¿Cómo llegó la (otra) noche?: Lester Álvarez y José Ramón Ais en Azkuna Zentroa

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‘Los viajes de Salazar’ (detalle), Lester Álvarez, 2019-2020 (Foto: José Ramón Ais)

Hay una noche en Cuba que no termina, ni sus pesadillas recurrentes. Tiene borrones, inquisidores, vigilancia. Se parece por momentos a la del hombre medieval, en el abismo oscuro de la razón o su sueño que, ya lo sabemos, produce monstruos. Lester Álvarez (Camagüey, 1984) y José Ramón Ais (Bilbao, 1971) desde hace un tiempo realizan investigaciones desde el arte para escudriñar esta noche. Cada uno lleva una linterna diferente y ella alumbra a la literatura, al cine, la historia, la política, al poder y a las artes visuales; mezcla saberes. Algunos de los resultados de sus viajes creativos conforman la exposición La verdadera noche, abierta hasta finales de enero en Azkuna Zentroa (Bilbao), como parte de la Residencia de Prácticas Artísticas de esta sede y la habanera Artista x Artista.

Los días 7 y 8 de enero Lester y José Ramón recibieron a un público de diferentes disciplinas para dos talleres acerca de sus respectivas investigaciones, metodologías de trabajo, trayectorias artísticas e intereses. Uno de los nortes principales fue el de las piezas de la exposición La verdadera noche, que público y artistas recorrieron juntos, también a manera de provocación al diálogo sobre los procesos.

En los imaginarios de la oscuridad y las pesadillas del mundo, la Inquisición ocupa las primeras filas. Todo lo que legó a las instituciones contemporáneas para el control, los dispositivos consolidados en la temprana modernidad. El espectáculo del castigo al hereje, incluido el abrazo ritual al Gran Hermano, en los más famosos mea culpa de tufo estalinista tienen su origen remoto en los autos de fe. Sobre las cabezas de intelectuales u hombres de pensamiento libre en general han ido la coroza, grabada por Goya en Los caprichos, y el sambenito, metamorfoseados hoy en ostracismo y muchos tipos de exilio. Mente libre, ¿cuál es la talla de tu sambenito?

Lester Álvarez le está siguiendo los pasos a un personaje histórico llamado Alonso de Salazar, inquisidor que emprendió un viaje en mayo de 1611 desde Logroño hacia las comunidades vascas del Pirineo navarro para recopilar evidencias sobre la presunta existencia de brujos. Su objetivo era juzgar si el Tribunal de la Inquisición de Logroño, al cual pertenecía, había sido justo con la condena de treinta y una personas a salir en auto de fe. Muchas fueron luego quemadas en la hoguera. Lester dibuja parte de lo que lee en las fuentes originales del archivo histórico de Navarra sobre los objetos, personas, ambientes y sucesos alrededor del viaje de Salazar. Visualiza una historia sólo narrada en texto y le da nuevo cuerpo. Esta búsqueda lo lleva de los textos a los dibujos, apoyatura para su interés antropológico y que, en todo caso, fijan nuevos imaginarios de la Inquisición. El proceso investigativo aún está abierto y puede llevar a Lester de vuelta a un libro (de sus imágenes) o bien a una película. La sintaxis de algunas escenas es, de hecho, cinematográfica. El dibujo y su estructura están marcados por la inmediatez de corporeizar lecturas.

En La verdadera noche se reúnen tres momentos diferentes del viaje de Salazar. Uno representa el auto de fe en Logroño el 7 de noviembre de 1610, mapa dibujado que alumbra la enfermedad inquisitorial y su escenario clave, punto inicial de las indagaciones sucesivas del personaje. Los otros dos dibujos se acercan a un imaginado estado mental de Salazar, a su psiquis. Visiones que Lester le atribuye y un enfoque a su conciencia. Salazar de espaldas a nosotros y frente al horror. Sambenitos de las brujas y brujos quemados por su Tribunal. Las efigies como advertencia a los herejes vivos. En otra visión, Salazar arde. El performance del poder contra sí mismo.

Iván de la Nuez se ha referido en el texto de la hoja de sala al contrapunteo entre luz y sombras que atraviesa la exposición. La oscuridad medieval desafiada por hombres y mujeres desaparecidos en la luz de las hogueras. Salazar, en un final concluyó que su tribunal había sido injusto. Una luz vinculada a su sentido común y la verificación, traductores mediante, de lo narrado por otros. El brujo, habrá pensado Salazar, fue una invención de los inquisidores. Como toda la jerga de la vigilancia política contemporánea.

La paradoja luz-sombra y los entrecruzamientos entre artes visuales y literatura conectan las piezas de Lester con las de José Ramón Ais. En el caso de este último, tanto el video como la fotografía relacionan modos de construir imágenes de los grandes relatos de las mitologías políticas con la ciencia, la literatura y la cultura popular. Desde Humboldt y su descripción de la cocuyera en los bohíos y la oscuridad del monte, pasando por uno de los Cuentos negros de Lydia Cabrera, “Brillan los cocuyos en la noche”. Por Lydia entiende el misticismo del cocuyo en las leyendas populares, los bichos para espantar la noche a los guajiros.

José Ramón Ais conecta gramáticas similares de la ciencia y la política para escenificar sus verdades. Traslada al video la estructura del panorama –más afín en los regímenes de representación pictórica a los cuadros de grandes batallas– para crear un paisaje cubano ficticio. Un paisaje hecho de muchos otros paisajes e ilusiones ópticas –y cocuyos–, como los que alumbraban las almas de indios asesinados por los conquistadores mientras bailaban el areíto en las arenas de Baracoa, y nadie sabía qué hacer para calmarlas. (Fernando Ortiz, Historia de una pelea cubana contra los demonios).

Por otro lado, la fotografía de este artista sustituye una conocida e inquietante escultura hiperrealista post-59 de dos héroes (aquella del Museo de la Revolución), muy cercana al diorama, por las luces como cocuyos. El héroe-mito alumbra al continente. Una metonimia bien conocida por los cubanos, clavada en la memoria colectiva. Recurso predilecto del kitsch político y la cursilería de tribuna, y todo lo que suene a Carlos Puebla: la sombra siempre ahí. Aunque, desde la perspectiva de José Ramón, la fotografía parece más una ensoñación luminiscente del paisaje cubano que demanda en el proceso el cruce de disciplinas. Además, nos advierte de la fría y artificial luz que hace estéril a los mitos.

Esta manera de generar un imaginario de la Isla se mantiene en el otro núcleo de piezas de Lester Álvarez para la exposición en Azkuna Zentroa. Su ya conocida serie La noche en Cuba realiza una arqueología de la noche y, en específico, de los sueños en la literatura cubana de los últimos sesenta años. Recorre tanto autores censurados como otros ya legitimados por la cultura oficialista. Luego de investigar, Lester vuelve a recurrir al dibujo como apoyatura y ampliación de lo narrado. Más adelante, dicho corpus puede convertirse en un libro con las imágenes de nuestra noche. Los sueños, no sólo como espacio de aparición de latencias, sino como fracturas a cualquier ficción totalizadora o autoritaria. Imagen de una libertad en medio de las pesadillas, como aquella de Tres tristes tigres, donde el mar no está ya más al lado del malecón. Arsenio Cué corre y corre, su muchacha se quema, y salvarse es llegar a la sombra.

 

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