Muere el escritor brasileño Rubem Fonseca, maestro del neopolicial

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Rubem Fonseca

El diario brasileño O Globo informaba esta tarde de la muerte del novelista y cuentista Rubem Fonseca, una de las voces más importantes dentro del panorama literario en lengua portuguesa del siglo XX. Según ese rotativo, un infarto acabó con la vida del autor brasileño en el mediodía de hoy, en su residencia de Río de Janeiro. Fonseca hubiera cumplido el mes próximo los 95 años de edad.

Rubem Fonseca nació en el estado de Minas Gerais, ubicado en el sureste del Brasil, en 1925. Estudió la carrera de Derecho en Río de Janeiro, ciudad donde se instaló desde joven, y ejerció como policía y abogado antes de dedicarse por entero a la literatura. Autor de más de una veintena de colecciones de cuentos y más de diez novelas, la prolífica obra narrativa de Fonseca conquistó un altísimo reconocimiento de la crítica y las instituciones literarias, lo que se refleja en el hecho de que en el mismo año de 2003 haya recibido uno de los premios más importantes del mundo hispanoamericano, el Premio Juan Rulfo que concede el Estado mexicano, y el Premio Camões, máximo galardón que se otorga a los autores en lengua portuguesa.

Fonseca es considerado universalmente como uno de los cultivadores más importantes del género neopolicial en la segunda mitad del siglo XX. Puede considerarse como su marca distintiva el haber llevado a cabo la representación más descarnada de la violencia y la sordidez, que infectan en todos sus estratos a una sociedad corrompida más allá de salvación posible, con un refinamiento estilístico notable y una textura cultural e intertextual de gran densidad. Un caso paradigmático de esa escritura, a la vez despiadada y de alto virtuosismo verbal, es el breve relato “El cobrador”, que narra con sobriedad chejoviana, pero sin edulcorar ningún detalle macabro o escatológico, la cadena ciega de crímenes perpetrados por un poeta aficionado que, desde los márgenes de una sociedad alienante y radicalmente injusta, se cobra de ese modo la deuda que entiende que esa sociedad le debe. Poesía y crimen se hacen, de este modo, equivalentes en un universo vaciado de sentido y situado más allá del bien y del mal.

Es significativo que el título de otra de sus obras mayores, la novela El gran arte, esté inspirado en una traducción de dudosa fidelidad de un agresivo fragmento del poeta arcaico griego Arquíloco de Paros, en que el sujeto lírico advierte de su capacidad (¿su arte?) de cobrar los males que se le inflijan infligiendo males aún mayores. El protagonista-detective de esta novela, que gira alrededor de un asesino en serie de la alta sociedad carioca, el abogado Mandrake (recurrente en otras ficciones de Fonseca, como Philip Marlowe en las de Chandler o Pepe Carvahlo en las de Vázquez Montalbán, sus parientes putativos literarios), reúne en su carácter, en inaudita armonía, el nihilismo, la ausencia de escrúpulos, la meticulosidad analítica, la voluptuosidad desenfrenada y la erudición. El diseño psíquico de este personaje replica a un nivel microcósmico la peculiar arquitectura del universo literario de Rubem Fonseca, que el crítico colombiano Efrén Giraldo ha resumido admirablemente así:

“La estetización de la derrota y la ironización del fracaso social parecen ser la respuesta de una literatura que, bajo la apariencia del cinismo, acostumbra al lector a descartar todas las respuestas, mientras le dice que en esa nada, en esa negación de toda moraleja y utopía, subyace la única posibilidad de elevación que nos queda: el conocimiento sin maquillajes de nosotros mismos.”

Según la información de O Globo, aunque Fonseca fue trasladado, aun con vida, a una clínica cercana a su residencia, los médicos fueron incapaces de salvarlo. La nota de este periódico reproduce el testimonio de un pariente cercano del escritor, que comentó: “No sufrió nada; simplemente se apagó como un pajarito”.

 

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