Vista de la exposición ‘Ojos de hueso’, de Celia González, galería Ángeles Baños de Badajoz, España
Vista de la exposición ‘Ojos de hueso’, de Celia González, galería Ángeles Baños de Badajoz, España

Mirados desde la altura de nuestros ojos, los quitones de Celia González parecen calcos de piedra; contramúsculos en la porosidad de la franja intermareal. La organización animal de uno imita la composición mineral del otro. El quitón se adhiere al diente de perro, se cristaliza en sus recovecos. Recovecos, a fin de cuentas, de la memoria y el lenguaje.

Devenir quitón implica una humildad ante el mundo, un reencantamiento de seres sensibles, un vegetar. Un vegetar político. Devenir quitón es entender el nervio de la guerra, es estar a la escucha del mundo, es modificar la percepción de la alteridad. Devenir quitón es saber que seremos cucarachas de mar, por hoy y para siempre.

Mirados desde la altura de nuestros ojos, los quitones aparentan algo que no son. Son mapas y no calcos. En un sentido deleuzeano, el quitón es mapa y no calco. Mientras que el mapa es abierto, conectable, el calco agoniza en sí mismo. Devenir cucaracha de mar es eso: saber que lo primero que hay que salvar es el vínculo. Es ahí, en lo vinculante, donde la ética del molusco construye su performance.

Vista de la exposición ‘Ojos de hueso’, de Celia González, galería Ángeles Baños de Badajoz, España
Vista de la exposición ‘Ojos de hueso’, de Celia González, galería Ángeles Baños de Badajoz, España

(En La salvación de lo bello Byung-Chul Han dice que la salvación de lo político es la salvación de lo vinculante).

La figura es inevadible. Frente a las columnas toscanas hay un atril y un micrófono. Entre una columna y otra cuelga una lona blanca. Antes, un dibujo fue digitalizado e impreso sobre la lona. Ahora ese dibujo es un cuerpo informe; es un mapa lleno de curvas y de poros; canales de comunicación entre el interior y el exterior.

Ahora ese dibujo es un cuerpo inválido (frente a nuestros ojos); es un tejido que transparenta la ortopedia de la disidencia. Ahora ese dibujo es un cuerpo; es una pancarta; es una antorcha; es, por diminuto, un alfiler que conecta todas las capas; es una red que administra la economía de la protesta. Trama y urdimbre en tensión.

Entre el interior y el exterior de la cucaracha de mar hay una capa, ocho capas, para ser exactos. Una capa dividida en ocho fragmentos de material calcáreo. Siempre es así en esta especie. Es algo que no cambia. Ocho capas y mil ojos que lo ven todo. Ven, incluso, el sonido que acecha.

La figura es un quitón. El dibujo es una cucaracha de mar. Cochinilla de mar o piragüero en otras culturas. En Cuba se le conoce como cucaracha de mar y muy pocas personas las miran, pero Celia González sí. Las observa en el mismo límite terrestre al que se acercaba de niña cuando su mamá la llevaba a la costa. Ese límite es el diente de perro, frontera liminal siempre abierta a posibles líneas de fuga.

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Vista de la exposición ‘Ojos de hueso’, de Celia González, galería Ángeles Baños de Badajoz, España
Vista de la exposición ‘Ojos de hueso’, de Celia González, galería Ángeles Baños de Badajoz, España

Toda frontera es un abismo.

Cuando decíamos que devenir quitón es entender el nervio de la guerra, nos referíamos, quizá, a su lugar de convivio. El diente de perro es lo más parecido a un terreno bombardeado. Devenir quitón es (con)vivir en la ecología de las ruinas. Devenir quitón en Cuba es (sobre)vivir en un territorio físico y simbólico de la descomposición.

(En 2010, Celia González y Yunior Aguilar construyeron un gesto experimental que llamaron Dienteperro. En una piscina de los años cincuenta, en la costa de La Habana, nadaban como si quisieran revertir el paso del tiempo. Nadar en una piscina que ya no funciona como tal. Flotar sobre aguas infectas. El diente de perro es una roca-planta-idea invasiva que lo consume todo. Cuba es ese Dienteperro. Cuba es ese sobrenadar en el estanque que, él mismo carcomido, nos carcome).

Lo que sucede es que las cucarachas de mar son animales transfronterizos. Habitan el aquí y el allá. El presente y el futuro. El pie seco y el pie mojado. El adentro y el afuera. El centro y la periferia. El moverse y el no moverse. La solidez y la acuosidad. La mansedumbre y la resistencia.

Un día, hace dos años, en ese mismo lugar donde Celia iba con su madre, dos agentes policiales la multaron de manera muy violenta con dos mil pesos. Ese día ella estaba con su madre y fotografiaba a los quitones. La multaron, supuestamente, porque en Cuba había restricciones de movilidad debido a la pandemia de Covid-19. Celia recuerda que ese fue un momento de mucha ira y frustración.

Esto sucedió luego del 26 de noviembre de 2020, cuando la sede del Movimiento San Isidro (MSI) fue allanada con el uso de la fuerza por parte de la Seguridad del Estado. Y luego del 27 de noviembre de ese mismo año, cuando alrededor de trescientas personas, sobre todo creadores e intelectuales, protestaron frente al Ministerio de Cultura de Cuba. Se exigía, en primera instancia, “el derecho a tener derechos” y se reclamaban garantías para el ejercicio de las libertades de expresión y creación.

Al no aparecer el ministro de Cultura Alpidio Alonso, una treintena de los allí reunidos sostuvo un diálogo con el viceministro Fernando Rojas. Este diálogo fue traicionado por el Gobierno cubano y desembocó en la creación del grupo 27N.

El manifiesto de este grupo se configuró a partir de intercambios por Telegram. En una conversación que sostuvimos en La Habana, Celia afirmó que acciones como esta, “de hormiga”, marcan la ética del molusco. Lo hacen porque desde la micropolítica, desde el saberse interdependiente, y desde la aceptación de la otredad en un camino conjunto, se pueden realizar acciones de cambio.

Dos meses después de ese hecho, Celia estuvo otra vez frente al Ministerio de Cultura. El 27 de enero de 2021 ella, junto a un grupo de creadores, fueron agredidos y detenidos. Rialta publicó un registro de ese momento donde se ve a una mejer vestida de civil, a todas luces agente de la Seguridad del Estado, tratando de agarrarla, y lo logra, pero solo por un momento.

A Celia González le interesa entender el devenir en cuerpo molusco no como una metáfora, es decir, no como una traslación de sentido. Su intervención pretende no habitar solo en el tejido de lo simbólico, sino en lo real. El cambio ha sido real en el cuerpo subversivo cubano. En el cuerpo que entiende su ética como una política de transformación.

Celia González durante el performance 'Ojos de hueso', 30 de junio de 2022, UAM, México
Celia González durante el performance ‘Ojos de hueso’, 30 de junio de 2022, UAM, México

Por eso, frente a las columnas toscanas y al dibujo digitalizado de la cucaracha de mar, frente al atril y al micrófono, en el II Encuentro Pensamiento Situado: Des/constituyentes: Prácticas e Imaginarios Por-venir, en Santiago de Chile, Celia presentó Ojos de hueso en calidad de performance. En calidad, pudiéramos decir, de presencia monstruosa, mutante, abyecta.

La figura es inevadible y transparenta la disidencia. La voz de Celia González se ralentiza, se reterritorializa, se estampa en la roca: “Los quitones o cucarachas marinas son el único molusco que posee un caparazón biomineral con un sistema visual. Los ojos de los quitones están compuestos por el mismo material de su concha”.

Así comienza Ojos de hueso, un performance de Celia González que nace de lo frágil, de lo vulnerable, de lo subalterno. La potencia del cuerpo molusco genera en ella una necesidad: producir ojos en todo su cuerpo. Estetos múltiples de aragonita.

Lo dije en una nota anterior: “Ojos de hueso, ahora expuesta como conjunto de piezas en la galería Ángeles Baños de Badajoz, España, es, más que una exposición, un temblor. Es un cuerpo hiperestésico que trata de explicarse la subalternidad y, desde ella, desde su potencia, crear”.

Mostrándo(se) como cuerpo pespunteado, agujerado, Celia González fabrica, no como estrategia mercantil, sino como generación de potencias, un cuerpo frágil que encuentra en esa fragilidad su mecanismo de sobrevivencia; un cuerpo vulnerable que identifica en esa vulnerabilidad una tecnología de relación con la otredad; un cuerpo que construye alianzas contra el fuego cruzado del autoritarismo.

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Edgar Ariel Leyva González (Holguín, Cuba, 1994). Periodista, investigador y crítico de arte. Máster en Estudios Teóricos de la Danza (2020) en la Universidad de las Artes de Cuba (ISA) y Licenciado en Periodismo (2018) en la Universidad de Holguín. Es egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Actualmente investiga sobre la configuración de la estética poscrítica en Cuba. Forma parte del Staff de Rialta.

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