Cuba
Cubanos protestan en La Habana el pasado 11 de julio

Es importante, casi siempre, no escribir desde el dolor y la rabia. Y no por no reconocerlos; las emociones nos empujan también en direcciones a las que el pensamiento puede solo acceder superficialmente, y tarde, para poner en orden y dotar de sentido a algo que poseía desde antes su propia fuerza y creaba su propio recorrido; de modo que resultaría inútil intentar de alguna forma negarlas o domesticarlas. Es más bien porque el dolor y la rabia pueden terminar resultando una camisa de fuerza; dejados a su propio impulso se convierten a la vez en la causa y el efecto de un interminable ciclo que hace imposible sanar. Y sanar es imprescindible, sobre todo cuando se trata de construir otro mundo. Se sana porque no está bien estar enfermo, pero también por toda la realización que la salud permitirá.

En algunas ocasiones, sin embargo, hablar no solo sobre, sino desde el dolor y la rabia, es necesario y, aunque parezca contradictorio, por las mismas razones por las que es conveniente no hacerlo: para poder comunicar y conectar con quienes pudieran, eventualmente, comprender y acompañar y, si fuera posible, renunciar a contribuir con la perpetuación del entramado macabro que produce una y otra vez el dolor y la rabia.

Entre cubanos, como cualquier comunidad humana, tenemos expresiones que sirven para expresar mucho con poco, y que hacen posible canalizar aquello que las palabras no podrían describir completamente. Las redes sociales se llenan de “son unos singaos”, “de pinga” como comentario y respuesta a cosas como la constatación de la persistencia absurda e inútil del régimen en contener la rabia de la población con migajas administradas como sucedáneos. ¿Cómo transmitir eso? ¿Cómo explicarlo sin que sea capturado por pretensiones analíticas que insisten en reconducir las frustraciones, pero sobre todo los deseos, al insípido territorio de la discusión ideológica?

Que la válvula de escape a la presión popular haya sido, tras el Maleconazo, el permiso de un escape marítimo, a un incierto destino que contemplaba la muerte, expresa perfectamente la tragedia en la que la vida en Cuba se encuentra atrapada.

El dolor y la rabia estaban ahí claramente en la calle el 11 de julio, salieron a manifestarse abiertamente después de transitar durante demasiado tiempo por cauces menos visibles. Y anunciaron un posible recorrido para darles cauce. En los gritos “Patria y Vida”, “Díaz-Canel, singao” y “¡Libertad! ¡Libertad!” hay, desde luego, un fundamento de país y de patria. Esa nueva patria pudiera ser una matria, y me apropio de ese nombre para invocar al nombrarla que puedan fructificar también nuevas rutas imaginadas en común, pensadas como semillas que fructifiquen con las manos puestas en la tierra fértil de la comunidad, sin la bota fangosa del guerrillero viril que cree saber lo que hay que hacer y no escatima violencia para realizarlo ni insomnios para vigilar los posibles escapes. En los gritos que recorrieron insurrectos las calles cubanas está insinuado un proyecto de lo que queremos: libertad, con toda la potencia aún no cercada por definiciones y, a la vez, implícita en los significados inmediatos reconocibles: libertad de hablar, de reunirse, de crear, de cuestionar, de participar en el diseño de la vida que vivimos. Y hay un proyecto insinuado también en lo que no queremos. Decir “Patria y vida” es renunciar a la muerte en una ecuación cuyo horizonte final es sostener, a costa de la vida misma, el decrépito edificio de lo que un día fue un atisbo de revolución. Si algo hace evidente la muerte misma de la revolución, es la exigencia de morir por ella cuando ella misma ha muerto y cuando lo necesario es más bien vivir, encontrar las mil y una formas de vivir y transmutarse en lugar de insistir en los caminos empecinados de la muerte.

La emergencia cruda del dolor y la rabia es un proyecto de país, gústele o no a los pacifistas trasnochados. La rabia, la que en otros lugares llaman “la justa rabia”; la que en la canción del Silvio –quien hoy hace todo tipo de malabarismos para no querer ver o decir lo que obviamente ve– era una vocación, esa de “la rabia coño, paciencia, paciencia”. ¿Se acordará Silvio de eso? Probablemente no, pero fuera de servir a rumiar nostalgias inútiles, tampoco es necesario. La rabia está ahí, a pesar de Silvio. Vuelca carros de policía, grita “oye policía, pinga”, invade y apropia las tiendas en dólares en la que solo una parte mínima y privilegiada de la población que recibe remesas de Estados Unidos puede comprar, se encona sobre los signos del poder que oprime y ahoga mientras exige, por coerción, silencio.

La rabia no puede ser aplacada; emerge de líneas tan antiguas y enconadas como las de la mentira propagandística. Cuando el Estado intenta aplacarla, la multiplica; atrapado en sus propias lógicas, no puede hacer nada más que lo que siempre ha hecho y reproducir con ello las condiciones necesarias que la hacen crecer, aunque continúen transitando todavía por rutas subterráneas.

El dolor y la rabia no se aplacaron cuando las protestas terminaron reprimidas por el aparato del Estado totalitario y fueron acompañadas por una campaña propagandística que pretendía literalmente “tapar el sol con un dedo”. Más de 700 personas encarceladas sin que sus familiares sepan de ellas durante días, muchas de ellas golpeadas antes y después de la detención, juicios sumarios y violaciones continuas del debido proceso han sido negadas en esa campaña propagandística; los manifestantes presentados como vándalos, los reclamos como manipulaciones de agendas extranjeras que se valen de marionetas para irrumpir en el tranquilo “orden” del totalitarismo tropical.

La rabia no puede ser aplacada; emerge de líneas tan antiguas y enconadas como las de la mentira propagandística. Cuando el Estado intenta aplacarla, la multiplica; atrapado en sus propias lógicas, no puede hacer nada más que lo que siempre ha hecho y reproducir con ello las condiciones necesarias que la hacen crecer, aunque continúen transitando todavía por rutas subterráneas. Así, las demandas pretenden ser tranquilizadas, controladas, satisfechas con migajas y sucedáneos. Válvulas de escape y sucedáneos son constitutivos a un sistema para el que la crisis es vida cotidiana. De una crisis a otra, válvulas de escape; de un reclamo al otro, sucedáneos. Siempre desde arriba, siempre en forma de autorizaciones y permisos, siempre incompletos, siempre previstos para volver manejable la presión. Circulan en redes sociales algunas de ellas: desde los vuelos comunitarios que en 1978 permitieron el reencuentro de familias separadas; pasando por la autorización, en el 2008, a tener líneas propias de celular o la derogación de la “carta blanca” (permiso para salir del país) en 2013; y llegando a la que el pasado 19 de julio de 2021 permitió la entrada de medicamentos y comida sin restricciones ni pagos aduanales. En algunos episodios de la historia “revolucionaria”, las válvulas de escape resultaron abiertamente trágicas. Las manifestaciones de agosto de 1994 en el Malecón habanero, el más cercano antecedente de los sucesos del 11 de julio de 2021, encontraron una válvula de escape en el permiso de lanzarse al mar del estrecho de la Florida. Que la válvula de escape a la presión popular haya sido entonces el permiso de un escape marítimo, a un incierto destino que contemplaba la muerte, expresa perfectamente la tragedia en la que la vida en Cuba se encuentra atrapada.

En esta ocasión las válvulas de escape no pueden ya encontrar salidas de tal magnitud. Quedan solo las migajas. A la autorización de entrar medicamentos, aseo y comida sin restricciones aduanales a partir del 19 de julio y hasta el 31 de diciembre, han seguido otras como la ridícula autorización de las conocidas como “ventas de garaje”, hasta llegar a la que el 30 de julio anunció triunfante la repartición gratuita de donaciones de países solidarios. El triunfalismo y la condescendencia con que tal reparto equitativo (no igualitario, se toma el trabajo de aclarar el conductor del programa en que lo anuncian) supone, es una sobresaliente puesta en escena de la cadena puerto-transporte-economía interna de la complicidad “solidaria”. Países que, como México, es importante decir, han combinado el envío de ayuda material con el apoyo a la retórica que culpa exclusivamente al bloqueo de los males del país y que evita reconocer las manifestaciones en Cuba como productos endógenos y, sobre todo, evita criticar o mencionar siquiera el despliegue represivo del Estado cubano.

Si algo hace evidente la muerte misma de la revolución, es la exigencia de morir por ella cuando ella misma ha muerto y cuando lo necesario es más bien vivir, encontrar las mil y una formas de vivir y transmutarse en lugar de insistir en los caminos empecinados de la muerte.

Esto no hace menos valioso el envío. Cualquier alivio es de agradecer en medio de la tragedia. Pero tampoco podría desconocerse, a riesgo de perpetuar nosotros mismos la postura pasiva que se nos demanda, cómo el alivio termina sirviendo a la maquinaria que produce el dolor: una cura de primeros auxilios para una enfermedad terminal, sin remisión o acceso a su sanación profunda. El colofón mediático de la cadena no puede ser más patético, aunque un manto de equidad (que no igualitarismo, repite el conductor) pretenda cubrir la operación de cortafuegos de la demanda popular. Gracias a las tiendas en MLC será posible, dice, que, entre agosto y diciembre, cada familia cubana reciba, mediante la libreta de abastecimiento, la triunfal cantidad de 3 libras de arroz adicionales.

La perpetuación de semejante estado de cosas involucra una humillación muy profunda, porque exige a un pueblo entero que acepte, como respuesta a sus reclamos de libertad, sucedáneos como módulos de comida, 3 libras de arroz adicionales, o el levantamiento temporal de las restricciones aduanales, y recurre al recordatorio condescendiente, para ese mismo pueblo condenado a la miseria por un régimen económico incapaz de producir comida, de la “bondad” del Estado que entregará gratuitamente lo que otros países han donado. El mismo Estado que es hoy el impedimento, no solo para que las viandas y los vegetales sean cultivados, crezcan, y lleguen con abundancia a las familias cubanas, sino también para que el potencial de ese pueblo disperso entre la isla y el mundo, con experiencia y deseo de construir sus propios sueños, pueda ser realizado.

Cuba es un país en potencia, una memoria por recuperar, una imaginación por desplegarse. Tenemos lo necesario; nos tenemos a nosotros mismos y a nuestros ancestros, y tierra y mar. Nos sobran, eso sí, los productores y los administradores de la miseria. Nos toca reclamar, entre otras cosas, la dignidad; hacer del dolor y la rabia un fuego inextinguible al que vayan a arder todos los simulacros. Los cubanos no somos animales de feria que se contentan con migajas. No somos extras en el teatro del pueblo que resiste para beneplácito de las fantasías de “revolucionarios” de gabinete. Nada más que una libertad irredenta ganada en las calles aplacará eso que Santiago Feliú llamó “ansias del alba” y sin las cuales, definitivamente, andaríamos muy mal.

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