'El matadero del s. o. de Buenos Aires, 1818', Emeric Essex Vidal

La prosa antitiránica en lengua española tiene fuertes raíces en la pluma de Francisco de Quevedo, que, sin dejarse cegar por el carisma de un personaje legendario como César, mostró en Vida de Marco Bruto, escrito en 1644, el necesario distanciamiento que todo escritor debe tener frente un poder que atenta contra la democracia:

Yo nunca fui enemigo de César, sino de sus designios; antes tan favorecido, que en haberle muerto fuera el peor de los ingratos, si no hubiera sido el mejor de los leales. No han sido sabidoras de mi intención la envidia ni la venganza. Confieso que César, por su valentía y por su sangre, y su eminencia en el arte militar y en las letras, mereció que le diese vuestra liberalidad los mayores puestos; mas también afirmo que mereció la muerte, porque quiso antes tomároslos con el poder de darlos, que merecerlos; por esto no lo he muerto sin lágrimas. Yo lloré lo que el mató en sí, que fue la lealtad a vosotros, la obediencia a los Padres; no lloré su vida, porque supe llorar su alma […] No temo el morir por mi patria; que primero decreté mi muerte que la de César. Juntos estáis, y yo en vuestro poder; quien se juzgase indigno de la libertad que le doy, arrójeme su puñal, que a mí me será doblada gloria morir por haber muerto al tirano.[1]

Otro escritor español, Mariano José de Larra, realizó una curiosa categorización de la raza humana dentro de un artículo titulado “El hombre-globo”, publicado en la Revista española, número del 9 de mayo de 1835. Su separación fue de hombres sólidos, líquidos y globos, y en relación con los primeros los define como los grandes sostenedores de los tiranos:

El hombre-sólido cubre la faz de la tierra; es la costra del mundo. Es la base de la humanidad, del edificio social. Como la tierra sostiene todos los demás cuerpos, a los cuales impide que se precipiten al centro, así el hombre-sólido sostiene a los demás que se mantienen sobre él. De esta especie sale el esclavo, el criado, el ser abyecto; en una palabra, el que nunca ha de leer y saber esto mismo que se dice de él. No raciocina, no obra, sino sirve. Sin hombres-sólidos no habría tiranos; y como aquellos son eternos, estos no tendrán fin. Es la muchedumbre inmensa que llaman pueblo, a quien se fascina, sobre el cual se pisa, se anda, se sube: cava, suda, sufre. Alguna vez se levanta, y es terrible, como se levanta la tierra en un terremoto.[2]

La prosa en las letras cubanas, durante el periodo colonial, también expresó la constante preocupación de nuestros escritores por el abuso de poder en la isla, hiperbolizado, en el caso nuestro, gracias a la corrupción de las autoridades y el acomodo social al sistema esclavista.

Los capitanes generales y los hacendados criollos observaban en el esclavo una forma de enriquecimiento rápida y no mostraban un ápice de consciencia por los graves prejuicios sicológicos y sociales que estaban legando al futuro de Cuba.

Rasgos como la sumisión, el rechazo al trabajo agrícola, la ausencia de mecanismos para exigir los derechos, la discriminación racial, el querellarse por problemas menores y no por los capitales, el estrecho sentido de la prosperidad y un visceral conformismo fueron impregnándose en la mentalidad nacional, y varios pensadores de la isla, ante un poder tiránico tan prolongado, no dejaron de alertar y mostrar con dolor su desacuerdo.

Detalle de ‘Por América (José Martí)’ [1986, detalle]; Juan Francisco Elso. (Madera, yeso, tierra, pigmento, pelo sintético y ojos de vidrio). Imagen: Phoenix Art Museum.
Detalle de ‘Por América (José Martí)’ [1986, detalle]; Juan Francisco Elso. (Madera, yeso, tierra, pigmento, pelo sintético y ojos de vidrio). Imagen: Phoenix Art Museum.
Desde época tan lejana como el siglo XVI aparece el testimonio del que podríamos llamar uno de los primeros intelectuales cubanos a partir de lo que nos informa el tomo I de la Historia de la Literatura Cubana:

Entre 1540 y 1544 ejerció el magisterio el canónigo Miguel Velázquez, perteneciente a la primera generación de criollos, con estudios en Sevilla y en Alcalá de Henares y autor de una carta al obispo Sarmiento, de 1547, donde levanta su voz acusadora con esta frase referida a Cuba y a la ambición del gobernador Juanes Dávila: “¡Triste tierra, como tierra tiranizada y de señorío!”[3]

Ya en el siglo XVII podemos leer la Carta pastoral del Ilustrísimo Sr. Obispo de Cuba a su diócesis con motivo del terremoto acaecido en la ciudad de Santiago y lugares adyacentes (1766), realizada por el obispo de origen dominicano Pedro Agustín Morell de Santa Cruz (1694-1768) quien declara con sinceridad:

El poderoso chupa la sangre del pobre, se engrossa con el sudor de su frente, se haze fuerte con sus jornales, falta a la fee de los contratos, traspassa el termino de los plazos, extuerze unas usuras desmedidas, y nada perdona por apagar una infame sed del oro, y todo lo logra impunemente con mantener unos pleitos de por vida, de que no se desenvuelven los nietos. Los pobres, acosados de semejantes tiranías, se entregan al ocio, y no trabajan, sino es en vencer sus necesidades con los hurtos, las rapiñas, contemplaciones criminales y juramentos falsos.[4]

Como bien estudia Ana Cairo en su libro Bembé para cimarrones, el terrible conflicto entre humanismo e interés de clase o entre esclavitud y estatus burgués se encarna especialmente en el siglo XIX en la figura de Anselmo Suárez y Romero, quien había heredado de su familia el ingenio Surinam (en la zona de Güines). Estamos ante un ser sensible que percibe los males de la esclavitud, pero a su vez no puede liberar a sus esclavos por la presión constante de sus acreedores y las deudas que igualmente heredó de sus padres. En ese estado de inconformidad política y moral llegó a expresar: “¡Ah!, ¡mil veces al día pecamos! Ningún hombre es inocente en los países donde hay esclavos”.[5] Y semejante al Milanés del poema “Un pensamiento” contrasta nuestra belleza natural con la pudrición interna que causa la tiranía indefinida sobre Cuba y su arraigado sistema esclavista:

¡Ah!, nuestra patria es hermosa sin duda, pero en sus entrañas hay un cáncer horrible que le prepara largos días de expiación y de duelo. Casi desde el momento mismo en que la conquista aniquiló a los indios, estamos los blancos empleando el trabajo de los negros […]

¡Oh! ¡Si yo enumero aquí todos los vicios que los cubanos debemos a la esclavitud! Mentimos, delatamos, adulamos; nos humillamos, somos perezosos, pródigos; la hipocresía nos mancha, la bajeza nos inflama, nos arrastra la lisonja, ante el poder nos prosternamos; jugamos, mudamos a cada instante de propósitos, y la caridad y la injusticia nos encienden.[6]

De manera similar José Antonio Saco, cansado de las eternas justificaciones, hastiado del conformismo y la inmovilidad provocada por la dependencia a un poder absoluto reitera igualmente la imagen de una Cuba de belleza exterior aparente, pero con corrupción cancerosa interna:

mientras no se abran caminos, se construyan casas de pobres y de huérfanos, las cárceles sufran una reforma radical, y los desórdenes del foro queden desterrados: mientras la educación pública no se mejore, ya difundiendo hasta los campos las escuelas primarias, ya multiplicando la enseñanza de las ciencias útiles: mientras no se ensanche el estrecho círculo de ocupaciones en que hoy se ve condenada a girar la población cubana, y las artes envilecidas se levanten a gozar de las consideraciones a que tan dignamente son acreedoras: mientras en fin, los males que proceden de estas causas, se quieran cohonestar con la fertilidad y abundancia del suelo y con la influencia del clima, Cuba jamás podrá subir al rango a que la llaman los destinos. Sus campos se cubrirán de espigas y de flores; hermosas naves arribarán a sus puertos; una sombra de gloria y de fortuna recorrerá sus ciudades; pero a los ojos del observador imparcial, mi cara patria no presentará sino la triste imagen de un hombre, que envuelto en un rico manto, oculta las profundas llagas que devoran sus entrañas.[7]

Otro capital pensador del XIX, Enrique José Varona, también mostró su inconformidad por el nefasto matrimonio entre tiranía y esclavitud que se ha perpetuado en Cuba desde la conquista. José Martí admiró en Varona su claridad prosística y observó como en el estudio que hiciera el ensayista camagüeyano de la poesía polaca encontraba paralelismos entre las herencias de Polonia y Cuba: pueblos sufridos que conocen –como los hombres-sólidos de Larra– el peso de sostener por tiempo indefinido la codicia de los tiranos.

“EL POETA ANÓNIMO DE POLONIA”

Habla el cubano Varona una admirable lengua, no como otras acicalada y lechuguina, sino de aquella robustez que nace de la lozanía y salud del pensamiento. Vuela su prosa, cuando la levanta la indignación, con la tajante y serena ala del águila: globos bruñidos parecen sus párrafos: la continua nobleza de la idea la da a su lenguaje: y es su realce mayor la santa angustia con que, compuesta en la mente la imagen cabal del mundo libre y armonioso, ve a su pueblo, cual Krasinski al suyo, padecer bajo un régimen que lo injuria, como un ente maldito y deforme. ¡Las llamas son la lengua natural en desdicha semejante! Su belleza y su fuego tienen los párrafos de Varona en este estudio artístico y ferviente.[8]

Martí también hizo suyas las palabras de otro de los grandes intelectuales cubanos, Antonio Bachiller y Morales, quien expresara con lucidez en el contexto de 1868: “¡La guerra es bárbara, y no creo que será nuestra la victoria; pero entre mi país a quien le niegan lo justo, y el tirano que se lo niega, estoy con mi país!”[9]

En lo referente a la novela, el siglo XIX nuestro no cuenta con una obra antitiránica tan explícita como, por ejemplo, en Argentina la Amalia de José Mármol, sin embargo, en los textos novelescos emblemáticos: Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde y Mi tío el empleado de Ramón Meza sí aparecen reflejados el grado de degradación social, la corrupción y el oportunismo en tiempos de tiranía. De hecho, el investigador Enrique Sosa planteó que el telón de fondo de la obra de Villaverde es “el drama social, que abarca todos los dramas interactuantes”.[10] Y este drama social que aparece una y otra vez en la novela tiene su lectura de causas en la omnipotencia de la tiranía política del gobierno español: “el color de la piel, como el nacimiento, las clases y las jerarquías sociales dividen antagónicamente a la población del país y su gran beneficiario es España: ese, no otro, es el gran tema, político, de Cecilia Valdés”.[11]

Detalle de un cuadro de Jose Marti por Jorge Arche | Rialta
Detalle de un cuadro de José Martí por Jorge Arche

Mientras Mi tío el empleado es la historia surrealista de un Don nadie español que se convierte en un personaje de títulos nobiliarios fruto de la corrupción generalizada. Martí llamó a esta obra como “una mueca hecha con labios ensangrentados”.[12] La historia de “cómo se va en Cuba de Cuevas a Coveo; cómo se enriquecen, a robo limpio y cara de jalea, los empleados; cómo chupan, obstruyen y burlan al país”.[13]

Sin embargo, la narrativa argentina que con tanta atención leyó Martí, y luego fue él mismo corresponsal de su periódico más emblemático hasta el punto de despertar la admiración de Sarmiento, sí presenta una condena al tirano (en este caso Rosas) más abierta y descarnada.

Resalta el caso de El matadero (1838), de Esteban Echeverría, relato que se ambienta en el período de cuaresma y la falta de carne vacuna en el Buenos Aires deshumanizado de la dictadura rosista.

El hecho de asociar la falta de carne con las dictaduras es una imagen que se fija en nuestra mentalidad latinoamericana y vemos como un siglo después (1944) Virgilio Piñera, en el contexto del primer mandato de Fulgencio Batista, y ante la imposibilidad de poder comprarse un bistec en La Habana, imagina en su cuento “La carne” a un pueblo que comienza a devorar sus partes corporales para contrarrestar su vital carencia.

En el Buenos Aires de Echeverría no todos estaban limitados a la abstinencia: “¡Cosa extraña que haya estómagos privilegiados y estómagos sujetos a leyes inviolables y que la iglesia tenga la llave de los estómagos!”

Después de más de 15 días de ayuno carnal llegaron 50 novillas al matadero de Buenos Aires. El promedio normal era de 250 a 300, pero estas 50 se entendían como una “providencia del gobierno”, específicamente de Juan Manuel de Rosas, El Restaurador. Posteriormente se desarrolla la siniestra descripción de un pueblo en pugna por las escasas provisiones. Por aquel tiempo, además, había que llevar luto obligatorio por la difunta esposa del tirano, y el que no lo hiciera podía ser fácilmente demonizado y tildado de “unitario”.

Así pues, un joven que no sigue la orden general sostiene este diálogo irrespetuoso con el fanatismo servil:

—¿Por qué no llevas luto en el sombrero por la heroína?

—¡Porque lo llevo en el corazón por la Patria, por la Patria que vosotros habéis asesinado, infame!

—¿No sabes que así lo dispuso el Restaurador?

—Lo dispusisteis vosotros, esclavos, para lisonjear el orgullo de vuestro señor y tributarle vasallaje infame.

La atrevida respuesta tuvo consecuencias. El joven murió poco después a manos de la turba fanatizada y semejante a las novillas que habían llegado aquel día a Buenos Aires. Sobrecoge la alegoría de que en tiempos de tiranía la nación se transforma en un gran matadero.

Por su parte, Facundo de Domingo Faustino Sarmiento aparece en los folletines del periódico chileno El Progreso en los meses de mayo y junio de 1845. Es una obra escrita con rapidez y casi sin revisiones pues según Alberto Palcos “los rencores de Rosas sublevaron demasiado fuertes, como para que quienes lo alimentan puedan poner fe en su imparcialidad y en su justicia”.[14] Las fuentes que utiliza Sarmiento sobre la personalidad de Facundo son los relatos orales de cuanto expatriado pudiera informarle en Chile acerca del tirano, así como los antecedentes que le enviaban por escrito amigos argentinos.

Se conoce que Rosas entabló una reclamación ante el Gobierno chileno contra las actividades de los emigrados, en particular con el “salvaje, aleve, traidor” Sarmiento,[15] por lo que esta obra tiene el mérito de haber utilizado nombres y ejemplos reales en pleno ejercicio de poder del tirano. Para Ezequiel Martínez Estrada este texto de Sarmiento “quitando lo político y lo doctrinario es su mayor obra literariamente hablando”,[16] “el cenit de sus facultades de observación”;[17] mientras que Noé Jitrik nos advierte de la mezcla de sociología, historia, novela y biografía de Facundo y como “su rasgo de originalidad formal preponderante reside justamente en esa indeterminación”.[18]

El absolutismo de poder de un tirano como Rosas depende en gran medida de caudillos, figuras militares y mecanismos represivos, sin embargo, Sarmiento en su prólogo exhorta al intelectual a mantener su postura crítica ante la realidad a pesar del lógico miedo que siempre inspira el ejército sostenedor del déspota:

No se renuncia porque un ejército de 20 mil hombres guarde la entrada de la Patria: los soldados mueren en los combates, desertan o cambian de bandera. No se renuncia porque la fortuna haya favorecido a un tirano durante largos y pesados años: la fortuna es ciega, y un día que no acierte a encontrar a su favorito, entre el humo denso y la polvareda sofocante de los combates, ¡adiós tirano!; ¡adiós tiranía! No se renuncia porque todos los brutales e ignorantes tradiciones coloniales hayan podido más, en un momento de extravío, en el ánimo de masas inexpertas: las convulsiones políticas traen también la experiencia y la luz, y es ley de la humanidad que los intereses nuevos, las ideas fecundas, el progreso, triunfen al fin de las tradiciones envejecidas, de los hábitos ignorantes y de las preocupaciones estacionarias. No se renuncia porque en un pueblo haya millares de hombres candorosos que toman el bien por el mal, egoístas que sacan de él su provecho, indiferentes que lo ven sin interesarse, tímidos que no se atreven a combatirlo, corrompidos, en fin, que no conociéndolo se entregan a él por inclinación al mal, por depravación: siempre ha habido en los pueblos todo esto, y nunca el mal ha triunfado definitivamente.

E incluso –y en consonancia con las ideas antes vistas de Anselmo Suárez y Romero y José Antonio Saco sobre el contraste cubano entre riqueza, belleza exterior y el cáncer interno de la esclavitud– Sarmiento alerta en su capítulo cuarto “el peligro que Buenos Aires venga a ser, como La Habana, el pueblo más rico de América, pero también el más subyugado y más degradado”.

El otro gran texto antitiránico de la literatura argentina y con certeza estudiado por José Martí es, como apuntaba, la novela Amalia de José Mármol, que narra sobre todo el año de 1840, el llamado año del terror del gobierno de Rosas en Buenos Aires. Noemí Ulla es de la opinión de que esta obra “dio así la atmósfera de terror paradigmática en nuestra literatura, la fuente en la que debía abrevar necesariamente todo novelador o folletinista con gusto del pasado histórico”.[19] Se trata de un texto escrito en 1846 y publicado en 1851 con mezcla de seres de ficción e históricos. Para Juan Carlos Ghiano, José Mármol “comprendió, como pocos, el hondo divorcio marcado entre la tiranía y los intelectuales”.[20] Y Germán García con lucidez plantea:

Bien puede decirse que el miedo se enseñorea de la escena y por el miedo, bien administrado, el dictador obtiene lo que no lograría con otros medios, hasta que el hermano tema al hermano y el marido a su mujer. Con el miedo y con el halago, la obediencia de la multitud, “porque esa multitud oscura y prostituida que él había levantado del lodo de la sociedad […] había adquirido desde temprano el hábito de la obediencia irreflexiva y ciega.[21]

En la narración de Amalia se llega a expresar en relación con el miedo: “el aire oye, la luz ve, y las piedras o el polvo repiten luego nuestras palabras”. Aparece igualmente la descripción de La Mazorca (el órgano policial de represión desplegado por Rosas para mantener su poder a cualquier precio): “La policía de Rosas tiene tantos agentes cuantos hombres ha enfermado el miedo. Hombres, mujeres, amos y criados, todos buscan su seguridad en las delaciones”.

Foto (invertida) del Martí de la entonces Plaza Cívica de La Habana (del escultor Juan José Sicre), realizada en 1957 por Ernesto Fernández. (IMAGEN Facebook / Julio López-Casal)
Foto (invertida) del Martí de la entonces Plaza Cívica de La Habana (del escultor Juan José Sicre), realizada en 1957 por Ernesto Fernández. (IMAGEN Facebook / Julio López-Casal)

Martí leyó con profunda admiración la novela de Mármol. En sus Cuadernos de apuntes se registran varias notas de su lectura. Le recordó Amalia al pueblo ruso y el estilo poético del escritor argentino a nuestro sensible y puro poeta romántico cubano, José Jacinto Milanés, quien se volviera loco pasado también nuestro año del terror, 1844, conocido en la historia de Cuba como el de la represión de La Escalera:

Las mujeres rusas recuerdan la Amalia de Mármol: ¿cómo? –porque, seres humanos los de acá y los de allá, viven bajo la misma tiranía: Rusia; Rosas.[22]

[…]

Oh! Indudablemente: con Mármol se fue de la tierra algo del corazón americano. -Con cada gran poeta se va de la tierra algo del propio corazón. – ¿Qué asunto de amor, de dolor, de patria no ha movido las cuerdas de su lira?, ¿ni qué pincel copió con más delicadeza el espíritu a la par tierno y enérgico, alma de águilas en cuerpo de gacelas, de los gentiles bonaerenses? Su novela Amalia tiene todo el sombrío color de su época. La escribió un gran poeta con la pluma de un gran historiador. Se habla allí algunas veces, con la vengadora lengua de Tácito. Y a veces con la dulzura del loco de Matanzas.[23]

A finales de 1893, poco antes de marchar a la guerra, Martí conoció a uno de los escritores que más combatió con su quehacer intelectual las tiranías y las faltas de libertades, José María Vargas Vila, quien escribiera libros como: Ante los bárbaros (1903), Los Césares de la decadencia (1907), La República Romana (1909) y La muerte del cóndor (1924). Según relata el propio Vargas Vila en su libro José Martí: apóstol libertador (1938) fue Eloy Alfaro quien le presenta al poeta y orador cubano y posteriormente Martí lo invita a un pequeño festejo que le harían por su cumpleaños 41, es decir, su penúltimo aniversario antes de morir en Dos Ríos.[24] Ya Vargas Vila conocía la excelencia del estilo literario martiano pero el impacto de haberlo tratado personalmente fue tal que de él escribió frases como estas:

[…] tal vez no había un temperamento más ajeno a la violencia que el de Martí […] a Martí le faltó una fuerza, la fuerza impulsadora del Odio; ni lo sintió, ni lo inspiró […] tuvo la gloria de hacer poner de pie frases arrodilladas ante la tradición, para azotar con ellas la tiranía […] En Martí, no había un átomo del alma de un caudillo. […] Lo que diferencia a Martí de otros grandes hombres es el candor, la falta de majestad, violencia y astucia […] si Francisco el de Asís, hubiese reencarnado en algún espíritu de Libertador, habría sido sin duda en el Alma de Martí […] en aquella alma no arraigó nunca el Odio; […] tuvo la Elocuencia del arrullo, la Elocuencia del Amor, porque el Alma de Martí, era hecha, toda de Amor y su boca era una colmena donde abejas del cielo depositaban con cariño toda la miel de la Fraternidad […] yo no sé de otro Profeta, que haya predicado la guerra con mayor cantidad de mansedumbre, que este Nazareno de nuestras democracias, que iba hacia su Calvario, llevando su lira y su espada, para hacer de ellos una Cruz, sobre la cual se extendiera para morir en la Cima formidable.[25]

Como los afluentes que van a la mar, la necesidad de la democracia y la libertad desembocaron en la escritura de José Martí, aquel sensible lector, oidor, observador que sin cultivar el resentimiento puso la prosa arcaica y moderna, sencilla y compleja, sufrida y esperanzadora en contra de los tiranos y en el deseo de pueblos venideros que no dejen crecer el fanatismo, la represión y la mentira.


Notas:

[1] Francisco de Quevedo: citado en Juan Chabás, Antología General de la Literatura Española (verso y prosa), Editorial Nacional de Cuba, La Habana 1962, p. 318.

[2] Mariano José de Larra: Artículos, Alianza Editorial, Madrid, 1995, p. 48.

[3] Instituto de Literatura y Lingüística José Antonio Portuondo: Historia de la Literatura Cubana. Letras Cubanas, La Habana, 2005, t.1, p. 8.

[4] Ibídem, p. 19.

[5] Cfr. Ana Cairo. Bembé para cimarrones, Centro Félix Varela, La Habana, 2005, p. 71.

[6] Ibídem, pp. 71-72.

[7] José Antonio Saco: La vagancia en Cuba, Dirección de Cultura, La Habana, 1946, pp. 118-119.

[8] José Martí: Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, t. 5, p. 117.

[9] Ibídem, p. 148.

[10] Historia de la Literatura Cubana, ed. cit., p. 480.

[11] Ídem.

[12] José Martí: Obras Escogidas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1992, t. 2, p. 222.

[13] Ídem.

[14] Alberto Palcos: “La complejidad de una obra: Facundo”, en Mirta Yáñez (comp.), La novela romántica latinoamericana, Casa de las Américas, 1978, p. 254.

[15] Ibídem, p. 255.

[16] Ezequiel Martínez Estrada: “Meditación sobre Facundo”, en Mirta Yáñez (comp.), ob. cit., p. 261.

[17] Ibídem, p. 263.

[18] Noé Jitrik: “Una respuesta al problema literario”, en Mirta Yáñez (comp.): ob. cit., p. 265.

[19] Noemí Ulla: “El rosismo en la novela Amalia”, en Mirta Yáñez (comp.), ob. cit., p. 296.

[20] Juan Carlos Ghiano: “Protagonistas y espacios en Amalia”, en Mirta Yáñez (comp.), ob. cit., p. 308.

[21] Germán García: “Herejes y Mazorqueros”, en Mirta Yáñez (comp.), ob. cit., p. 321.

[22] José Martí: Obras Completas, ed. cit., t. 22, p. 65.

[23] Ibídem, p. 165.

[24] Cfr. José María Vargas Vila: Martí apóstol libertador, Rue Artaud Maillot – Editorial Hispano-América, París, 1938, p. 19.

[25] Ídem.

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