Eugenio Florit, Julián Orbón, Fina García Marruz y Cintio Vitier, Nueva York, 1980

Septiembre de 1959 encuentra a Cintio Vitier dirigiendo el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad Central de Las Villas. Entre la correspondencia oficial que establece a la sombra de dicho cargo destaca una carta modelo a Eugenio Florit, con sello y estilo oficiales, a la cual el firmante agrega unas líneas cálidas y manuscritas para agradecer un artículo enviado a la Nueva Revista Cubana.

A diferencia de lo que sucede con Lezama, la amistad entre Florit y Vitier fue siempre plácida desde aquellos días en que Vitier era “Cynthio”. En 1950 el primero escribió una elogiosa reseña de la polémica antología Diez poetas cubanos (en la que, sin embargo, hacía notar la ausencia de Samuel Feijóo), y en la década de los cincuenta venció sus reticencias y acabó por colaborar varias veces con Orígenes.

No sorprende entonces que a mediados de 1961 Vitier acuda a Florit pidiéndole usar sus influencias en Nueva York para conseguirle un curso que le permita residir temporalmente en Estados Unidos. La correspondencia entre Florit y las autoridades de Columbia University no deja lugar a dudas sobre la diligencia con que el primero hizo las gestiones solicitadas. Ya el 2 de julio de 1961, unos meses después de Playa Girón, Vitier agradece las gestiones de su amigo y le detalla las dificultades para obtener la visa norteamericana, lo cual sólo puede hacerse viajando primero a México.

A la larga lista de trámites y el pedido de un adelanto en dólares que le permita comprar el pasaje de avión, le sigue la queja, apenas disimulada, del mal trance por el que está pasando: “Esto es, querido Florit, como decimos aquí, «el cuadro». Lo que está dentro del cuadro ¿para qué describirlo?”.

A finales de julio sale de Cuba el escritor Carlos M. Luis con su esposa y sus dos hijos. Lleva una carta de recomendación que Vitier le ha dado para el poeta de Park Avenue, la primera de muchas cartas y pedidos cubanos de ayuda que recibirá Florit a lo largo de los próximos treinta años.

El 7 de agosto de 1961 Vitier escribe a Florit desde el Hotel Coliseo, en México D. F., mientras espera una carta para la Embajada de Estados Unidos en México y un contrato como profesor invitado en Columbia University. La carta lleva también una queja (“he llegado a esta ciudad sin un centavo”), la mención a la generosidad de otro exiliado (Alfredo Sánchez Veloso, el dueño de las librerías Económica y Contemporánea, de las que los origenistas eran visitantes habituales), el doloroso recuerdo de la lejanía de su familia y la solicitud de un anticipo de 600 dólares que lo ayude a salir de tan angustiosa situación.

El 16 de agosto, sin embargo, Vitier cancela su proyecto de estancia y escribe una carta de justificación a Florit que tiene, en mi opinión, una gran importancia documental:

Estando ya en México –cuenta Vitier– y después de escribirle al Sr. Tudisco y a usted, he sabido por varios conductos y he llegado al absoluto convencimiento de que, si hago efectiva mi aceptación, el retorno a Cuba es imposible mientras dure el régimen actual –y no hay elementos de juicio para suponer un rápido y decoroso fin de la tragedia cubana. Esto significaría desgarrar a parte de mi familia de su país por un tiempo indefinido, que bien podría ser toda la vida, a más de arriesgar a mi madre a perder lo poco que le queda, incluyendo la biblioteca de mi padre. Sé que miles de cubanos han aceptado este destino; yo no puedo resignarme a él, aunque la otra alternativa, se lo aseguro, no es menos terrible.

La carta habla por sí sola. No debió haber llegado a nosotros, pues el propio Vitier pide a su amigo que la rompa después de leerla. Florit desobedeció el pedido: tal vez prefirió que quedara como testimonio irrefutable de sus buenos oficios. La correspondencia y la amistad entre ambos poetas sobrevivió, sin embargo, a este viaje frustrado y generó incluso un par de poemas de Fina y Cintio. En esa correspondencia, las quejas de aislamiento por parte de los origenistas se prolongarán, al menos, hasta mediados de los sesenta. Después de 1968, la correspondencia se enfría, a tono con la paulatina conversión revolucionaria del poeta católico.

Mucho han cambiado las posiciones políticas de Vitier, pero no recuerdo ningún pasaje de sus memorias –o de ningún otro ensayo cubano– donde se mencionen los detalles de este viaje frustrado. Que quede aquí constancia de que los hombres son tan cambiantes como sus circunstancias; de que el exiliado contra el que hablamos hoy bien puede ser el mismo que nos tendió la mano ayer; de que la tragedia cubana que se anunciaba en estas cartas hace cuarenta años bien pudiera no haber terminado todavía.

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2 comentarios

  1. Me alegra que Ernesto reconozca en el párrafo final el derecho a cambiar de ideario político, filosófico… El derecho a no pensar igual que ayer. Tal signo de inteligencia es también signo de honradez intelectual, válido en cualquier dirección, aunque nos moleste que Fina y Cintio hayan terminado como fanáticos de un régimen que clausura, precisamente, la inteligencia y la honradez.

  2. jorge domingo
    Solo un gazapo: el nombre de Sánchez Veloso no era Alfredo, como se dice en este escrito, sino Alberto, y había sido dueño, efectivamente, de la Librería La Económica, situada en la calle Empedrado. Es solo un detalle.

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