Ilustración de Alejandro Cañer

Jaime:

Te solicito que, en base al derecho de réplica, publiques el texto que te adjunto en Plural. Por supuesto, también me reservo el derecho de difundir mi artículo en cualquier espacio que estime conveniente. Te saludo

Ciudad de La Habana, 2 de octubre de 1992

Todo esto, Jaime Labastida, por supuesto no comienza con tu artículo “Revolución de la utopía, utopía de la Revolución”, ni pienso que termine con este que aquí te dedico. Muchas opciones, conceptos ambiguos, palabras y otras palabras plurales, ideas, amores y principios, tienen necesariamente su memoria, su pasado, y también irán al encuentro (tú dices que el “encuentro” sólo puede ser amistoso o violento) de un futuro que por ahora prefiero instalar como imprevisible aunque algo en mi utópico corazón, un disidente palpitar, me susurra que acaso el final ya esté escrito. La memoria se parece mucho a la muerte cuando uno, por más esfuerzos retrospectivos que haga, no reconoce ciertos rostros del pasado, que ahora se desdibujan como fantasmas, sombras, que inscriben la terrible duda de si en realidad existieron, si no fueron producto de la más alegre o traicionera imaginación, o bien ahora son los verdaderos, la cara real, por aquello que lamenta el tango: “yo sé que ahora vendrán caras extrañas…”. Porque el rostro de tu artículo no es el tuyo que yo conocí en La Habana y en Ciudad de México, principalmente en largas noches de esa ciudad cuando diseñábamos, tú, otros amigos y yo, aquel Diálogo de las Américas, en 1982, no es el de los Encuentros de Intelectuales en los que participaste, ni es el de tus visitas a la Casa de las Américas, incluso en tu calidad de Presidente de la Asociación de Amistad México-Cuba. O este tu rostro de hoy es otro, extraño, que, claro, no comienza tampoco en este artículo sino en tus anteriores disquisiciones sobre la invalidez de la obra de Marx y Lenin, o yo había inventado la cara de un Jaime Labastida, mea culpa, a mi buen entender, saber y conveniencia. Todo es posible, sólo te pido que me des el beneficio de la diferencia, aunque descreo que sea esta “la condición primera de la inteligencia”, ya que no sé qué aporte puede darnos la consabida entre el elefante y la hormiga mientras que hay otras diferencias que engrosan la estupidez humana, o que están en el rango de lo que Rimbaud lamentaba: “He conocido a cada hijo de familia…”. La inteligencia pasa por innúmeras y muy específicas condiciones y relaciones, como la de la voluntad y la de la ética, o la de la rectificación a tiempo de los errores, y en todo caso no transcurre por los cambios de rostro, por las diferencias del arrepentimiento, o por ese otro viejo tango que evocó Mario Benedetti, “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”, justamente a propios de “cierta izquierda vulnerable, desguarnecida”, que ahora se convierte “en enemigo de su propio pasado”, artículo que, de paso, te recomiendo que publiques en tu Plural, por aquello que da cabida a todas las opiniones y todas las posiciones. Porque el Jaime Labastida que yo pude haberme inventado era el que venía a La Habana a defender con sonrisa abierta las posiciones de la Revolución cubana, no desde actitudes críticas, disidentes o diferentes, sino más bien (por lo menos este es el fantasma que vaga en mi memoria y en la de los muchos amigos que aquí te recibieron y conocieron) con cierta dosis de esquematismo, y el que en los preparativos y organización del Diálogo de las Américas se entusiasmaba, con tanto ahínco como yo, en hacer y deshacer listas de invitaciones, en sumar o restar, según muestras, en ese momento, intenciones coincidentes, sobre tal o cual personalidad a invitar o no, y que muy bien, y sin ambigüedades, pudieran resumirse en ese concepto que ahora cuestionas: “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”. Y estoy seguro que en aquella ocasión, que en esas interminables y fraternas noches, en casas y con recursos que tú sacabas, como el mago que creí que eras, ¿o también me equivoco?, de alguna manga, ambos cometimos alguno que otro pegadillo de dogmatismo, de poner “afuera” a alguien que podía estar “dentro”. ¿O ya no te acuerdas, o aquel Diálogo nunca existió (conservo un cenicero como objeto vivencial de leal y duradera cerámica mexicana) y aquellos prolegómenos no fueron tal cual los evoco y los distorsiono en un arrebato de reduccionismo e insularidad?

Y las caras, y sus pasados, han cambiado desde que, a raíz de, o porque –el juego de opciones es muy variado, pero en ocasiones esconde un triste, solitario y gatopardiano final— “las condiciones internacionales han cambiado” de manera aguda y acelerada. Es como lo muestra Benedetti: “Una de las metas actuales de la sociedad capitalista es introducir en la izquierda un sentido de culpa de dimensión universal”. Otra vez el mea y debo cargar con los estropicios de Stalin o Ceaușescu, por supuesto dejando en el piso, a buen recaudo y olvido, cualquiera de sus aciertos. Desde el mismo momento en que se derrumba el “socialismo real”, yo, desde mi insularidad, debo cambiar mi rostro (lo que no me vendría nada mal, por cierto), limpiar mis ideas de toda contaminación derrumbada, si posible cambiar mi nombre por alguna otra nomenclatura reajustada a los tiempos que vivimos, olvidarme de la utopía de los sesenta para poder renunciar mejor a la de los noventa y, en fin, a partir de allí, de Europa del Este, como causa y efecto que tú das deterministamente por sentado, “encontrarle una solución racional al problema cubano”. ¿Y a qué “problema cubano” te refieres?, ¿desde qué ángulo e intenciones? ¿será el mismo “problema cubano” que cita constantemente Estados Unidos? En tu artículo no queda claro.

Parte del asunto comienza en que, te lo confieso casi ruborizado (ruborización no quiere decir vergüenza) en el mejor estilo del personaje Felipito, de Quino, no puedo, me abroquelo, levanto mis bloqueos internos, me insularizo al punto de reducirme a un grano de arena de Varadero, y me miro al espejo y mi rostro sigue ahí, incómodo pero incólume, el difícil presente mixturado a mi malandante pasado. Es como dice Eduardo Galeano, precisamente en un artículo titulado “Mea culpa”, que también te recomiendo para Plural: “Y aunque hago todo lo posible, no consigo parar de creer que estos tiempos de resignación, desprestigio de la pasión humana y arrepentimiento del humano compromiso, son nuestro desafío pero no son nuestro destino”.

Pero también han cambiado las condiciones internas de la Revolución cubana, según tu visión, en los planos de la economía, la política y la cultura. Otro aserto, otro axioma, otro “todo” u otra “nada”. Que las condiciones económicas de Cuba han cambiado es dramáticamente obvio y el análisis de las razones de ello ya fue más que explicitado por nuestros economistas en la síntesis del doble bloqueo a que nos vemos sometidos y de los errores propios en esta esfera, y cuya rectificación se viene practicando desde antes de la inauguración de la perestroika. ¿Pero cambios en la política y en la cultura? ¿Qué te hace suponer “todo» o “nada” de esto? ¿Lo ves desde “dentro” o desde “fuera”? ¿No implica una notable contradicción en tus premisas estos supuestos cambios ante la tozudez, terquedad y “bloqueos internos” de la Revolución, encasillada en buscar la verdad “dentro de sí misma»? Que yo sepa, que sepamos, las líneas estratégicas de la política y de la política cultural de la Revolución cubana, más allá de las necesarias adecuaciones prácticas o tácticas, cuidando de no mellar o desvirtuar sus principios, sus líneas originales y fundamentales, su utopía —lo que lleva consigo debates, desgarramientos y sacrificios que a lo mejor no llegan a tus oídos por ese hecho tan irremediable como sintomático que es el de estar “fuera” — subsisten, persisten y hasta se desarrollan en este pleno y difícil “período especial” cubano, en el cual la elaboración teórica y la discusión filosófica pasan inexorablemente, como “todo” y como “nada”, para bien y para mal, por la cola para comprar el pan. En el aspecto cultural, por ejemplo y para referirme concretamente a lo que trabajo a diario, la tónica de las discusiones, reuniones, asambleas, consejos, plenos, etc., de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba o del Ministerio de Cultura se encamina a la búsqueda de soluciones prácticas, económicas, institucionales o estructurales, para que el ámbito de creación logrado en el país continúe su crecimiento pese a las dificultades del período o para que los espacios de debates y confrontación se estabilicen. Pero la política sigue siendo la misma: “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”, porque esa política no solamente “fue, en su momento, un desafío” que “sirvió para liberar las fuerzas intelectuales y creativas de los artistas cubanos”, sino que continúa hoy siendo ese mismo desafío —acaso más alto y sensible que nunca antes— y continúa hoy liberando nuevas fuerzas creadoras, tozuda, empecinadamente.

Me tomas de sorpresa, lo confieso, cuando dices que desde hace tiempo intentas un examen de aquella proposición de Fidel Castro, en 1961. No sabía, perdona mi falta de información, que trabajabas con tanto amor, fraternidad y tiempo en el desmontaje que haces de esas palabras. Si es así, también debo decirte con franqueza, y fuera de toda baja querella ad hominem, que el resultado de tu empeño es pobre, fuera de contexto y generalizante, al punto que la ingeniosidad del “todo”, el “nada”, el “dentro” y el “fuera” —técnica que yo te copio aquí, así que no te preocupes mucho— no le hace favor a la profundidad de tu pensamiento y más bien se desliza hacia la idea descrita por Freud en su ensayo sobre “El chiste y su relación con el Inconsciente”: “La existencia de numerosos instintos retenidos cuya cohibición presenta cierto grado de inestabilidad, producirá la disposición favorable a la producción del chiste tendencioso”. Porque, de otra manera, no me explico que haya seriedad y profundidad cuando preguntas “¿Quién determina qué es lo que está «dentro» y lo que está «fuera», de la Revolución”. Para responderte se me ocurren otras preguntas: ¿Quién determina lo que se publica o no se publica en la Editorial Siglo XXI, que diriges, o en la revista Plural, que también diriges, lo que debe quedar “dentro” o lo que tiene que ser puesto “fuera”? Sabes que conozco por “dentro” ambas instituciones, que siempre me honraron con su hospitalidad, y que mi pregunta es tan ociosa, por decir algo, como la tuya. Nos la responde, de otra forma, el The New York Times, cuando esgrime el sofisma de su libertad de expresión al decir que es un periódico abierto a todo tipo de noticias que “merezcan” ser publicadas. ¿Quién, cómo, y para qué se ejerce ese merecimiento? La contestación está, aun cuando pueda revertirse en contra de tu argumentación, en “la racionalidad humana y la racionalidad social” que propones como un problema central.

Ocurre, asimismo, que “Palabras a los intelectuales”, de Fidel Castro, no contiene solamente aquella frase que tanto te preocupa y ocupa. Tengo ante mí su texto completo, editado en un folleto de 27 páginas, que acaso Plural pudiera dar a conocer, en base a la discusión de ideas y de principios que dices que te interesa, y para evitar las descontextualizaciones y generalizaciones a que lo ha sometido tu ingeniosidad. La más simple de las lecturas advertirá que nada tiene que ver, que es antitético, con esas otras gratuitas, y más que injustas, aseveraciones, de que a nosotros se nos pide pensar de modo idéntico a nuestros dirigentes o se nos exige que dejemos de pensar. En este punto, Jaime Labastida, permíteme decirte que resultas extraordinariamente injurioso, que no alcanzas la alta discusión de ideas y de principios, y sí desciendes a la baja querella, como cuando argumentas que “todo”, para que esté “dentro” de la Revolución, debe ser homogéneo, unívoco, y rechazar la diferencia. La letra y el espíritu de “Palabras a los intelectuales” se opone de plano a estas exigencias y la práctica de esta política cultural, precisamente por ser una política establecida, siempre ha triunfado por encima de intolerancias, estupideces y errores que jamás llegaron a ser estratégicos y que siempre fueron rectificados para evitar su irreversibilidad, con un ejercicio práctico autocrítico que ya lo quisieran para un día de lujo algunas otras sociedades, que tú y yo conocemos, en “contacto con las ideas más renovadoras del mundo contemporáneo”. Como también es una pirueta de tu pensamiento el interpretar que “estar fuera” de la Revolución coincide con una pura “nada”, es decir, que fuera de la Revolución no hay nada. Fuera de la Revolución, Jaime Labastida, hay muchas, muchas cosas, de todos los colores y sabores, que nosotros —no nos subestimes tanto ahora-— podemos y sabemos comprender y reconocer, tanto como tú al menos, incluyendo, claro está, las diferencias y las no coincidencias. Cuando tú lo niegas, de forma tan dogmática e impiadosa, escamoteas que una de las principales características de esta Revolución, por ejemplo en su política exterior (y sabes que los mejores estadistas y analistas afirman que no puede haber una política exterior que no sea reflejo de la interna) es su prolongado combate por el reconocimiento a la diferencia de sistemas, al diálogo con el “otro”. En cambio sucede que —y esto es válido para todos los planos, el externo y el interno— esta es una Revolución que, por el contrario de lo que se aprecia en otras latitudes y situaciones, sabe defenderse, sabe para qué nació y para qué vive, y de su historia martiana, como lo plasmó Fidel Castro en “Palabras a los intelectuales”, emerge “el derecho de existir, el derecho a desarrollarse y el derecho a vencer”, ese derecho “de un pueblo que ha dicho Patria o Muerte”, es decir, que se ha planteado muy seriamente un propósito, “y por respetables que sean los razonamientos personales de un enemigo de la Revolución, mucho más respetables son los derechos y las razones de una Revolución”, proceso histórico que no pertenece al capricho o la voluntad de ningún hombre y que es obra de la necesidad y la voluntad de todo un pueblo. Siempre he recordado, como una lección que a diario me refrendó la vida, cuando aquel buen viejo cascarrabias que era mi chofer argelino, y que un buen día en que su úlcera le dolía más que de costumbre, me sacudió por los hombros para decirme: “¿Hacer una revolución a medias? No, mejor no hacerla”. Esta no es, Jaime Labastida, una revolución a medias, y a lo mejor la falta de comprensión a cabalidad de “todo” lo que ello significa te haga fantasear con usos de la fuerza internos asombrosamente paralelos a la vía de la fuerza externa, o poner en un mismo plano y nivel (¿qué pensará el senador Torricelli?), el bloqueo estadounidense contra Cuba y los “bloqueos internos” de la propia Revolución. Me detendré un momento en este punto para sugerirte que emplees algo más de tiempo, amor y dolor para readecuar este ínclito balance que haces, porque hasta si fueran ciertos esos “bloqueas internos” —los puentes que vos levantáis gozan de buena salud, y si estuvieran alzados no sería nada raro en un país que vive acosado por la mayor potencia del mundo, y ahora también por Plural— es una desmesura, una inconsciencia (del lat. inconscientia, negativo de conscientia, a su vez de scientia) ponerlos en un mismo pie de igualdad con el bloqueo norteamericano que lleva más de 30 años, que cada día aprieta más, pone en sus listas negras desde aspirinas hasta terceros países, y es el soporte, el basamento, de distintas y simultáneas tácticas de agresión. En este mismo sentido debes cogitar también que esto que pudiéramos llamar algo así como “nueva teoría de los conjuntos equilibrados”, ya no es tan nueva y está siendo publicitada desde hace algún tiempito por críticos como tú que necesitan demostrar una cierta neutralidad y colocarse entre el “fuera” y el “dentro”.

Tu artículo de pronto entra a explicar las razones del derrumbe de los países socialistas, las contradicciones de sus economías, la autosuficiencia dogmática, y estimo que debe ser el ahorro de espacio el que te llevó a simplificar el tema, centrarlo en las fuerzas productivas, otra vez en el “todo” y la “nada”, y perder así la riqueza de otros elementos, como los culturales, históricos o de idiosincrasia, que te hubieran permitido lucir mejor. Esto no me compete, entre otras cosas porque estoy casi seguro que seguirás dedicándote al tópico, angulizándolo desde “las ideas más renovadoras del mundo contemporáneo”, y te leeré en espacios más amplios y desarrollados. Como también me gustaría (¿o no?) leer en extenso tu panglosiano y abracadabrante, “digo, es un decir”,[1] teoría del triunfal desarrollo al máximo de las fuerzas productivas en el capitalismo. Quizás ya no reconozco tu rostro porque hoy parece lucir una peluca fondomonetarista, quizás no entiendo la hondura de tu opticapitalismo porque no puedo creer, insular y sureño como soy, subdesarrollado y desigualdado, que quien escribió aquello sea un latinoamericano que pasa por alto, de un solo plumazo, el drama económico y social de nuestra asolada región, y más bien debe estar mirando hacia y desde otro mundo, el de los países de economía (bien) planificada por el mercado, el de los que emiten las luminosas señales de sus “ideas más renovadoras”, que tú no has terminado de decir finalmente cuáles son, por lo que debo refrenar mis hipótesis dogmáticas y abstenerme hasta más ver el “todo” o la “nada”. Lo que sí me atañe es el vínculo implícito, el lazo manipulador, que estableces entre Cuba y los países de Europa del Este. Si esto pasó así allá, sucederá lo mismo aquí, y por las mismas razones. Finito, Kaputt. Países socialistas igual países socialistas. Las historias, las culturas, las génesis, los desarrollos, los finales, idénticos, igualitos. Europa del Este ergo Caribe. No parece muy legítimo, menos proviniendo de alguien que hace gala de estimar la pluralidad, la diferencia y la contradicción. Antes de arremeter contra la frase de “Palabras a los intelectuales”, señalas que en su momento fue un planteamiento inédito en el conjunto de las teorías y las prácticas culturales de los países llamados socialistas, pero luego “todo” se derrumba, el espejo es uno solo, y demuestras “científicamente”, por el método de la yuxtaposición y del intertexto, que el error de allá es el mismo error de aquí. Error, Jaime Labastida, y ya decía Martí que un error en Cuba es un error en América, y el tuyo es de esos tamaños. Necesariamente tienes que haber leído “El socialismo y el hombre en Cuba”, los escritos sobre economía de Ernesto Che Guevara, el discurso de Fidel Castro frente a la crisis de Checoslovaquia, las posiciones contradictorias y propias de Cuba, hasta en los momentos de mayor alianza y amistad, en diversos aspectos internos y de política internacional o, más recientes, las numerosas intervenciones públicas de nuestros dirigentes desde el inicio del proceso de rectificación de errores y que previeron, con dos años y medio de anticipación, la caída del socialismo en la Unión Soviética. Palos porque bogas, y palos porque no bogas. Y ahora «las ideas más renovadoras del mundo contemporáneo» a lo mejor también las sitúas en Europa del Este y pidas que la “pureza” doctrinal cubana se abra a ellas y a sus escuelas y secuelas. Esta isla ya no sabe dónde ponerse para que tú la vuelvas a encontrar, en qué ubicación, lo que se asemeja a esas tentativas, tan vanas como imposibles, que se registraron en el tiempo de la Guerra Fría, de traspolarla “fuera” de Occidente.

Y para ir finalizando —el desgaste de mí/tu amor, de mí/tu fraternidad, y de mí/tu dolor, por ahora es suficiente— comentaré el segmento más patético —la palabra es tuya— de tu artículo cuando afirmas que en la isla “se ha creado un éxodo masivo de sus mejores hombres”. iEpa, paisano Jaime Labastida!, en el atropello se le fueron las bridas a su caballo y hay que decirle lo que El Moreno le cantó a Martín Fierro en la famosa payada:

Voy a hacerle mis preguntas
Ya que a tanto me convida–
Y vencerá en la partida
Si una explicación me da–
Sobre el tiempo y la medida,
El peso y la cantidá.

Porque los mejores hombres, que yo sepa, que sepamos, están aquí, trabajando, teorizando, en pleno contacto con las realidades internas y externas, creando para “dentro” y para “fuera”, estudiando “las corrientes renovadoras de la economía mundial” —lo que no quiere decir que deban aceptarlas acríticamente— aquí están todos, absolutamente todos, los que conforman la vanguardia histórica que hizo posible esta Revolución (que sí, Labastida, por supuesto, que para mí, que para nosotros, son los mejores hombres) hasta las más nuevas promociones de científicos, que han dado un impulso a la biotecnología que ningún otro país de América Latina ha podido registrar —y no por falta de talentos sino por aquello de tu capitalismo— basta los millones de obreros, campesinos y estudiantes, que pese a todas las dificultades y a la crisis económica (¿a eso llamas el deterioro de nuestras fuerzas productivas?) demuestran una asombrosa capacidad de resistencia y la voluntad más férrea de llevar adelante nuestra utopía, hoy más utópica porque es más libre, más independiente, y de mayor gesta que nunca antes, hasta los creadores y artistas de todas las generaciones, que empecinados, tozudos e insulares, siguen revelando su expresión, su cubanía, y que tienen muy consciente en su corazón la angustia de la patria y la realidad y utopía de su socialismo. ¿Te has preguntado, además, cuántos de nuestros cerebros que están “fuera” participan asimismo de esta misma pelea, de este “dentro”, aunque por otros medios y en diferente situación? La dogmasis te lleva a obnubilar que, por otro lado, ni “dentro”, ni “fuera”, están todos los que son ni son todos los que están, y que esta es, en efecto, una sociedad en búsqueda de pureza, así, sin entrecomillarla, esencia de su identidad y su utopía, porque precisamente no se trata de un paraíso ni se entiende como tal. Ese dogma es el que te lleva a situar a los hombres, en base a reclamos geográficos, como “mejores” o no. ¿Te parecería inteligente y decente de mi parte decirte que los mejores mexicanos son aquellos que en muchos miles cruzaron el Río Grande para ir a trabajar a Estados Unidos y que esa fuga de brazos y cerebros es patética? A mí no. Desde esta insularidad, y con inteligencia y decencia, se entienden y comprenden las razones que hay en ese fenómeno que es parte de lo que Martí llamó “Nuestra América”, y como tal lo aceptamos, lo queremos y hasta lo defendemos en caso necesario. Te contaré que un buen 16 de septiembre el querido Fayad Jamís y yo nos fuimos a San Miguel de Allende para presenciar los actos del Día de la lndependencia de México. En la plaza engalanada del pueblo, niñas y niños de los últimos cursos de la escuela primaria desfilaban con sus maestros al frente de cada destacamento. Las niñas hacían arabescos en el aire con sus sarapes humildes. Los niños, con fusilitos de madera y bigotes pintados, eran el más grande y tierno recuerdo de los soldados zapatistas. Los maestros estaban serios y orgullosos. Fayad y yo no pudimos retener unas lágrimas latinoamericanas, al ver tanto ejemplo de identidad, de tenacidad, de tozudez y de utopía. ¿Por qué te cuento esto? Por “nada” y por “todo” y porque no sé cuántos de esos niños, con las enseñanzas de sus maestros en la mente y el corazón, habrán tenido luego que cruzar la frontera escabullendo el bulto a la “migra” yanqui. En nuestro caso, la otra cara de la moneda que muestras, y muy distinta a la que muestras, es que nuestra sociedad y nuestras instituciones, trabajan y buscan fórmulas para que los verdaderos talentos, los reales cerebros —y descarto a los mediocres y a la resaca que rondan redacciones y galerías y que bailan a la que le toquen para poder vivir— sigan siendo parte intrínseca de esta misma sociedad, de este mismo movimiento creador, donde quiera que estén, “dentro” o “fuera”, y para que puedan ir y volver según requerimientos o necesidades.

El demonio, Labastida, nació con esta Revolución, en 1959, y en su frente está tatuada, en letras que echan fuego, aquella sentencia de Martí: “¡La justicia primero, y el arte después!” Así se entiende en Cuba a Antonio Machado y esta, y no otra, es nuestra “libre emisión del pensamiento”, que debe ser libre y por partes iguales —de ahí los problemas hasta de ubicuidad que tiene aquí el demonio— para todo el conjunto de la sociedad y no solamente para alguno de sus segmentos.

Tú ya no encuentras a la Revolución cubana en ninguna parte. Es que los cambios de rostros no pueden ejecutarse sin que se altere también la mirada. Yo, nosotros, sabemos dónde estás tú, y dónde está Plural, pese a que la desubicas en la grandilocuencia y la escasa moderación de “las más limpias y altas causas de la humanidad”, pese a que tú y Plural parecen haber cedido frente a la tenaz continuidad de la utopía. La existencia de la utopía ya no es la utopía de Plural.

No quiero despedirme de ti sin hacer otro aporte para Plural, y es la entrevista que dio el novelista Abelardo Castillo a la revista El Porteño, de Buenos Aires, donde dijo: “Una sociedad sin utopías es una sociedad muerta. Una sociedad con utopías es aquella que inventa futuros, no pasados” y “Yo me voy a reír desde la tumba diciendo: creían que estaba ganando el capitalismo, cuando en realidad se estaba fundando un nuevo sentido comunitario entre los hombres”.

Ah, se me olvidaba recordarte sólo algo más, junto al benemérito Benito Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la paz”. Hasta pronto.


Notas: 

[1] Cuando César Vallejo utilizó esta fórmula ente la posibilidad de la caída de la República Española, lo hizo con verdadero amor e infinito dolor, y es por ello que siento que esta cita no te pertenece.

* Una versión de este texto apareció en La Gaceta de Cuba, n. 6, noviembre-diciembre, 1992, pp. 44-46.


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