¿Estás trabajando en algún proyecto ahora mismo en tu estudio? Si es así, ¿podrías describirlo brevemente?

Trabajo a toda máquina: escribo, hago exposiciones, postulo proyectos, participo en jurados, realizo presentaciones telemáticas, asesoro, respondo a entrevistas… Una de mis ocupaciones principales ha sido culminar la edición de mi libro Arte desde América Latina (y otros pulsos globales), que ya fue publicado por Ediciones Cátedra en Madrid, y se distribuirá a partir del 17 de septiembre. Tuve la fortuna de que Nikos Papastergiadis escribiera una introducción generosa, y que Pablo Helguera creara un dibujo para la portada. También he adelantado muchísimo en la novela que estoy escribiendo, y estoy co-curando la Trienal de la Imagen de Guangzhou. Es un gran evento internacional dedicado a la fotografía y el video. Somos tres curadores y cada uno organiza su propia exposición independiente, aunque interrelacionada con las demás. Mi proyecto se titula Globalscape, e incluye artistas de todo el mundo. La novela es un thriller trágico y –pienso– divertido, irreverente, con misterio, acción, sexo, “filosofía”, drogas, humor, política, sicología… que se desarrolla en varios países. Ya he completado once capítulos, espero quede lista el año próximo. Entre otras cosas, me gustó en particular escribir la introducción para 20 en 2020, un libro sobre arte latinoamericano emergente que se publicará en Sao Paulo. En ella efectúo una suerte de diálogo con Marta Traba, quien reacciona a mis planteamientos mediante avatares inspirados en ella, y que aparecen en el texto como lo harían en un mensaje de redes sociales. Es un homenaje y una crítica a la inventora del arte latinoamericano.

Cubierta de ‘Arte desde América Latina (y otros pulsos globales)’, Cátedra, 2020

¿Cuál es su receta para sobrevivir en un momento de casi sólo malas noticias?

No tengo recetas. Sólo he asumido en calma y buen espíritu la desgracia inesperada que estamos sufriendo. Claro, para mí es más fácil porque puedo ganarme la vida y hacer cosas interesantes sin salir de mi lugar, y cuidarme y sobrevivir así. El confinamiento ha representado además un muy conveniente descanso de tantos viajes, jet lags, aeropuertos… para alguien que ha trabajado en 83 países. Pero muchísima gente en el mundo ni siquiera tiene casa, o se les derrumba la casa encima como en La Habana. También me ha ayudado el entrenamiento de tantas otras desgracias que me ha tocado vivir.

¿Qué es algo que todos podríamos hacer para que el mundo se convierta en un lugar mejor cuando este desastre llegue a su fin?

No soy babalao, pero creo que poco cambiará el mundo cuando la pandemia esté controlada. Basta ver cómo la gente se olvida de ella olímpica e irresponsablemente ahora mismo, tan pronto se aflojan los controles obligatorios, volviendo como si nada al business as usual y desatando los contagios. Hay una absoluta falta de consideración hacia el personal médico y sus familias, ellos llevan meses trabajando bajo severas condiciones de estrés, sus vidas se han visto seriamente afectadas y muchos se han contagiado y muerto en el ejercicio de su trabajo. En una película de Woody Allen, el personaje interpretado por Larry David decía que Buda, Cristo, Marx y otros habían propuesto grandes ideas para mejorar el mundo, pero habían olvidado algo primordial: los seres humanos somos unos singaos. Ojalá consiguiésemos pensar más en los otros, preocuparnos por el planeta ecológica y socialmente, y contribuir en lo que podamos a que el mundo mejore. A pesar de estar de acuerdo con Larry, soy optimista y creo que algo va progresando en general, pero muy lentamente. Tal vez una lección de la pandemia que prevalecerá es haber aprendido que no estábamos aprovechando bien las posibilidades de las comunicaciones a distancia, y que habíamos exagerado la importancia del contacto cara a cara. Pienso que las ganancias en tiempo, recursos y ecología mantendrán el mayor uso del intercambio virtual.

Logotipo de la Trienal de la Imagen de Guangzhou

¿Cuál es la principal lección que el mundo del arte debería aprender de todo esto? ¿Cómo te imaginas la escena del arte posapocalíptico?

En primer lugar, la pandemia, a pesar de tantas muertes y del gigantesco descalabro económico que ya sufre el orbe, no llega a ser un Apocalipsis, por lo menos no como los de las películas. Fíjate que el mundo del arte ha conseguido mantenerse activo aún en plena epidemia, gracias a las comunicaciones electrónicas. Medidas como el control de visitantes a los museos y las visitas mediante cita previa a las galerías han contribuido también a que no entrase en coma y vaya reactivándose. Pero sin duda la actividad artística sin fines de lucro sufre ya mucho con la crisis económica. Me refiero a museos, centros de arte, fundaciones, becas, residencias, publicaciones, apoyos estatales y privados a la cultura… El mercado del arte, en cambio, no ha sido tan afectado por la crisis económica, pues tiene un carácter suntuario, y el lujo es el que menos sufre en las crisis, que impactan a los más ricos en grado menor. Por ejemplo, en el auge de la pandemia en junio, Omi Obini, una pintura de Wifredo Lam realizada en Cuba, alcanzó, en una subasta no presencial de Sotheby’s, el mayor precio pagado jamás por una obra del artista: 9,6 millones de dólares.

Ojalá que la lección que el mundo del arte aprenda de esta tragedia sea la necesidad de enfatizar en las posibilidades centrífugas del arte. Es decir, su acción hacia fuera de sí mismo y su mundo, hacia el mundo allá fuera.

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SOLVEIG FONT
Solveig Font Martínez (La Habana, 1976). Licenciada en Estudios Socioculturales. Se desarrolló como especialista en artes plásticas en la Asociación de Artes Plásticas de la UNEAC y más tarde en la Galería Villa Manuela de la misma institución. Trabajó como curadora en la Fábrica de Arte Cubano (FAC) hasta el 2015. En el 2014 fundó el espacio de arte Avecez art space, donde ha trabajado con artistas y curadores nacionales e internacionales. Ha realizado mas de veinticinco exposiciones dentro y fuera de Cuba. Ganó en 2015 la Residencia de RCAAQ en Montreal, Canadá.
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