'Litzlberg en el Attersee', Gustav Klimt, 1912
'Litzlberg en el Attersee', Gustav Klimt, 1912

Presentación

Autor de esenciales ensayos, relatos y piezas teatrales, además de hermosos textos líricos para óperas de Richard Strauss, en los que de acuerdo con Rilke “se resumía toda la sabiduría del mundo”, Hugo von Hofmannsthal renunció a la poesía a una edad temprana argumentando incapacidad de escribir o pensar en una lengua ideal “de la que no conocía ni una sola palabra”.

Antes de finalizar su segunda década de vida, Hofmannstahl ya era célebre gracias a una serie de extraordinarios poemas de una madurez impensable a una edad en la que la mayoría de los escritores buscan a tientas voz y sentido. Su irrupción en el medio literario vienés a los dieciséis años fascinó por una precocidad que en su siglo solo encontraríamos en Keats y Rimbaud.

Al rememorar una lectura que hizo Hofmannsthal en una velada íntima de los miembros de la Joven Viena, Arthur Schnitzler escribió: “Al cabo de unos minutos de pronto nos vimos escuchándolo con el oído aguzado y, casi asustados, intercambiamos miradas de admiración. Versos tan perfectos, de tan impecable plasticidad, tan impregnados de música, no se los habíamos oído a ningún contemporáneo; creíamos que era imposible después de Goethe. Pero lo más prodigioso de aquella maestría inigualable radicaba en un conocimiento del mundo que, tratándose de un muchacho que pasaba los días sentado en un banco de escuela, tan sólo podía venir de una intuición mágica”.

Los poemas de Hofmannsthal son reflexiones líricas y melancólicas sobre apariencia y realidad, caducidad e infinitud. En uno de ellos, nos habla de alguien que al pasar a bordo de un velero ante su ciudad natal se ve a sí mismo en la orilla, niño asustado a punto de llorar, pero la nave sigue su rumbo y lo aleja de su pasado, prodigio de movimiento y fugacidad que caracteriza una obra en la que las cosas se desplazan constantemente en un mundo que no deja de fluir y transcurrir como música en el tiempo condenada a fenecer en medio de un elocuente silencio.

Hugo von Hofmannstahl, nació el 1ero de febrero de 1874 en Viena y murió en esa ciudad el 15 de julio de 1929, fulminado por un derrame cerebral ante el féretro de su hijo suicida.

Seis poemas de Hugo von Hofmannsthal

Principio de la primavera

Corre el viento de primavera
por desiertas avenidas,
cosas extrañas moran
en su aliento.

Donde imperaba el llanto
se acunó a sí mismo,
y se anidó
en revueltas cabelleras.

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De las ramas de acacia
arrancó las flores
su frescura apaciguó
pechos ardientes.

Rozó labios risueños,
husmeó en los suaves
campos que despiertan.

Brotó de la flauta
cual grito sollozante,
sobre el rubor crepuscular
pasó volando.

Voló con el silencio
por habitaciones susurrantes
y al inclinarse extinguió
el fulgor de la lámpara.

Corre el viento de primavera
por desiertas avenidas,
cosas extrañas moran
en su aliento.

A través de tristes
avenidas desnudas
su aliento arrastra
sombras sin color.

Y la fragancia
que trajo
del país de donde partió
ayer noche.

Vivencia

Un aroma gris plateado invadió
el valle del crepúsculo, como luna
que se filtra entre las nubes. Pero no era noche.
Con el aroma gris plateado del valle oscuro
se desdibujaron mis pensamientos crepusculares,
y en silencio me hundí en el tejido
del mar transparente y abandoné la vida.
Allí, qué maravillosas flores
de oscuros cálices incandescentes. Espesura de plantas
a través de la cual una luz rojo-amarilla como de topacios
en corrientes cálidas irrumpió luminosa. Todo
lo inundó un profundo oleaje
de música melancólica. Y esto sabía,
aunque no lo entendía, lo sabía:
era la muerte. Convertida en música,
poderosamente anhelante, dulce y oscuramente ardiente,
similar a la más profunda melancolía.
Pero qué extraño:
una nostalgia inexpresable lloraba en silencio
en mi alma por la vida, lloraba
como llora un viajero que al atardecer
en un gran bajel con gigantes velas amarillas
sobre aguas azul oscuro pasa ante la ciudad,
su ciudad natal. Allí ve
las calles, oye murmurar las fuentes, aspira
el aroma de los arbustos de lilas, se ve a sí mismo,
de pie en la orilla, un niño, con ojos de niño,
que tienen miedo y quieren llorar, ve
a través de una ventana abierta luz en su habitación.
Pero el gran bajel lo lleva lejos
deslizándose silencioso sobre el agua azul oscuro
con gigantes velas amarillas de formas extrañas.

Balada de la vida exterior

Y crecen niños con ojos profundos,
que nada saben, crecen y mueren,
y todos los hombres siguen su camino.

Y lo amargo de los frutos deviene dulzor
y caen de noche a tierra como pájaros muertos
yacen allí unos días y se pudren.

Y siempre sopla el viento, y una y otra vez
escuchamos y hablamos muchas palabras
y sentimos placer y cansancio en los miembros.

Y los caminos atraviesan la hierba, y hay lugares
aquí y allá, llenos de antorchas, árboles, estanques,
y amenazantes y marchitados por la muerte…

¿Por qué fueron creados? ¿Y nunca
hay dos iguales? ¿Y su número es infinito?
¿Y se alternan risa, palidez y llanto?

¿Qué nos conmueve en esto y estos juegos,
a nosotros adultos eternamente solitarios
sin buscar fin a nuestro vagabundeo?

¿Qué nos importa haber visto tantas cosas así?
Y, sin embargo, dice mucho quien dice “anochecer”,
una palabra de la que fluyen melancolía y dolor

como densa miel de huecos panales.

El emperador de China habla

En medio de todas las cosas
habito Yo, el Hijo del Cielo.
Mis mujeres, mis árboles,
mis animales, mis estanques,
cercados por la primera muralla.
Debajo, yacen mis ancestros:
amortajados con sus armas,
sus coronas en sus cabezas,
como a cada uno corresponde,
habitan en las bóvedas.
Hasta el corazón del inframundo
resuenan los pasos de mi grandeza.
Mudos desde mis colinas de césped,
verdes escabeles para mis pies,
fluyen arroyos divididos por igual,
hacia norte y sur, este y oeste,
para irrigar mi jardín
que es la vasta tierra.
Ellos reflejan los ojos oscuros,
las alas coloridas de mis animales;
afuera, reflejan ciudades multicolores,
oscuras murallas, tupidas selvas,
los rostros de numerosos seres.
Mis dignatarios, como las estrellas,
viven a mi alrededor, tienen
nombres que les he dado,
nombres de acuerdo a las horas
en que cada uno fue mi favorito;
mujeres, que les he regalado,
y su prole numerosa.
A los dignatarios de esta tierra
di ojos, estatura y labios,
como el jardinero a sus flores.
Pero entre las murallas exteriores
habitan más gentes,
mis guerreros, mis labriegos.
Después, nuevas murallas y siempre
otros pueblos sometidos,
pueblos de sangre siempre más densa,
hasta el mar, la última muralla
que a mí y a mi imperio ciñe.

A una mujer

La verdadera cosecha de todas las cosas perdura
y florece en el aire alto como espina de cristal,
la otra solo estaba allí para hundirse.

Y de algún modo misterioso lo tolera
nuestro espíritu, descansar siempre solo
en la inmovilidad, cual aves marinas.

Cómo nos conducía sobre desolados escollos
la confusa conversación de falsas miradas.
Y nuestros labios demasiado elocuentes

ávidos de adorar a muchos dioses.
Sombras en demasía flotaban allí entrelazadas,
y así nos hemos ligado el uno al otro

como el náufrago a la bella imagen
de la blanca bahía, que ya no puede soportar
en calma, sino que empieza a odiarla.

Todo esto solo estaba allí para hundirse.
Muchas otras fuerzas habitan
en los pliegues inefables de nuestras danzas.

Los párpados de nuestros ojos no son como
la carne de los frutos, ni nuestros jóvenes semblantes
comparables a los de corderos o delfines.

Y solo perdura la cosecha de todas las cosas:
así te encontré en el jardín sin escollos;
inmensa pendía la vida de tus labios,

porque de la suelta cabellera de tu amiga
sabías hablar regiamente como alguien
que supo aprender qué significa la vida.

Y detrás de ti vi descender la llanura,
como silenciosos arroyos de oro y plata,
los senderos de tu humildad y delicadeza.

Dominación

Caminaba sobre una alta montaña
cuando supe que te habían descubierto
y atado con guirnaldas de hojas
a la torre de mi jardín.

Emprendí el regreso con paso austero,
como una llama a mi lado volaba
la imagen de tu cabellera al viento
y tu boca crispada de cólera.

Como una llama. Pero sentí orgullo,
y contando los pasos oteé en el estanque
la estela del pez que busca las tinieblas
y, en lo alto del bosque, el nido de un buitre.

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Jorge Yglesias (La Habana, 1951). Poeta, narrador, crítico de cine y traductor. Jefe de la Cátedra de Humanidades y Profesor de Historia del Cine e Historia y Estética del Documental en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños. Ha impartido cursos de cine en universidades y centros culturales de Canadá, Austria, Colombia, Venezuela, Portugal, República Checa, Suiza y Francia. Obtuvo el Premio de la UNESCO a la mejor traducción de Pushkin (1999), el Premio de Traducción Literaria de la República de Austria (2000), el Premio del Colegio de Traductores de Arles (2002). Es autor de los textos Un extraño en el Paraíso (crítica de cine), Buñuel, el americano (crítica de cine), Atravesar el espejo (crítica de cine), Campos de elogio (poesía), Octavio Smith en su reino (ensayo literario) y Sombras para Artaud (poesía).

2 comentarios

  1. Ojo, el fragmento que citan: “Al cabo de unos minutos de pronto nos vimos escuchándolo con el oído aguzado y, casi asustados, intercambiamos miradas de admiración. Versos tan perfectos, de tan impecable plasticidad, tan impregnados de música, no se los habíamos oído a ningún contemporáneo; creíamos que era imposible después de Goethe. Pero lo más prodigioso de aquella maestría inigualable radicaba en un conocimiento del mundo que, tratándose de un muchacho que pasaba los días sentado en un banco de escuela, tan sólo podía venir de una intuición mágica”, en realidad es del libro «El mundo de ayer» de Stefan Zweig, estoy seguro casi al 100%

  2. Efectivamente Yann, no te equivocas ese fracmento pertenece al «El mundo de ayer» de Stefan Zweig, cuando relata su juventud como estudiante vivida en Viena.

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