Una multitud en la Plaza de la Victoria, en Bucarest, Rumania, en el 32 aniversario de la Revolución rusa. (Keystone, Getty Images)

La historia la cuenta Curzio Malaparte en Muss, el gran imbécil (Sexto Piso, 2013):

“Una noche Mussolini, cansado de estar solo en casa, se puso un capote, se encajó un sombrero hasta los ojos y, con la cara tapada por las solapas, salió de paseo por Roma. Al llegar ante un cinematógrafo, le entraron ganas de divertirse como al resto de la gente, así que compró una entrada. El espectáculo comenzó con las acostumbradas News Pictures y, naturalmente, el héroe de las News Pictures era el propio Mussolini, siempre él, siempre el Mussolini habitual, a caballo, en automóvil, a pie, de uniforme, de civil, con camisa negra, con frac, en aeroplano o en lancha motora. Mussolini pasaba revista a las tropas fascistas, inauguraba un monumento, presidía un congreso de filósofos, estrechaba la mano a un cardenal, visitaba un cuartel, subía al Capitolio, pronunciaba un discurso, dos discursos, tres discursos, una infinidad de discursos. En cuanto el Duce apareció en escena todo el público se puso de pie dando palmas: sólo Mussolini, que no estaba acostumbrado a ponerse de pie en su propio honor, se quedó sentado tranquilamente. A su lado, un modesto pequeñoburgués también se levantó inmediatamente, y viendo que aquel señor seguía sentado en clara actitud de inútil imprudencia, le tocó en el hombro, se inclinó hacia su oído y le dijo «Disculpe, señor, yo también pienso como usted, pero es mejor levantarse»”.

Steve Stern, en uno de sus libros sobre la memoria de la dictadura de Pinochet en Chile (Battling for Hearts and Minds, Memory Struggles in Pinochet’s Chile, 1973-1988, Duke University Press, 2006) rescata un relato de la época con apenas un par de variaciones: Pinochet se disfraza de mujer, va al cine no para divertirse sino para observar cómo reaccionaba el público cuando su imagen aparecía en la pantalla; la gente aplaude a rabiar y él queda atónito, fascinado, hasta que una persona lo increpa y le dice: “¡Vieja tonta, apúrese y aplauda o la van a fusilar!”

La contienda por la presidencia de Estados Unidos en 2016 aportó también una estampa que ilustra otro aspecto –muy distinto, aunque igualmente revelador– de la política del aplauso. Jeb Bush parecía, muy al inicio, el aspirante destinado a hacerse de la candidatura republicana. Pero en su camino se cruzó Donald Trump. En un evento por ahí de febrero, cuando ya era evidente que su intento estaba condenado al fracaso, un Bush a un tiempo furioso y desfondado trató de arengar a una multitud estableciendo un contraste contundente con Trump: “Yo no voy a insultar. No será un líder que divida ni agite. No voy a caer en el juego de fanfarronear sin poder respaldar lo que diga. El próximo presidente de Estados Unidos tiene que ser más sereno, pero al mismo tiempo, enviar una señal clara de que estamos preparados para actuar en el interés de la seguridad nacional de este país y volver al negocio de crear un mundo más pacífico”. Terminó de decirlo y se hizo un silencio no incómodo, sino insoportable. Bush, en un gesto de profunda desesperación e impotencia, le suplicó entonces a su audiencia: “Por favor aplaudan”.

Para completar el cuadro, rescato un pasaje del Archipiélago Gulag de Aleksandr Solzhenitsyn:

“En 1937, durante una reunión del Partido Comunista en uno de los distritos de Moscú, el secretario local del partido pidió a los asistentes, antes de dar por cerrada la sesión, un aplauso para el camarada Stalin. Tenía que «hacer méritos» ante el líder. Por supuesto, siendo como era la época de las «purgas», todas las personas presentes se pusieron inmediatamente de pie y comenzaron a ovacionar a quien en aquellos momentos dirigía con sanguinaria mano de hierro no sólo al partido, sino a la nación entera.

Pasó un minuto y los aplausos entusiastas continuaban. Pasaron dos minutos. Pasaron tres. Traten ustedes de aplaudir durante tres minutos ininterrumpidamente. Los brazos empiezan a sentir el cansancio y amenazan con no querer responder. Pero en aquella reunión local del partido nadie quería ser el primero en dejar de aplaudir Así que pasaron cuatro, cinco minutos. Lo normal es que hubiera sido el propio secretario local del partido quien diera la señal para interrumpir la ovación, dejando él mismo de aplaudir. Al fin y al cabo, era él el que había solicitado aquel homenaje al dictador. Pero el pobre hombre acababa de sustituir a otro secretario anterior, que había sido arrestado por la policía política de Stalin, así que no se atrevía a parar al ver que los demás continuaban aplaudiendo con fervor.

Pasaron seis, siete, ocho minutos. El tiempo se hacía verdaderamente eterno y la gente no es que no sintiera los brazos: es que el dolor era auténticamente insufrible. Nueve, diez minutos de aplausos. Todos se miraban unos a otros, deseando que alguien pusiera fin a aquella situación ridícula y agotadora, pero sin que nadie se atreviera a dar el primer paso. Al cumplirse los once minutos, cuando todos estaban al borde del colapso, por fin el director de una de las fábricas del distrito, que formaba parte del comité local del partido, dejó de aplaudir y se sentó.

Los aplausos cesaron inmediatamente en la sala como por arte de magia. Una vez que alguien se había atrevido a hacer lo que todos estaban deseando, los asistentes emitieron un suspiro de alivio y ocuparon sus asientos, con lo que la asamblea local del partido se pudo dar oficialmente por cerrada.

Aquella misma noche, ese director de fábrica fue arrestado por la KGB y condenado a diez años de prisión en los campos de concentración del Gulag soviético. Uno de sus captores, al acabar el interrogatorio, se dirigió al pobre hombre y le dijo con toda franqueza: «nunca seas el primero en dejar de aplaudir»”.


* Este texto fue publicado originalmente en la revista Expansión.

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