Detalle de cubierta de ‘Festín de serpientes’, de Harry Crews (DIRTY WORKS, 2019).
Detalle de cubierta de ‘Festín de serpientes’, de Harry Crews (DIRTY WORKS, 2019).

“Una noche en Tennessee un predicador que manejaba serpientes se nos acercó y preguntó: ¿muchachos, tienen serpientes en el carro? Le dijimos que no. ¿Cómo, me estás diciendo en serio que no tienes ninguna serpiente de cascabel en tu carro? No señor, no tenemos. Sus ojos se dilataron como platos. ¿Qué les pasa, muchachos, están locos o qué? (Dennis Covington, Salvation on Sand Mountain).

Este asombroso diálogo –uno de los más memorables (pero ciertamente no el único) en el ya clásico estudio sobre los manejadores de serpientes de los Apalaches– está investido de una densidad semántica que sería difícil exagerar: epitomiza, con insuperable nitidez, muchos de los rasgos que aún hoy, pese al abrumador progreso tecnológico, perduran con terquedad casi épica en el Deep South y lo transforman, por así decirlo, en un territorio extranjero, en lo absolutamente otro de la cultura norteamericana mainstream del siglo XXI: la religiosidad intensa, carismática y delirante; la exageración grotesca como una característica relativamente común en una zona –no solo geográfica[1]— donde todo lo exótico y excesivo se da más o menos por sentado; en fin, la inversión carnavalesca de los valores (algo así como the world upside down:[2] en qué otro lugar, después de todo, sería considerado extraordinario acudir a la iglesia sin llevar serpientes de cascabel) que señala, enfática, la inmersión en un territorio de acendrada extrañeza.

Ahora bien, a semejante singularidad corresponde una literatura no menos excéntrica: Flannery O’Connor, Barry Hannah, Chris Offutt y Ron Rash son sólo algunos de los artistas verbales de primer orden[3] que han convertido “la diferencia sureña” en el tema de sus narraciones. Y es en ese linaje que se inserta también Harry Crews con su inquietante novela Festín de serpientes.

Se trata de un prodigioso artefacto narrativo, una auténtica “enciclopedia sureña” en miniatura que consigue representar a lo largo de sus trescientas páginas los elementos más sorprendentes de ese vasto, pesadillesco territorio llamado por algunos “el cinturón bíblico”: innumerables palurdos semianalfabetos aficionados al fútbol americano, la religión y la crueldad; mujeres de veinticinco años que aparentan cincuenta y cinco parapetadas en tráileres ruinosos (allí donde su más preciada –en ocasiones su única– heredad son los gigantescos televisores que contemplan durante horas, hipnotizadas); minusválidos malévolos devastados por el alcohol que han memorizado el Antiguo Testamento y profieren frases sibilinas; predicadores alucinados y alucinantes con una malsana obsesión ofídica que no se han molestado en leer el Sermón de la Montaña; el fútbol americano como religión alternativa (ciertamente, no inferior a la otra en fanatismo); repulsivas peleas de perros (la sevicia, brutalidad y estupidez de los “pasatiempos sureños” son apenas concebibles); una dieta a base de moonshine,[4] embutidos y una salsa picante (red eye Gravy) que, sospecho, debe ser la vía más rápida hacia la cirrosis hepática; mezquinas majorettes[5] que no se detendrán ante nada para ganar el campeonato estatal; un festival de caza de serpientes de cascabel que se transmuta en un banquete donde todos se atiborran de carne de serpientes de cascabel (“so what?: meat is meat and a man’s got to eat”, replica un personaje cuando alguien se atreve a cuestionar su curiosa alimentación).

En el vórtice de este siniestro torbellino palurdo se erige Joe Lon Mackey, antiguo quaterback de los Crótalos de Mystic, Georgia, y sin duda alguna el tipo más famoso del pueblo: un analfabeto funcional en el mejor de los casos (“nunca se llegó a demostrar con pruebas fehacientes que Joe Lon supiera leer”) y gamberro radical que a los 24 años se gana la vida vendiendo moonshine en la tienda familiar mientras suspira por su desaparecida grandeza (había sido el mejor jugador amateur en la historia del condado… pero eso fue todo, pues, ¡qué sorpresa!, nunca pudo jugar en universidad alguna)[6] y, pese a su considerable estupidez, comienza a intuir que sus mejores momentos han desaparecido en el desbarrancadero del tiempo, que no hay ni habrá nada más para él en las próximas cinco décadas que vegetar en esa grotesca aldea, alcoholizado y miserable.[7] Había creído serlo todo, ahora comprende que es menos que nada: una demostración insuperable del lúcido, despiadado apotegma de Scott Fitzgerald: “there are no second acts in american lives”.

Se trata, entonces, de la historia un fracasado total (peor aún, de un fracasado sureño) y sólo a través de su sombría, cenagosa conciencia –no precisamente la más confiable de las perspectivas[8]— puede el lector reconstruir su progresivo descenso ad inferos mientras los habitantes se disponen a celebrar “el gran rodeo de serpientes de cascabel de Mystic”, genuina apoteosis de la insensatez palurda. En efecto, los crótalos son aquí el inesperado recurso que el autor emplea para expresar la singularidad sureña: todo el mundo sabe que en esas aldeas abisales el fútbol americano, la religión y el moonshine son lo único que confiere un endeble simulacro de sentido a la existencia. A estas alturas, sin embargo, son casi lugares comunes y un artista verbal tan sofisticado como Crews parece haber comprendido que resultaba necesario combinar estos tópicos con “un nuevo escalofrío” que incrementase su eficacia. Ha recurrido entonces al más arcano e inquietante de los credos sureños: la secta de los manejadores de serpientes de los Apalaches (también conocida como Iglesia de Jesucristo y las Señales que le Siguen) y todo lo engendrado por esta.

En Mystic estas ceremonias supuestamente cristianas (o al menos basadas en un texto bíblico) han alcanzado una delirante y carnavalesca intensidad que no tiene demasiada relación con el Nuevo Testamento y sí mucho con prácticas paganas como el festival romano de la Saturnalia: “el rodeo de serpientes de cascabel llevaba celebrándose desde tiempos inmemoriales… con el tiempo Mystic, Georgia, resultó ser el mejor coto de caza de serpientes de cascabel del mundo: se organizaba un picnic y luego todo el mundo se metía en el bosque a ver cuántas serpientes de cascabel podían extraer de la tierra. Se zampaban las serpientes, bebían un poco[9] de whisky de maíz y con eso se daban por contentos hasta el año siguiente”. Bueno, la última frase resulta algo exagerada: “contentos” no es, ni mucho menos, un término que pueda aplicarse a personajes en un contexto semejante. Casi todos oscilan entre la desesperación y el hastío, con un lugar especial reservado en esa massa damnata para el brutal protagonista: “tal vez en el pasado… su vida había tenido algún significado, pero si así era lo había olvidado por completo… ahora no significaba absolutamente nada: se había convertido en una película no muy interesante que debía ver una y otra vez”.

Se trata del “nihilismo palurdo” (hilbilly nihilism) en estado puro: una sensación de decadencia absoluta experimentada –o al menos intuida– por casi todos los personajes pero que atenaza con la mayor virulencia imaginable a Joe Lon Mackey: gamberro profesional, antintelectual de estricta observancia y, en definitiva, el último tipo que asociaríamos con la expresión “crisis existencial”. Sin embargo, no es posible negar que “ha tenido comercio con la nada”: ciertamente carece de todas las herramientas conceptuales que le permitirían, quizás, volver inteligible su experiencia, pero, a fin de cuentas, lo que el relato narra, minuciosamente, es la desintegración de todas las ilusiones que lo sostenían. Y, como es natural, eso resulta devastador para un tipo educado en la maniquea tradición sureña, donde sólo existen certezas y los matices son tan desconocidos como cualquier conato de inteligencia. Todo “espíritu de segundo orden” palidece cuando atisba, siquiera oscuramente, que los fundamentos sobre los que había erigido su existencia son menos que polvo; para alguien como Joe Lon Mackey (más cercano al quinto y aun al duodécimo orden) la irrupción de la lucidez adquiere las dimensiones de una catástrofe sin paliativos: “estaba paralizado… lo había invadido una extraña paz, plomiza, incluso extenuante… se sentía inconmensurablemente abatido”.

Joe Lon Mackey no es el único, sólo el más desafortunado: casi todos los personajes del relato , pese a declararse cristianos fervientes son, en rigor de verdad, irreflexivos nihilistas que apenas pueden ocultar su desmesurada desdicha:[10] gnósticos secretos (pero, como es natural, la teología no es su fuerte: ignoran con probidad esa arcaica doctrina) chapoteando en las pútridas aguas de la Religión Americana que pese a cierto superficial, inverosímil triunfalismo, a menudo articulan el timbre distintivo de su sensibilidad mediante demoledores epigramas, vitriólicos proverbios y máximas acerbas que entronizan a Crews como virtuoso de la lengua sureña.

Todos esos personajes y su pérfido galows humour[11] son, en última instancia, rigurosamente insignificantes cuando los situamos junto a Joe Lon Mackey: la angustia del antiguo jugador de fútbol americano no sólo es mucho más profunda que la de sus adláteres sino que está investida de una dimensión metafísica que aquellos ni siquiera pueden barruntar (y el hecho de que Mackey trocaría gustoso esta lancinante lucidez por un cáncer pulmonar no viene al caso). Cioran ha escrito que Scott Fitzgerald “realizó una experiencia pascaliana sin espíritu pascaliano… como todos los frívolos, temblaba ante la idea de ir más lejos dentro de sí mismo”; algo muy parecido sucede con el protagonista de este relato.[12] En cierto sentido es como si Harry Crews se hubiese propuesto invertir lo que podríamos llamar “el efecto O’Connor”: allí donde la enfermiza y genial escritora anhelaba insertar sus complejos artefactos verbales (por las más oscuras, enrevesadas e inverosímiles vías) en una conjetural “economía de la salvación”,[13] el áspero Crews representa la irrupción del “invitado más extraño”[14] en la conciencia de sus personajes y el hundimiento de la fe precisamente allí donde tantos afirmaban su preponderancia.

Schopenhauer observó que Dante “extrajo los elementos para su Infierno del mundo real mismo”: una transferencia semejante no debió de resultar excesivamente ardua cuando consideramos lo que fue el siglo XIII en Europa y –al menos en la sombría visión del autor– el cinturón bíblico tampoco parece un lugar recomendable para las almas sensibles (ni para ninguna otra): así, Crews articula con malicioso entusiasmo a lo largo del relato una de las más extravagantes descripciones de ese extraño territorio que podamos encontrar en la literatura norteamericana contemporánea, sin escatimar los rasgos repulsivos y con especial énfasis en las serpientes: “Víctor nunca hablaba de otra cosa que no fuese Dios y las serpientes y tanto su voz como sus ojos hacían que a Joe Lon se le congelara la sangre. Su padre, que había asistido a ceremonias en la iglesia de Víctor le había contado cómo eran: Se anuda serpientes de cascabel al pelo como si fuesen lazos de señora. Le he visto besar una serpiente y he visto cómo las serpientes le besaban a él. Le han mordido en la boca. Le han mordido en todas partes. Y las mordeduras no le hacen efecto”.

Ahora bien, muchos ven en ese delirio un milagro… pero ese no es el caso de Joe Lon Mackey sino, más bien, todo lo contrario: al contemplar por primera vez el siniestro espectáculo[15] el fracasado futbolista experimenta una sacudida de inaudita intensidad. El mundo, súbitamente, adquiere “una cierta cualidad de pesadilla” y la noción misma de trascendencia se vuelve tan grotesca como inverosímil. Hacia el final de Absalón, Absalón (Faulkner) un personaje interroga a Quentin Compson: “Ahora quiero que me digas una sola cosa más. ¿Por qué odias el Sur?”. Harry Crews, el autor de este otro extraño y teratológico relato, habría convenido en que no se trata de una pregunta superflua.


Notas

[1] “El Sur no había desaparecido… en todo caso su singularidad se había incrementado: pero era mucho más que un territorio… residía en una inexpugnable región de la conciencia” (Dennis Covington, Salvation on Sand Mountain).

[2] “El mundo al revés”: fue esa la expresión acuñada por el historiador Christopher Hill para referirse a las ideas de las sectas protestantes radicales en Inglaterra durante el siglo XVI.

[3] Por no mencionar aquí a Faulkner y Cormac McCarthy, que, por lo demás, son muy superiores.

[4] Aguardiente casero de altísima graduación.

[5] Una especie de cheerleader sureña.

[6] Aparentemente, incluso en Georgia tienen algún que otro criterio para rechazar a los jugadores: la dislexia prolifera en los campus sureños (después de todo sólo un insensato esperaría que un jugador de fútbol americano sea capaz de leer con alguna fluidez), pero la inaudita inopia del protagonista resulta excesiva.

[7] La experiencia del tedio como absoluto no carece de precedentes ilustres en la tradición literaria sureña. Así, en Sartoris (Faulkner): “Se quedó así, tumbado boca arriba, mirando por una ventana donde no había nada que ver… nada que ver y todo el largo trayecto de una vida humana por delante… tres veces veinte y diez más, decía la Biblia. Setenta años. Y él no tenía más que veintiséis”.

[8] Aunque técnicamente el relato está narrado en tercera persona, la generosa utilización del estilo indirecto libre difumina gradualmente la distancia entre la percepción de Joe Lon y la del “narrador imparcial” exterior al relato.

[9] El eufemismo del siglo: a juzgar por lo que trasiegan habitualmente los personajes (es decir, cuando no hay ningún motivo en particular para embriagarse), esto sugeriría un mínimo de dos botellas por cazador.

[10] Así, sobre la única persona del pueblo que ha conseguido acudir a la universidad en varias décadas: “todos la felicitaban pero… sus estudios de filosofía la sumían en un tedio aplastante”.

[11] Un ingenio desolador que va incluso más allá del humor negro y se aproxima la “risa sin alegría” de los personajes de Samuel Beckett.

[12] Aunque la analogía resulte, por supuesto, imperfecta: junto a Joe Lon Mackey, el “frívolo” esteta norteamericano nos parece Agustín de Hipona.

[13] Los textos, en esta curiosa perspectiva, galvanizarían la conciencia de sus incrédulos lectores: quizá esperaba demasiado de la literatura.

[14] El nihilismo occidental.

[15] Este breve artículo no es el sitio para dilucidar la dilatada genealogía de la serpiente como símbolo en la cultura occidental (serían necesarias quinientas cuartillas). Me limitaré a enfatizar que Harry Crews utiliza con gran eficacia el procedimiento que algunos teóricos han llamado “exégesis inversa”.

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