Si la comunidad internacional permite que el madurismo se salga con la suya, el precedente quedará ahí para quienes deseen desconocer a toda costa el resultado de los procesos electorales.
El abuso, el delirio discursivo, la fanfarronada a voz en cuello, y sobre todo las ansias verbales de mostrarse a la altura de su mentor, Hugo Chávez, es lo que hace de Maduro un Ubú ultraparódico.
Es esa magia de muerte, que habita en la maquinaria de la imposición dictatorial, con todo y sus símbolos, lo que quiere ser derrocada con la destrucción de sus fetiches.
La izquierda actual, convencida de que el liberalismo es un sistema fallido en el que la libertad personal convive con la opresión colectiva, pretende re-ligarnos de nuevo en una comunidad moral que no deje a nadie fuera.
Lo que vemos hoy en el escenario cubano no son defensas ponderadas y racionales de temas políticos o morales sino opiniones no razonadas basadas en fanatismos y refractarias a la argumentación y al debate y la polémica.
Si lo político atañe a la toma de decisiones colectivas, entonces las manifestaciones en Cuba son políticas siempre como expresión de la participación en la vida colectiva que tiene en la disputa por el poder un sustrato ineludible.
La élite política cubana consolida sus bases de explotación extractivas, garantiza cuotas de legitimidad autoritarias y reproduce las bases conceptuales que distinguen la opresión de clase.
Un grupo de imágenes posibles de Cuba han comenzado a emanar, a la vez, desde sitios, diferentes y describen una realidad que aparece como salvajemente disruptiva.