “Alejandro. A la recherche du mom”, palabras al catálogo, Galerie Jacques Desbrière, Paris, 1971, originalmente escrito en 1969, publicado el mismo año.

[13] El título L’ange à la fenêtre (1976) está inspirado por la novela de Gustav Meyrink L’ange à la fenêtre d’Occident publicada en 1927. Este lienzo fue adquirido en 1992 por el conocido filántropo, mecenas de artistas cubanos, y editor Víctor Batista Falla (1933-2020) en la parisina Galerie Berthet-Aittouarès.

[14] Ramón Alejandro: Adua la Pedagoga, ed. cit., p 136.

[15] Correspondencia electrónica con Ramón Alejandro, enero 15, 2023.

[16] Nota escrita por Ramón Alejandro en su lienzo Allá va Candela.

[17] William Navarrete y Enrique José Varona: ob. cit.

[18] Patakines en Ifá y La Regla de Osha son breves historias didácticas que sirven para educar e informar mientras son narradas.

[19] Francisco Morán: “Ramón Alejandro y Severo Sarduy: los veladores de la memoria”, La Habana Elegante, Invierno, 2001.

[20] William Navarrete y Enrique José Varona: ob. cit.

[21] Ídem.

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Rafael DiazCasas. Nacido en Cuba y viviendo en New York, es un curador independiente, crítico y consultor de arte. Se interesa en arte moderno y contemporáneo, con un foco en arte latinoamericano y artistas de origen cubano. Ha servido como conferencista en diferentes instituciones educacionales y en colecciones privadas, incluyendo City University of New York, Bildner Center for Western Hemisphere Studies, School of Visual Arts y David Rockefeller Collection, New York. En 2021, sirvió de jurado para CINTAS Foundation Fellowship. DiazCasas ha curado exposiciones en los Estados Unidos e internacionalmente, así como ha contribuido en numerosas revistas, journals, catálogos y libros de arte en los Estados Unidos, Latinoamérica y Europa.

1 comentario

  1. Excelente. Felicidades a Ramón en sus 80. Parte de mi poesía está contagiada de su persona, de su carácter. Uno de los maestros del arte de su época. Un iconoclasta creador de iconos. Gracias a Díaz Casas.

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