Mi proyecto se titula Maratón Aminoplease y consta de más de sesenta fotografías a color.

Por estos días de recogimiento en casa, provocado por la terrible pandemia del grupo de los SARS-CoV-2 (Covid-19) que ya ha causado más de ciento sesenta mil muertes de seres humanos, he organizado maratones matutinos de carreras en trote por los diferentes espacios hogareños. Luego, en respeto a la exigencia de mi cuerpo ante el agotamiento que deja el ejercicio y para recuperar las energías, reposo sobre mi cama mientras disfruto de filmes, series y de mi colección de dibujos animados.

Es una acción, si no terapéuticamente efectiva ante el fenómeno que estamos padeciendo, de resistencia ante la muerte en un brote urgente de instinto de conservación.

Realizo estos maratones y reposos con una cámara fotográfica en la mano con el propósito de documentar el entorno de mi confinamiento mientras corro o descanso. Una tirada en ráfaga orienta mi carrera desde las habitaciones hasta la cocina, el giro y el regreso. Por el contrario, durante el reposo, el paisaje interior se puede apreciar muy estático a través de mis pies y con la luz precaria de una habitación común.

Estas fotos conforman una secuencia que narra mi desespero por reparar mi cuerpo y prepararlo para la batalla contra la pasividad e incertidumbre.

No me interesa indagar sobre el estado psicológico que pudiera ocasionar este retiro en mí, porque en realidad el apartamiento siempre ha nutrido mi personalidad, es decir, no me asusta pasar muchas horas, semanas y meses con Sandra, hace ya algunos años hice las paces conmigo y aprendí a caerme bien.

Esta nueva serie –a pesar de ser antagónica en objetivos– se emparienta en ejecución y metodología con otra que desarrollé durante mi residencia en Art in General (New York, 1997) en la cual documenté –por mediación del espejo de la habitación en donde pernocté durante todo el tiempo que duró dicha residencia– la crisis existencial por la cual estaba pasando. En este otro caso, y en actitud de desestimación y desprecio hacia mi propia imagen reflejada, realicé una serie de autorretratos mientras injería pastillas (como desayuno) para dormir y me pintaba con creyón de labios como una payasa, ridiculizando de esta manera mis atributos femeninos y mi cara. Este grupo de fotos se tituló Mami, voy a dejar de comer.

En ambas series –las cuales conceptualmente se contraponen ya que en Maratón Aminoplease demuestro una tendencia constructiva y en Mami, voy a dejar de comer practico un “ritual” de autovejación– no recurro a los cánones ortodoxos establecidos históricamente por la fotografía convencional, sino que apelo a cierta irreverencia en el plano formal muy influenciada por los presupuestos estéticos/conceptuales de algunas de las series de los fotógrafos Philip-Lorca DiCorcia, Jack Pierson y Nan Goldin.

Las soluciones formales protagonizan explícitamente el concepto que sintetiza sentimientos disfuncionales. No se aprecian los bellos contornos enfocados, atractivas composiciones en el diseño, ni belleza lírica en los elementos objetuales seleccionados –ya que estos son los más comunes de la vida cotidiana.

Estas fotos –cada serie en su momento– expresan por medio de luces y sombras, muebles y objetos distorsionados (a veces en movimiento) una realidad asumida con inconformidad, soberbia, transgresión de rutinas, temor y desespero.

En general mi obra fotográfica siempre ha estado realizada como documento testimonial de sentimientos disfuncionales y laceraciones corporales, o sea, son reportajes introspectivos que polemizan, casi siempre, partiendo de las contradicciones y la fragilidad mental y física del individuo.

No creo que el mundo del arte tenga que aprender algo a partir de este desastre: pandemia-confinamiento-soledades-miedo-muerte; sin embargo, las personas –que en efecto son las que crean los sistemas, los mundos y las metodologías en las diferentes ramas y profesiones, en general– sí deberíamos aprender a humanizarnos y dejar de ser máquinas estresadas y ansiosas en busca de dinero, poder y confort, pero sobre todo, a entender que la vida y nuestra obra en ella, no son competitivas porque somos únicos entre miles de millones de personas que también son únicas y las evaluaciones entre unos y otros siempre estarán erradas, pues no son más que la revelación subjetiva de la información vital y la formación/deformación del juicio de cada individuo.

No hay que probarle a nadie que somos talentosos o poderosos, quizás sea más sencillo –aunque no simple– entender qué es un brazo, y no un simple brazo, sino TU brazo, TU espalda, TUS vísceras, TU corazón, TU cabeza. No sabemos nada sobre nosotros y lo único que hacemos es criticar y criticarnos, desfigurar o maltratar nuestro cuerpo, mente y el entorno. Si no nos confinamos y convivimos un tiempo adentro, aprendiendo a eliminar esa patológica ansiedad de interactuar y competir con la sociedad, estaremos siempre en el mismo sitio: llenándonos de gentes que finalmente nos intoxican, que nos chupan nuestra energía y al final nos tiran a un lado para buscar nuevos horizontes, pero a su vez haremos esto mismo nosotros con otras personas formando parte de esa patética cadena de víctimas-victimarios y viceversa; así que tenemos que estar solos al borde del precipicio para aprender, porque nunca nos enseñaron (tampoco a nuestros antepasados) que realmente existíamos y que teníamos la posibilidad de conocernos, perdonarnos y querernos.

Ahora el camino es buscar un Yo y respetar el Ello con la distancia debida, no establecer psicodependencias y costumbres contaminantes, más bien asumir la práctica del desapego. Cuando aprendamos esto, se acabarán las excesivas necesidades de socializar, de lucir nuestro plumaje y esperar ser aceptados o no; se acabará la terrible obsesión por luchar por ser superior al Otro y poseer todo lo que se desea en exceso.

El estado actual: Esta o este soy Yo, con toda mi experiencia cognitiva, rodeado/a de mis éxitos o no, portador/a de talento o no, de bienes confortables o no, con “belleza” o no, pero sin mí no existo Yo, sin mí no existe nada; Yo debo aprender a estar acompañado/a por mí.

Lamentablemente el estar enfrentando la posibilidad de morir o ver morir inesperadamente a seres queridos y la obligación de un retiro vital, nos está ofreciendo el camino hacia una verdad: meditar, reflexionar, extirpar el odio, la envidia, el egoísmo, la falsedad, la traición, la avaricia, el crimen, la desestimación, la sobrestimación (que no es más que un sentimiento deformado de nuestros complejos), la competencia, la discriminación, la violencia, entre otras deformaciones de nuestro sistema mental/educacional/familiar/social.

Pero esto no es más que una maldita utopía, otra.

El planeta está respondiendo a nuestra intransigencia destructiva y deficiente comprensión: los tsunamis, los terremotos, los tifones, las olas de calor, el deshielo, los huracanes, las avalanchas, los incendios de enormes extensiones de bosques y selvas, se multiplican y son cada vez más intensos. Los virus mutan y se esparcen, luchan contra toda estrategia defensiva.

Allá afuera había una realidad natural y hermosamente poderosa –la más poderosa– que no supimos apreciar sino destruir: desde asesinar algo tan pequeñito (de tamaño, claro) como una abeja o una hormiga hasta destruir todo tipo de seres vivos de diversas especies y razas (incluidos nuestros semejantes). Y lo peor, el soporte de nuestra existencia: esta bola enorme de tierra y agua que nos ofrecieron por una sola vez y que ahora se prepara para no perdonar más y extinguir nuestra estúpida existencia.

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