Paisajes urbanos: cinco mujeres artistas del grafiti en Cuba

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Grafiti de fulanaletal (FOTO Instagram)

Siempre he querido grafitear una pared. A falta de ese talento, cuando vago bebiéndome el paisaje urbano, colecciono paredes donde podría hacerse un estarcido, donde cualquier grafitero podría echarla fresca. ¿Eres de quienes se pregunta quién gastó su último spray dejando en tu muro favorito –anoche apenas vacío– un mensaje de amor o de protesta, de lucha por la civilidad o de eso que llaman “belleza”? Yo sí; y hoy quiero patinar contigo en busca de cinco de las firmas que nos interpelan tras el arte de las calles habaneras.

Ahora que los paseos rutinarios de la semana se me reducen a ciclos en bici del Vedado a Santos Suárez con mi periscopio a cuestas, muchas de mis aventuras suceden en Instagram. Fue así como emprendí esta expedición de la que despliego aquí el mapa del tesoro, y reencontré varias de esas imágenes (sur/realistas, soeces, amorosas, coloridas o en blanco y negro, geométricas, redondeadas, incómodas), que se nos graban en la retina y luego no sabemos ni quién las produjo ni dónde las vi(vi)mos.

Las firmas que enfocaré pertenecen a mujeres que entran y salen del grafiti –como en su momento lo han hecho Glenda Noajed, Inmaray Tillet y las pioneras Judith Matamoros o Yanelis C. Valdés, según la historiadora del arte Giselle V. Victoria Gómez–. Llamarlas “grafiteras” sería obviar el resto, lo versátiles que son. Modelo, ilustradora, skater, diseñadora, tatuadora, arquitecta, historiadora, fotógrafa, restauradora, cibernética, stickera… Ni atadas a un espacio ni a un medio de expresión, ni tampoco por el salitre de la Isla que lo desfigura todo; ni despojadas de su espíritu de resistencia porque pinten en negocios, centros comunitarios o espacios domésticos. Dentro o fuera, los trazos del tiempo y el polvo sobre los grafitis, tanto como las huellas de quienes los miran palpándolos, los desgastan y los incorporan a las ruedas en movimiento de la urbe, al dolly sobre el que se graba la inacabable película de la vida.

A una calle de casa de mis padres, por el quiosco de periódicos de Goss y Santa Catalina, me encontré cualquier mañana con una de las muchachas cuellilargas de Laura Soris Álvarez (La Habana, 1997) –para sus fanes, lue.s; en su perfil: “BEAUTIFUL BOY: chapucero, cosas de niños, desatre (sic). Pinta con lo que sea, pero pinta. CRAYOLAS. Pixeles”–. Poco después o para entonces, no sé si por uno de esos algoritmos de las redes sociales –ya que Dios nos cría y el Instagram nos junta–, me apunté a seguir sus “galaxias”. Recuerdo aquel día como el de mi primer Monet –y no hay distancias que salvar, porque el placer es parecido–. Siento aún el cosquilleo de mirar a los lados con la picardía de quien comparte el secreto, suyo o ajeno, de un amor prohibido –“un arrocito en baja”, como dicen en Colombia–, y las ganas de decir: “¡Mira una lue.s!”, y el preguntarme quiénes miran este dibujo a plumón y cuántos lo ven. O sea, quiénes se han detenido a retratarse con estas piezas imitando la sonrisita florida, las antenas mironas (y saltonas) en contrapunto con los ojos entrecerrados por la calma (o el llanto) de las que permanecen regias bajo sus cerquillos –incluso cuando esperan ser llevadas por la próxima ola en la arena, por la siguiente lechada de cal en el muro–. La barahúnda de la pandemia me hizo dejar para después esta foto que hoy cumplo con/para ustedes, mientras los insto a descubrir su serie “EN LA CALLE”, así sea entre paredes o flechas de Google Maps, color zebra o con su toque de rojos encendidos…

A Carmen Barrueco Véliz (La Habana, 1994) –esa fulana que no es “de tal” sino letal– la conocí con la promoción de la Residencia de Creación de Inservi, en octubre de 2019, o más bien por septiembre, con Ensayo Cero, en Galería Gorría. Como sucede con quienes entran en nuestros circuitos, desde que vi su trazo (pulso firme y dibujo limpio, “simple”), sus anuncios de fiestas y after parties ya no se me despintan. Aunque fulana se mueve entre varios estilos sin desviar la mirada, mientras mutan / se duplican / se triplican los ojos interrogantes con que nos ve. Bajo la irónica marca de #peligro #graffiti, pegatinas por paredes y contenedores, de un poste de 23 a la cabina de un teléfono público (esa fauna en extinción). Intervenciones en la Agencia del Rap, “la zona de los patineteros”, la carcasa del gimnasio de Ciudad Libertad. Murales por el Vedado y un “ogro” en San Isidro repitiendo: “Te lo dije!” –a Azul que responde: “Olvídate de eso!”–. Animalejos, pelambres, trenzas, motonetas, dientes, cuernos y sonrisas crispadas. Dibujos a lo #keitharing y, entre sus frases célebres, marcadas por el #draw y el #instart: una serpiente que no se muerde la lengua para sesear: “no es / vene / no es / mi opi / nión / pers / onal”… Estridencia de amarillos, azules y rosados con los que ella se regodea a mano y a pierna suelta en ese perfil de más de 3500 seguidores donde anuncia: “Iʼm fuckinʼ around”.

“Princesa sin reino”, sus casi 1000 seguidores de Instagram la conocen como Azul –el color que mejor le va a su pelo–. Se llama Gabriela Padrón Amoroso (La Habana, 1993) y muy a menudo trabaja mano a mano –como a ratos también lue.s– con fulanaletal. Entre sus juntamentas con fulana, ambas grafitearon un muro de la Fundación Félix Varela, donde se las ve plantadas para pedir, de oído a oído –como en aquellos teléfonos que hacíamos de cajas de talco–: “escucha”. Algunas de las muchachas de azulapompina –como la identifica otro perfil suyo, al que siguen más de 1700– piden a menudo amor, en globos de diálogo donde flota un corazón. Llevan los ojos semicerrados, los labios sensuales, la nariz respingona y los senos al aire. El pelo les crece frondoso (a veces rojeante, la mar de las veces, azul), y cuando se inclinan como echando la cabeza hacia atrás, se les despliega como red o estrella, como afluentes de un río en que flotan y nos mecen. Estos grafitis o “naifart” –como ella los llama– suelen encontrarse en trazo sencillo sobre cajas de grises registros eléctricos y en algún viejo almendrón, o hechos con spray sobre las paredes; en Instagram los ha publicado con hashtags como #vandalism o #underart, #girlpower, #totabien, #coolshit… También campean en murales como los del proyecto comunitario Akokán; o en San Isidro y Gorría, donde una mujer le espeta al paseante en su Día Internacional: “No quiero tu piropo. Quiero tu respeto”.

En su perfil, azulapompina, reza: “Un alien en mi terraza / me está dando la brasa, me dijo / la vida terrestre te tiene atacada… / El cosmos te está llamando…” Me detengo en la frase porque sobre lue.s, fulana y Azul cimbrea un halo que se conecta, para mí, con libros e historietas: de ¿Adónde van los cefalomomos (Ángel Arango, 1964), Los mundos que amo (Daína Chaviano, 1980) y Un día de otro planeta (Alberto Serret, 1986) a El viaje (Miguel Collazo, 1981) o Univerzoo (Luis Bencomo, 1998). Alegría y nunca alergia por lo monstruoso. Como la de Galopo en mi caballo de espumas (1970), de Isavel Gimeno, un cuadro de la década en que llegó el hip hop a Cuba, y que duerme en una sala refrigerada del Museo Nacional de Bellas Artes, aunque bien podría estar tatuado en cualquier calle de la Isla.

Algo cósmico, fantástico, mítico traen también las manos de pikyai: una figura humana que gravita jalada por un sol naranja; una sirena rojiblanca, con cabeza lunar, pescando sobre el dienteperro de las ruinas. En su perfil de Instagram, un emoticón de unicornio y una frase de Radamufa: “Estamos hechos de la misma materia q los sueños”. Su nombre es Jessica Betancourt Bosque (La Habana, 1994). Sus predios físicos y artísticos están en Cojímar, un paraje costero y suburbano que –como el Alamar de Omni Zona Franca– tiene su aché comunitario. Allí pikyai ha pintado murales, entre los que la identifica el dedicado al día de las madres en la Zona 2, con esa jirafa hembra de senos burbujeantes, que es parte del hábitat de sus dibujos y de los grafitis que ha inscrito en muros y en algún que otro poste, desde que se le ocurrió plantarla en la Isla como una flecha de Google. Por esa y por otras pistas, sospecho que muchas de las locaciones de sus posts tienen detrás el vaivén de la marea, zumbándole en las orejas, y que su mano está igualmente en el arte callejero firmado por quienes lo publican con hashtags como #cojímarpueblomágico, #tuaporteimporta, #HipHopCultura, #concienciacolectiva. En efecto, pescando en las redes de su Instagram, me la encuentro este último mayo en la documentación de un proceso: el cosmonauta de Manson, ese que se protege a su aire de la Covid y de variopintos virus. El quehacer de pikyai revela el grafiti no solo como un acto a escondidas y en solitario, sino como diálogo de los artistas con sus espacios vitales.

No puede hablarse de Ana Lyem Lara, quien se inscribe en su perfil como “tatuadora cubana”, sin subrayar que es la “dueña y creadora” del estudio de tatuajes y piercings Zenit Tattoo (sito en Oquendo #567, en Centro Habana), ni que es miembro inaugural de La Banda: “crew de grafiti Cuba”, donde cuentan hoy en día, junto a ella: Alberto Ferrer, Osbel Sanabria, Daimar Olivera Roque, entre otros. Con casi 2800 seguidores en su Instagram personal y más de 6400 en el de Zenit Tattoo, para llegar al grafiti de la creadora de Zenit hay que navegar varias corrientes, y lo mejor es apreciarlo en el perfil de La Banda.

Nacido en 2011, ese colectivo tuvo a Ana Lyem Lara como cofundadora junto a Alberto Ferrer y Fidel Alonso Díaz. Inspirado por Bansky, ha echado mano de numerosos recursos: pósteres, stickers, instalaciones, letras, stencils, y afirma que el suyo es “grafiti de advertencia o de icono”, pues homenajea personajes y lugares en pos de construir memoria. Entre asistencia y colaboración, han pasado por las filas de su “proyecto abierto”: Rioger Martínez, Mara Fundora, Evelyn Sosa, Haydée Fornaris. Si aquí han pintado a Hemingway o a Manolito –famoso loco del Vedado–, a Morrison o al trovador Santiago Feliú –para un disco–, su gesto ha llegado a Colombia y México –con Benny Moré, El Bárbaro del Ritmo, o el boxeador Kid Chocolate–. La Banda ha grafiteado en galerías como Cristo Salvador, la de Rigoberto Mena, Artes de San Isidro y MELAH (Movimiento de Expresiones Latinoamericanas de Hip Hop). Su hábitat es el poblado pesquero de Santa Fe, a cuyas olas y surfistas también ha dedicado su arte.

Recuerdo la única vez que estuve a punto de hacer un estarcido: 2011, Ciudad de México, festival El Vértigo de Los Aires. Conocí a la poeta y editora boricua Nicole Cecilia Delgado, cuyas cartoneras (ayer Atarraya, hoy La impresora) son grafitis a pequeña escala. Al final no hubo espacio para el stencil pero me traje mil fotos, unas mías y otras donadas por un amigo chilango. Una ciudad grafiteada deja coger el pulso de sus libertades, mitos y protestas. Galerías o escenarios al aire libre, los espacios vestidos con estas artes exhiben anónimos consejos contra la mala vibra, la mala racha o el mal amor. A mi paso por Rusia en 2019 –no sé si por la nieve o por lo poco que caminé, o porque es un país donde se pena fuertemente– no vi ni un grafiti. Ahora que pliego este mapa, convencida de que acabó el paseo, otra amiga me comparte el perfil de una fulana (i spy things) que riega sus stickers por Moscú y San Petersburgo, mientras transforma capa a capa la imagen que de ellos me hice: estrellas, pinos, pájaros, peces y otras geometrías de vivas acuarelas, que se desgastan con las estaciones. Una nunca sabe cuándo ni cómo un viaje encuentra su final mejor…

JMR
Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David, 2008), Primaveras cortadas (México D. F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016), País de la siguaraya (Premio Nicolás Guillén, 2017), y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015), Para empinar un papalote (San José, 2015) y JamSession (Querétaro, 2017). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier, 2012), cuyos títulos ha reditado, compilado y prologado para Cuba y Argentina. J. Medina Ríos como editora y JMR para Rialta Magazine. Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado sobre el ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Nadadora, filóloga, ciclista, cometa viajera; aunque se preferiría paracaidista o espeleóloga. Integra el staff del proyecto Rialta.
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