Gustavo Pérez Fernández exhibe ‘La octava isla’ en Documentary Dock

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El poeta Modesto San Gil en un fotograma de ‘La octava isla’, Gustavo Pérez Fernández, dir., 2012

Gustavo Pérez Fernández es uno de los patriarcas del cine independiente cubano. Hacia mediado de los años noventa del pasado siglo –El viaje, su primer documental, data del año 1994–, este realizador comienza a desarrollar una obra documental que contribuyó de inmediato a reafirmar el valor de las producciones ajenas al Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC); una obra que despuntó no sólo por la singularidad de los temas que abordaba, sino también por el ingenio de las soluciones formales instrumentadas.

Este septiembre, el documental La octava isla, realizado por Gustavo Pérez Fernández en 2012, estará disponible en streaming, desde el 25 y hasta el 4 de octubre, como parte de la 3ra edición de Documentary Dock, según informa The Coral Gables Museum en su página oficial. La programación incluye, junto al filme, una conversación entre Yuneikys Villalonga, curador jefe del Museo, y el realizador cubano. Documentary Dock es una plataforma web dedicada a exhibir películas documentales internacionales que no se encuentran disponibles al acceso público por diversas razones.

El trabajo de Gustavo Pérez Fernández se ha ocupado de revisar e indagar en perfiles de la realidad nacional muchas veces preteridas por el establishment o poco visibilizadas, pero que resultan definitorias en la conformación de la multiplicidad cultural que es, en definitiva, el país.

Con filmes ampliamente reconocidos, como los pertenecientes a la serie La extensa realidad, y otros como Todas íbamos a ser reina (2006) o Severo Secreto (Oneyda González, codir., 2016), Pérez Fernández anuda en su obra la búsqueda estética y la indagación antropológica. Y “búsqueda estética” no significa una férrea voluntad de estilo, sino un convencimiento de que el cine documental es, además de un producto comunicativo, un mecanismo de representación donde el punto de vista sobre el mundo se define en la elección del repertorio formal y en el uso del lenguaje fílmico.

Aunque a las películas de este realizador les importa sustancialmente el realismo como código de representación, no hay ni una sola de sus películas en la que la estructura no juegue un rol determinante en la perspectiva adoptada por el discurso. El propio Pérez Fernández ha reconocido que su creación participa de esa voluntad que, durante los años noventa, condujo al documental a investigar disímiles facetas sociales de una Cuba que cada vez menos se reconocía en el discurso de la prensa. Sin embargo, esa proximidad de las imágenes fílmicas a la sociedad no atenta contra su elaboración expresiva, al contrario, enriquece su textualidad al tensar la semiosis del discurso.

La octava isla es un retrato del poeta Modesto San Gil. Fallecido en 2018, este hombre fue popularmente conocido como “el último poeta canario en Cuba”. Como nos dice él mismo en el documental, llegó a La Habana procedente de Santa Cruz de La Palma, el 26 de julio de 1928, a la edad de 6 años, y al día siguiente se trasladó con su familia al poblado de Jarahueca, Yaguajay, donde vivió hasta 1966. Luego, se radicó en Chambas, provincia de Ciego de Ávila, donde permaneció hasta su muerte.

El documental, direccionado por los testimonios del propio personaje, explora el devenir existencial de este individuo, enfocado en aprehender en su materia dramática el universo emocional y el entorno que nutren su imaginario y su sensibilidad.

Quizás lo más significativo de La octava isla resida en la atención que presta a la dolorosa sed de pertenencia experimentada por Modesto San Gil, a sus conflictos de identidad, los cuales se manifiestan en una profunda añoranza por su tierra de origen. Esa pérdida, que a sus noventa años todavía llevaba consigo, parece figurar también al centro de su creación literaria, pues a través de ella se fuga de la realidad y el poema deviene un acto de recuperación, una sustitución de la falta. En los primeros minutos del filme, Modesto San Gil comenta: “Estoy en Cuba. Soy cubano. Me muevo y actúo como cubano. Pero respiro a pulmón lleno cuando siento que me bate la brisa que viene de Canarias”.

Aunque estructurado cronológicamente, el documental delimita bloques de información que se ocupan de aspectos o sucesos puntuales que profundizan en la individualidad del poeta. La indagación en momentos específicos de su vida consigue explicar los accidentes significativos que han hecho de él la persona que es. Durante el metraje, se abordan sus años de formación académica –que le valieron una beca en Roma, la cual rechazó por su falta de vocación para el sacerdocio–, su entrega al trabajo ferroviario como maestro de estación, episodios de su vida sentimental junto a su compañera Ana Guillermina Treto, y su dedicación a la escritura poética, la cual retomó intensamente tras la jubilación.

Cuando la fotografía de La octava isla se detiene a observar determinados entornos u objetos que hacen parte del mundo cotidiano de Modesto San Gil, pareciera que busca en la apariencia del medio donde trascurren los días de esta persona, las vibraciones de su pasado. Por eso importa tanto el reloj de pared que perteneció a su madre o la estación de trenes en la que ha trascurrido prácticamente toda su vida.

Las imágenes de archivo resultan agentes narrativos fundamentales como evidencia –lo mismo demostrativas que emocionales– de la historia personal de Modesto San Gil, pero la documentación directa de su entorno y de sí, el registro de sus palabras y la contemplación de su relación afectiva con el espacio en que vive, ofrecen los signos más viscerales del Yo de este poeta. Detrás de la sobriedad expositiva del filme, en el retrato trasparente y directo del personaje, palpitan los conflictos de este creador y la necesidad de reconciliarse con su identidad.

Posiblemente La octava isla encuentre su locus discursivo fundamental cuando aprehende la búsqueda constante de Modesto San Gil de un asidero para su identidad. Es ahí donde el documental consigue fijar la particularidad de una voz que da cuenta de su lugar en el mundo. Hacia los últimos minutos, se le escucha decir: “Yo creo que mi principal conflicto como ser humano, la lucha perenne que se mueve dentro de mi alma y de mi pensamiento, es la necesidad, el deseo permanente, de andar el mundo, de conocerlo todo, de comunicarme con todos, de encontrar una humanidad que sea buena, que sea justa y que sea correcta y concertar todo eso con mis propios sentimientos”.

Gustavo Pérez Fernández se ha aventurado en varias ocasiones a explorar sujetos escindidos entre una cultura y otra; de eso tratan también, cada uno a su manera, Todas íbamos a ser reinas y Severo Secreto. Además de develar los avatares de este particular poeta canario-cubano, la proyección en streaming de La octava isla es una posibilidad más para descubrir el cine de este auténtico autor.

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ÁNGEL PÉREZ
Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.
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