La realizadora haitiana Gessica Généus debuta con un retrato de la realidad sociopolítica de su país

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Fotograma de ‘Freda’, Gessica Généus, dir. 2021.
Fotograma de ‘Freda’, Gessica Généus, dir. 2021. CINEUROPA.

La película haitiana Freda (2021), debut en el largometraje de ficción de la realizadora Gessica Généus, integró la selección oficial de la 74 edición del Festival Internacional de Cine de Cannes, dentro de la sección competitiva Un Certain Regard, destinada, precisamente, a visibilizar talentos emergentes y películas innovadoras. La participación del filme en este evento, uno de los espacios internacionales de legitimación más importantes del paisaje cinematográfico contemporáneo, resulta un accidente de primera magnitud. Desde 1993, cuando Raoul Peck presentó L´ hommes sur les quas, ninguna película de nacionalidad haitiana había vuelto a componer la nómina del prestigioso certamen francés.

El cine del Caribe ha sido mucho más utopía que realidad. Razones políticas, económicas y tecnológicas han limitado su desarrollo, y su presencia en los grandes circuitos internacionales de distribución y consumo. La falta de una infraestructura industrial, necesaria para desplegar una producción nacional, ha impedido que la creación fílmica de la región consiga una sistematicidad considerable. Paradójicamente, Haití resulta una de las escenas culturales del caribe que mayor número de obras cinematográficas (de significativa impronta) ha legado, aunque consumadas, por lo regular, en la diáspora.

A pesar de tantos determinismos políticos, económicos y tecnológicos, emerge hoy, en varios países del área, una filmografía (todavía fragmentaria, desde luego) que hace frente a las industrias extranjeras que capitalizan las salas nacionales y colonizan la imagen de la geografía caribeña. Ese cine nace de un fervoroso pensamiento ético, cultural y sociopolítico, apreciable en la superficie misma de unos filmes idóneos para sacudir la precariedad que golpea las realidades representadas.

Freda arriba a Cannes por ser obra de una inspirada sensibilidad cinematográfica, una experiencia estética a la que asiste más de una cualidad artística. Al repasar el argumento escrito por la directora se comprueba que, efectivamente, en la película persiste el carácter contingente que particulariza al cine caribeño “independiente” –independiente significa no subordinado al régimen del mercado y comprometido con la libertad creativa–. Ese cine ha estado históricamente interesado en aprehender el imaginario colectivo de su sociedad y en denunciar/encarar el estado de las cosas, lo cual ha limitado bastante la experimentación estética, subordinando ante la urgencia de la comunicación.

En Freda, sin embargo, el apego poco menos que documental al curso de la realidad, no atenta contra la inventiva específicamente fílmica, ni empobrece la creatividad. Es el síntoma de un gesto político genuino de compromiso con la Historia y la cultura, que alimenta, de manera favorable y productiva, la expresión audiovisual.

El carácter documental de la fotografía, la mirada etnográfica de la narración y los inserts de imágenes de archivo de las protestas, disturbios y manifestaciones populares acontecidos en Puerto Príncipe en 2018, responden a esa vocación política que anima a la película. Mas tales recursos se articulan en la morfología del filme como corolario de una búsqueda estética que, en el presente, renueva el semblante del cine haitiano, y del caribeño en general.

De esta búsqueda participa también, por ejemplo, la relevante película Cocote (Nelson Carlo de los Santos Arias, 2017), que aunque más enfática respecto a la experimentación con la narrativa y los códigos expositivos del cine, comparte más de una particularidad con el ejercicio fílmico emprendido por Gessica Généus: el registro de la negritud como índice de la cultura; el maridaje de los códigos de la ficción y el documental; la observación de la familia (núcleo atravesado por un sinnúmero de tensiones) como metáfora del cuerpo social; y la reflexión antropológica alrededor de la religión y el idioma en tanto marcas de autoctonía, por sólo mencionar algunas.

Freda contempla el feroz ambiente sociopolítico que estremece a la sociedad haitiana y la suerte de una juventud marginada por un sistema social opresivo y una cultura patriarcal. El relato es, en otras palabras, un drama familiar y político que aprehende las problemáticas más urgentes de los desclasados de un país con hondas diferencias raciales, con un precario sistema educativo y una estratificación social que proyecta la experiencia de la esclavitud bajo nuevas formas.

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Uno de los aciertos indiscutibles de la narración se encuentra, precisamente, en la sutileza con que (sin subrayado ni militancia alguna) se describe, por ejemplo, cómo los negros escalan socialmente a través de la condena de sus iguales y a favor de los intereses de los blancos, cómo las mujeres son sometidas culturalmente a estrategias de blanqueamientos para poder triunfar en sociedad, y cómo los negros asisten a cultos religiosos cristianos oficiados por blancos que le dictan patrones de comportamiento…

Ahora, en puridad, sorprende la inteligencia dramática con que son moduladas esas coordenadas socioculturales. Freda es narrada desde los ojos del personaje homónimo, una joven estudiante de antropología que vive con su familia en un barrio pobre y periférico de Puerto Príncipe. Sus desplazamientos entre la casa, la universidad y el trabajo que mantiene en un negocio de blancos, registran todos los conflictos que interesan a la realización. El filme aglutina, a través del valor simbólico y la naturaleza social de cada uno de esos espacios (universidad/hogar/trabajo) las dimensiones públicas y privadas de la individualidad de Freda. La anécdota explora, minuto a minuto, el modo en que los problemas del afuera impactan la subjetividad de la protagonista. Sin resortes artificiales, con un fluir observacional, se contempla cómo la Historia media en las tensiones internas de esta mujer y su familia.

Como su madre (Jeanette), su hermana (Esther), su hermano (Moisés) y su novio (Joshua) –que ha vuelto para pedirle que se mude con él a Santo Domingo (República Dominicana)–, Freda enfrenta diariamente la violencia de las calles, la feroz agitación ciudadana desatada por la crisis económica y política atravesada por el país. En el salón de clases, se le escucha discutir sobre la intromisión extranjera en Haití, la herencia colonial, la identidad de su pueblo y la situación actual, reflejada en los motines callejeros. Esas intervenciones, aunque breves, describen puntualmente un estado de la conciencia de la joven… Ahí se encuentra la explicación a su negativa a abandonar el país cuando Joshua le entrega los pasajes para viajar con él a Santo Domingo. Ella está decidida a permanecer en Puerto Príncipe, y a enfrentar el desequilibrio y la inseguridad social que se vive.

Pero Freda se enfrenta, además, a sí misma y a su familia, que escasamente sobrevive de las ventas de una tienda de confituras instalada en la propia casa. La madre está decidida a empujar a sus hijos hacia un futuro mejor que el suyo. ¿Pero quién es esta mujer? Una religiosa devota que se sirve de la palabra de dios para ahogar sus propias culpas. Por ejemplo, obligó a Freda a guardar silencio cuando uno de sus padrastros abusó sexualmente de ella; ahora motiva a Esther a contraer matrimonio con un senador para ingresar así en la alta sociedad haitiana. Esa señora es víctima de un sanguinario patriarcado, cuyo régimen quiere imponer a sus hijos. Moisés es instado por ella a dejar el país rumbo a Chile, pues no hay otra posibilidad de futuro para él. Esos pasajes, que se presentan a los personajes como oportunidades para salir de su podredumbre existencial, son expresiones del abandono social experimentado por la ciudadanía haitiana, manifestaciones del descalabro de una realidad que hiere continuamente el cuerpo y la sensibilidad de su gente, sin un camino visible para el día después.

En el ansia de ascenso social de Esther, que la fuerza a sacrificar su felicidad y su libertad; en la emigración de Moisés, que lo condena a vivir lejos de los suyos; en el férreo cristianismo de la madre (que reprueba continuamente su vida y la de sus hijos), se expresa un mundo donde los cuerpos negros, sobre todo los de las mujeres, se encuentran bajo condena. Cuando Jeanette le exige a Freda que trabaje, esta le contesta incómoda: “¿por qué yo? ¿Por qué no Esther? Es porque la quieres reservar para un hombre rico.” Cuando ella le dice a la madre que no alisará su pelo para asistir a la boda de su hermana, esta le increpa: “avergonzarás a Esther”. Toda la travesía dramática de la película, puntualmente trazada y resuelta con personajes muy bien delineados, discurre al tiempo que se dibuja ese fresco de la sociedad haitiana, un retrato psicosociológico del Puerto Príncipe de hoy.

Esta joven directora se aleja de los patrones cinematográficos socorridos y procura que su grave enfoque de la realidad esté acompañado de una expresión independiente. Freda demuestra que el cine del Caribe está conquistando un notable espesor estético. La eficacia de la estrategia narrativa, la limpieza dramática y el poder caracterizador de las situaciones y los diálogos, la audacia para componer un cuadro coral de voces femeninas y contemplar la exasperación cívica del país, la frontalidad expositiva con que la puesta en escena inspecciona la cotidianidad, son cualidades insoslayables de la hechura del filme. Sin la presión de diseñar la imagen de una identidad nacional –preocupación que ha cooptado tanto al cine haitiano–, Freda es dueña de un grueso de ideas y de ensayos formales admirables.

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Ángel Pérez (Holguín, Cuba, 1991). Crítico y ensayista. Compiló y prologó, en coautoría con Javier L. Mora y Jamila Media Ríos, las antologías Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Casa Vacía, 2017) y Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, 2019). Tiene publicado el libro de ensayos Las malas palabras. Acercamientos a la poesía cubana de los Años Cero (Casa Vacía, 2020). En 2019 fue ganador del Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas, en el apartado de Estudios de Arte y Literatura. Textos suyos aparecen en diversas publicaciones de Cuba y el extranjero. Vive en La Habana.

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