Alan Pauls conversa sobre Ricardo Piglia en el ciclo literario La ciudad y las palabras

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A la izquierda, Ricardo Piglia, en la estación de Constitución en Buenos Aires en los años ochenta (Fotografía de Daniel Mordzinski)

Como parte del proyecto La Ciudad y las palabras, que se organiza desde el 2007 en el marco del Doctorado en Arquitectura de la Universidad Católica de Chile, el escritor argentino Alan Pauls protagonizó el pasado 15 de abril el primer capítulo de una serie de charlas que se estarán transmitiendo a través de YouTube bajo el nombre La ciudad de los escritores.

La intervención de Alan Pauls estuvo dedicada a Ricardo Piglia, un grande de la literatura argentina contemporánea que narró como pocos, desde su experiencia personal, el tejido de historias (culturales, políticas, literarias) que conforma la vida de toda ciudad.

El ciclo La ciudad y las palabras fue inaugurado por el propio Ricardo Piglia en 2007 y Alan Pauls lleva cinco años participando de este proyecto que cuenta con el auspicio del diario La Tercera, Librerías UC, Tironi Asociados, entre otros. El Premio Nobel sudafricano J. M. Coetzee, la premio Princesa de Asturias Siri Hustvedt y otros autores como Richard Ford, Paul Auster y Michel Houellebecq también han participado en el ciclo.

“¿A qué viene Piglia a la gran ciudad?” es la pregunta que nucleó la intervención de Alan Pauls este abril, quien ensayó respuestas estableciendo como punto de partida los tres tomos de los Diarios de Ricardo Piglia, textos donde los espacios citadinos y la escritura se asumen como dos caras de una misma moneda, como “anverso y reverso de una misma práctica”, dijo Alan Pauls.

Entre los muchos modos en que la ciudad aparece en los Diarios de Piglia, en que la escritura se relaciona con ella, Pauls menciona (y explica) algunas escenas recurrentes: el escritor que evade la vida social ocultándose en moteles impersonales, monacales, ascéticos, cuartos de pensión, departamentos de amigos para poder escribir sin interrupciones; el escritor que se pierde en la ciudad, que desaparece en la multitud para conservar cierta condición de anonimato y también poder escribir; el escritor que va a la travesía urbana a buscar historias; el escritor que emprende largas caminatas sin rumbo preconfigurado con amigos, novias y desconocidos, como una forma de generar ideas mediante ese desplazamiento físico por la geografía urbana.

Alan Pauls recuerda además al Piglia escritor que inscribe su cartografía de la ciudad en ciertos trayectos habituales de la vida cultural bonaerense, al punto de que se pueden leer los Diarios “como si fueran un verdadero mapa sociológico de la cultura porteña a partir de los años sesenta, es decir, la ciudad como una especie de teatro bohemio, un campo de batalla literario y un mercado donde de algún modo coexisten y disputan pares y competidores”. El mismo escritor que a finales de los setenta en esos diarios sale a la ciudad y detecta la violencia política que marcó el espacio público y la interacción de los habitantes en la Buenos Aires de “los años de la peste” durante la dictadura.

“Y entonces, dijo Renzi, al volver, como hago siempre que he pasado una temporada fuera del país, salí a caminar la calle y recorrí lugares tan íntimos para mí y tan llenos de emoción, salí a buscar el mundo donde había vivido y había sido feliz, y esa tarde de pronto me di cuenta de que los militares habían cambiado el sistema de señales de la ciudad y en lugar de los legendarios postes pintados de blanco, que indicaban las paradas de los ómnibus, habían colocado carteles que decían Zonas de detención. Toda la ciudad, me di cuenta, decía Renzi, estaba colmada de esas señales ominosas que estaban ahí para decir –y no decir– que los habitantes eran todos detenidos eventuales, detenidos-desaparecidos en la espera, cada vez, con permiso de andar por la calle hasta que nos ordenaran alinearnos y hacer fila antes de ser trasladados”, narra el alter ego de Piglia sobre la militarización de la ciudad en el último volumen de los Diarios.

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