Mel Herrera (FOTO Marcos Antonio Fernández)
Mel Herrera (FOTO Marcos Antonio Fernández)

Abro Un apartamento en Urano. Crónicas del cruce, de Paul B. Preciado. Ojeo. Me detengo en la página 169: “Cambiar de voz”. Leo: “¿Y si el subalterno fuera también una posibilidad siempre ya contenida en nuestro propio proceso de subjetivación? ¿Cómo dejar que nuestro subalterno trans hable? ¿Y con qué voz? ¿Y si perder la propia voz, como índice ontoteológico de la soberanía del sujeto, fuera la primera condición para dejar hablar al subalterno?”

Eso me pregunto: ¿con qué voz nos quiere hablar la revista cubana afrotransfeminista y decolonial Subalternas, puesta en circulación a principios de abril? Eso me pregunto: ¿qué es la subalternidad? Eso me pregunto: ¿cómo deconstruir mi subjetividad de minoría? Eso me pregunto: ¿estamos preparadxs para subsentir, para subsistir? Eso me pregunto: ¿qué potencias generan lo subterráneo, los subconjuntos, lo submolecular, lo subatómico, el substrato?

Eso somos: carne productiva subalterna.

Voy atrás, a la página 36. Leo en voz alta, una y otra vez: “Hay al mismo tiempo una revolución de los subalternos y apátridas en curso y un frente contrarrevolucionario en lucha por el control de los procesos de reproducción de la vida”.

Lo que sigue es una conversación con la narradora, periodista y directora de Subalternas Mel Herrera. Preguntas y respuestas escarban sobre una idea dubitativa: ¿cómo resistir a la violencia del perfomativo hegemónico? Seguimos con el problema, como nos señala Donna J. Haraway. Un problema distinto al problema de imaginación que nos impide, a veces, imaginar teatros disidentes en los que sea posible producir otra fuerza performativa.

Lo que sigue es un ejercicio de imaginación. (Y no solo de imaginación). Mel Herrera imagina una comunidad de vida. Comunidades alternativas para sobrevivir.

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Mel, hace unos minutos leí tu reportaje ¿Qué ha pasado hasta ahora en el caso de Brenda Díaz García?” Lo leí en la revista digital Subalternas, medio que diriges. ¿Pudieras explicarme cómo entiendes la subalternidad?

Cuando hablo de subalternidad estoy hablando de una zona de despojo, de desprecio, de olvido, de descarte, apartada, donde están alojadas las preocupaciones, intereses, formas de vida, agencia, representación, derechos, anhelos y el cuerpo mismo de los condenados de la tierra (guiño a Fanon); esa zona del no-ser de la que hablaba, donde tenemos que camuflar nuestras palabras y asimilar gestos y costumbres del amo para que se nos entienda, para ser ciudadanos, para ser humanos. Porque se nos seduce con penetrar el territorio de lo hegemónico.

En otras palabras, lo subalterno para mí es aquello que no se ajusta a los ideales de la blanquitud cis-hetero patriarcal y euronorcentrada, que no es necesariamente sinónimo de hombres blancos cisheterosexuales de Europa o del norte. Cuando se habla de blanquitud, por ejemplo, no estamos hablando del color de piel de las personas blancas específicamente. Es un concepto ideológico para referirnos a un sistema que privilegia y ha convertido en universales, adelantados y deseables los intereses, costumbres, formas de pensar y de relacionarse de las personas blancas con poder adquisitivo. Y que, por tanto, las ha situado colectivamente en una posición privilegiada en este sistema mundo moderno.

A veces incomoda hablar de blanquitud, sin embargo, desde siempre hemos escuchado decir “tal cosa es cosa de blancos”, como mismo “esto lo hizo un negro” y “esto es música de negros”. O sea, hay unos patrones sociales que operan mucho en lo simbólico y que se asocian a determinado color de piel, aunque pueden ser encarnados por cualquier sujeto, al ser una construcción ideológica y no un esencialismo biológico.

Subalternas para mí son la gente que no constituyen el paradigma de las sociedades moderno-coloniales, las que solo son puentes u obreros que la construyen y sostienen, hombros para que otros continúen en su ascenso hacia la cúspide de la pirámide de los privilegios y de la posición social. No debe confundirse con personas sin agencias o despojadas de la capacidad de oprimir, violentar y dominar a otros.

Son la gente sin la que estas sociedades no se sostuvieran, las que cuidan, las que más trabajan, las más precarias, las más reprimidas sexualmente y, una expresión que me gusta usar, las “subalternas de los afectos” para referirme también a las más olvidadas, las que son escondidas y sobre las que se sostienen matrimonios, familias, aparentes vidas felices: las malqueridas, las amantes, las otras, las plato de segunda mesa.

Si la filósofa y feminista decolonial María Lugones habla del “lado invisible y oscuro de la modernidad”, pienso también en el lado oscuro de las relaciones sexo-afectivas normativas, porque he estado ahí y a cada rato aparece alguien y me coloca ahí. Me devuelve a mi zona de subalternidad y me condena al exilio afectivo-romántico y a la restricción emocional.

Por tanto, con subalternidad no me refiero a una especie de identidad biológica o esencial, sino a una intencionalidad política, pero también a un sentimiento (sentimiento de subalternidad), inoculado en nuestras subjetividades, que se deriva del proceso anterior, muy ligado a la colonialidad como continuidad de la invasión, despojo y subalternización de algunas formas de vida.

Hablo específicamente de esa sensación de que no le interesamos a nadie, que nadie nos quiere, que nuestras contribuciones y preocupaciones no se tienen en cuenta, no acaparan la inmediatez y la atención de las agendas dominantes en la política y en algunos activismos.

Subalternas es una revista digital e independiente que tuvo su puesta en circulación a principios de abril. En este sentido, “lo independiente” es, sobre todo, un carácter. ¿Estoy en lo cierto?

Entiendo “lo independiente” como una apuesta por trabajar de manera separada del Estado y de organizaciones que puedan incidir en nuestra línea editorial. No seguimos intereses de alguien desde arriba ni recibimos fondos que puedan alterar nuestros intereses.

Identidad visual de la revista 'Subalternas' (Laura Guibert)
Identidad visual de la revista ‘Subalternas’ (Laura Guibert)

¿Pudieras extenderte un poco más en la idea de que Subalternas es una revista “afrotransfeminista y decolonial”?

Siempre me ha parecido que no existe en Cuba una plataforma digital que aborde la experiencia trans en términos de lucha política y no como activismo de salud, de derechos nada más o como un anexo para cumplir con las cuotas de la inclusión liberal y la interseccionalidad.

Ser trans es una lucha política constante por tener vivienda, empleo, alimentación, salud, menos policía, menos fronteras, más autonomía corporal y sexual. A mí me parece urgente la necesidad de contrarrestar las narrativas contra las personas trans, impulsadas ferozmente por nuevas derechas reaccionarias, conspiranoicos y grupos religiosos, los biologicismos, y celebrar la existencia trans sin dejar de abrazar otras experiencias de vida que también se encuentran atrapadas en el trauma colonial moderno.

Quise unir dos perspectivas que hasta ahora satisfacen en gran medida mis inquietudes intelectuales y me aportan un análisis situado de mi cuerpo, como mujer negra trans: las contribuciones teórico-políticas de las mujeres negras y latinoamericanas, específicamente los feminismos negro y decolonial, y las de las personas trans (transfeminismo y estudios trans), para nada excluyentes entre sí. De hecho, algunos estudios trans son, sin proponérselos, posturas descolonizadoras en el ámbito del género y las sexualidades. ¿Qué mejor irreverencia a la construcción colonial del género que los tránsitos, migraciones y performatividades de género, que hoy llamamos así, pero que en etapas previas a la dominación colonial no eran problemáticas o al menos no tan hostiles?

Con Europa llegó también el autoritarismo de género. Ahí están las variadas perspectivas que ofrecen autoras e investigadoras decoloniales y africanas: Rita Segato, María Lugones, la nigeriana Oyèrónké Oyèwùmi, los riquísimos estudios y aportes de las mujeres indígenas; de estas últimas, por cierto, aquí en Cuba nos hacemos los suecos, literalmente. Siempre miramos a Europa por el complejo, la vergüenza y el trauma colonial, porque nos enseñaron las palabras “progreso”, “desarrollo” y “evolución” y nos dijeron en qué regiones las podíamos hallar o a qué sociedades aspirar.

Me parece que hay varios espacios con perspectiva feminista donde casi siempre se ignoran otras perspectivas. Y a veces parece que las mujeres tenemos que diseccionarnos. Ser un ratico aquí mujer y allá ser otro ratico negra o campesina. Por eso una de las secciones de la revista se llama “Género sin perspectiva”, y está dedicada a alojar textos que se relacionen con la crítica decolonial al feminismo blanco eurocéntrico, a ese que solo le ha preocupado la mujer por el hecho de ser mujer, como si solo y de manera separada se fuera mujer y no negra o pobre o indígena o discapacitada o neurodivergente o lesbiana, y que ha puesto en el centro del movimiento las preocupaciones de un grupo de mujeres privilegiadas, blancas/blanqueadas cisgénero o no trans, heterosexuales, universitarias, citadinas que se movilizan más con el acoso callejero y el piropo que con las políticas que causan muertes y sobrecargan a otras mujeres y niñas en posiciones de desventaja y de pobreza.

Este feminismo que solo aspira a la igualdad con los hombres pero que nunca se pregunta iguales a qué hombres. Es cierto que, en principio, el sistema patriarcal moderno ofrece ventajas y privilegios a los hombres, pero de qué igualdad con los hombres hablan cuando ni siquiera todos los hombres están en igualdad de condiciones frente al poder, la economía, la política, y se hallan muchísimos de ellos también oprimidos por las relaciones de poder realmente existentes. Es un feminismo que aspira a que más mujeres lleguen a ministras, a presidentas, a juezas, aunque nada de ello desmantele las relaciones patriarcales y el orden colonial de los Estados naciones.

Imagen de la presa política trans Brenda Díaz (Laura Vargas para 'Subalternas')
Imagen de la presa política trans Brenda Díaz (Laura Vargas para ‘Subalternas’)

En Subalternas acompañamos y respetamos las reivindicaciones de otros feminismos y de otras corrientes de pensamiento, pero estamos más que nada para decir “oye, esto está bien, pero míralo desde esta perspectiva”, “desde este lado se siente así”, “así luce o así lo sentimos”, “nos excluye, nos ignora”, “esto roza lo esencialista y biologicista” o “es racista”. Ahora, el reto es aplicar todo eso a los análisis en torno a Cuba, aportar ese punto de vista subalterno, despreciado, ignorado, problemático por su poder de desestabilizar esencialismos cómodos y narrativas fosilizadas.

No estamos ni a un 60 %, pero somos un equipo súper pequeño, con recursos casi nulos, estudiantes, tenemos otros empleos. Tenemos en contra también que parte de los impulsores y figuras principales de los estudios y feminismo decoloniales carecen de una mirada crítica con la situación política en Cuba. Lo de siempre, lo acertados que pueden ser para valorar y comprender las dinámicas políticas globales pero luego, como hace casi toda la izquierda en Latinoamérica con Cuba, mudos, incapaces de una crítica más contextual, miran para otro lado no vaya a ser que se les caiga del pedestal el Estado del último bastión de resistencia antimperialista de la región, aunque sea a costo de una crisis económica y política profunda, más de mil presos por disentir, por ejercer su derecho a la protesta, por exigir cambios políticos, estructurales, por el hambre y el asfixie que hay en este país.

En Subalternas también estamos para eso, para decirles, “estamos con ustedes y con sus contribuciones teóricas hasta aquí. De ahí para allá no nos entendemos”. Casi siempre van a responder perversamente que en tal país se está peor o que el bloqueo y la injerencia norteamericana. Merecemos vivir de una manera más digna por más que en Perú o en Bolivia sea igual o peor.

Al final del conversatorio reciente con la feminista decolonial Yuderkys Espinosa aquí en La Habana, se le hicieron rondas de preguntas, y yo quise saber cómo se podía asumir una postura decolonial en un contexto represivo, dictatorial y punitivo como el cubano. Mencioné a los presos por manifestarse el 11 de julio de 2021, sus condenas, y lo hice a propósito de que el feminismo decolonial es anticarcelario.

Yuderkys, muy amable, me abrió los ojos y dijo: “Guau, ¡qué preguntas!”. La decana de la facultad de Historia y Sociología y la moderadora del conversatorio, también profesora de esa facultad, pusieron caritas de incomodidad y me respondieron que ella no podía responder eso. Yuderkys se volteó a una de ellas y les dijo con su acento dominicano tan fabuloso: “¿Y quién dijo que yo no tengo para responder eso, si yo tengo mucho que decir sobre eso?”

Disfruté mucho ese momento, aunque me haya quedado con las ganas de escucharla. Fueron rondas de preguntas extensas y entre respuesta y respuesta se acabó el tiempo. Ojalá en algún momento me responda, no directamente, quién soy yo, pero sí por otra vía.

Imagen de Jennifer Ancizar para 'Subalternas'
Imagen de Jennifer Ancizar para ‘Subalternas’

La nota editorial con la que dio comienzo la publicación enfatiza en el hecho de que Subalternas nace dentro de un vacío editorial y de medios y quiere poner la atención en “zonas donde no llega el foco mediático”. ¿Cómo valoras el ecosistema de medios independientes cubanos y por qué crees que Subalternas viene a suplir una carencia?

Tenía miedo de que se nos malinterpretara. Es loable la labor que han hecho y continúan haciendo los medios independientes cubanos, en un contexto cada vez más represivo. No quería que se entendiera como una crítica, sino como un apunte de la realidad, de este momento de agudización de la crisis del periodismo independiente. Yo siento un desgano, un desinterés, veo poco contenido de manera general. Es lógico. Han sido muchos los periodistas amenazados, exiliados, y todo eso se nota. Tú revisas medios que para mí eran muy ricos en contenido como El Toque o Periodismo de Barrio, y te das cuenta de que te falta material, pero ahí están reinventándose, haciendo maravillas con los tres o cuatro periodistas que les quedan en la isla, bajo amenazas y citaciones.

Yo hablo de esa crisis, por un lado. Y por otro, de un vacío que ya existía, digamos, desde la aparición de los medios independientes, casi todos variados en temáticas, pero muy pocos con focos en la perspectiva de raza, de género, LGBTIQ+. Luego se fueron diversificando, ampliando perspectivas, vinieron también Tremenda Nota, Afrocubanas, Q de Cuir, que son medios más temáticos, y en los que, aunque se han dado grandes coberturas al fenómeno racial o a lo trans, se ha hecho desde visiones más generales o universales, como se ha podido. Además de que siempre se han visto estas temáticas desde la perspectiva del derecho, del progreso lineal y ascendente, porque se entiende que la liberación está más adelante, en el futuro, y que en el pasado solo hay atraso. Sin embargo, en las comunidades originarias no estaban siquiera probablemente debatiendo quién podía ser mujer o no, confirmando existencias en base a los genitales, había otros muchos conflictos, pero sin ideas rígidas de género o de raza. Las dominaciones eran por otras causas y no creo que por algún tipo de superioridad con base en el color de piel o alguna otra característica corporal que implicara la opresión de un amplio grupo de individuos.

Tampoco pretendo romantizar a los pueblos originarios, pero sí creo que ha habido en Cuba muy poco interés en mirar a ese pasado colonial, hemos renegado de ese pasado, hemos mirado para otro lado, vivimos de curita en curita, pero la herida sigue ahí, abierta. Lo decolonial no es para quedarnos y vivir del pasado. Es empuje hacia el presente, es volver a recuperar la sabiduría ancestral, entender un poco más las relaciones neocoloniales y autoritarias de hoy día.

Queremos hablar de nuestros derechos sexuales, de nuestra identidad no reconocida, pero también de la pobreza estructural como colectivo, que comienza desde el día que nos echan de casa y no rendimos en la escuela y la abandonamos. Me interesa pensar el futuro, pero sin renunciar a los ancestros, cuyos conocimientos y estrategias emancipadoras han sido tildados de atrasados. Pero una habla estas cosas en redes o en un artículo y parece que habla en chino. A veces me siento sola en ese sentido. Hasta con amistades intento debatir estas cuestiones y lo que entienden es que estamos diciendo que es mejor andar en taparrabos o desnudos. Y ahora que lo pienso me río porque no estaría mal.

No estaría nada mal. ¿Quién puede publicar en Subalternas?

Toda persona comprometida con difundir conocimientos, reflexiones, experiencias que nos hagan sentir menos solos y despreciables en este sistema. Queremos publicar las historias de personas cuyas experiencias han sido habladas, teorizadas, tuteladas, desde otros lugares de enunciación. No hacemos distinción de género, raza o sexualidad. Sí nos interesa publicar y leer a otras mujeres, las olvidadas, las subalternas. También nos interesa lo que tienen que decir los hombres de nuestras comunidades, barrios, nuestros novios, padres, pobres y marginados, subalternos también de las relaciones de dominación.

Presentación de 'Subalternas' en el espacio La Marca (FOTO Marcos Antonio Fernández)
Presentación de ‘Subalternas’ en el espacio La Marca (FOTO Marcos Antonio Fernández)

Al deslizar las páginas de la revista se percibe un “trazo comunitario”, una energía de colectividad, una fuerza de minorías. En tu caso, ¿qué ves, qué escuchas, qué imaginas, qué intuyes?

Es la idea. Es la aspiración. Ya no creo que el futuro sea feminista. Como dijimos en nuestro texto fundacional. ¿De qué nos valen tantas mujeres en la política o un mundo solo de mujeres cuando está la racista, la transfóbica, la clasista, la fascista? Una cosa es entender que estructural e históricamente todas las mujeres han estado en desventaja, aunque en desigual medida, y otra que en compensación de esa deuda histórica un mundo gobernado por mujeres o de sólo mujeres va a ser mejor, ideal. Los esencialismos nos han traído tantos problemas.

Lo ideal sería una lucha que reivindique y restablezca libertades a las mujeres y a todas las personas oprimidas por motivos de género y sexualidad y al mismo tiempo no perder la visión global, comunitaria, sobre todo la búsqueda de alternativas y soluciones colectivas.

Las crisis actuales nos lo están diciendo, la pandemia nos lo dijo: el individualismo y todo movimiento que, en principio, aunque lo necesitemos, se centre en un sector específico o explique la opresión desde un solo lugar, está reforzando la diferenciación, la brecha que no permite unir y conciliar los mundos. Ya lo dijo la feminista negra Audre Lorde, primero, y tantas otras: nos salvamos en comunidad. Yo pienso que el futuro tiene que ser comunitario, o no será.

Cena comunitaria trans organizada por Mel Herrera (FOTO Claudio Peláez Sordo)
Cena comunitaria trans organizada por Mel Herrera (FOTO Claudio Peláez Sordo)
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