Sobre la obra de Franz Kafka prevalecen dos opiniones contrapuestas en el espacio literario actual. La primera, notoriamente escéptica, sostiene que a estas alturas ya no es posible decir nada nuevo sobre el genial escritor checo. La segunda — desplegada sobre todo en la Academia– afirma que siempre es posible articular exégesis novedosas de un clásico, que cada época necesariamente genera su propia lectura del canon. El gran ensayista Gabriel Josipovici se inclina, qué duda cabe, a estar de acuerdo con la segunda afirmación, pero al mismo tiempo –como demuestra el ensayo que aquí traduzco– deplora la pobreza interpretativa de la crítica académica anglosajona actual –obsesionada de manera estéril con temas e ideas– y sugiere que acaso sería mejor concentrarse en los procedimientos, en los mecanismos internos que convierten a Kafka en un artista verbal tan formidable. Al mismo tiempo, con admirable humildad, enfatiza la futilidad de intentar acceder al “significado último” de estos relatos (si es que esa expresión significa algo) y observa que sería mejor aceptar –sin que eso implique en absoluto el cese de las indagaciones– que el misterio esencial de Kafka es tan insondable como la naturaleza del Ser que respondió a Job desde el torbellino: parece probable que tenga razón.
Leyendo a Kafka hoy
El 26 de marzo de 1911 Kafka anotó en su Diario: “Conferencias Teosóficas del Doctor Rudolph Steiner, Berlín”. Tras comentar en su diario la estrategia retórica de Steiner de comenzar la conferencia mostrando el mayor respeto por las objeciones de sus oponentes, de manera tal que “ahora el oyente considera cualquier refutación completamente imposible y está más que satisfecho con la descripción superficial de la mera posibilidad de una defensa”, continúa: “Steiner mira sin cesar la palma de su mano extendida- Omisión del punto y seguido. En general, la oración comienza a deslizarse desde el conferencista con su mayúscula inicial, se retuerce en su trayectoria tanto como puede, en dirección a la audiencia y regresa al conferencista con el punto. Pero si el punto se omite, entonces la oración, sin nada que la contenga, cae inmediatamente sobre el oyente con toda su fuerza”.
Solo Kafka podía experimentar el lenguaje con semejante intensidad y expresar su respuesta de manera tan extraña y desconcertante. Dos días después regresa a Steiner en su Diario, ya sea discutiendo la misma o acaso otra conferencia, la cual procede a parafrasear con espléndida sequedad, insertando de vez en cuando comentarios sobre el oyente que estaba a su lado: “El Doctor Steiner está obsesionado con sus discípulos ausentes. Durante las conferencias los muertos lo rodean,[1] casi lo acosan. ¿Apetito por el conocimiento? Pero ¿de verdad lo necesitan? Aparentemente, sí. Steiner… ha estado muy cerca de Cristo… a Lowy Simon, comerciante de jabón radicado en París le dio magníficos consejos de negocios… es por eso que la esposa de Hofrat ha escrito en su cuaderno: ¿Cómo se alcanza el conocimiento de los Mundos Superiores? En la tienda de St. Lowy en París”. (¿Cómo alcanzar el conocimiento de los Mundos Superiores? era el título de uno de los libros de Steiner).
Sin embargo, Kafka estaba lo suficientemente impresionado para concertar una cita con Steiner en su Hotel: “En esta habitación trato de mostrar mi humildad, que no soy capaz de sentir, buscando un lugar ridículo para mi sombrero, lo pongo en un pequeño banco que sirve para abrocharse las botas”. Steiner lo trata con amabilidad y trata de que el joven se sienta cómodo preguntándole si hace mucho que se interesa por la teosofía. A esa pregunta, Kafka responde con un discurso preparado de antemano: le dice que una gran parte de su ser parece sentirse atraída por la teosofía pero que al mismo tiempo le da mucho miedo. “He experimentado, sin duda alguna, estados (no muchos) que en mi opinión están muy cerca de los trances de clarividencia que usted ha descrito, Doctor”. Sin embargo, durante esos momentos él no podía escribir al nivel que acostumbraba (el máximo imaginable) y como “mi felicidad y cualquier posibilidad de ser útil siempre han estados relacionados con la literatura”, se siente desgarrado.
Nunca nos enteramos de cómo Steiner responde a lo que Kafka le ha dicho. En su lugar, leemos esto: “Él escuchó con gran atención, al parecer sin mirarme en momento alguno, completamente absorto en mis palabras. Asentía de vez en cuando, lo cual parece considerar una técnica que ayuda a intensificar la concentración. Al principio un persistente catarro lo incomodaba, se le salían los mocos, introducía el pañuelo una y otra vez hasta el fondo de su nariz, con un dedo en cada orificio”.
Y con esto Steiner desaparece del Diario.
June Leavitt, que comienza su libro La vida mística de Franz Kafka con este episodio, sostiene que en este pasaje Kafka “ridiculiza” las afirmaciones de Steiner y “satiriza” sus poderes psíquicos y su autoproclamada misión de iluminar a la humanidad, describiendo el último párrafo como una burla. Sin embargo, ella argumenta que “el anhelo de Kafka por lo trascendental continuó pese a su decepcionante encuentro con Steiner”. Según ella, a lo largo de toda su vida Kafka estuvo desgarrado entre su deseo de escribir y sus experiencias místicas, las cuales anhelaba, pero también temía.
Esto demuestra cómo incluso los académicos más eruditos y, naturalmente, con las mejores intenciones, pueden llegar, si no tienen cuidado, a decir las mayores estupideces: empiezan con un pequeño tropiezo, un errorcito sin demasiada importancia… y terminan en el límite más extremo de la incoherencia y las afirmaciones delirantes. Porque lo que sucede en el pasaje no podría estar más lejos del análisis de Leavitt: aquí Kafka se limita a hacer lo que siempre hace en su Diario: anota todo lo que ve y todo lo que le sucede con perplejidad y un escrupuloso desapego. Lo siento, Leavitt, pero él no satiriza a Steiner ni a Frau Hofrat: sencillamente lo percibe todo y lo anota todo, como si intentase penetrar un misterio que todos, excepto él, comprenden de inmediato.
Sin duda, Leavitt tiene razón cuando nos recuerda la inmensa popularidad de la teosofía y otras tendencias relacionadas con esta en Europa finales del siglo XIX y principios del XX. Para muchas personas inteligentes que habían perdido la fe en la religión organizada, no solo Steiner sino también Madame Blavatsky parecían proporcionar respuestas a sus anhelos espirituales. Yeats, Maeterlinck, Kandinsky y Mondrian fueron todos adeptos y emocionados proselitistas de la doctrina en un momento u otro de sus carreras, y Eliot introdujo una “famosa clarividente” en La tierra baldía. No resulta sorprendente que Kafka se interesara en la teosofía y Leavitt tiene razón cuando sugiere que su aparente fascinación con la mística judía, sobre la que tanto han escrito los académicos en la última década, probablemente fue suscitada por la lectura de dudosas fuentes cristianas.
Por supuesto, la manera en que Eliot aborda el tema en ‘’Madame Sosostris’’ está en las antípodas de Yeats o Kandinsky. ¿Cuál es la posición de Kafka? Sabemos que pese a su grandeza como escritor no fue inmune a diversas modas más o menos ridículas de su época (terapia en la naturaleza, dieta de comida cruda, gimnasia, mazdeísmo, fletcherismo y todo lo demás). Pero ¿qué pasa con su escritura? (y a fin de cuentas eso es lo único que importa). Leavis examina su obra en busca de ejemplos de experiencias místicas y “trances en los que el alma se separa del cuerpo”, pero su falta de sensibilidad ante el contexto y los matices literarios se vuelve cada vez más grande a medida que el libro avanza.
Ella examina detalladamente el extenso relato inconcluso “Descripción de una lucha”, escrito alrededor de 1904. Aquí el narrador parece ser capaz de simplemente desear algo para que ocurra: “y haciendo como si nadase con mis brazos cansados era fácil para mí avanzar sin dolor o dificultad… mi cabeza yacía en el aire fresco”. Ciertamente esto parece ser un ejemplo de levitación y Leavitt cita a Steiner y Blavatsky para explicar que aquí nos encontramos con lo que ellos llaman “un cuerpo etéreo”, que en la doctrina teosófica sería el verdadero cuerpo, no el cuerpo físico que habitualmente consideramos como tal. Bueno, tal vez esa sea la doctrina teosófica, pero uno se pregunta si la principal razón por la que Kafka abandonó el relato fue que comprendió lo fácil que resulta hacer estas cosas en la ficción: si puedes hacer que el cuerpo vuele por tu mero deseo entonces puedes hacer cualquier cosa, pero cuando lo examinas de cerca te das cuenta de que en realidad no has hecho nada. Kafka está buscando una forma de escribir ficción que transmita de manera auténtica nuestros deseos. Y es por eso por lo que cuando finalmente accede a que su amigo Max Brod le busque un editor para sus primeros textos él decide ignorar el largo y complejo, pero en última instancia insatisfactorio, “Descripción de una lucha’’, y en su lugar selecciona pequeños fragmentos que le parecen más “auténticos”, como “Deseo de ser un piel roja”.
Más adelante, Leavitt examina uno de los últimos relatos de Kafka, “El jinete del cubo”, escrito cuando finalmente había escapado de Praga y se había ido a Berlín con Dora Diamant para soportar allí un terrible invierno de heladas y escasez casi total de comida. “Para comprender la perspectiva invertida de «El jinete del cubo»”, dice Leavitt, “es necesario penetrar la superficie de la narrativa, cosa que los críticos de Kafka no han hecho”. Este es el tipo de oración que hace sonar todas las alarmas: generalmente anuncian una lectura desastrosa y, efectivamente, eso es lo que tenemos aquí. “Agotado el carbón, el cubo vacío; la pala inútil; la estufa solo emite frío, el cuarto se congela; tengo que conseguir carbón; no puedo morir helado; ante mí está la despiadada estufa; detrás el despiadado cielo”. Esta es una aterradora evocación de pobreza y desesperación. El narrador continúa: “Así que cabalgo sobre el cubo. Sentado sobre el cubo, mis manos sobre el asa, la clase más sencilla de riendas, me impulso con dificultad para bajar las escaleras; pero una vez que estoy abajo mi cubo asciende… y finalmente floto a una altura extraordinaria por encima del sótano abovedado del carbonero”.
Desafortunadamente, entusiasmada con la idea de volar, Leavitt se aleja del texto: “La lógica mística permite la expansión de la perspectiva más allá del marco conceptual del tiempo y el espacio. Yo afirmo que el narrador en este momento ya ha muerto congelado; se ha convertido en un espíritu liberado del cuerpo. La narración es sobre un alma en crisis”. El relato termina: “Y con esto asciendo a las regiones de las montañas heladas y desaparezco para siempre”. Leavitt se aferra a la expresión alemana Nimmerwiedersehen, literalmente “para no ser visto nunca más” y concluye: “Este jinete del cubo ha abandonado sus anhelos materialistas y ha emigrado a un mundo superior”. Con eso, el áspero realismo del relato se disuelve en un confortable misticismo que quizá pueda consolar a algunos, pero resulta una exégesis singularmente errónea de un gran escritor, siempre dolorosamente honesto en sus narraciones.
Pero eso no es todo: el libro se vuelve cada vez más arbitrario en sus interpretaciones y el estilo empeora: “El narrador canino de «Investigaciones de un perro» se refiere a la Palabra, un símbolo de Jesús, en un texto atiborrado de expectativas ocultistas típicas de principios del siglo XX acerca de la Iluminación Universal”. Y: “Algo del vacío hermenéutico que rodea su obra se puede llenar si leemos su corpus (sic) como una serie de reportes místicos escritos por un clarividente, o al menos por una persona que podía representar de manera magistral el estado de clarividencia”. Es una lástima porque Leavitt podría haber escrito un buen ensayo si se hubiese limitado a observar que el interés de Kafka en la teosofía y otras formas de religiosidad heterodoxas de finales del siglo XIX lo inserta en la extensa lista de artistas y escritores del período que también se interesaron por todo esto. El problema es que, como sucede tan a menudo en los estudios sobre Kafka, la percepción inicial se arruina por la insensibilidad ante la manera en que el lenguaje funciona en los textos y su ignorancia casi absoluta de los Diarios, las cartas y el resto de la ficción.
Es una lástima que estos académicos no dejen descansar en paz al pobre Kafka, cuya prosa lúcida y misteriosa no debería ser maltratada de esta forma por todo el que se le antoje.
Pero al parecer los académicos están empecinados en demostrar que son algo más que buenos profesores. Dos colecciones de ensayos editados por Stanley Corngold –quien parece haberse establecido como el principal especialista norteamericano en Kafka– demuestran que las malas interpretaciones continúan. El prefacio de Ruth Gross, “Kafka para el siglo XXI”, fija el tono. La idea, explica, “era reunir un conjunto de distinguidos investigadores de Europa y Norteamérica para examinar juntos las formas en que este extraordinario escritor, que ha moldeado de manera tan decisiva nuestra concepción del siglo XX, podría sugerir estrategias fructíferas para lidiar con el XXI”. Pero, ¿a quién se le ha ocurrido jamás que los escritores tengan que darnos “estrategias fructíferas para lidiar” con lo que sea (incluso si supiéramos exactamente lo que eso significa)? Los escritores ya tienen bastante con diseñar procedimientos para decir de forma eficaz lo que sienten que deben decir. Pero Gross continúa: “¿Cómo componer una explicación completa y coherente de su personalidad con tantos aspectos que a menudo se contradicen?” De nuevo, esto puede parecer sensato en la superficie, pero ¿qué sería exactamente “una explicación completa y coherente” de cualquier cosa? Uno incluso se pregunta si ese debería ser un objetivo de la crítica literaria. Quizá sería mejor sencillamente intentar comprender por qué, después de todo este tiempo, Kafka todavía nos afecta y conmueve.
Tampoco quiero sugerir que no hay textos interesantes: John Zilkosky tiene un fascinante ensayo sobre Kafka y los trenes, recordándonos que a principios del siglo XX había tanta ansiedad alrededor de los viajes en trenes como hoy en día en torno a los viajes en aviones: “Después que el debate acerca de la naturaleza de las neurosis que provocaba el viaje en tren se intensificó hacia 1890, los investigadores seguían insistiendo en la importancia de las vibraciones materiales, las sacudidas del tren que parecían transmitirse directamente al cuerpo. Muchos doctores citaban pasajeros que continuaban temblando incluso cuando dormían”. Otros síntomas estaban relacionados con la fatiga visual, causada por la velocidad antinatural de los trenes. Gregorio Samsa, en La metamorfosis, es un viajante comercial. ¿Podría ser que lo que él experimenta, que se está convirtiendo en un insecto, sea el resultado de la vida antinatural que lleva, viajando en tren constantemente para promocionar sus productos? De hecho, él mismo se pregunta si lo que le ha pasado es simplemente que ha contraído “la enfermedad común de los viajantes comerciales”. Al final del relato, sugiere Zikolsky, nos movemos de los trenes inhumanos y lo que pueden hacerte a los tranvías –mucho más humanos– que transportan a los padres y la hermana de Samsa al campo. Pero que este sea un final “positivo”, como parecen creer todos los autores en este libro, o, por el contrario, absolutamente desolado, como argumenta de manera muy persuasiva Blanchot –cuya ausencia en el discurso moderno sobre Kafka es bastante extraña– es una cuestión que no se resuelve (aunque en mi opinión Blanchot resulta mucho más convincente).
Una de las virtudes del ensayo de Zilkosky es que no imagina que los trenes sean la clave que lo explica todo en Kafka. Esta modestia hermenéutica es muy recomendable para todos los que estudian al escritor checo. En cualquier caso, los mejores momentos en Kafka para el siglo XXI son aquellos que nos devuelven al ámbito de la propia escritura de Kafka, concentrándose a menudo en piezas y fragmentos poco conocidos que de inmediato nos recuerdan por qué leemos a Kafka para empezar. Mark Harman, por ejemplo, tras observar que existe una tensión en gran parte de la escritura de Kafka entre su deslumbrante habilidad lingüística y sus pertinaces dudas acerca de la eficacia del lenguaje, cita el primer fragmento de escritura perteneciente a Kafka que nos ha llegado, una anotación en el álbum de recuerdos de una muchacha: “¡Cuántas palabras hay en este libro! Su objetivo es ser recordadas. ¡Como si las palabras pudiesen ser recordadas! En verdad las palabras son mediocres alpinistas y mediocres mineros. No pueden traer el tesoro de las cumbres de las montañas ni excavarlo de sus profundidades”.
Kafka tenía diecisiete años cuando escribió eso, en 1900. Esto nos recuerda que desde el principio tuvo dotes extraordinarias y, al mismo tiempo, una lucidez que lo inducía a desconfiar del lenguaje.
Está claro que el poder que los lectores experimentaron desde el principio en las obras de Kafka –y también en las de Eliot– tiene mucho que ver con el incomparable oído de estos autores para la extraña música del lenguaje –tan distinta de la otra– ciertamente al menos tanto como los archiconocidos temas de “la alienación y la angustia”. Tanto Kafka como Eliot estaban obsesionados con la perfección de lo que publicaban. Los Diarios de Kafka están llenos de lamentos sobre cuán “muerto e inerte” está lo que acaba de escribir; muy ocasionalmente, sin embargo, concede que algo de lo que ha escrito “vive”. Necesitamos entender lo que constituye para él la vida de estas misteriosas obras.
En general, el resto del volumen es, siento decirlo, decepcionante, una mezcla de insulsa jerga académica e interpretaciones triviales. “Fue la impaciencia la que condujo a nuestra expulsión del Paraíso”, escribió Kafka en sus Cuadernos en octavo, “y es la impaciencia la que nos impide regresar”. De la misma manera, el principal defecto de la crítica sobre Kafka es la impaciencia, la necesidad de localizar el misterio y resolverlo lo más rápido posible, la necesidad de moverse rápidamente a través del texto en lugar de ponderarlo, saborearlo, permitir que lentamente nos entregue siquiera alguno de sus secretos. Pero para lograr esto es preciso reconocer que la mejor forma de aproximarse a Kafka no es a través de una idea, y ciertamente no mediante esos manidos tópicos: Kafka y la mística; Kafka y el judaísmo, Kafka y las compañías de seguros… por no decir nada del más aburrido, Kafka y la Modernidad. Nada de eso interesa ya a nadie. Lo que debemos hacer es mostrar cómo el escritor abordaba su material narrativo de una manera que no tiene, acaso, precedente alguno en la historia de la literatura europea. Si regresamos al episodio con el que comenzamos, la visita de Kafka a Steiner, nuestra comprensión de su tono (que no es en absoluto “irónico”, como sugiere Leavitt, ni tampoco meramente descriptivo), puede ser iluminada por nuestro conocimiento de otros pasajes en su escritura donde una figura de autoridad es sometida a un intenso escrutinio en un esfuerzo por dilucidar de dónde proviene su poder. En este sentido, el texto clásico es la “Carta al padre”, pero puede encontrarse ciertamente en otros lugares. Por ejemplo, en 1916, cuando se encontraba en Badenheim, Kafka describe minuciosamente en una carta para Max Brod la inesperada visita del santo rabino de Belz con su solemne séquito: “Él lo inspecciona todo, especialmente los edificios; las más oscuras trivialidades le interesan. Hace preguntas, hace todo tipo de observaciones. Todo su comportamiento está marcado por la admiración y la curiosidad. En general, lo que emana de él son los comentarios y preguntas irrelevantes típicos de la realeza itinerante (algunos ingenuos, otros jubilosos) que tiende a reducir cualquier pensamiento al mismo nivel. Langer intenta encontrar o se imagina que encuentra un significado más profundo en todo esto: yo creo que el significado más profundo es precisamente que no existe tal cosa y, en mi opinión, eso es suficiente”.
No hay nada en la apariencia externa o el comportamiento del santo rabino de Belz que sugiera santidad. Al contrario. Sin embargo, es precisamente esto lo que resulta tan aterrador y autoritario. Su (¿aparente?) ingenuidad misma es un signo del abismo que se extiende entre él y nosotros. Está imbuido con un poder y una autoridad absolutamente misteriosos, cuya fuente jamás podremos comprender. Todo lo que podemos decir con certeza es que nosotros no la tenemos.
Notas:
[1] Esto puede sonar extraño hasta que recordamos que Steiner, como fundador de la así llamada antroposofía, estaba en el curioso y lucrativo negocio de comunicarse con los espíritus de los muertos.

