Testimonio del 11-J: “¡Queremos ser escuchados! ¡Queremos saber la verdad!”

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Daniel Triana, joven actor cubano detenido el 11 de julio en Cuba durante las manifestaciones (foto: Daniel Triana / Facebook)
Daniel Triana, joven actor cubano detenido el 11 de julio en Cuba durante las manifestaciones (foto: Daniel Triana / Facebook)

El inicio de la protesta

En la mañana del domingo 11 de julio abrí mi celular y vi las transmisiones en vivo de las manifestaciones que ocurrían en San Antonio de los Baños y en Palma Soriano.

“Este es el momento de salir. Si he salido por Hamlet Lavastida, si he salido por un preso político o por un grupo de personas, tengo que salir ahora, es el momento, es la hora histórica. El pueblo ha convocado”, me dije.

Decidí salir, aunque pocos días antes la Seguridad del Estado me había arrestado. Me comuniqué con algunos amigos artistas y acordamos presentarnos frente al ICRT [Instituto Cubano de Radio y Televisión]. Hubo un momento en el que dudé: “¿Coño, vamos a estar nosotros, un grupo de artistas frente al ICRT, y no vamos a estar junto a la mayoría de la gente, en puntos como el Capitolio… o en otros lugares… perdiéndonos entre la multitud?”, pensé.

Después, conversé con amistades, y entendí la importancia de que nosotros, como artistas, a veces líderes de opinión, estuviéramos frente al ICRT exigiendo quince minutos en vivo. Exigiendo un tiempo de transmisión al aire, en vivo, en la televisión cubana.

Frente al ICRT

Nos reunimos a partir de llamadas en la esquina de 23 y M. Al principio éramos muy pocos. Un grupo de amigos. Muchos transeúntes que pasaban, al entender que éramos manifestantes, se quedaban junto a nosotros, y algunos amigos que nos conocían de las redes enseguida se nos unieron.

Fuimos a la entrada principal del edificio. Ahí nos paramos. Yunior García habló con el custodio. El custodio le dijo amablemente que sí, que se iba a comunicar con los directivos. Bajaron a hablar con Yunior, a negociar.

—¡Queremos ser escuchados! ¡Queremos saber la verdad! ¡Pongan el Internet! –empezamos a gritar ante el apagón de Internet que nos impedía saber qué estaba pasando con las protestas que habíamos visto en San Antonio y Palma Soriano.

Reclamos muy claros. Bajaron otras personas a conversar con Yunior y Raúl Prado sobre la supuesta transmisión en vivo. Ellos empezaron a inventar historias:

—Tiene que subir uno solo, no pueden subir todos.

Les propusimos que bajaran las cámaras para al menos hacer la transmisión ahí en la calle. Dijeron que no, que no tenían tecnología para eso. En fin, un tejemaneje.

Automáticamente, en medio de esa negociación, llegó una turba, decenas de personas, trabajadores del ICRT. Enseguida empezaron a gritar consignas: “¡Abajo el bloqueo! ¡Pin pon fuera, abajo la gusanera! ¡Cuba sí, yanquis no!”

Un señor mayor gritó, como si fuera una competencia:

—¡Ellos no pueden gritar más que nosotros!

Nosotros empezamos a desmontar muchas de sus consignas. Por ejemplo, cuando decían “¡no más bloqueo!”, en un tono de confrontación, decíamos: “pero bueno, sí, abajo el bloqueo, ¡no más bloqueo!” Aquello adoptó un tono humorístico. Ustedes dicen “no más bloqueo” y nosotros también estamos en contra del bloqueo. Desmontamos ese supuesto antagonismo entre ellos y nosotros.

—¡Cuba sí, yanquis no! –gritaban ellos.

—¿Tú ves aquí algún yanqui? Aquí no hay yanquis. Aquí todos somos cubanos. No somos enemigos –les preguntamos, choteamos con eso.

Luego vino la Seguridad del Estado a intimidar a Yunior, a intimidarnos, a gritarnos cosas. En otro momento, un amigo se acercó y nos dijo:

—Caballero, vienen guaguas (las conocidas como guaguas del terror) a buscarnos.

Por supuesto, la gente cogió mucho miedo. No pocos cruzaron la acera y se fueron del plantón. Alguien propuso caminar Rampa abajo para encontrarnos con otras personas en quienes nos pudiéramos respaldar, porque la contraparte realmente nos superaba en cantidad.

Yunior se quedó sentado y la gente de la Seguridad del Estado seguía provocándolo, provocándolo, provocándolo…

—Mira, no voy a dejar a Yunior solo –dije.

Me quedé con Yunior y nos sentamos en la acera junto a varios amigos. Cuando el grupo se desintegró un poco, cuando la gente se asustó y bajó Rampa abajo, por miedo a una detención masiva, los trabajadores del ICRT empezaron a celebrarlo y gritaban: “¡Ganamos!”. Parecían ganar una escaramuza.

Desde donde yo estaba, veía al presentador de la televisión Pepe Mejías. Lo miraba a los ojos y lo interpelaba.

—¡Pepe Mejías, mírame a los ojos! ¡Pepe Mejías, no queremos más bloqueo! –le decía. Él nunca pudo sostenerme la mirada.

Entre la multitud, recuerdo a una señora muy violenta. Yo podía ser su hijo, le recordé. Estaba como enceguecida. A todos les repartieron enseguida banderitas cubanas. Entonces nosotros también pedimos banderas. Varias personas tenían dos y les pedimos una.

—Dame una bandera, yo también soy cubano –decíamos.

Compañeros de celda

Empezaron por mí. Detrás se parqueó un camión azul. Estábamos sentados. Me cogieron entre cuatro personas, cuatro hombres de la Seguridad del Estado, y me lanzaron violentamente para la parte trasera del camión.

Lanzaron a Raúl Prado, a Edel Carrero, a Yunior. Reinier Díaz se montó por su propia voluntad para no dejarnos solos. Cargaron también con Leonardo Fernández Otaño y con una muchacha de las manifestantes que no conocíamos. Ella después nos contó que era trabajadora de una TRD [Tienda Recaudadora de Divisas]. Una mujer humilde que de pronto explotó emocionalmente y sintió que ese era el escenario que tenía para canalizar su ira, su frustración. Conectó con nosotros de una manera súper linda y subió al camión, nos acompañó.

Esas siete personas fuimos trasladadas al reclusorio del Vivac. Allí, cuando nos recibieron, un policía me dio una bofetada, para humillarme, básicamente. Lo hizo porque intercedí por mi amigo Leonardo que es un intelectual, historiador y docente católico al que le querían retirar, apenas llegamos, su crucifijo. Interpelé al policía y vino y me dio una bofetada.

Detenidos, nos encontramos con otros manifestantes que iban llegando. Algunos miembros del 27N y otras personas desconocidas para nosotros. Personas del pueblo, de diferentes estratos y edades, jóvenes. Algunos que ni siquiera se habían manifestado. Es evidente que la policía hizo una recogida masiva.

Ese día no nos dieron comida. Llegamos ahí a las cuatro y pico de la tarde.

En la celda intercambiamos historias. Empatizamos con cada detenido que entraba, compartimos las causas personales y las microhistorias de nuestras detenciones. Ellos nos comunicaban lo que pasaba afuera, porque llevábamos muchas horas sin Internet. Desconocíamos la dimensión de las protestas hasta ese momento.

Allí nos encontramos al inicio con una ex Dama de Blanco, con un padre de familia y con dos pacientes psiquiátricos. Uno de ellos es un personaje tremendo, se llama Arnaldo Corales Tejeda. Decía guardar en su mochila (a la que no tenía acceso) papeles que lo acreditaban como paciente del hospital Mazorra, donde había sido enfermero, según su relato. Hablaba del doctor Ordaz y de aquel lamentable deceso de más de treinta pacientes psiquiátricos que sucedió hace varios años.

Al principio, tuvimos miedo porque estaba muy alterado, pero después empezó a bromear dentro de la incoherencia, la ruptura y la fragmentación de su discurso. Era un hombre que daba muestra de mucha lucidez, en medio de la incoherencia.

Según lo que pude recomponer de su relato fragmentario, Arnaldo se encontraba, mientras consumía alcohol, viendo la protesta frente al ICRT. Cuando me lanzaron para el camión, él cruzó la calle para interceder por mí, precisamente. Me dio muestras de mucha empatía y solidaridad. A pesar de yo ser homosexual, así lo planteó, me mostró su solidaridad. Me miraba a los ojos y hablaba de una nobleza que veía. De la misma manera, vi en ese loco una nobleza tremenda.

Arnaldo nos contó su historia. Fue un friqui del Patio de María, de la calle G, vendió drogas y pastillas a las personas de esas noches alternativas. Conocerlo fue muy emotivo para mí. Nunca olvidaré su nombre. A pesar de la violencia de su imagen, tenía una nobleza y lucidez tremendas.

Llegaron más jóvenes. Gente que relató escenarios de mucha violencia física. Una muchacha paciente de cáncer dijo que a su novio le dieron tantos golpes que le pusieron el ojo morado. Dijo que tenía un hilo de sangre en el ojo y que se lo habían llevado directo para el hospital.

Adentro, una vez en la celda-dormitorio, conocimos a nuestros compañeros, muchachos jóvenes, gente humilde que no está vinculada a ninguna organización. Al igual que nosotros se sintieron convocados por las manifestaciones en las provincias a través de las redes sociales.

Había un muchacho de 17 años. Otro tenía un hijo y lo detuvieron porque estaba gritando “¡Patria y vida!”. Otro era guía de turismo e intercedió por un manifestante que estaba siendo violentado y lo cargaron, casi lo estrangulan, lo agarraron por el cuello entre varias personas y lo montaron en un Lada verde frente al ICRT. Otro muchacho llegó medio alcoholizado, era muy noble, tenía buen sentido del humor y una solidaridad tremenda, prestó sus chancletas para que todo el mundo se bañara en la inmundicia aquella de baño. Otro muchacho que, de pronto, llegando, recibió el insulto de “negrito feo” por parte del jefe de la galera y él le respondió también con ofensas. Le dijo “gordo” y no pudimos más que reírnos. Entrando fue víctima de racismo, imagínate tú.

Conversamos mucho, muchísimo, de historia, política, sociedad, sexualidad, género, lenguaje inclusivo, religión…

El muchacho de 17 años, en su inmadurez, se involucró en dos altercados. El primero con un oficial, y el otro con un recluso que armaba una litera dentro de la celda. Un recluso que, al parecer, trabajaba allí y lo mandaron a armar esa litera. Cruzaron unas palabras y le fue para arriba a agredirlo. Tuvimos que interceder. A Leonardo, por apoyar a este muchacho, lo pusieron en una celda de castigo. Una celda oscura. Esposado. Como dos horas. Luego lo trajeron de vuelta. Vimos a Maykel González Vivero arrestado.

Al día siguiente nos dieron un desayuno pésimo: la mitad de un pan viejo, de esos de la bodega, y un vasito de agua con un colorante. El almuerzo fue un poco mejor, la comida fue infame.

Por el pasillo pasaban reclusos que eran trasladados para la prisión Valle Grande.

El interrogatorio

Finalmente, nos interrogaron. Mi interrogatorio lo hizo el teniente coronel Juan Carlos Aguilera, del Buró o Comité de Investigación, o algo así. No me dieron copias de los documentos. Me trajeron un acta de detención que me negué a firmar. Me amenazó por ello. Me dijo que podían acusarme de desorden público y de sedición. Todo eso fue de palabra, todo medio informal. No tuve acceso a asesoría legal.

Ellos, por supuesto, querían saber quién nos había convocado. Trataron, básicamente, de sacarme información para construir un relato que ya tienen prefabricado de todos modos. Están buscando rellenar una narrativa hecha de antemano. Intentan llenarla con el discurso de la injerencia extranjera y la planificación desde fuera de Cuba de las protestas.

Intentan darles a las protestas un carácter artificial. Algo que es totalmente incierto, como se lo hicimos saber y como ellos, en el fondo, saben. Siempre resaltamos que las protestas fueron espontáneas, que comenzaron en San Antonio y eso nos convocó. Ellos negaban esa aclaración.

Le sugerí, le exigí al teniente coronel Juan Carlos que presentara pruebas de esa supuesta artificialidad. Él me dijo que sí, que presentarían pruebas, y que iban a utilizar todos los medios de la justicia contra los “instigadores”, contra los “provocadores” de las manifestaciones. Siempre aludían a un plan extranjero para desestabilizar el país.

En un momento, él me preguntó qué proyecto de país yo quería. Le hablé de un proyecto democrático, donde no hubiera borrón y cuenta nueva de lo que está sucediendo, sino que, de alguna manera, se retomaran los logros y programas sociales que en la Revolución han funcionado. Yo no planteo algo tan radical como lo que ellos esperan de un disidente.

Le hablé de un proyecto que pueda erradicar de cuajo todo lo que coarta la libertad y la democracia en nuestro país. Él ante eso se sintió desarmado. Apeló, entonces, a otra narrativa que ellos usan, según la cual, yo debo ser preservado de una amenaza invisible. Esa amenaza, para ellos, es la “contrarrevolución”.

—A mí no tienen que preservarme –le dije.

Cayendo la tarde empezaron a liberarnos. Luego supimos que nuestras familias estaban plantadas afuera. Uno de los muchachos, Javier Pérez Rodríguez, el guía de turismo, me pidió que anotara su número. Lo anoté con un pedazo de jabón en un libro –el teatro escogido de Tennessee Williams– que me dejaron entrar a la celda.

Nos devolvieron las pertenencias al salir. Un oficial, el mismo instructor penal Juan Carlos, me trajo una medida cautelar de prisión domiciliaria para que la firmara. Le dije que no la iba a firmar. Se alteró. Buscó a otras personas para que sirvieran como testigos de mi negación. Me trajeron a otro policía que parece que manda bastante en el Vivac.

—A ver, ¿cuál es la situación?

—Mire, yo necesito asesoría legal porque no sé qué consecuencias me pueda traer este papel.

—Yo soy abogado.

—Usted puede ser abogado, pero yo necesito un abogado imparcial.

—Yo soy un abogado imparcial.

—No, usted no es ningún abogado imparcial. Usted está aquí haciendo su función de policía y yo no voy a firmar.

Se alteraron todos. El policía empezó a gritar malas palabras. Vino un agente de la Seguridad del Estado que intentó persuadirme. El agente autodenominado Antonio. Según él, atiende al sector de las artes escénicas en Cuba, a la disidencia escénica en Cuba. En otras ocasiones ya había tenido encuentros con él.

—Mira, tu familia está allá afuera, ya todo el mundo ha firmado. Firma y sal. No te busques más problemas. Esto no va a tener más consecuencias –dijo Antonio.

Ya habían dado la orden de conducirme nuevamente a la celda. Encima del rótulo de “se niega” puse mi firma.

El día después

Al día siguiente, el martes 13, cuando cumplí años, necesitaba hacer un trámite bancario. Mi banco se encuentra en 23 entre N y O. Afuera del banco, se me acercó un agente de la Seguridad que no se identificó. Me preguntó si ya me estaban atendiendo. Le hizo una seña a otro que se encontraba en la esquina para que se fuera.

De regreso tuve que pasar por frente al ICRT. Había un operativo de la Seguridad del Estado. Habían plantado banderas cubanas, propaganda política. Una bocina, a todo volumen, soltaba canciones del repertorio propagandístico: Silvio Rodríguez, Israel Rojas… Temas dizque patrióticos.

Los agentes de la Seguridad que estaban en el ICRT me reconocieron. Cruzaron la calle corriendo. Tres o cuatro. Levanté las manos en señal de rendición. Llegaron a mí y se burlaron de mi gesto. Me esposaron y condujeron hacia un Geely rojo que estaba parqueado en M. Ahí permanecí como veinte minutos.

Luego vino otro agente que me quitó las esposas. Me preguntó si podía conversar con él diez minutos. Me montó en su carro, un Lada azul, creo. Me llevó hasta G, cerca del monumento a José Miguel Gómez. Me preguntó por mis ideales, por los cambios concretos que quiero para Cuba. Se los enumeré.

—¿Qué tú quieres, pluripartidismo?

—Sí.

—¿Qué más quieres?

—Respeto a las libertades individuales.

—¿Me puedes dar un ejemplo?

—Por ejemplo, que no se repriman más a las voces disidentes.

—¿Tú te has sentido reprimido, coartado?

—Mira la situación en la que estoy ahora mismo. ¿Crees que esto no es coacción?

—No, no, no, esto no es coacción. Tú puedes ahora mismo abrir esa puerta y marcharte.

—Ah, ¿sí?

Hice exactamente eso. Abrí la puerta, salí, la cerré y le dije: “Hasta luego, gracias”.


*Este testimonio es resultado de una entrevista realizada por Edgar Ariel a Daniel Triana.

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