La sorpresa y la maniobra: movilización creativa y reacción autoritaria en Cuba

El reto es mantener la agenda mínima que suscitó la adhesión de quienes se concentraron frente al Ministerio de Cultura en solidaridad con el Movimiento San Isidro. Una agenda que, sin pedir un cambio de régimen, combina reclamos gremiales y cívicos. Una agenda que no suplica privilegios de casta porque exige libertades ciudadanas.

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El hombre esperanzado en la condición humana es un loco el que desespera de los acontecimientos es un cobarde.

Albert Camus

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Sobre los sucesos de la última semana sobra la opinión apasionada. Pero falta el análisis situado. Los juicios oscilan. Algunos, eufóricos, parecen ignorar el país real. Otros se aferran al inmovilismo. Así somos los cubanos, gente de extremos.

Varias lecturas intentan ponderar avances y lastres detrás de la mayor movilización pública autónoma en torno a derechos ocurrida en seis décadas de socialismo de Estado. La primera donde funcionarios gubernamentales y actores no reconocidos por aquel –incluidos activistas y periodistas independientes– se reúnen a dialogar en un espacio oficial, tras un proceso improvisado de democracia asamblearia y delegada, donde cientos de ciudadanos desmontaron la conversación controlada que inducían los burócratas del Ministerio de Cultura. Lo político no se reduce al símbolo, pero algo siempre tiene de eso. Y los factores arriba mencionados son todos, simbólica y políticamente, relevantes.

Pero detrás del símbolo está la fuerza.

Hay que entender lo que significa, bajo un orden autocrático y una sociedad fragmentada, movilizarse en favor y contra de aquel. Sostener el pulso asimétrico entre inercia conservadora y cambio emergente. Procurar voltear el desbalance entre propaganda oficial y guerrilla comunicacional. Si no se hace, se corre el riesgo de pasar de la épica al desencanto.

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Para quien lleva algunos años acompañando, desde la academia, a gente y sucesos afines en Barquisimeto y Matagalpa, Ispahán y Yekaterinburg, la cosa es igual de agónica. Pero algo menos determinista. Y en “aquel lugar”, por unas horas, todo fue más frágil, incierto y novedoso que en otras latitudes. Pero fue real. Luego del milagro de la acción (Arendt dixit) todo está por hacer.

Ahora bien, ¿qué sigue? Dejando de lado las alusiones a la “traición”, de las cuales no hay evidencia empírica en los participantes, el dilema es dialogar o no dialogar con un poder que da muestras de no querer hacerlo. Al menos en condiciones mínimamente simétricas y vinculantes. También se discute si dialogar se contrapone a realizar otras acciones.

El diálogo es evaluable como medio, con objetivos y posibilidades limitados dada la asimetría de fuerzas, información y anticipación entre las partes. Como proceso –con dimensiones organizacional y comunicacional– de acumulación de recursos, liderazgos y experiencias. Al que conviene acercársele desde el realismo de miradas como la de la socióloga María Antonia Cabrera y el historiador Enrique del Risco.

En procesos similares bajo entornos autoritarios –por ejemplo, Nicaragua, Venezuela, Belarús, salvando las diferencias entre los casos– siempre aparece el dilema de cuándo levantarse de la mesa, si la represión continúa, los supuestos acuerdos no se cumplen y la propia acción punitiva comienza a dividir entre “blandos” y “duros”. Este no es un tema fácil para el análisis y menos para la acción. Dentro de lo poco que puede saberse dada la experiencia acumulada, es que no hay diálogo posible sin presión.

Diálogo y presión –otras manifestaciones, acciones legales, pronunciamientos, etcétera– pueden estar articulados –es lo ideal– o ir por su cuenta. Pero hay, insisto, evidencia empírica acumulada: no hay diálogo sin presión. Y hay diálogos que, de mantenerse en el tiempo sin un mínimo de condiciones, dañan a quienes participan.

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En todo caso, por esas razones prácticas, y porque hay también profundas razones humanas, que son aquí políticas, lo único claro es que no se puede abandonar al Movimiento San Isidro. Porque el Movimiento San Isidro ha sido el detonante de este fenómeno, que intentarán domesticar desde el poder. Sus reclamos artísticos y cívicos –incluido el reclamo por la liberación de Denis Solís– son fundamentales y no deben abandonarse.

No son estas posturas, contenidas en el documento de negociación con el MINCULT, planteos radicales que pidan el fin del gobierno. Son condiciones básicas, mínimas, que otorgan sentido a todo lo demás. Sin eso, sin acciones siquiera mínimas que sostengan esos reclamos, lo demás pierde bastante sentido. Aun cuando, que se haya producido, es algo inédito y potencialmente positivo.

Cuando escribo esto aparece la noticia de una reunión del presidente con miembros de la UNEAC. La noticia se enmarca en una agenda más amplia. Bombardeo mediático, despliegues de fuerza pública, mensajes “filtrados” sobre movilizaciones “de pueblo enardecido”, interrogatorios y excarcelaciones puntuales. Todo conduce a un objetivo: desmovilizar, fragmentar, recuperar la iniciativa.

Porque la fuerza del reclamo depende de una sutil –pero real– articulación entre “vanguardia” artivista y la “masa” de artistas, intelectuales y simpatizantes. Ambos grupos y ethos, al confluir en ese maravilloso documento consensuado aquella tarde, dependen del otro. Uno sin el otro pierden consistencia programática y fuerza social.

Ahora procurarán construir una agenda afín, defendida por leales, para llegar a un escenario de diálogo descafeinado. Reducido a otro debate estilo “Quinquenio Gris”, con foros cerrados y mayoría afín. Debates abstractos y maquilladores, al estilo del que, en estas mismas jornadas, discutió normativamente sobre democracia y participación, ignorando el drama humano y político que sucedía a pocos kilómetros de allí.

No dudo que algunos de los intelectuales que apoyaron a última hora los reclamos ante el MINCULT jueguen ahora un rol “realista” en esa movida. “Moderados” que antes invisibilizaron o descalificaron, abierta o sutilmente, al Movimiento San Isidro y los reclamos más amplios de derechos para todos. Invito a los lectores a revisar los medios oficiales, algunos alternativos y las redes sociales: ahí está la memoria del escamoteo ilustrado. El mismo que se volvió insostenible cuando la gente ocupó la calle 2, frente al número 258, en el Vedado.

El reto es mantener la agenda mínima expuesta allí, que suscitó la adhesión de quienes se concentraron. Ese documento puede confluir perfectamente con la propuesta firmada por cientos de católicos y ciudadanos cubanos, en estas mismas jornadas. Una agenda concreta y cumplible, sin estridencias ni escamoteos. Una agenda que, sin pedir un cambio de régimen, combina reclamos gremiales y cívicos. Una agenda que no suplica privilegios de casta porque exige libertades ciudadanas.

Porque no se trata de que el poder, en su gracia, te permita hacer cada cierto tiempo catarsis controlada. Sino que se eliminen las causas que generan permanentemente los agravios. Al gremio y más allá. Para que la sorpresa de la movilización cívica, plural y pacífica, no sea desvirtuada por la maniobra del gobierno y sus leales.

Ahí radica la crucial diferencia entre la Corte y la República.

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ARMANDO CHAGUACEDA
ARMANDO CHAGUACEDA
Armando Chaguaceda. Politólogo e historiador cubano, egresado de la Universidad de La Habana (Cuba) y la Universidad Veracruzana (México). Investigador especializado en temas de gobierno y análisis político, y experto-país del proyecto V-Dem. Estudia los procesos de democratización y autocratización en Latinoamérica y Rusia.

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