I
Muera quien tiñe el asfalto
de sangre tibia y espesa,
muera el chacal que de un salto
se apodera de su presa,
muera quien humilde besa
la mano que...
Ni la fe ni su negación son suficientes para Sarduy. Solo la escritura misma parece complacerle: su último reducto ante los embates de la enfermedad y la desdicha.