Vista de ‘A Long Hug’, una exposición de Alicia Rodríguez Alvisa en Madrid.
Vista de ‘A Long Hug’, una exposición de Alicia Rodríguez Alvisa en Madrid

El abrazo es una escultura. Es una arquitectura. Me pregunto si Alicia Rodríguez Alvisa (La Habana, 1995) coincide conmigo. Si coincide en el hecho de que el abrazo es una arquitectura del deseo. Me lo pregunto mientras observo su videoinstalación A Long Hug en el Espacio Copiloto, ubicado en el barrio madrileño de Carabanchel. A Long Hug también le da nombre a su primera exposición personal en la capital española.

Alicia Rodríguez Alvisa reside actualmente en Estados Unidos. Se graduó en la Escuela del Museo de Bellas Artes de la Universidad de Tufts en mayo de 2018. Recibió la Beca Springborn y el Premio Yousuf Karsh en 2017. Ahora, en A Long Hug, se coloca en un espacio íntimo de inseguridades y explora el mundo desde un cuerpo / su cuerpo transfronterizo.

En A Long Hug, cinco televisores fragmentan el cuerpo de Alicia Rodríguez Alvisa y lo muestran en estadios de vulnerabilidad. Al mismo tiempo, el tacto se convierte en un gesto de autodescubrimiento y de autonomía. Una manera de entenderse como un espacio (dividido) para posicionarse críticamente. En ese lugar donde el yo es un espejo infinito.

El abrazo es una escultura. Es una arquitectura. Me pregunto si coincides conmigo en el hecho de que el abrazo es una arquitectura del deseo.

Ciertamente, al considerar la experiencia de contemplar una escultura o un monumento arquitectónico, me viene a la mente una lectura inmediata y a menudo simple de comprender. Estas expresiones no requieren palabras para explicar por qué se crearon; simplemente están presentes.

En esta misma línea, veo la semejanza con un abrazo. Un abrazo no necesita palabras ni defensas para existir, simplemente es. Su mera existencia comunica todo lo necesario.

Además, encuentro interesante la relación entre esta comparación y cómo cada expresión escultórica o arquitectónica puede ser única en su creación. De manera similar, el abrazo es una forma única en que los seres vivos expresamos amor y/o deseo.

La perspectiva que mencionas es hermosa, especialmente en el contexto de crear los videos para la pieza A Long Hug, donde el proceso se convirtió en algo parecido a un ritual. Comencé el abrazo desde la zona del busto y lo fui desplazando lentamente hasta los pies, recopilando suficiente material para trabajar. El orden que seguí al recorrer mi cuerpo y abarcar todo lo que mis brazos pudieron alcanzar se siente como si estuviera construyendo un abrazo de la misma manera que se crea una escultura.

Vista de ‘A Long Hug’, una exposición de Alicia Rodríguez Alvisa en Madrid.
Vista de ‘A Long Hug’, una exposición de Alicia Rodríguez Alvisa en Madrid.

Frente a las imágenes que expones en A Long Hug percibo mucha nostalgia. ¿Estoy en lo cierto?

Sin duda. Como inmigrante, la nostalgia se ha convertido en una parte intrínseca de mi identidad. No existe una forma de eliminarla, ni debería intentarse. La nostalgia actúa como un lazo que nos mantiene conectadxs a lo que extrañamos y nos recuerda de dónde venimos.

Por un lado, estas imágenes capturan esa nostalgia de ser cuidada y amada por aquellos que siempre lo hicieron cuando vivía en Cuba, es decir, mi familia y amigxs. Sin embargo, también hay otro tipo de nostalgia presente: la nostalgia de algo que ni siquiera recuerdo cuándo existió. Es la añoranza de amarme y aceptarme a mí misma tal como soy, sin la necesidad de cambiar nada.

Desde que tengo memoria, la relación con mi cuerpo ha sido distorsionada. Desde 2006 hasta 2017 no vi mi cuerpo dentro de un estándar de belleza. Cuando era adolescente y, más tarde, como joven adulta, prestaba mucha atención a los estándares de belleza en Europa, una región que tuve el privilegio de visitar en varias ocasiones durante mi infancia y adolescencia. Mi cuerpo en Cuba atraía tanto cumplidos apropiados como comentarios obscenos, lo que me llevaba a intentar evitar llamar la atención.

Luego, en Estados Unidos, continué persiguiendo esos estándares, recurriendo a métodos poco saludables para perder peso y cambiar mi cuerpo. Mis múltiples intentos de bajar y aumentar de peso me desconectaron de mi propio cuerpo, llegando a sentirme ajena a él. Fue en las escenas representadas en estas imágenes donde comenzó a forjarse una conexión entre las dos “Alicias”: una que ya existía y otra que estaba creando. Esta Alicia imaginaria estaba libre de todas esas preocupaciones.

En consecuencia, estas imágenes también reflejan la nostalgia de una posible Alicia totalmente liberada.

Como dices, las siete fotografías que expusiste en Espacio Copiloto, junto a la videoinstalación que componen la muestra, son parte de una investigación en torno a las dualidades del yo; un yo múltiple y nostálgico. En este caso, ¿cómo reivindicas tu cuerpo alejado del narcisismo que estructura la contemporaneidad? 

He necesitado muchos años para comprender por qué estaba obsesionada con mi cuerpo y sentía la necesidad de cambiarlo. Mi camino hasta aquí y mi evolución continúan porque el narcisismo controlaba mi vida. Esto se manifestaba en mis elecciones alimenticias, los eventos a los que asistía, mis rutinas de ejercicio, mi nivel de actividad, entre otros aspectos.

Evitar engordar, hacer dietas, no perderme un día de entrenamiento, eran producto de ese narcisismo. Mi vida estaba controlada por eso, aunque no lo parecía. Por lo tanto, podría decirse que mi trabajo surgió como un intento de rebelión contra el narcisismo que caracteriza a la sociedad contemporánea.

Durante muchos años, la raíz del deseo de cambiar mi cuerpo estaba arraigada en la búsqueda de aceptación, ser tomada en serio y evitar el acoso, pero también el bullying. Agradezco a mi deseo de reivindicación por liberarme gradualmente de esa trampa narcisista que afecta a muchos. Por ejemplo, mi interés en observar cambios en los cuerpos, incluido el mío, nace de mi fascinación por comprender el cuerpo como el vehículo de mi alma en esta vida. Creo que sin mi trabajo artístico no habría llegado a esta comprensión.

Ver el cuerpo desde una perspectiva espiritual es lo que ha permitido que mi enfoque se aleje de la temática narcisista. Esta perspectiva continuará siendo una sólida base en mi trabajo durante mucho tiempo.

¿Qué significa para ti inaugurar, con tu primera exposición personal en Madrid, el Espacio Copiloto en el barrio de Carabanchel?

Inaugurar el Espacio Copiloto con A Long Hug fue un momento muy especial por varias razones. En primer lugar, por la naturaleza del espacio en sí. En el año 2021, mi padre, René Francisco, estaba buscando lugares para alquilar como estudio. Después de dos años de separación debido a la pandemia, tuve la oportunidad de reunirme con él.

Durante mi estancia lo acompañé en la búsqueda de ese espacio que él deseaba tener. Puedes imaginar cómo fue ver y admirar a mi padre a sus 60 años reubicándose en otro país, casi desde cero. Cuando visitamos ese lugar estaba en pleno abandono, sin electricidad ni ventilación y con los residuos de una vieja fábrica. Mirando con la luz del teléfono no dudé que la estructura del espacio y las posibilidades eran idóneas para sus propósitos: un refugio creativo y un contexto destinado a reunir creadorxs, a generar encuentros y acciones de colaboración como le he visto desarrollar durante toda mi vida.

Por otra parte –creo que es la parte más obvia de mi ilusión por inaugurar Copiloto–, esta exposición marcó un regreso significativo después de una prolongada pausa en mi carrera artística, durante la cual me dediqué durante dos años a iniciar una carrera como coach de nutrición y fitness. Además, esta exhibición fue la tercera en mi carrera, pero la primera en el otro lado del Atlántico. Para un artista emergente, tener la oportunidad de presentar mi trabajo en este contexto es un verdadero privilegio.

Vista de ‘A Long Hug’, una exposición de Alicia Rodríguez Alvisa en Madrid.
Vista de ‘A Long Hug’, una exposición de Alicia Rodríguez Alvisa en Madrid.

Resides actualmente en Estados Unidos. ¿Cómo manejas la soledad? Lo pregunto porque tu fotografía es un ejercicio, intuyo, tremendamente solitario. ¿O no?

Sí, puede llegar a ser un proceso solitario, pero a la vez es un escape de la soledad en sí. Trabajando en videos y fotografías, uno se sumerge en un proceso que requiere atención a la luz, elección de vestuario y objetos, y otros detalles que pueden exigir mucho tiempo. Cuando los motores creativos se encienden es difícil pensar en otras cosas, especialmente las que nos hacen decaer. En esos momentos de creación es cuando menos sola me siento.

Aunque la soledad a veces era parte de la experiencia universitaria, también tenía amigxs y compañeras de piso. Sin embargo, la verdadera soledad se hacía evidente en momentos simples, como extrañar hablar en español o echar de menos abrazar a mi madre.

Al principio, comencé a crear estas fotos por mi cuenta, lo cual fue esencial para conectar profundamente con la razón detrás de mi trabajo. Al hacerlo, sentía que estaba dando vida a esa otra Alicia. Sin embargo, a medida que las composiciones se hicieron más complejas, como las Alicias en el lago de Walden o las Alicias compartiendo una comida, necesitaba ayuda adicional. En ocasiones, esta asistencia provenía de amigxs. Actualmente mi pareja también desempeña un papel importante en mi proceso creativo.

No considero que actualmente siento la soledad tan palpable como la sentía cuando comencé la serie de fotografías. He encontrado compañía constante en mi pareja, quien ha sido un apoyo en tiempos difíciles y la vida me ha llevado donde siempre encuentro a los míos. Sin embargo, la soledad impulsó mi crecimiento personal y profesional y por tanto he aprendido a valorarla.

Has confesado que sientes inseguridades como mujer, migrante, latina… ¿A qué te refieres? 

Afortunadamente, mis experiencias como mujer latina y migrante en Estados Unidos no han sido traumáticas. Sin embargo, los primeros cinco años en este país fueron difíciles. Me sentía fuera de lugar, lidiando con el constante uso de un idioma diferente y enfrentándome a la gestión de mi dinero en efectivo debido a la falta de acceso a una cuenta bancaria. A pesar de mi naturaleza sociable y extrovertida, me costó sentirme realmente bienvenida.

Mi llegada a Estados Unidos coincidió con mi entrada en la universidad, lo que, dado mi joven edad y la inmadurez típica de los jóvenes de 18 a 20 años, resultó en algunas experiencias incómodas. En ocasiones, las personas en mi dormitorio se aprovecharon de mi limitado conocimiento del inglés. Se me culpaba por cosas perdidas o dañadas, e incluso tuve una “intervención” por limpiar la habitación que compartía con otras tres chicas. Aunque ahora puedo reírme de esas situaciones, durante aproximadamente dos años no me sentí completamente segura ni comprendida.

Además, la inseguridad surgió cuando tuve que confrontar mi identidad como latina, una parte de mi personalidad a la que nunca había prestado mucha atención en Cuba. En mi país natal, rara vez utilizamos el término “latino” para identificarnos, tal vez “caribeños”, en el mejor de los casos, pero ni siquiera con frecuencia.

Una experiencia que me hizo darme cuenta de que me veían de manera diferente ocurrió cuando estaba hablando en español con otro estudiante de la escuela, y un maestro se acercó preguntándonos por qué no estábamos en la reunión del club de latinos. Fue la primera vez que me percaté de que me percibían de manera diferente debido a mi acento. A partir de ese momento, mi vida y, por ende, mi trabajo, se vieron influenciados por el hecho de ser extranjera, al menos en Estados Unidos.

Recuerdo cómo, durante los primeros años de clases, todo lo que presentaba era interpretado a través de mi experiencia como inmigrante, latina, persona “de color” (un término que no reconocía hasta llegar a Estados Unidos). Ni siquiera había comprendido completamente lo que significaba ser identificada con esos términos, pero mi obra se veía desde esa perspectiva. Con el tiempo, me di cuenta de que gran parte de mi trabajo universitario se formó en respuesta a las preguntas de quienes lo criticaban. Preguntas como: “¿Cómo es vivir en Cuba?”, “¿Cómo se siente extrañar a tu familia?” y “¿Has investigado lo que significa ser hijo de una mujer blanca y un hombre negro?” me llevaron a explorar y conectarme con esa parte de mi identidad.

Agradezco que esta haya sido mi experiencia y que haya contribuido a conocerme mejor. Sin embargo, me pregunto cómo sería mi obra y de qué trataría si no hubiera sido objeto de prejuicios desde el principio. A medida que me he ido acostumbrando a la vida en Estados Unidos, mis inseguridades han disminuido considerablemente.

Vista de ‘A Long Hug’, una exposición de Alicia Rodríguez Alvisa en Madrid.
Vista de ‘A Long Hug’, una exposición de Alicia Rodríguez Alvisa en Madrid.

Como práctica ontológica, en A Long Hug eres tu propio referente. Un juego de espejos. Un juego de intertextualidades. ¿Pudiera ser un juego?

Como producto final no veo que A Long Hug represente un juego, de hecho, el propósito significa mucho para mí, como has podido notar en mis respuestas anteriores. El proceso de autodescubrimiento puede ser muy difícil, incómodo e incluso desalentador, a veces parece no haber respuestas.

Puedo entender por qué algunas personas pueden ver estas fotos como un juego, dado cómo están hechas y los momentos que creo entre las diferentes Alicias, además del uso literal de espejos. Hay un toque de inocencia en explorar esa posible realidad que representan. Pero la trayectoria de mis experiencias psíquicas y sociológicas en Estados Unidos están lejos de ser un juego.

El único aspecto en el que puedo ver un componente de juego es en el proceso de componer las fotos, porque es algo que disfruto hacer y no se siente como trabajo.

Comprendo lo que me dices, pero me refería al juego no como ejercicio infantil, sino como posibilidad de crear nuevas realidades; el juego como potencia generativa; el juego como contingencia para vincular multiplicidades.

Asocias tu cuerpo con la domesticidad. Lo doméstico como espacio de taxonomías jerárquicas. ¿Por qué?

El espacio domestico es escenario para mis fotos y se convierte en el lugar donde las dos caras de la moneda pueden existir cómodamente. Es un espacio seguro. No lo asocio con la jerarquía de la familia. Aunque pudiera ser interesante verlo por la jerarquía entre ellas dos.

Alicia | Rialta
Vista de ‘A Long Hug’, una exposición de Alicia Rodríguez Alvisa en Madrid.

Tu cuerpo es transfronterizo y se convierte, como escribe la comisaria Yudinela Ortega, en un “mapa”. ¿Acaso hablamos de un mapa y su copia? ¿De un territorio y su envés? 

No considero que la otra Alicia sea una copia, sino una versión mejorada. Siguiendo la metáfora del mapa y cómo mi cuerpo se convierte en uno, puedo explorar mi identidad y sanar las cuestiones que mencioné antes. El proceso de sanación parte de mi relación con mi cuerpo, que actúa como un mapa tanto de forma literal, al aceptar cada parte de mí y los cambios que ocurren con el tiempo, como metafóricamente, para quienes atraviesan experiencias similares.

Mi cuerpo se convierte en un territorio que alberga conflictos, inseguridades y curiosidades, entre otros aspectos. Sin embargo, mi objetivo no es crear una copia de mí o de mi cuerpo; más bien, siempre he buscado alcanzar una versión elevada de mí misma. Esa que un día verá su cuerpo como el territorio perfecto que es.

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