Lezama en un banco del Paseo del Prado en 1970 (FOTO Iván Cañas)
Lezama en un banco del Paseo del Prado en 1970 (FOTO Iván Cañas)

Estamos aquí reunidos esta noche para celebrar la publicación de un libro de traducciones de James Irby y Jorge Brioso. [1]

Cualquier intento de traducir a José Lezama Lima debería asegurar al intrépido filólogo, independientemente de sus resultados, un lugar en el cielo literario. Estas traducciones proporcionan al lector un Lezama portátil, a veces singular y extraño, y a veces enrevesado y tópico, pero siempre fascinante.

El uso irónico que Lezama hace de la “mala poesía”, junto con sus experimentos con la “prosa florida”, enfrentan al traductor con obstáculos insalvables, y lo ponen ante el peligro de convertir al Maestro en un tortugón amoratado, como Lezama gustaba de llamar a los poetastros consagrados de su tiempo.

Permítanme presentar aquí un ejemplo de ese Lezama inextricable y enrarecido:

De la tortuga el agua en la papada,
empavesa farolada nao de esqueletos,
al saludar jovial la mona encaramada
en el monitor chillón, sus dos pequeños disertos.

Irby y Brioso traducen: “From the turtle the water in the jowls”, etc… Bello y brutal. ¿Y cómo podríamos resolver ese “monitor chillón”: “the gaudy, jarring monitor”? Por cierto, que al leer atentamente esta antología editada por Green Integer, me doy cuenta de que Lezama adquiere más sentido traducido al inglés que en el original.

Cuidado: no estoy diciendo que Lezama no tenga sentido en español. ¡Dios me libre! Lo que quiero decir es que la literatura de Lezama no se aviene bien con el sentido común. En Lezama, sentido y sensibilidad están más cerca del neo-rococó que del barroco, y podríamos hablar aquí, como el propio Lezama en su ensayo sobre Luis de Góngora, de una sierpe.

La sierpe es el emisor de un sentido maldito, toda vez que la búsqueda del sentido viene a ser el modo cubano de jurar fidelidad a la patria. La manera en que Lezama Lima retuerce y trueca el sentido y el sinsentido es la particular pesadilla en la calle Trocadero del traductor.

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Un aparte: Trocadero, el nombre de la calle donde Lezama vivió la mayor parte de su vida adulta, y que significa equívoco, argucia o ambigüedad, no queda lejos de otra calle del mismo vecindario llamada Blanco. Cuando alguien pierde el hilo de su pensamiento, a los cubanos les gusta decir que esa persona se ha quedado varada en la esquina de Blanco y Trocadero. Como podrán ver, Lezama Lima es una encrucijada en más de un sentido.

Por lo que respecta a la escritura, cualquier otro pudo haber escrito los perfectamente transparentes apuntes sobre Descartes y Valéry,[2] donde Lezama contrasta la noción tomista de acto puro con la idea de Valéry de suceso puro. Lezama señala certeramente que un “suceso puro parece estar hecho para ser tragado por el tiempo, como cualquier suceso periodístico”, pero no llega a identificar el acto mismo de la poiesis, o creación poética, como la suprema expresión del suceso puro, y cuyo equivalente cosmológico vendría a ser el big bang. Las letras cubanas tuvieron que esperar por la llegada de Severo Sarduy para poder alcanzar esta importante revelación. El suceso puro no es otra cosa que el cuanto de acción, o la nomenclatura de De Broglie vertida a la jerga tomista.

Pero el alto estilo lezamiano se exhibe mejor en textos como “Sierpe de Don Luis de Góngora”, [3] donde el Maestro, liberado del aliento de impromptu que inspira el apunte en un diario o la viñeta periodística, hace pleno despliegue de sus fastuosas orquestaciones. Tanto los ágiles arabescos como las opacas oberturas son vertidas con esmerado detalle por Irby y Brioso.

Calle Trocadero (FOTO Pedro Luis García)
Calle Trocadero (FOTO Pedro Luis García)

Guardo en muy alta estima al flamante Lezama que la editorial Green Integer ha puesto a disposición de los lectores de Estados Unidos. Les advierto: Lezama Lima es tan multiforme como Dios mismo, y tan abigarrado como una deidad tibetana. Los devotos de Lezama Lima tenemos, cada uno, nuestra propia imagen personal del ídolo. Digamos que Lezama Lima es a los cubanos lo que Idaho es a los estadounidenses. Inevitablemente, esta noche voy a hablar de mi Lezama Lima particular.

Leí, si no todos, la mayoría de los ensayos incluidos en A Poetic Order of Excess hace más de cuarenta años. Dejaron huella en mi mente juvenil, y varias de sus frases e hipótesis más afortunadas han permanecido conmigo todos estos años.

A su poesía (de la que este volumen de Green Integer ofrece una deliciosa muestra en “Pensamientos en La Habana” y “Oda a Julián del Casal”) [4] regreso diariamente. En cuanto al pensamiento de Lezama, o lo que también se ha dado en llamar su “Sistema”, ciertamente he asimilado algo de su dialecto y casi toda su imaginería.

El modo en que Lezama articula las ideas fundamentales resulta importante para cualquier poeta lírico que aspire a revertir el orden poético. Sin embargo, esas mismas ideas y su peculiar modo de expresión han establecido un vínculo inquebrantable con los ideales de una forma corrupta de nacionalismo: se han convertido en ideología.

Lezama, el inescrutable e inabarcable, es ahora el canon. Lezama es tan ineludible como el océano que rodea la isla, una presencia oceánica él mismo –o más bien, como diría Virgilio Piñera, que es el Negrito de este imposible Catedrático: tan ineludible como “la maldita circunstancia del agua por todas partes”.

El símil del teatro bufo no es del todo injustificado, ya que Lezama es, ante todo, un poeta cómico, aunque, ocasionalmente, en una inversión de papeles, Virgilio ha hecho de contrapunto serio a nuestro sobredimensionado y sobreidealizado personaje de farsa. Virgilio se burla del pretencioso enciclopedismo de Lezama, de su pequeñoburgués esteticismo de salón. Fue Joyce quien nos dijo que “es en el vodevil, y no en la poesía, donde está la crítica de la vida”, y nuestros dos mayores escritores del siglo XX parecen coincidir en esto.

El título alternativo de la novela Paradiso, de Lezama Lima, bien podría ser La Comedia, aunque divina. La ridícula d del título se lee como un sutil y culterano “guiño”. A Lezama, católico devoto, le preocupaban las posibilidades cómicas de lo sagrado; a Virgilio, la desacralización de todo que se presenta solemnemente investido de sacralidad. En la primera novela de Virgilio, La carne de René, publicada en Buenos Aires en 1952, Jesucristo aparece como un hilarante muñeco de ventrílocuo.

“Cuando estoy oscuro escribo poesía; cuando estoy claro escribo prosa”, dijo Lezama Lima,[5] tal como consta en la introducción de A Poetic Order of Excess, de Irby y Brioso.

Pero más bien lo contrario es verdad. Lezama es un poeta lúcido y un prosista oscuro. La claridad de su poesía deriva de la pureza de su premisa. Empieza de la nada y se compromete ferozmente con este principio básico, una suerte de axioma fundamental que desde su primer poema (Muerte de Narciso, 1937) deviene el centro de gravedad de su retórica. Con cada nueva obra, Lezama se interna más profundamente en el vacío. La fascinación del barroco español con la vacuidad se mezcla en él con el vértigo de la insularidad claustrofóbica.

Su afinidad con Valéry y Mallarmé proviene de esa misma fuente. ¡Ay de aquellos que atribuyan un significado, un sentimiento o incluso un sentido de lo pintoresco a los versos de Lezama! Lo más que llega a evocar la escritura de Lezama es la nada misma. Muerte de Narciso irrumpe en el siglo XX como el manifiesto estético de una nueva escuela solipsista: lo que concierne a Narciso, el aguafiestas, es el acto de reflexión en y de sí mismo. Tampoco la poética de Lezama tiene que ver con un ordinario arte por el arte. La poesía de Lezama Lima es Wille als Vorstellung: voluntad como representación. En otras palabras: creación de la nada.

No está solo en esto. José Martí, su precursor heroico, alcanzó –también en la más temprana etapa de su carrera– el perfecto vacuum poeticum. Martí fue exaltado a la posición de Apóstol nacional no por virtud de la politiquería sino de su sagrado sacrificio al Vacío.

Martí, el escritor, se había convertido en mártir mucho antes de su caída en el incidente de Dos Ríos de la Guerra de Independencia cubana. Incluso ante esa coyuntura, Martí renunció a morir como héroe y a producir significado. En Dos Ríos, fue la víctima del azar: fue Narciso, la anticipación del tropo lezamiano.

En el Ismaelillo (publicado en Nueva York en 1882), Martí mata el significado (literalmente: mata la cosa que más ama), pues su gran poema no es sobre el hijo perdido, ni sobre el hijo natural, tal como nos enseñaron en la escuela primaria, sino sobre el nacimiento del Arte como engendro de la Voluntad, o sobre el advenimiento de la imaginación en exilio.

Porque es imposible comprender lo inaprehensible, José Martí es, lo mismo que Lezama Lima, muy difícil de traducir, tal como ha declarado el profesor Roberto González Echeverría: “Martí no viaja bien”. Cuando traducimos a Martí al inglés o a cualquier otra lengua, otorgamos significado a lo que nada significa, y agregamos una dimensión superflua a sus palabras.

Lo mismo es válido para Lezama. Una operación posterior podría volverlo inteligible, pero le quitaría todo interés. Martí y Lezama son sistemas cerrados: el poeta en régimen de incomunicación. Cuando hablamos del hermetismo de Lezama no nos tomamos en serio esta noción: pero uno no se convierte en seguidor de Hermes a no ser que exista la promesa de no hacer manifiesto lo radicalmente arcano. Hay un juramento sagrado que obliga al bardo a mantener oculto su secreto.

El Ismaelillo es el homunculus de Martí, más que una persona real, y, como ocurre con Muerte de Narciso, el poema fundacional del Modernismo es un texto hermético. Martí y Lezama son practicantes de la gaya ciencia, o fröhlicke Wissenshaft. Muchos, si no todos los ensayos de Lezama, son tratados alquímicos y exigen la presciencia de los misterios, la pertenencia a la Hermandad del Armiño (La Habana fue fundada en 1519, hace exactamente quinientos años, bajo el patronazgo de San Cristóbal, Crisóforo y Crisofo, transmutador del plomo en oro, el Azufre Viviente). La residencia de Lezama en la calle Trocadero es una Morada Filosofal, un Aleph al borgiano modo. En resumen: el hermetismo de Lezama debe tomarse en serio o no tomarse en lo absoluto.

Lo que equivale a decir que Lezama no es para todo el mundo, que es un escritor aristocrático, y que toda la popularidad y la popularización que le ha seguido equivalen a muy poco y no añaden nada a su comprensión. El camino más seguro hacia Lezama es la Tradición –esto es, la Tradición ocultista–, y ese camino exige competencias que van más allá de lo literario. El aficionado a lo new age, no el semiólogo, es el lector ideal del opus magnum lezamiano.

Pero estamos aquí reunidos esta noche para hablar de Lezama Lima como fenómeno literario, e incluso podríamos llegar a asociar su obra a la de los escritores del llamado boom latinoamericano. Sin embargo, como artista, Lezama está más cerca de Sir George Ripley y de Nicholas Flamel, de Michael Maier y de Paracelso, que de Mario Vargas Llosa. Si Lezama condescendió a tal parentesco, fue movido por una necesidad abyecta.

Cuando Lezama hace historia, y en particular historia de Cuba, no está interesado en representar el papel del historiador, sino el del iniciado, del adepto: es así como apunta su tabaco hacia un pasaje en el Diario de Cristóbal Colón en que el Almirante divisa una rama ardiente en el cielo de Cuba, o cuando –en la introducción a esta antología– relata el episodio del joyero que pule sus monedas de oro y crea un árbol dorado como imagen fundacional (creadores por la imago, llama Lezama a los personajes y antihéroes de sus “eras imaginarias”).

Con el anterior, y con muchos otros pasajes de sus textos, Lezama parece decirnos: ¡Es la Alquimia, amigos! Y sin embargo no le tomamos la palabra: al contrario, insistimos en hacer de él un fenómeno puramente literario. Y él mismo se resignó a serlo, a convertirse en el bicho raro de Cortázar y en el favorito de los boomers latinoamericanos. Pero confiaba en que algún futuro miembro de la cábala secreta se enfrascara en diálogo con el Lezama obscuro, Artista e Imperator, y en que un eventual intérprete se percatara de que no era un hecho fortuito que el nombre de su guarida favorita en la ocultista ciudad de La Habana fuera La Lluvia de Oro.

Néstor Díaz de Villegas su texto sobre Lezama en el centro cultural Beyond Baroque, Venice Beach, California, 2019
Néstor Díaz de Villegas lee su texto sobre Lezama en el centro cultural Beyond Baroque, Venice Beach, California, 2019

Notas:

[1] Este texto fue leído en la presentación del volumen A Poetic Order of Excess, Essays on Poets and Poetry (Green Integer, 2019), que reúne un conjunto de ensayos y poemas de José Lezama Lima en traducción inglesa de James Irby y Jorge Brioso. La presentación tuvo lugar en el centro cultural y literario Beyond Baroque (Venice Beach, California). Fue escrito originalmente en inglés y traducido al español para su publicación en Rialta por Juan Manuel Tabío.

[2] Recogidas en el volumen bajo el título de “Diary Entries on Descartes and Valéry”.

[3] Ensayo incluido en el volumen como “Serpent of Don Luis de Gongora”.

[4] Titulados “Thoughts in Havana” y “Ode to Julian del Casal”, respectivamente.

[5] José Lezama Lima: Apuntes para una conferencia, en José Prats Sariol, Paradiso: recepciones, Paradiso, Edición Crítica, Colección Archivos, 1988.

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5 comentarios

  1. Un argumento a favor de la grandeza de Lezama es la diversidad de exégesis que suscita, hasta cotos donde se habla de una «necesidad abyecta» en Lezama… He aquí una prueba.

  2. Me dicen que Prats Sariol es buena persona y muy humano y solidario. Pero, ¿por qué alguien puede tomarlo en serio como crítico o especialista en Lezama? ¿O en nada? Todavía no he leído una opinión suya que me convenza de que hay algo brillante en ese cascarón vacío. Y esta vez no es la excepción. De mi ensayo ha escogido una frase, exquisita y exacta por cierto, y ha echado a la basura el resto. Es lo mismo que hizo con Lezama, una y otra vez. Una carrera de epígono y grupie, qué triste.

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