Jorge Molina por el fotógrafo panameño Edgardo Andrade en el Bannabá Fest 2019.
Jorge Molina por el fotógrafo panameño Edgardo Andrade en el Bannabá Fest 2019.

No sé dónde andaba yo a finales de noviembre de 2019. Pero el caso es que me perdí el visionaje de INSTAR dedicado al cineasta Jorge Molina, y las entrevistas que tiempo más tarde Lynn Cruz publicó en Rialta Magazine ‒tres partes, correspondientes a cada día del ciclo‒. De ahí que mi experiencia con él, amén de los flashazos de imágenes que se le sumaran ‒canibaleadas en algún cine y acaso en algún espacio televisivo‒, ha venido a ser ‒para usar una palabra que le es cara‒ una práctica más bien onanista. La de la espectadora que se pone una película en casa ‒en mi cama flotante de estos años: ora en Guyana, ora en Providence‒, mientras es asaltada por sus propios demonios, por sus propias pulsiones de gozo y muerte.

¿Es posible recuperar en estas páginas ‒como en otras de mis críticas de aquellas jornadas‒ el espíritu de las conversaciones de Lynn con el actor, director, productor, guionista y profesor? En parte sí y en parte no, me digo mientras me desternillo de la risa con la vivacidad de los diálogos, me pierdo en los laberintos de sus irreverencias y me divierto viendo cómo la entrevistadora lo intentaba devolver al carril de su cuestionario ‒cosa que en su momento también tuvo que hacer con Eliecer Jiménez‒, o lo espueleaba para que entrara en esos temas espinosos, tantas veces evadidos en los espacios oficiales: la garra de la política y el autoritarismo asomada no solo en derredor sino en tantos de nosotros, los micropoderes, en fin, que estructuran las relaciones familiares y sociales, antes (y durante) que estructurar una nación.

También por eso ‒junto a mis ires y venires‒ me ha sido difícil sentarme a escribir de los ciclos que no vi, porque nada como la inmediatez periodística de 2019 y 2020 para plasmar aquello; ni como el contexto genético que nos dejaba escuchar a los realizadores que acudían a INSTAR, a la par que teníamos, como en una pintura al fresco, todo su corpus ‒o buena parte de él‒, servido en bandeja. Sin embargo, no deja de ser la que he tenido a solas y tiempo después una experiencia vivaz y viceral, distinta pero proteica, que a ráfagas, más que hilvanar ‒como otras veces‒ junto a rasgueos de frases y referentes del creador o polémicas que hubieran vibrado en la salita de proyecciones, dejaré iluminar con otros materiales que también se colaron en la carpeta que me traje conmigo de Molina, como cortesía de Lynn Cruz.

Repasaré pues, haciendo por comentar sus dominantes, la muestra curada por la actriz, que incluye, materiales producidos por La Tiñosa Autista, con colaboraciones y locaciones de la Escuela de San Antonio desde sus inicios: Molinaʼs Culpa (1993), Fría Jennie (2001), Molinaʼs Mofo (2008), El hombre que hablaba con Marte (2009), Molinaʼs Ferozz (2010), Gíbaros (2012), Molinaʼs Rebecca (2016) y Molinaʼs Margarita (2019) ‒varios cortos de ficción y un largo, en buena parte disponibles online‒.[1] Mas lo haré no sin apelar a una veta particular que me parece entrever en el creador y que puede apreciarse menos oblicuamente si lo leemos a través del resto de su corpus.[2]

Al acercarnos a la imago mundi de Molina, es evidente que, junto a la transgresión de los poderes y las convenciones, el eros ejerce una función movilizatoria sobre los personajes, así como el papel de mujeres fatales que es asignado a las féminas. Los vínculos entre muerte y placer, terror y fluido de los deseos (mejor/peor guardados en el inconsciente) se traslucen en historias, a veces surgidas del aburrimiento o de la perentoriedad de una apuesta contra el tiempo y un par de amigos, y siempre pautadas en su hechura por lo precario irradiante, cuando no inspiradas por mitos infantiles, tradiciones rurales, fábulas telenoveleras, leyendas de pescadores o apetitos extraterrestres. Un reino donde tienen cabida el cagüeiro y la Caperucita roja, Cristo y las heroínas interespaciales, los clowns y las alimañas, el Tao y el fantasma del comunismo… Cronotopos en que imperan el horror, la violencia y las bajas pasiones junto al altruismo, los deseos de salvación, la pesadilla de mundos mejores y, asimismo ‒cómo no notarlo‒, un hambre de cuerpo que es sed de romance.

Fotograma de ‘Molinas´s Ferozz’, Jorge Molina, dir., 2010
Fotograma de ‘Molinas´s Ferozz’, Jorge Molina, dir., 2010.

De ahí que los protagonistas de Test, aunque se ven enfrentados ‒bajo tortura‒ a clamar por la muerte del otro, crean en el amor y esgriman su estandarte; como el esposo de Gíbaros mata por acallar las dudas de su esposa; como el exconvicto de Mofo busca en cada una a su amada muerta; como Jennie se fugará de su cama de terapia intensiva para amar… que es vivir; o la adolescente de Fantasy matará para no perder su televisor y, con él, al galán de sus pasiones; o Rebeca le devolverá los ardores a una pareja sepultada por la rutina pero dispuesta a reverdecer; y El hombre que hablaba con Marte llegará a disfrazarse para ser uno con el objeto de sus desvelos; y el desolado exnovio de Sarima preferirá que ella encuentre un nuevo príncipe que la libere de ser un alma en pena; mientras que el fan de los Rolling Stones renunciará al concierto de la Ciudad Deportiva por una última noche con Margarita; o los protagonistas de Solarix salvarán el planeta teniendo sexo como curieles y haciendo estallar literalmente de lujuria a los alienígenas.

Entiendo que es un asunto de perspectivas y que, estando en una de mis rachas de enamoramientos, el sentimentalismo pudiera jugarme una mala pasada. Pero, si bien una de las ambiciones de Molina es que una se caliente con sus películas y eventualmente se masturbe, debo confesar que mis noches con sus imágenes me tuvieron más bien entre la emoción y el miedo ‒que él sabe provocar con una poética que oscila entre el gótico y el snuff‒. Y que, lejos de excitarme, a ratos me sacaron las lágrimas o me hicieron soñar con amar o ser amada así; aun cuando detrás de este entramado de representaciones se asomen, de un lado, el sarcasmo que explora hasta dónde pueden llegar nuestros sacrificios en nombre de… y, del otro, la advertencia sobre cuánto pueden esclavizarnos, más que liberarnos, el sexo y el apasionamiento.

Una faceta no exime la otra y si sería imposible convertir a Molina en un director romántico, tampoco este rasgo puede obviarse al analizar su corpus, bajo las capas de cebolla de sus transgresiones, sobre todo al retomar algunos cortos más apegados a la ciencia ficción como Solarix, Sarima…, El hombre que hablaba con Marte, e incluso Fría Jennie y Mofo, u observar los modus operandi de Fantasy o Margarita. Ciertamente, en sus filmaciones desfilan crueldad, objetividad, verismo e ironía, entreverados con el sadomasoquismo, la zoofilia, el voyeurismo, el fetichismo, la blasfemia, la necrofilia, el travestismo…, y con pretextos pornográficos manidos, mas siempre aprovechables, tanto como estereotipos femeninos o maravillosos (en el sentido de lo admirados o y repelidos), tal la prostituta y el religioso, Lolita, la estudiante y el profesor, la heroína, la bella y la bestia, el enano, la bruja, la novia cadáver… Sin embargo, la visualidad chocante de estas historias no debería invisibilizar los móviles de sus protagonistas, esa imaginación desbordada en que, muy a menudo a solas, se encierran con sus ambiciones para engendrarlas, alimentarlas y gozar de ellas como pueden.

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Si hay algo que prevalece en los personajes de este director es por tanto esa necesidad de evadir lo establecido e ir tras sus sueños… que son sus deseos… que son cuerpos en movimiento (a veces tan inalcanzables o expansivos que tienen que ser espiados por un telescopio, que parecen transmutarse en visiones boreales o astrales). La entrega a lo que añoran es envidiable, como su tozudez por llegar y darse al otro en un acto sexual que no deja de ser un pacto de comunicación, de comunión.

El amor puede ser un deporte extremo y el ejercicio de la sexualidad es también una puesta en escena de nuestros acoples y desacoples con la otredad, de los deslumbramientos y las ansias de devorar y poseer lo que es a un tiempo ajeno y nuestro, porque anhelado, idealizado y perseguido. Y saber a quién se quiere e ir tras lo que se quiere a toda costa no dejan de ser a su vez actuares marcadamente políticos, entre solipsistas y anárquicos. Un sentimiento que singulariza el objeto anhelado, expande las percepciones y nos hace focalizar la vida en el instante y el momento de esa juntura, desplazando lo social, perdidos y encontrados en el marasmo del deseo, en una entretela de ensoñaciones que presumen tener un cariz más real que la “realidad” misma, resulta cuanto menos peligroso para estructuras ciudadanas que pretendan educarnos, controlarnos, conducirnos hacia miras colectivas más “ilustradas”, desgajándonos de toda “irracionalidad” emotiva.

Es invaluable leer las entrevistas de Lynn para conocer sobre la manera de producir y dirigir actores y películas de Molina; sus influencias cinéfilas (de Cuba, Europa, Estados Unidos…) que podrían ser curiosamente cotejadas con las dedicatorias y homenajes de muchos de sus filmes; su improvisación sobre la marcha entre sets, elencos y escenas; su disquisición sobre el largo (o la brevedad) que trae ya en sí una historia, y su apuesta en suma por la síntesis: su flexibilidad para sortear lo provisional; su memoria cinematográfica y su costumbre de enamorarse de planos de otros directores y el retomarlos para llevarlos más allá: cruzando límites, tensando al máximo las cuerdas de lo visual… como si fuera también un cuerpo, una emoción, una vida escapada a toda norma, voz de mando o disciplina.

Para algunos puede parecer casi increíble que un cine como el de Jorge Molina haya logrado seguir vivo y seguirse haciendo en Cuba, donde la pacatería de los burgueses se transmutó en la cartilla del hombre nuevo y la gozadera tropical siguió sin hallar cabida. La pornografía (rechazada por otros acarreos como el sexo transaccional y una liberación femenina ya hace tiempo discutida y discutible, que la defiende y “regenera” a la par que no deja de expropiarle cuerpo y deseo) fue y ha continuado estigmatizada en la Isla, en nombre de las buenas costumbres y de la dignidad plena. De más está decir cuántos valores se impusieron y se desmoronaron en un país donde el sexo transaccional regresó de muchos modos, en andas del turismo y la asfixia económica, pues no es este el nodo de Molina, pero sí la caída de los hipócritas paravanes que a su modo hicieron por derribar desde la literatura, con discursos más y menos sutiles (pornógrafos, pornómanos) Calvert Casey, Severo Sarduy, Guillermo Cabrera Infante, Reinaldo Arenas

30 Molina s Kung Fu | Rialta
Molina’s Kung Fu

A este director ‒como a otros tantos transgresores del ciclo curado por Lynn, definitivamente incómodos para el status quo de la Cuba “revolucionaria”‒ le importa la franqueza de lo corporal como le importa develar los vericuetos del espíritu humano, las “escandalosas” singularidades que nos habitan y nos colman, y que más que rarezas son muchas veces deseos compartidos y reprimidos por la malla social y cultural. Esa sinceridad perturbadora (clínica, fisiológica, que expone la anatomía) no ha sido por norma del gusto de los gobiernos, ni de muchas instancias culturales, lo que explica a las claras la existencia o la sobrevivencia de un cine como el suyo entre los raros de la escena nacional, y su casi nula distribución oficial, tanto como la presencia de copias pirateadas de sus cortos en redes alternativas como el paquete semanal.

Sin demonizarlo ni santificarlo, en este breve retrato que lo hace pendular entre lo íntimo y lo escatológico, siempre en fuga de lo políticamente correcto, creo ver que, desnudando aparentemente cuerpos, Molina expone al natural también muchas ensoñaciones (fantasías no solo eróticas), y permite que los espectros tomen forma, que la risueña sinrazón saque sus “monstruos” al sol, los que ‒bien mirados‒ son a menudo lecciones de vida, máximas filosóficas y alegorías sobre el viejo niño amor.

Providence, Rhode Island, 25-30 de enero de 2021

Jorge Molina en el repositorio de Cine Cubano en Cuarentena

10 video(s) found
Molina's Ferozz (ficción)
Jorge Molina, dir. , 2010, La Tiñosa Autista
Molina’s Test (ficción)
Jorge Molina, dir., 2001, La Tiñosa Autista
Molina’s Culpa (ficción)
Jorge Molina, dir., 1993, La Tiñosa Autista & EICTV
El hombre que hablaba con Marte (ficción)
Jorge Molina, dir., 2009 , La Tiñosa Autista
Molina’s Mofo (ficción)
Jorge Molina, dir., 2008, La Tiñosa Autista
Sarima a.k.a. Molina’s Borealis II (ficción)
Jorge Molina, dir., 2014, La Tiñosa Autista
Molina’s Borealis (ficción)
Jorge Molina, dir., 2013, La Tiñosa Autista
Molina's Solarix (ficción)
Jorge Molina, dir., 2007, La Tiñosa Autista
Molina’s Margarita (ficción) (protegido)
Jorge Molina, dir., 2019, La Tiñosa Autista - Contraseña: margarita66
Molina’s Rebecca (ficción) (protegido)
Jorge Molina, dir., 2016, La Tiñosa Autista - Contraseña: molinasrebeccafest

Notas:

[1] El espacio Cine Cubano en Cuarentena, abierto en Rialta para el audiovisual de la Isla, por José Luis Aparicio y Katherine Bisquet, ofrece la oportunidad de visionar no pocos de los materiales de Jorge Molina.

[2] Las obras no exhibidas y a las que apelaré son: Molinaʼs Test (2001), Molinaʼs Solarix (2007), Molinaʼs Fantasy (2009), Molinaʼs Borealis (2013) y Sarima a.k.a. Molinaʼs Borealis II (2014).

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Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David, 2008), Primaveras cortadas (México D. F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016), País de la siguaraya (Premio Nicolás Guillén, 2017), y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015), Para empinar un papalote (San José, 2015) y JamSession (Querétaro, 2017). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier, 2012), cuyos títulos ha reditado, compilado y prologado para Cuba y Argentina. J. Medina Ríos como editora y JMR para Rialta Magazine. Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado sobre el ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Nadadora, filóloga, ciclista, cometa viajera; aunque se preferiría paracaidista o espeleóloga. Integra el staff del proyecto Rialta.

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