Osiel Gouneo, en busca de Nuréyev en la Ópera de París: “Como si empezara a entender un lenguaje”

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Osiel Gouneo junto a Valentine Colasante en la Bastilla (foto compartida por el Ballet de la Ópera de París en Twitter)
Osiel Gouneo junto a Valentine Colasante en la Bastilla (foto de Agathe Poupeney, compartida por el Ballet de la Ópera de París en Twitter)

Osiel Gouneo (Matanzas, 1990) es actualmente primer bailarín de una de las compañías líderes en Europa, la Bayerisches Staatsballett de Múnich, y una de las figuras más relevantes de la escena del ballet contemporáneo a escala mundial. A pesar de llevar muchos años protagonizando titulares de revistas especializadas, Osiel (así, cercano, sin apellidos) no parece interesarse demasiado por las vías tradicionales de legitimación. Cuando le recuerdo que fue nombrado en 2017 “Best Dancer of the Year” por International Critics me insinúa, un tanto burlonamente, que es absurda esa tendencia a estar señalando siempre al mejor en todos los campos: “¡Con tantos estilos de bailarines quién sabe cómo deciden nombrar al mejor un año y al mejor en el otro!” Todas esas cuestiones relativas al reconocimiento público parecen aburrirlo tremendamente, darle un poco de risa, a veces las encuentra incluso bastante molestas.

En todo caso, este 2021 no ha sido un año cualquiera para Osiel. En junio se convirtió en uno de los pocos bailarines cubanos invitados a presentarse con el Ballet de la Ópera de París, siguiendo en la exclusiva lista a Alicia Alonso, Josefina Méndez y Carlos Acosta. Durante las cuatro funciones en que protagonizó el clásico Romeo y Julieta (los días 21, 26, 28 y 30) dejó toda su energía y elegancia en el escenario, como era de esperar del exprimer bailarín del Ballet Nacional de Cuba. De cualquier modo, el esfuerzo no habría sido menor “si me invitara una compañía de menos nombre”, insiste Osiel en su ánimo desacralizador de las grandes instituciones y los grandes nombres.

“El esfuerzo hubiera sido exactamente el mismo”, repite, mientras hablamos por WhatsApp, y rebaja toda posibilidad de abrir paso al sensacionalismo o la grandilocuencia: “Esas cosas me las han preguntado antes y de verdad no me importan. Ser el primero, el segundo o el cuarto cubano invitado por el ballet de la Ópera es irrelevante. Es totalmente irrelevante para mí”.

“Hice muy buenas relaciones con los bailarines, son espectaculares, me apoyaron y ayudaron muchísimo durante el proceso. Me sentía muy motivado”, es casi lo primero que destaca cuando le pregunto sobre la experiencia de París.

Osiel Gouneo junto a Valentine Colasante en la Bastilla (foto compartida por el Ballet de la Ópera de París en Twitter)
Osiel Gouneo junto a Valentine Colasante en la Bastilla (foto de Agathe Poupeney, compartida por el Ballet de la Ópera de París en Twitter)

En el 2016, Osiel bailó en la legendaria Ópera de la Bastilla como invitado del English National Ballet, pero esta es la primera ocasión en que es convocado para formar parte de una función de la exclusiva compañía parisina.

“El reto más grande fue enfrentarme a un coreógrafo como Rudolf Nuréyev (1938-1993). Sus coreografías son bastante demandantes, técnicamente. A muchos bailarines se les hace complicado no sacrificar la parte artística ante la complejidad técnica que supone seguir a Nuréyev. En una cuenta tienes tres pasos. Es bastante complejo. Tuve un mes para ensayar y bailar con la compañía y yo me fui de allí como si empezara a entender un lenguaje”, cuenta.

Osiel había interpretado a Romeo antes, pero nunca la variación del personaje shakesperiano que legó el bailarín ruso, entendida unánimente por la crítica especializada como una de las más logradas dentro de su repertorio coreográfico y, al mismo tiempo, como una de las más exigentes para los bailarines que han venido después.

Le pido a Osiel que me explique lo que significa que en una cuenta haya tres pasos: “Nuréyev encuentra dentro de la música espacios para incluir secuencias de pasos pequeños entre paso y paso. Un ejemplo sencillo puede ser el siguiente: un cambio de dirección repentino en un final de paso es parte de esta complejidad: terminar una diagonal en la dirección contraria a la esperada, por ejemplo…”

“La coreografía de Nuréyev, muy rápida, complicada y exigente en lo concerniente a la limpieza técnica, no se presta, en ningún momento, a una demostración de grandes pasos acrobáticos. Osiel respetó la coreografía creada por Nuréyev y logró perfectamente restituir en el escenario la precisión exigida por los ensayadores del ballet de la Ópera de Paris”, dijo en una reseña de la función Margarita Medina, exbailarina francesa (la traducción del francés es de Jesús Chang Soler).

Por su parte, Osiel aclara que asimilar el estilo de Nuréyev requiere de mucho tiempo, no es cosa de unas pocas semanas: “Entender el lenguaje, ponerlo dentro del cuerpo, traducirlo a mi propio lenguaje, eso toma más de un mes. Me sentí contento, no satisfecho. Con dos o tres meses hubiera pasado a formar parte de mi cuerpo este sistema. Pero me fui contento con la experiencia, con lo que se logró. Estoy mentalmente preparado para recibir más de ese entrenamiento.”

“La Variación de Romeo en el primer acto exige una gran resistencia física y una limpieza impecable en la ejecución de los pasos de pequeña batería que son muy numerosos y complicados. Antes de Nuréyev, nadie había llevado tan lejos la variación de Romeo. Nadie puede negarle el mérito de haber enriquecido la danza masculina”, comenta Medina.

“Viril, fuerte y entusiasta Romeo, Osiel logró, inteligentemente, hacer suyas las características del personaje desde el principio hasta el final de este ballet sin fallar un solo instante. A su lado, su Julieta, la bailarina Valentine Colasante, muy segura y serena, ejecutó todo con la técnica y la calidad artística tan bella y particular a las que ya nos tiene acostumbrados”, concluye la exbailarina.

Osiel Gouneo junto a Valentine Colasante en la Bastilla (foto compartida por el Ballet de la Ópera de París en Twitter)
Osiel Gouneo junto a Valentine Colasante en la Bastilla (foto de Agathe Poupeney, compartida por el Ballet de la Ópera de París en Twitter)

El éxito final de las funciones Osiel siempre lo atribuye a cada pequeño detalle, que pudiera entenderse incluso como error, fallo o desliz, y que termina, según lo veo, por humanizar al personaje que representa (un brazo que se demoró dos segundos más de lo esperado en caer, un giro de cabeza demasiado enfático cuando tampoco se esperaba, una apertura de pecho que parece robarse todo el aire de la sala).

Cuando escucho a Osiel hablar sobre su práctica, me quedo con la idea de que cree que el bailarín, para convertirse en artista, debiera dejar rastro en escena de un proceso que no está arreglado de antemano (donde el Romeo de siempre deja evidencia de que puede sorprender, que es Romeo, pero que también es el intérprete), incluso si es Nuréyev quien fijó los pasos. Ese bailarín sustituye la llana ejecución del rol con un registro interpretativo propio.

Siempre me parece como si burlara un poco la rigidez de la repetición perfecta con guiños que actualizan viejas historias, como si dijera que hay otros modos de ser Romeo en la actualidad.

Osiel es en extremo exigente, perfeccionista, pero no se desespera, disfruta el momento: “Es imposible bailarlo todo”, me dice con tranquilidad luego de preguntarle si tiene alguna coreografía entre ceja y ceja que no haya podido ejecutar.

Al inicio de la pandemia estuvo ocupado aprendiendo a ser padre. A poco más de un año, ya empieza a enseñarle a su hijo algunos pasos de guaguancó.

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