Fotograma de ‘Memorias del subdesarrollo’ (1968); Tomás Gutiérrez Alea
Fotograma de ‘Memorias del subdesarrollo’ (1968); Tomás Gutiérrez Alea dir.

Idiosincrasia, futuro e identidad

Bajo la superficie de frases notoriamente formulares en los discursos oficiales de la época, como aquellas de “los rezagos del pasado” o “la transformación del hombre”, se esconde una construcción ideológica cuyas resonancias específicas en el ámbito cultural o literario cubanos a menudo han quedado en segundo plano –bien porque se ha privilegiado sobre todo su dimensión sociológica o política, bien porque se han asimilado, sin más, a una lógica de acción y reacción, en una lectura según la cual los intelectuales “responderían” meramente a la normativa política o a la censura, buscando el mejor acomodo entre los límites de lo permisible o lo no permisible–. Lo cierto es que si se sigue el movimiento que llevó de los primeros diálogos de ajuste en los sesenta a la institucionalización marxista que cristalizó en los setenta pueden entenderse mejor tanto sus repercusiones en el ámbito literario como la dinámica, en buena medida recíproca, bidireccional, del fenómeno.

La indagación en la identidad cubana, que había sido siempre el punto de acuerdo entre los distintos discursos políticos e intelectuales de la República –y que aún siguió siéndolo en las primeras etapas del diálogo entre los intelectuales y el poder, en los primeros sesenta– se convirtió paulatinamente en una zona de conflicto importante, donde venían a oponerse una noción idiosincrásica u ontologizante de la identidad contra otra de cariz histórico o sociológico, cuyo rasgo de mayor relevancia sería la pertenencia a una comunidad mesiánica –y cuyos márgenes de inclusión o exclusión serán, precisamente, los de la militancia revolucionaria, que devendrá luego comunista–.

No deja de resultar curioso que las primeras formulaciones del conflicto aparezcan, precisamente, en algunos de los autores o los textos que se verán luego desautorizados por la ortodoxia marxista de los setenta: algunas de las ideas de Sartre en Huracán sobre el azúcar y, sobre todo, en su influyente “Ideología y revolución”, o en parte en el mismo discurso “antinacionalista” de muchos de los editoriales o artículos de Lunes de Revolución. Al menos en parte, es de Sartre y sus lecturas cubanas en los sesenta de donde provienen la identificación entre Revolución, descolonización y desarrollo, de un lado, y dependencia, subdesarrollo e idiosincrasia, del otro. El “carácter cubano”, así entendido, no sería más que un lastre para el desarrollo histórico: el resultado de décadas de explotación ejercida por las élites burguesas, de las que recién ahora vendría a liberar al hombre común el huracán revolucionario. Y esa liberación, por supuesto, implicaba la transformación no sólo de la realidad sino también de sus actores, con el consecuente desplazamiento de los valores asociados a “lo cubano”: si antes estaban asociados a un ser nacional, fundado como entidad por las sedimentaciones y formulaciones de la tradición, lo estarán ahora a un hacer histórico –una participación en la Historia que se asimilará rápidamente, a fin de cuentas, a una militancia, a la pertenencia misma a la comunidad mesiánica–.

Con relación a ese desplazamiento resulta elocuente el análisis de Duanel Díaz Infante cuando compara algunas de las “novelas de la caña” cubanas. Si en Ecué-Yamba-Ó (1933), de Alejo Carpentier, a las máquinas del central y la penetración norteamericana “el escritor oponía las tradiciones afrocubanas como último reducto de autoctonía nacional” y “el mundo maravilloso de los negros se revelaba como fuente de cubanidad, mientras el ingenio venía a ser un símbolo de una razón occidental que, a pesar de las apariencias, vivía su fatal decadencia”,[1] y en Vendaval en los cañaverales, de Alberto Lamar Schweyer, el protagonista viene a ser una suerte de mediador entre “dos espacios antitéticos: de un lado, el lujo de los cubanos de clase alta en la Riviera francesa; del otro, la miseria de los cortadores de caña en un ingenio azucarero a comienzos de los años treinta”,[2] en una novela tan representativa de la “literatura socialista” de los setenta como Sacchario (1970), de Miguel Cossío[3], el panorama es muy distinto: los trabajadores no son ya los pobres explotados de antes, sino voluntarios; no se trata de la posición fronteriza –trágica al cabo– del intelectual, sino del proceso de un hombre ordinario al que la revolución da la oportunidad de realizarse completamente. Y ahora, a diferencia de la “novela afrocubana” de Carpentier, la cultura de los negros no es vista como algo valioso sino como una rémora de la que toca desprenderse. Cuando, al llegar la noticia de que dos cosmonautas rusos llegaron al cosmos, el negro viejo que es su pareja en el corte de caña dice que es cosa de brujería, Darío, el protagonista, que no ve en ello sino la expresión del desarrollo de la técnica, piensa que la santería es “puro invento”, una manera de engañar a los negros.

Rémora, atavismo, que no se reduce a los aspectos meramente idiosincrásicos o propios de las capas subalternas de la sociedad cubana, sino que se corresponde en su fondo –en lo que la oposición devuelve como “rezago del pasado”– con cualquier elemento identitario ubicable en el mundo cubano anterior a 1959: lo cual incluye, y esto también merece subrayarse, la óptica misma de muchos de los intelectuales revolucionarios que participaron activa o pasivamente en ese cambio de polaridad en los discursos sobre la identidad y el carácter nacional.

Se podría objetar que contraposiciones de esa índole abundan, antes y después, tanto en la narrativa cubana como en los discursos sobre la identidad nacional. ¿Qué otra cosa, si no restituir lo idiosincrásico como valor a la manera de Ecué-Yamba-Ó, hace a fin de cuentas Antonio Benítez Rojo en La isla que se repite –publicada originalmente en 1989– cuando contrapone la “máquina esteparia” soviética a la identidad caribeña de los “pueblos del mar”, o cuando, en ese pasaje tan citado del mismo libro, contrapone esa “cierta manera” al caminar, tan garante de certezas que es capaz nada más y nada menos que de conjurar el apocalipsis nuclear, a la lógica de Estado y a la Historia?

Los niños de La Habana, al menos los de mi barrio, habían sido evacuados, y un grave silencio cayó sobre las calles y el mar. Mientras la burocracia estatal buscaba noticias de onda corta y el ejército se atrincheraba inflamado por los discursos patrióticos y los comunicados oficiales, dos negras viejas pasaron “de cierta manera” bajo mi balcón. Me es imposible describir esta “cierta manera”. Sólo diré que había un polvillo dorado y antiguo entre sus piernas nudosas, un olor de albahaca y hierbabuena en sus vestidos, una sabiduría simbólica, ritual, en sus gestos y en su chachareo. Entonces supe de golpe que no ocurriría el apocalipsis. Esto es: las espadas y los arcángeles y las trompetas y las bestias y las estrellas caídas y la ruptura del último sello no iban a ocurrir. Nada de eso iba a ocurrir por la sencilla razón de que el Caribe no es un mundo apocalíptico.[4]

¿No habían hecho en parte lo mismo los de Orígenes, cuando oponían esencialismo nacional tanto al “vacío” de la modernidad norteamericana como al “pintoresquismo” antillano? Sí, en efecto: la contraposición siempre estuvo ahí, muchas veces como conflicto, a veces como síntesis, y sus líneas de tensión eran múltiples. Pero eso, lejos de restar importancia al cambio que tiene lugar definitivo en los setenta, vendría a explicar mejor el impacto que tuvo ese giro drástico de signo y la fractura que supuso para el canon literario cubano. El cambio en los discursos sobre la identidad y el carácter nacional, precisamente porque incide sobre una zona central y sensible sobre la que se mantenía un consenso –consenso que a partir de los setenta resulta trastocado, cuya polaridad se invierte–, tendrá como consecuencia un divorcio irreparable entre tradición y futuridad, entre una literatura que ya no puede ser leída de la misma manera y una literatura que todavía no ha llegado.

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Las maneras que adoptan esos cambios de polaridad son diversas y, salvo en casos extremos, no llegan nunca a ser del todo unívocas, pero suponen un importante desplazamiento connotativo. Lo cubano, entendido como idiosincrasia, pasa a ser aquello que se había sido –no ya lo que se es, sino lo que se fue, en pretérito– y se asimila al pasado: pasado de la República (que pasará a ser llamada ahora, para la historiografía de la Revolución, la pseudorepública), o rasgos pasados (ligereza, indolencia, tendencia al choteo, a la ausencia de seriedad) que resultaban, o bien consecuencia natural de décadas de sometimiento, o bien consecuencia falaz de lo mismo y que lo hacía, por eso, posible.

Memorias de una concordancia

A menudo se ha recurrido a Memorias del subdesarrollo (1965), la novela de Edmundo Desnoes –y a su adaptación homónima al cine, en 1968, con guion del propio Desnoes y bajo la dirección de Tomás Gutiérrez Alea– para ilustrar las líneas que sigue ese conflicto entre idiosincrasia y desarrollismo. Si bien hay obvias razones temáticas para hacerlo, hay que añadir que limitar únicamente a este aspecto el valor de ejemplo de Memorias… –de la novela y de la película– peca de superficial, escamotea mucho de lo que allí está en juego. Con una trama que llega al mismo octubre de 1962 de la Crisis de los Misiles, Memorias… hace mucho más que poner en solfa las ideas sobre una identidad capaz, como pretendería décadas después Benítez Rojo, de conjurar por sí misma el apocalipsis nuclear: hay mucha más densidad connotativa en la novela de Desnoes, en cuanto texto, sobre todo, pero también en cuanto a las posibilidades de lectura que propicia, que los discursos que aparecen en boca de su protagonista.

¿A qué me refiero? Es innegable, por supuesto, que la novela de Desnoes es de las que más contribuyó a poner en circulación esas reflexiones sobre la identidad cubana a la sombra del proyecto revolucionario y del papel crítico del intelectual en la Revolución. Ya lo hacía, en parte, una novela suya anterior, No hay problema (1961),[5] que abordaba los conflictos del intelectual para identificarse con un contexto nacional que siente ajeno, y más aún si cabe desde la doble óptica de la pertenencia de clase y la militancia revolucionaria. En aquella primera novela su protagonista terminaba abrazando la causa revolucionaria, en una línea mucho a más tono –por unívoca– con las expectativas críticas del momento que Memorias…, si bien ya entonces estaba presente la ambivalencia interior que, atravesando al personaje, pone en cuestión sus motivos. En palabras de Magdalena López:

Sobreponiéndose a una intención aleccionadora, la obra anuncia la complejidad psicológica e ideológica característica de los protagonistas de Desnoes. El drama de Sebastián es su imposibilidad de ajustarse a una caracterización épica maniquea en el contexto intradiegético de la década del 50. Ya en un debate sostenido por varios escritores cubanos en 1962 sobre la novela, Virgilio Piñera advertía que el “aspecto político” del texto “[dejaba] bastante que desear”. En efecto, la ambigüedad de la obra poco parecía contribuir a una normatización revolucionaria. A la manera de Bildungsroman, No hay problema indagaba las dificultades por encontrar una identidad propiamente cubana que pusiese fin a una ambivalencia identitaria desmovilizadora. Tal ambivalencia se desprendía de la dicotomía: Cuba/Estados Unidos, replicada en las antinomias clases populares/burguesía, negro/blanco, campo/ciudad y de manera todavía indirecta desarrollo/subdesarrollo.[6]

Ahora bien, aun cuando Memorias del subdesarrollo pone también en escena esos cambios de polaridad referidos a la identidad cubana, no es menos cierto que aquí los elementos que nutren ese conflicto se entretejen en una telaraña sutil que, en buena medida por lo que tiene de novela de tesis, y sobre todo por su lograda ambivalencia irónica a la hora de representar los conflictos a los que se ve abocada la subjetividad del intelectual cubano, deja entrever críticamente el alcance de todo lo que vendría a “dejar atrás” el nuevo discurso sobre la identidad nacional. Y entre todo ello hay que contar, en primer lugar, aquellos elementos que habían conformado esa propia subjetividad intelectual. Malabre,[7] el protagonista que, en primera persona –la novela se presenta a sí misma como una singular especie de diario– reflexiona en términos similares a los de Sartre, Wright Mills o Fanon sobre la inconsecuente inmediatez de sus compatriotas, y que deplora los rasgos “subdesarrollados” de la psicología esencial de “el cubano”,[8] sería también una figura más a contarse en esa amplia zona de lo que, desde una razón histórica concordante con el compromiso revolucionario, habría que soltar como lastre para “superar” el subdesarrollo: perteneciente a una clase burguesa cuya mediocridad aborrece, intelectual él mismo, el prisma a través del cual observa la realidad pertenece al mismo pasado –a la misma tradición– que los rasgos de la idiosincrasia cubana que rechaza y que, según él y desde ese prisma, habría moldeado esa realidad.

Edmundo Desnoes en ‘Memorias del subdesarrollo’ (1968); Tomás Gutiérrez Alea
Edmundo Desnoes en ‘Memorias del subdesarrollo’ (1968); Tomás Gutiérrez Alea (IMAGEN YouTube / El Babujal)

Ahora bien, de reducir la novela al discurso de su protagonista se corre el riesgo de perder de vista el conflicto mismo que la constituye –el de la subjetividad del individuo enfrentado a la Historia, un motivo que recurrirá de manera central, como veremos, en los textos narrativos más importantes de la época–, o lo que viene a ser igual, de confundir aquello que se tematiza en el texto con alguna voluntad discursiva o ideológica[9] inscrita en los debates del momento. Como bien hace notar Román de la Campa a propósito del personaje-narrador y de las lecturas que suscita una u otra identificación, Malabre:

Provoca antipatía como protagonista para quienes buscan el “sujeto revolucionario”: su incertidumbre ante los cambios sociales es explícita. Será visto con simpatía por quienes celebran la ambigüedad existencial como fin en sí, como plasmación de un pluralismo de valores inconexos.[10]

Y viceversa, cabría añadir. Pero lo que importa, sobre todo, es que Malabre es un personaje-narrador, no el portavoz de un discurso de fondo con respecto al cual la novela sería transparente. Menos que menos, porque el artificio narrativo de Memorias… cuestiona irónicamente semejante asimilación entre su protagonista y cualquier posible discurso unívoco del libro. Para hacerla, habría que pasar por alto, entre otras cosas, que en Memorias… Malabre lee una novela (que bien pudiera ser No hay problema) escrita por otro personaje, Eddy, trasunto narrativo del propio Desnoes,[11] quien precisamente resultará blanco de la mordacidad de Malabre porque:

En su opinión, trataba de buscar la aprobación oficial a toda costa y […] construía sus novelas de acuerdo a los patrones de la cultura socialista, tal como la proponían las autoridades. No era difícil hallar en la ácida descripción de esas novelas una parodia de las anteriores novelas de Desnoes, y el propio narrador le increpaba en un momento dado, al señalar su hipocresía y su sumisión al poder: “¡Quién te ha visto, Eddy, y quien te ve, Edmundo Desnoes!”[12]

Es sobre esa ambivalencia –que se sostiene sobre la puesta en cuestión de la credibilidad del sujeto de enunciación “burgués”, y que involucra también la de su contraparte “militante”– que se construye todo el fondo existencial e ideológico de la novela, y es también eso lo que propició sus varias posibilidades de lectura, entre las cuales hay que contar como elemento nada despreciable que haya podido ser llevada al cine en el tenso contexto cubano de 1968.[13] ¿Por qué? Precisamente en la medida en que los extremos ideológicos de esas lecturas pueden resolverse únicamente a través de una determinación discursiva, de esa suerte de tasación crítica del “dentro” o “fuera” que preconizaba como rasero de valor “Palabras a los intelectuales”. Paradójicamente, la indeterminación de Sergio en el texto hace posible la conciliación, o al menos, la convivencia interpretativa fuera del texto de posiciones críticas que devendrán pronto encontradas, excluyentes. Ubicar connotativamente su discurso tiene, paradójicamente, un efecto conciliador en términos de lectura, y viene a actuar como atenuante o paliativo de lo que de otro modo resultaría en fricción ideológica. En palabras de Román de la Campa:

Son lecturas aparentemente ansiosas por asignar una referencialidad más bien paliatoria: apropiarse inmediatamente de la posición del sujeto, impugnar la voz narradora y reemplazarla con otra verdad ante ese objeto incierto. Podría decirse que esto se debe a que la crítica de la literatura cubana es un campo particularmente cargado de inmediatez referencial.[14]

El artículo ya citado de Peris Blanes toca, pienso, un punto de especial pertinencia cuando hace énfasis en ese juego de espejos:

Al representarse a sí mismo, desde la mirada de Malabre, como un farsante, un traidor a la literatura y un escritorzuelo a las órdenes del poder gubernamental, Desnoes cargaba de ironía el texto y llevaba a un alto grado de complejidad y ambigüedad su representación del intelectual en su relación con el Estado […] De ese modo, distanciaba las opiniones del narrador de las del autor real del texto, pero al mismo tiempo daba pie a una crítica ácida, pormenorizada y profunda de su obra y de su propia posición como intelectual en el contexto de la cultura revolucionaria.[15]

Volviendo, entonces, a lo que me interesa subrayar aquí: Desnoes, en Memorias y en parte en la estela de No hay problema, retrata algunos de los conflictos que con relación a la identidad nacional y la condición esencialista de lo cubano se le presentan a ese intelectual a un tiempo desencantado y con vocación revolucionaria, en efecto; en cierto sentido, se podría decir que reproduce en clave narrativa el contenido de algunos de esos debates, pero eso no tendría por qué imponer una lectura que asimile, sin más, una cosa a la otra. No deja de sorprender que una novela que en su día consiguió que sus lecturas posibles no se vieran impedidas –comprometidas– por posiciones críticas o ideológicas excluyentes, y que ostenta el raro privilegio de ser uno de los primeros y quizá el último de los textos donde confluyen de una manera concordante visiones luego antitéticas de lo literario, tienda a ser mostrada a veces, todavía hoy, como mero ejemplo de aquello mismo que tematiza. Díaz Infante, por ejemplo, repasa algunos de los rasgos asociados con la imagen tradicional del cubano que aparecen críticamente en boca del protagonista, para luego añadir:

Memorias refleja, pues, la dicotomía entre la imagen tradicional del cubano y la Revolución, empresa prometeica que pretendía cambiar al hombre y dar un gran salto adelante fuera del subdesarrollo. Al hacer a su antihéroe reproducir los discursos de la intelligentsia republicana, Desnoes no hace sino señalar la obsolescencia de los mismos en el nuevo contexto político y social.[16]

A esa presunta obsolescencia, además de la que venía dada por el contexto revolucionario cubano, se le incorporaban en alguna de sus lecturas otros rasgos marcados sobre todo por las políticas de descolonización provenientes de la izquierda occidental, que hacían énfasis en la identidad latinoamericana, y que venían a sumarse al retrato “burgués” o “decadente” del personaje, cuyo discurso incluía “no pocos tópicos de la tradición ilustrada, liberal, positivista y eugenésica que, desde Europa, había identificado el mundo latinoamericano con la barbarie”.[17] De hecho, hay aquí otro elemento que convendría no perder de vista: lo que podría parecer una visión “europeizante” a ojos de los discursos emergentes en los sesenta, y quizá aun más a ojos de hoy para un lector o espectador europeo, se corresponde de manera mucho más natural de lo que a primera vista pudiera parecer con la situación real del momento, con La Habana de Malabre. La tradición de la alta cultura europea, que convivía a veces en fricción con la modernidad norteamericana, había tenido en América –o al menos para las élites culturales americanas, radicadas en La Habana, Buenos Aires, México o Nueva York– hasta hacía muy poco su lugar natural por la más sencilla de las razones: porque entonces no había otro a mano para su realización histórica, terrena. América había sido el único lugar posible para su desarrollo, si nos ceñimos a la estricta posibilidad geográfica: Europa, durante casi tres décadas –de tomar en cuenta únicamente el período comprendido entre mediados de los años treinta y finales de los cincuenta, durante algo más si nos remontáramos a la Gran Guerra–, había dejado de ser un sitio propicio para grandes construcciones culturales. Con su territorio y su población devastados primero por la guerra y luego por una posguerra que se extendería hasta finales de los años cincuenta, la tradición de la alta cultura europea y de las vanguardias que seguían o reformulaban su tradición vinieron a encontrar, en tanto práctica real y construcción cultural viable, mucho más espacio para sí en las metrópolis americanas que en las ciudades arrasadas del continente. La mezcla de refinamiento cultural “europeo” y prosperidad a la americana que exhibe el Sergio de la novela o la película eran, en ese momento, mucho más naturales –más propias, menos prestadas– en La Habana que en la Alemania que él mismo había visitado hacía poco: “Estuve sólo un mes en Alemania después de la guerra. Fue a finales de 47; llevaba dólares y eso me convirtió en un rey. Pero no disfruté; ¡qué disfrutar!, no entendí nada. […] Fui huyendo de Hanna y me sentía jodido, judío para un horno crematorio”.[18]

Edmundo Desnoes en ‘Memorias del subdesarrollo’ (1968); Tomás Gutiérrez Alea
Edmundo Desnoes en ‘Memorias del subdesarrollo’ (1968); Tomás Gutiérrez Alea (IMAGEN YouTube / El Babujal)

Rafael Rojas también se refiere a la tradición intelectual que problematiza Memorias…, y lleva razón cuando hace notar su raíz ilustrada y humanista, que entronca con los referentes culturales de las élites cubanas –sin ir más lejos, con la tradición que alimenta el canon literario anterior a 1959:

“¡Estoy cansado de ser antillano! –dice Desnoes a propósito de Carpentier, a lo que agrega–: yo no tengo nada que ver con lo real maravilloso, ni me interesa la selva, ni los efectos de la Revolución Francesa en las Antillas”. En el hastío de esa inserción en el Caribe habría que leer, una vez más, la subsistencia de una añeja tradición criolla (Francisco de Arango y Parreño, José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero, Enrique José Varona, Ramiro Guerra, Fernando Ortiz, Jorge Mañach, José Lezama Lima…), interesada en localizar a Cuba en una órbita más plenamente occidental, como las que describen en su rotación las potencias atlánticas de Europa y Estados Unidos.[19]

Hasta ahí, en efecto, obran elementos que gravitan en el conflicto que pone en escena la novela, cuyo centro es esa subjetividad intelectual en gran medida asociada a la alta cultura europea y la modernidad norteamericana, confrontada ahora con la irrupción de la Historia que supone la Revolución. En la reflexión de Memorias… se entrecruzan tanto el sustrato de esa cubanidad, definida ontológicamente y que ahora, desde la oposición entre subdesarrollo y desarrollismo se pone en tela de juicio, como los límites mismos de cualquier discurso sobre ella que no se corresponda, en esa suerte de tabula rasa que preconizaban los nuevos presupuestos críticos e ideológicos, con la militancia marxista. Es por eso que su protagonista forma parte –en una suerte de contrapartida irónica, sobre la que se construye la ambigüedad esencial de la novela– de lo que él mismo aborrece o critica: del mundo, tan distinto del ámbito burgués del que proviene, pero tan presente como su reverso, de la “indolencia” idiosincrásica de “el cubano” que “vive demasiado en su presente”. Y, en consecuencia, formará también parte del pasado al que, desde la nueva lógica sociológica de la identidad, se remite –se persigue ubicar ahora– la totalidad de ese mundo; se podría añadir, además, que el tema de fondo de la novela, el conflicto existencial que pone en escena, gravita sobre esa pérdida del pasado en doloroso contraste con un futuro que todavía no ha llegado. Pero cosa bien distinta, en cambio, resulta concluir de ahí, renglón seguido, al menos referido al discurso de la novela –identificando esa lógica referida que articula el conflicto con el discurso del texto o de su autor–, que:

La nueva generación intelectual, a la que pertenecía Desnoes, reasumía aquel malestar dentro de la epopeya revolucionaria. La tradición ilustrada y humanista de la cultura occidental, que aquellos intelectuales habían asimilado durante su formación juvenil, se les presentaba, ahora, como un legado capitalista, democrático y colonial al que debían renunciar. Salir del subdesarrollo no era, para ellos, incompatible con relocalizarse en el mundo por medio de una nueva inscripción geopolítica: el campo socialista en cualquiera de sus dos variantes hegemónicas: la Unión Soviética o China.[20]

Más bien y lejos de eso, lo que problematiza Memorias… es precisamente la pertinencia de esa “renuncia debida”. Lejos de articularse como discurso “positivo” –polarizable en un sentido o en otro, reductible a una voz unitaria y sincrónica–, el texto de Desnoes opera, como pone de relieve de la Campa, sobre el paradigma semántico de la pérdida:

En última instancia […] intenta narrar, o sea, dar una consecución espacial a un discurso incapaz de proliferarse por causas internas y anteriores. Podría decirse que escribe la supervivencia de un sujeto cuya recurrencia a la cultura que lo identifica no puede continuar: una especie de hablante sin lenguaje, pero no en el sentido inmediato y anecdótico de un intelectual esquemáticamente burgués en una revolución de ideología opuesta en abstracto, como si esa configuración fuera representable en cualquier época y latitud geográfica por fórmulas textuales establecidas. La crisis de la palabra es mucho mayor que la representable en ese plano de superficie.[21]

Esa crisis es la que resulta de una doble pérdida: la del tiempo presente y la de la subjetividad individual (o al menos, tal como estaba constituida para aquel intelectual no revolucionario) ante los reclamos de la comunidad mesiánica que constituye la Revolución. Y al darle cuerpo la novela lo hace cuestionando también –a través de la ironía, de la plurivocidad de la representación, de la ambigüedad, de una suerte de puesta en escena paródica de los debates del momento– qué habría impuesto para ese sujeto intelectual: la irrupción brutal de la Historia y la posición del individuo, tanto con respecto a ella como con respecto a la comunidad de la que forma parte:[22] una pertenencia que, como a raíz de esa irrupción ya no se define en términos positivos de identidad o tradición, de idiosincrasia, sino en términos de construcción del futuro a partir de una klésis histórica, resulta ahora, también o sobre todo, la pertenencia a una comunidad mesiánica.

Es en esta acepción precisa que viene a cuento la singularidad del diario de Malabre. La novela, como se ha dicho, se presenta a sí misma como el diario escrito por su protagonista-narrador, pero el suyo presenta una peculiaridad paradójica que tiene, como se verá, sus correlatos en el tiempo que narra. Si lo que define a un diario es, precisamente, la anotación puntual y cotidiana del presente, que se expresa en el registro de las fechas de los días en curso, el de Malabre es atípico por esa ausencia. Su “diario”, más que sobre la inmediatez del presente, reflexiona o bien sobre el pasado, sobre lo que él ya no es o no tiene, o bien sobre un futuro que todavía no ha llegado. Lo que reprocha a sus compatriotas es que se vive demasiado en el presente, pero ese presente no es el de la vida cotidiana sino el de las urgencias de la Historia, marcada en la novela por la inmediatez de un posible conflicto nuclear y codificada en la tonalidad emotiva de Hiroshima mon amour, a cuya protagonista de inconsolable memoria, encarnada por Emmanuelle Riva en el filme de Alain Resnais, contrapone a menudo la provisionalidad atávica de sus compatriotas. La cotidianeidad que encontramos al principio se va espaciando –la vamos perdiendo, con él, ya desde el inicio de la novela– y de la declarada intención de “poner la fecha y la hora cada vez que me sentara para escribir algo” se pasa pronto en las primeras páginas a declaración de índole muy distinta:

Ahora me doy cuenta: eso de poner la fecha es una tontería, no tiene sentido. Hoy para mí es igual a cualquier día que pasó o a otro que vendrá. Feeling tomorrow just like I feel todayI hate to see that evening sun go down. Quité todas las fechas. Si algo cambia ya se verá por lo que voy anotando. No tengo que dormir por la noche ni por la mañana ir al trabajo. El tiempo ahora es un capricho.[23]

En esas pocas líneas aparece condensada una de las claves de la novela de Desnoes, del conflicto existencial de su protagonista y, bien cabe añadir, de uno de los elementos que resultará central y recurrirá, una y otra vez, en la narrativa cubana de los sesenta y setenta: “Hoy para mí es igual a cualquier día que pasó o a otro que vendrá”. El único tiempo verbal en presente, ese “es” que define el hoy, funge en la frase como predicado nominal: el hoy existe sólo en la medida en que se iguala a un pasado, a “cualquier día que pasó”, que además tiene el mismo peso –la misma indiferencia, en cuanto a definición asertiva– que un futuro, “cualquier día que vendrá”. El tiempo, ahora, es un capricho, se ha contraído al punto de hacer prescindible su registro, pero ¿qué es lo que determina, para Sergio, esa condición caprichosa del ahora, del presente? La encrucijada entre lo que ya no es y lo que todavía no ha sido, y la particular suspensión del presente en tanto tiempo vital del individuo.

Edmundo Desnoes en ‘Memorias del subdesarrollo’ (1968); Tomás Gutiérrez Alea
Edmundo Desnoes en ‘Memorias del subdesarrollo’ (1968); Tomás Gutiérrez Alea (IMAGEN YouTube / El Babujal)

Memorias del subdesarrollo es, tal vez, el último de los textos donde conviven –enfrentándose, sí, pero aun dialogando críticamente entre ellos– elementos cuya tematización y tratamiento van a marcar decisivamente el rumbo de la narrativa cubana, y que resultan definitorios respecto a esa dicotomía que cristalizó en los setenta entre literatura cubana, de un lado, y literatura de la Revolución o socialista, del otro. La convivencia –y también el margen de posibilidad de sus lecturas críticas– aquí aún era posible por lo que tiene la novela de ambivalente, gracias a ese complejo juego de ironías que tiene por eje el lugar de enunciación del narrador y que paradójicamente frustra, propiciándolas sin cesar, cualesquiera de sus polarizaciones ideológicas.

Uno de esos núcleos y también el más visible, como hemos visto en extenso, es el que atañe a la cuestión de la identidad, cuyas dos vertientes –la de una tradición o una idiosincrasia, pero también la que se define ahora desde una perspectiva histórica, militante– iban en vías de separarse desde inicios de los sesenta y terminarán por escindirse, ya definitivamente, con la institucionalización soviética. Otro, el del papel de los intelectuales ante la Revolución, transcurre también en el aura doble del compromiso, de un lado, y la pérdida de una subjetividad intelectual que deviene, también, crisis de la palabra, el conflicto de esa especie de hablante sin lenguaje al que remite Román de la Campa. Una figura cuya representación más explícita se encuentra en la mudez del protagonista de “Visita de cumplido” y, en sentido más general, como veremos luego, en la narrativa de Cabrera Infante posterior a Tres tristes tigres. Por último, recorriéndola como un detonador, figura ya en la novela de Desnoes el conflicto de lo mesiánico, que se presenta aquí en sus dos vertientes contrapuestas: como conflicto individual, pérdida del presente ante la Historia –que aparecerá como tematización del tiempo mesiánico en las grandes novelas cubanas de los sesenta y setenta– y como cumplimiento, testimonio, tiempo de redención del que se ha de dar fe desde la militancia en esa literatura “socialista”, acorde a los códigos y las expectativas ideológicas del nuevo canon crítico.

Memorias constituye, en grandísima medida, una suerte de paradigma de excepción, de caso ejemplar de lo que ya no será posible. Es, por así decir, la última obra –o más bien, la última que permitió una lectura feliz, en términos críticos– antes del cisma que dejará como resultado dos visiones y dos configuraciones enfrentadas, asimétricas, del canon literario cubano.


Notas:

[1] Duanel Díaz Infante: Palabras del trasfondo: intelectuales, literatura e ideología en la Revolución Cubana, Colibrí, Madrid, 2009, p.107.

[2] Ídem.

[3]Y que tanto entusiasmo crítico despertó. Cfr. Ambrosio Fornet: “A propósito de Sacchario”, aparecido originalmente en Casa de las Américas en 1964, y recogido luego en Las máscaras del tiempo, Letras Cubanas, La Habana, 1995.

[4] Antonio Benítez Rojo: La isla que se repite, Casiopea, Barcelona, 1998, p. 25.

[5] La novela fue reeditada en 1964, el año anterior a la aparición de Memorias.

[6] Magdalena López: “Itinerarios de la memoria: letras y revolución en la novelística de Edmundo Desnoes”, 2010.

[7] Sergio Carmona Bendoiro, en la película. No deja de resultar interesante que Tomás Gutiérrez Alea se las haya ingeniado para recurrir en dos ocasiones a textos con sendos personajes cuya condición de clase o de género –el intelectual burgués de Memorias, y Diego, el intelectual homosexual de Fresa y chocolate (1993), basada en un cuento de Senel Paz y dirigida con Juan Carlos Tabío– permite poner en su boca verdades política o ideológicamente incómodas, probablemente no aceptables sin ese marco de enunciación que actúa como atenuante o cortina de humo. En ambos casos y salvando las distancias –a diferencia del cuento de Paz, la novela de Desnoes la hubiera merecido por sí misma–, la versión fílmica procuró una notoria visibilidad a los textos en los que se basó, al tiempo que desarrollaba un discurso estético propio.

[8] “Creo que la civilización consiste sólo en eso: en saber relacionar las cosas, en no olvidarse de nada. Por eso aquí no hay civilización posible: el cubano se olvida fácilmente del pasado: vive demasiado en el presente” (Edmundo Desnoes: Memorias del subdesarrollo, Galerna, Buenos Aires, 1968, p. 31).

[9] Voluntad que bien pudo haber estado presente o haber sido «declarada» estratégicamente por el autor, pero que no por eso resta al texto, en este caso, su propia autonomía. Al respecto, veáse por ejemplo Desnoes 1969.

[10] Román de la Campa: “Memorias del subdesarrollo: novela/texto/discurso»”, Revista Iberoamericana, LVI, 1990, p. 1040.

[11] La solución de la película, al poner en pantalla al propio Edmundo Desnoes como participante de una mesa redonda –¡donde se dicute nada más y nada menos que sobre el papel del intelectual en la Revolución!–, a la que asiste Sergio desde el público, intensifica si cabe el efecto. La escena, lo cual no deja de resultar curioso –porque se ha dicho a menudo que el cine de Gutiérrez Alea y en particular Memorias acusa una marcada influencia de Antonioni–, hace pensar en la escena inicial de Zabriskie Point (1970), que es dos años posterior.

[12] Jaume Peris Blanes: “Ironía, ambivalencia y política en Memorias del subdesarrollo, de Edmundo Desnoes”, Rilce. Revista de Filología Hispánica, n.o 27, 2011, p. 436.

[13] O incluso, en las lecturas que privilegian su carácter crítico, la misma posibilidad de su publicación en 1965. Veáse, por ejemplo, Grossvogel 1974: 60-64.

[14] Román de la Campa: ob. cit., pp. 1040-1041.

[15] Jaume Peris Blanes: ob. cit., pp. 436-437.

[16] Duanel Díaz Infante: ob. cit., p. 112.

[17] Rafael Rojas: El estante vacío. Literatura y política en Cuba, Anagrama Barcelona, 2009, p. 46.

[18] Edmundo Desnoes: Memorias del subdesarrollo, ed. cit., p. 142.

[19] Rafael Rojas: ob. cit., pp. 49-50.

[20] Ídem.

[21] Román de la Campa: ob. cit., pp. 1049.

[22] Si bien el artículo de Campa sigue otros derroteros de los que ahora interesan aquí, desde los primeros párrafos ubica la particularidad del conflicto de Memorias cuando, refiriéndose a su trama, señala: “Un sujeto individual ante un objeto colectivo no parece ser una fórmula vigente, ni siquiera en su versión de antihéroe, pero en este caso ha encontrado una revolución muy cercana a nuestro espacio y nuestro tiempo” (ibídem, 1039; las cursivas son mías).

[23] Edmundo Desnoes: Memorias del subdesarrollo, ed. cit., p. 13.

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Waldo Pérez Cino (1972). Escritor. Ha publicado los relatos de La demora (1997), La isla y la tribu (2015) y El amolador (2015), varios volúmenes de poesía, recogidos en Aledaños de partida (2015), y el ensayo El tiempo contraído. Canon, discurso y circunstancia de la narrativa cubana (2014). Entre 2010 y 2014, fue beneficiario de la beca de investigación doctoral del FWO, Flandes, y en 2021 de la beca de escritura de la Fundación Cintas. Desde 2014 dirige los sellos editoriales Almenara y Bokeh.

2 comentarios

  1. Me alegra coincidir con los principales puntos de vista de este perpicaz ensayo, de uno de los escritores cubanos que se destaca por su vision nada maniquea. Cf. «Lo cubano como ensonacion», en Caratula, edicion 117, mayo, 2019.

  2. Waldo, leo tu ensayo recordando a Desnoes, y me detengo en la fotograma, que ilustra este ensayo, y tu comentario número 7 donde dices que “No deja de resultar interesante que Tomás Gutiérrez Alea se las haya ingeniado para recurrir en dos ocasiones a textos con sendos personajes cuya condición de clase o de género –el intelectual burgués de Memorias, y Diego, el intelectual homosexual de Fresa y chocolate (1993), basada en un cuento de Senel Paz y dirigida con Juan Carlos Tabío– permite poner en su boca verdades política o ideológicamente incómodas”.
    Aclaro, que en la película de Desnoes y Alea, sí aparece un homosexual, quien es justamente el del fotograma (hombre con camisa ajustada y bolsa). Compartí el dato en mi libro, que tú generosamente editaste, y lo supe por el propio Desnoes, quien me dijo que al final decidieron eliminar ese personaje. Hay mucho que escribir todavía sobre Memorias. Gracias por compartir tu ensayo.

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