Detalle de una de las imágenes de Bego Antón para 'Cha-cha-chá (Dueto)'
Detalle de una de las imágenes de Bego Antón para 'Cha-cha-chá (Dueto)'

Serpentina

Mi primera lectura de Cha-cha-chá (Dueto) sucedió a la velocidad de una serpentina azul. Apenas bastó un soplido para que una infinita línea de papel despejara imágenes, sensaciones y memorias con la sorpresa de un festejo. La emoción operó como ráfaga de escenas familiares y extrañas, de estados, Estados Unidos azul, rosa para dormir, disparo de vacíos y besos, solo besos del 2007.

Surgió la pregunta: ¿dónde está el perro? Quedó la sensación de goce, levedad, pérdida y duelo que no es posible traducir en otra forma que no sea poesía. Ediciones Comisura ha publicado con gran cuidado un libro poético y emocionante que no nos abandonará jamás. Bego Antón y Sabina Urraca consiguen ese efecto conmovedor, de tan sencillo, trascendental. Por eso, es un libro que urge leer muchas veces, un objeto para mirar y sentir, que pasará de serpentina a intestino, de perplejidad a deseo, de ajeno a propio. Urge leer muchas veces sus páginas no para dominar o blandir nuestras ansias de comprensión en su collage, sino para deleitarnos con sus confesiones y gestos, sus alharacas y heridas, con los instantes que rodean a Candance Carson, es decir, Candance segunda, y a estas mujeres y mascotas y hogares retratados en sus páginas.

¿Qué pueden las ficciones?

¿Qué pueden las fotografías?

(Para continuar el libro, vuelva a la página 54 y lea el poema una y otra vez
hasta
que
los secretos
sean
revelados.[1]

Cha-cha-chá (Dueto)) va cautivándonos con intensas preguntas de trasfondo y deja pistas para indisciplinar nuestra lectura. Se asemeja al estado de una pareja que baila cuando los invitados de la fiesta se han marchado y ya es de madrugada. El libro da lugar a los pensamientos que callamos y a los descubrimientos que hacemos sobre el pasado dando tumbos, chocando con vasos semivacíos, repitiendo los mismos pasos, girando y deslizándonos.

Palabras e imágenes conviven, no para ilustrar(se), sino para habitar una coreografía sutil que lo único que pretende habitar son instantes. Nada sirve para recalcar lo documentado, desde Nueva York hasta Arizona, por Bego Antón,[2] nada sirve para subrayar la historia de Sabina Urraca, pero el binomio es tan natural y su diálogo tan ascendente, que sería imposible imaginarles privados uno del otro. De hecho, son la demostración de una idea de Jean-Luc Nancy sobre los retratos de Henri Cartier-Bresson: “El enigma es la espesura de la cosa captada en la foto, la espesura de ese cuerpo […] su evidencia, su manifestación, su epifanía. Alguien: su aspecto, su presencia, su expresión, su mirada. Este es el enigma que un nombre propio atrapa y que una imagen expone”.[3]

Así comienza “Cha (1)”:

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Odia tener que limpiar la casa antes de sus visitas. Tiembla. Tener que hacer como que la casa es otra, mejor. Hacer como que ella misma es otra. Mejor. Y la sensación de no saber quién es su madre. No saber, por lo tanto, para quién limpia la casa. Y no saber, por lo tanto, para quién finge ser otra.[4]

En la página once, cientos de serpentinas, años, confusiones y encuentros. Quizá no sepa: ¿quiénes somos?, ¿cómo es nuestra casa?, ¿quién es nuestra madre?, ¿con quién bailaremos?, ¿quién es la otra? Solo sabe fingir.

Entre fingir, hacer silencio y prestar atención a los detalles impensables, el libro actúa como una lupa sobre lo minúsculo. Un personaje quiere ser mejor, aunque no se sabe bien para quién o por qué necesitaría semejante truco. Cha-cha-chá (Dueto) se convierte en álbum y en diario, en todo lo que necesitamos saber sobre Candance, sobre nosotras y el cuidado.

Detalle de una de las imágenes de Bego Antón para 'Cha-cha-chá (Dueto)'
Detalle de una de las imágenes de Bego Antón para ‘Cha-cha-chá (Dueto)’

Candance sobre Candance

En la exactitud y teatralidad de esta brevísima escena me detuve, como si se tratara de una película sobre la invasión: “Candance entra en la cocina. Su madre, sentada en la encimera, come de un bol de mac and cheese. Las dos se sobresaltan, como si la cocina fuese un baño público sin pestillo”.[5]

Candance Carson y su madre, que también escribe poesía, son el centro del relato de Sabina Urraca. Candance Carson y todo lo que otros pueden revelarle sobre esa madre que se siente invadida por su presencia. Pienso que una madre es siempre una desconocida. Una hija es siempre una desconocida.

Candance Carson es la autora, la que estudia en Iowa porque ha ganado una beca de dos años en poesía, la que persigue “ser alguien al fin”. Carson va llevándonos por acontecimientos, indicios y sospechas. En sus poemas hay evidencias de dónde se encuentran los mayores secretos familiares, los busco allí, cuando escribe: “under my nails”,[6] muerdo mis uñas y escarbo.

Candance Carson necesita inventarse a Kay, aunque sea un personaje reducido a su imaginación, un títere sentimental que se convierte siempre en otro ser, no por comodín, menos importante.

Me fijo en las preguntas a mamá, casi como una espectadora de esta relación difícil, a veces incómoda: “¿A que es bonita mi casa, mamá?”.[7]

Comprobar el abandono (demencia, hongo verde, pancakes, bol amarillo). Comprobar el daño que se esconde en crecer con una madre que es todo misterio.

Suena como un reproche pensar: “un tutú a la medida de esa otra hija”,[8] porque los reproches más certeros son los inaudibles.

A veces, Candance Carson aprieta el lápiz contra la hoja para escribir el nombre de Kersting.

Suena como un reproche pensar en lo que define a Candance, su nombre, una identidad, las palabras: “Mamá, ¿no lo entiendes? ¡Mi nombre es terrible!”[9].

Por eso, me cautiva este fragmento, Candance sobre Candance:

Candance se llama Candance, igual que una amiga que tuvo su madre. La primera Candance murió cuando la segunda Candance tenía siete años. Candance segunda solo recuerda haberla visto una vez, a los cuatro o cinco años. Un resplandor de sol naranja en el bar de una gasolinera, pelo crespo y castaño muy corto, los tendones del cuello tensos, toda ella tensa y flaca, la piel bronceada sin planearlo, los vaqueros cortados a la altura de la rodilla. La subió a su regazo y le dijo: Así que tú eres Candance.[10]

Así que tú eres Candance, se me queda la frase, esa certeza, esa belleza de espejo.

Candance dice a Candance: Así que tú eres yo.

Candance sabe que su madre baila detrás de una puerta, lo sabe todo, conoce la trama de la película Ghost, la capacidad que tienen los fantasmas de espiarnos, alertarnos o cuidarnos.

Accidental y azarosamente llegan los fantasmas a Candance y llegan las respuestas. En Instagram AIDS Memorial, Candance Taylor (1956-1997), en una postal enviada desde Europa, en el suburbio industrial de Milwauke. Este es un libro sobre encuentros, a veces fallidos, a veces imposibles, a veces obligatorios. Encontrar es arrastrar los pies, saludar a un vecino, marcar los pasos y dar brincos frenéticos. Encontrar es convertirse en un plato de comida o una serpentina. Encontrar es hacerse poema.

Los poemas de Candance no son respuestas, es verdad, son accidentes.

La poesía predice, en algunos casos, copia e imita el dolor propio, de otros, calca las palabras y sensaciones que alguna vez nos legaron. Poesía escrita con lo real, lo ficcional y lo que se nos antoja. A veces se supone que todo se reduce a cierta autoridad u originalidad, pero las emociones son todas tan antiguas y tan flamantes, que sentí un poco de alivio al aprender cómo escribe Candance.

Después del poema “Mommy and Sweetie cha-cha-cha (duet)” entran las mujeres retratadas que bailan con sus perros, toda una secuencia que transmite la energía y el frenesí de brazos y piernas y patas y giros. Acto de magia, danza que sucede en el living y a campo abierto, que te deja sentir el estremecimiento por lo difuminado de cada cuerpo, por la armoniosa celebración de cada pareja. Volver a la página 54 también nos llevará a repetir la película de Bego Antón.

Cha-cha-chá (Dueto) es un poema visual y textual en el que, al desacelerar o agitar, al invitarnos a contemplar una manta o un diploma, se vuelve una serpentina que retrocede en cámara lenta a nuestra boca.

Imagen de cubierta de 'Cha-cha-chá (Dueto)'
Imagen de cubierta de ‘Cha-cha-chá (Dueto)’

Azules

¿Qué pueden las ficciones?

¿Qué pueden las fotografías?

Pueden ahondar en lo íntimo, no por privado o sagrado, sino por esa vitalidad única que conservan los desvelos, las arrugas y el pelo.

Un animal doméstico no nos hace preguntas en voz alta, pero nos conoce. A veces ser hija se siente demasiado ligado a la obediencia, a determinado trato, rutinas, lastres y sueños inexplicables.

Los perros como Spencer, el perro de la madre de Candance, aunque duerman fuera de casa, pueden quedarse tendidos en el sofá junto a sus dueñas, tendidos allí para siempre, a la espera de un sobresalto, del efecto de una droga. Los perros de Cha-cha-chá (Dueto) son un perro guirnalda o un perro partitura o un perro bordado o un perro trofeo. Pueden ser libres cuando se trata de bailar con ellos, a solas, pero con ellos. Pueden dominar el alma de las cosas heredadas.

¿Qué pueden los azules?

Pueden ser pijama azul antiguo, malla azul marino, maquillaje azul metalizado.

¿Qué puede Cha-cha-chá (Dueto)?

Puede ser el recuerdo de un perro que ha muerto y de un perro que nos sobrevive. Puede ser el baño, la fábrica, la agonía, la ligereza y el tiempo detenidos. Me emociona cuando es en la foto una presencia viva, y también cuando es parte del decorado. Puede ser la resucitación que buscamos tras leer un libro que es muchos libros, una galería que es muchas galerías, un enigma que es muchos enigmas. Pienso en una muchacha enamorada vestida de azul, detenida, bárbara, impecable en apariencia y con ganas de poner punto final a un poemario. La muchacha enamorada vestida de azul está en una foto de Bego Antón y en el cuadro Mujer con un perro de Pablo Picasso.

¿Qué tal si nuestras madres son esa muchacha y son un perro y son una pintura muy famosa?

¿Qué tal si nuestras madres no nos aman? O no nos aman tanto como podrían amar la aventura, a otra mujer, a sus perros inseparables, a su vida sin nosotras.

¿Qué tal si nuestros nombres son solo una marca?

¿Qué tal si un día nuestras madres ponen cerrojo a todas las puertas para que se acaben las ficciones y las fotos?

Una y otra vez, un poema:

They distance from one antoher fast
Movin’ the arms
Twisting the waist
Thinking           of         each      other
years ago
Thinking of a woman
years ago.[11]


Notas:

[1] Bego Antón y Sabina Urraca: Cha-cha-chá (Dueto), Ediciones Comisura, Madrid, 2023, p. 119.

[2] Proyecto fotográfico y audiovisual Everybody loves to ChaChaCha (2015).

[3] Jean-Luc Nancy: La partición de las artes, Pre-Textos, Valencia, 2013, p. 265.

[4] Bego Antón y Sabina Urraca: ob. cit., p. 11.

[5] Ibídem, p. 52.

[6] Ibídem, p. 35.

[7] Ibídem, p. 14.

[8] Ibídem, p. 26.

[9] Ibídem, p. 45.

[10] Ibídem, p. 51.

[11] Ibídem, p. 54

Traducción tomada de la página 55:
Se distancian rápido la una de la otra
Moviendo los brazos
Girando la cintura
Pensando la una en la otra
hace muchos años
Pensando en otra mujer
hace muchos años.

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Martha Luisa Hernández Cadenas, Martica Minipunto (Guantánamo, Cuba, 1991). Teatróloga, poeta y performer. Coordinadora del Laboratorio Escénico de Experimentación Social (LEES). Entre su obra reciente se encuentran los performances Nueve (2017) y Extintos, aquí no vuelan mariposas (2018); las intervenciones La última ópera china (2018) y Las fundadoras (2019). Fundadora de la editorial independiente ediciones sinsentido. Ha publicado el poemario Días de hormigas (Premio David de Poesía 2017, Ediciones Unión, 2018). Ganadora del Premio de ensayo La Selva Oscura por su investigación Notas de un simulador. La crítica teatral de Calvert Casey (1960-1965) y del Premio de Teatrología Rine Leal por su libro ESTA OBRA HABLA DE TI Y DE MI. Ensayos para (des)a(r)mar la experimentación escénica en Cuba (2012-2018).

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