La poesía de Reina María Rodríguez nominada a los Premios Nacionales de Traducción en Estados Unidos

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Reina María Rodríguez (FOTO Elis Milena Miralles)

La foto del invernadero, cuaderno con el que Reina María Rodríguez obtuvo el premio Casa de las Américas en 1998, fue traducido recientemente por Kristin Dykstra y Nancy Gates Madsen para la editorial estadounidense Ugly Duckling Presse. Bajo el título The Winter Garden Photograph, este volumen que pone a disposición del público de habla inglesa la poesía de la autora cubana, ganó en marzo el PEN 2020 Literary Award, en la categoría de Poetry in Translation (Poesía en Traducción), y ahora ha sido también nominado a los Premios Nacionales de Traducción que otorga la Asociación de Traductores Literarios de Estados Unidos.

The Winter Garden Photograph será valorado por Ilya Kaminsky, Lisa Katz y Farid Matuk, quienes fungen como jurados del Premio en la presente convocatoria. Aunque no se conocerán los resultados hasta el próximo 15 de octubre, esta nominación supone ya un reconocimiento a las traductoras, además de posibilitar un mayor alcance a la obra de una de las voces poéticas más relevantes de la literatura cubana contemporánea.

Cuando aparece en el campo literario cubano, Reina María Rodríguez se impuso con una voz resueltamente femenina que se instalaba en el lenguaje como materia y régimen del poema. Desde Cuando una mujer no duerme (1982), esta autora ha hecho de su género y de su sexualidad una condicionante para la poesía, incluso allí donde el discurso responde a temáticas no relacionadas directamente con lo femenino.

Subrayo lo anterior porque la actualización que de los códigos del conversacionalismo ejecuta Reina María Rodríguez –junto a otros nombres de su generación– está determinada por el vínculo que su escritura sostiene con una subjetividad y un imaginario esencialmente femeninos. En esta poeta, la voz de mujer es una potencia que, desde la realidad propia del texto, se instala como un foco de resistencia a las ordenaciones del mundo exterior, una fuerza capaz de imponer su individualidad.

En la medida en que se han sumado títulos a la obra de Reina María Rodríguez –entre un libro y otro hay lazos tácitos, incluso allí donde son evidentes rupturas estilísticas o discursivas–, se ha dimensionado una batalla al interior del poema en la que se anudan lo íntimo con lo social; la cual ha resultado definitoria en la modulación de su sujeto lírico, independiente del yo que se expresa en cada texto particular. Adentrarse en esta autora es viajar de la sustantivación del cuerpo a la búsqueda de una verdad del poema. La reflexión metatextual, que se ha vuelto una constante en su trabajo, responde justamente al intento de establecer el texto como un sitio autónomo en el que fugarse a cuanto pueda interferir en la exposición de su individualidad.

Esa mirada sobre el propio acto de la escritura hace evidente la necesidad de fijar una ética de la representación, a partir de la cual Reina María Rodríguez filtra su relación con el mundo y consigo misma. Es en la exploración de su individualidad donde entra a jugar un rol esencial, en tanto que sustancias que definen la presentación del poema, el escrutinio de la memoria –lo cual resulta uno de los núcleos de La foto del invernadero–, la descripción de lo cotidiano o de experiencias individuales, y la contemplación del afuera siempre que trasunta un estado afectivo. Indisociable de su identidad femenina y de su condición de poeta, la poesía (confesional) de Reina María Rodríguez ha sido (y es) una apertura de su pensamiento y una inflexión singular del lenguaje.

Aun cuando sus temáticas han cambiado, esta autora conserva un intimismo que, bien cuando alude al medio social o describe el afuera, bien cuando se ocupa del espacio personal, manifiesta una búsqueda de asideros para sus deseos. Su revisión de la memoria como un archivo que posibilita hurgar en el devenir del individuo es muchas veces también un intento por exponer las dimensiones de su identidad, una forma de reconocimiento. Por tal razón en Reina María Rodríguez el Yo resulta tan determinante como instancia desde la que se mira a la Historia o a la sociedad.

En La foto del invernadero, efectivamente, destaca esa exploración en la memoria como un mapa de reconocimiento propio, aun cuando se mira a otros o desde otros. El recuerdo personal (o colectivo), posibilita al yo reflexionar sobre la irreversibilidad del tiempo y el peso de la experiencia en el sujeto:

La foto del invernadero

fue la que siempre quisimos y faltó.
el invernadero estaba junto al parque
con sus cristales húmedos bajo el sol que entraba
en la tarde, o en la mañana, a colorear sus plantas.
yo me paseaba contigo de la mano –eras
de estatura un poco más bajo que yo–
y así alcanzaba a ver, desde esa altura,
los tallos quebrados por mi madre
que componía y podaba las macetas de bunganvillas.
nunca entramos, éramos demasiado pequeños
para invadir la zona de confianza de esos seres extraños
que permanecían dentro. estábamos afuera.
saltando con nuestra energía sin razón
excluidos de la paciencia de las manos de mi madre
pero es allí donde quisiera vivir…
en el lugar inexacto de una foto que falta
para que no imites otra vez, o intente imitar el ser que soy.
el paisaje prohibido donde pondríamos el amor
con exclusividad.
el paisaje del deseo, que no se suponía o se reproducía a cada instante
y que permaneció oculto para nosotros
-la algarabía de ser niños no nos dejaba ver
«todos andábamos a la caza de una flora insectívora».
éramos suspicaces. ahora, acomodo en mi mente
la mente del invernadero. su llama tibia
en el centro de las imágenes haciéndonos creer que algo temblaba
o que podría no ser alcanzable.
esa incertidumbre del temblor donde cruje la madera
y la realidad se distorsiona y parte en dos lenguajes.
fue la que siempre quisimos y faltó.

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ÁNGEL PÉREZ
Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.
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