‘Los niños lobo’ de Otávio Almeida participa en los festivales de cine de San Sebastián y Biarritz

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Fotograma de ‘Los niños lobo’ , Octávio Almeida, dir., 2020

La participación casi simultánea de Los niños lobo (2020) en la sección Nest del Festival de San Sebastián, destinada a cortometrajes producidos por estudiantes de cine, y en el Festival Biarritz Amérique Latin, que tiene lugar en Francia, también en su apartado para cortometrajes, reconoce el excelente trabajo realizado por el director brasileño Otávio Almeida en su película, producida como ejercicio académico en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de Los Baños (EICTV), en Cuba.

Otávio Almeida se ocupa en este filme de uno de los pasajes más traumáticos de la memoria nacional cubana posterior a 1959: la participación militar de Cuba en la Guerra Civil de Angola, entre 1975 y 1991, y sus consecuencias.

Por supuesto, el propósito de Almeida no es testimoniar la operación bélica directamente, sino uno mucho más complejo: auscultar las secuelas emocionales, subjetivas, psicológicas e históricas de la contienda bélica, tanto en el individuo que participó en la lucha, como en el imaginario del país, en la familia y en “las nuevas generaciones”. Y en este sentido, tal vez el mayor acierto del documental se encuentre en la agudeza con que se localiza el trauma de la guerra no sólo en el cuerpo del veterano, sino en el imaginario que su descendencia hereda.

La vida física y psicológica de los veteranos cubanos de la Guerra de Angola –denominados eufemísticamente “combatientes” por el discurso oficial– constituye uno de los perfiles cívicos menos visibilizados en la res publica por parte de la narrativa histórico-política privilegiada por el Estado.

Cubiertos por una pátina triunfalista, estas personas se han presentado desde la heroicidad que supone participar en una experiencia bélica, suprimiéndose el saldo negativo que implica a nivel existencial. Dado a reconstruir el devenir histórico de la Revolución, a partir del rescate de esas zonas “oscuras” que el discurso oficial soslaya, el cine independiente cubano se enfoca en la productividad del capital simbólico de esos momentos de la Historia, con el propósito de reeditar la memoria del país desde los pasajes que perviven al nivel del imaginario cotidiano.

Los traumas de guerra experimentados por los veteranos, y sus lamentables condiciones materiales de vida hasta hoy, resultan aspectos marginales de la sociedad cubana actual que, al ser rescatados por los cineastas (y no sólo), exorcizan una tragedia que a lo largo de los años ha sido prácticamente ignorada por cierta pulcritud edificante de nuestro discurso oficial.

Hacia esa zona de la Cuba contemporánea mira el documental Los niños lobo, una operación estética que intenta que su registro audiovisual posibilite el acceso, por mínimo que pueda ser, a una realidad insondable.

Los niños lobo reafirma la propensión de su director por ejecutar un tipo de documental desinteresado en corroborar científicamente el mundo fenomenológico. Más que como prueba material de una verdad, el valor informacional de las imágenes es importante para este cineasta en la medida en que argumentan lo invisible, lo inapresable en el mundo físico, esa realidad para la cual no hemos encontrado un lenguaje capaz de representarla: las múltiples consecuencias de la Guerra de Angola en Cuba.

La imagen de Los niños lobo resulta la huella de esa realidad que se escapa continuamente. Ya en The Crossing, el autor apostaba por subjetivizar al máximo el plano expresivo, enfrascado en la búsqueda de un más allá de las imágenes que lograra explicar el mundo del individuo retratado.

Documental de morfología dramática, donde el diseño de la visualidad se preocupa mucho más de la observación directa de los personajes y el espacio que de los valores plásticos del encuadre, Los niños lobo se consagra –casi íntegramente– a testimoniar el modo en que dos hermanos juegan en su tiempo libre: Visman y Alejandro Pacheco, quienes en esos instantes de recreo representan acontecimientos supuestamente ocurridos durante la Guerra de Angola; en el documental los vemos actuar escenas de combates, batallas físicas entre los soldados que ellos interpretan, los vemos además tener conversaciones acontecidas en el terreno de lucha, u otras donde exponen preocupaciones suscitadas por las contingencias de la batalla…

Gracias a la productividad del montaje –que resulta esencial acá para la configuración del sentido–, esos momentos de juego entre ambos hermanos son intercalados (interrumpidos sería más preciso) por planos en los que se muestra a su padre (Visman Pacheco Rodríguez). Un hombre que el documental nos deja inferir como un veterano de la Guerra de Angola, y de quien los infantes justamente han heredado esa memoria que ahora escenifican durante el juego.

Con total acierto por parte de la realización, el padre apenas aparece en pantalla –relegado a tres intervalos que puntualizan el lugar que ocupa en la vida de los niños–. Esto contribuye a potenciar cómo el imaginario infantil es penetrado por los recuerdos violentos y catastróficos de la figura paterna. Durante el juego, Visman y Alejandro ponen en práctica un lenguaje y un tipo de relación corporal que se supone ajena a su edad. Representan conflictos y circunstancias propios del teatro bélico que sorprenden por la interioridad con que los asumen.

Pero a Los niños lobo le importa menos el trauma de la guerra que su herencia. De ahí que la focalización resida en los pequeños y no en el “combatiente”; los pocos planos que lo presentan revelan la devastación de su vida personal, incluso por sobre el hecho de que se encuentre postrado en una silla de ruedas.

Mas, Visman y Alejandro parecen vivir las memorias de su padre no como fracaso, sino como farsa, en definitiva, como una forma de diversión. Y ahí es donde el documental accede a su verdadera complejidad discursiva, cuando expone la posibilidad de que el trauma del padre, desustanciado al pasar a los hijos, moldee la subjetividad, la relación con el mundo y la configuración del Yo de los pequeños.

En Los niños lobo, la patología de la guerra se expresa menos en el cuerpo del soldado que en las consecuencias psicosociales de la familia, que puede tomarse en su condición de institución cívica, como epítome de la sociedad toda. El núcleo familiar que estos tres personajes representan –impactado además por el deterioro económico, apreciable en el estado de la casa donde viven los personajes– constata la continuidad del pasado en el futuro que los niños representan, un pasado que se expresa en la forma de sentimientos, valores morales y desórdenes mentales.

Son múltiples los factores que conjuga Los niños lobo: la vulnerabilidad de la infancia, el lugar determinante que ocupa la figura paterna en la vida de los hijos –no vemos a la madre en el filme–, la familia como una estructura microhistórica plagada de conflictos y contrariedades, la situación en la Cuba contemporánea de los veteranos de la Guerra de Angola…

No obstante, Otávio Almeida consigue trenzar todas estas aristas en un cuerpo audiovisual orgánico, que implica al espectador lanzándole disímiles interrogantes. La intencionalidad perceptible en la puesta en escena de los niños jugando (acaso rebasan los 10 años de edad), evidencia la autoconciencia autoral del documental, junto al interés del director por orquestar un filme convencidamente político, capaz de pulsar en la realidad sensible para reconfigurar el país desde sus más profundas heridas. La intuición antropológica de Otávio Almeida se revela menos en su mirada al pasado, que en su perspectiva del futuro.

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ÁNGEL PÉREZ
Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.
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