Kristin Dykstra habla sobre la traducción de poesía cubana

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Kristin Dykstra y Reina María Rodríguez (FOTO Articulate Show)

Si se escribiese una probable historia de la vida intelectual cubana de las últimas décadas, donde se hablara no sólo de amistades y desavenencias literarias, polémicas sonadas, recepción e influencia de obras y autores, o entresijos de la política cultural, sino también de las redes de socialización que han propiciado la difusión de la literatura de la isla allende los mares, para el nombre Kristin Dykstra habría que redactar un apartado. La inclusión en ese texto posible estaría acreditada por la ingente labor de traducción y promoción de la poesía cubana contemporánea en el mundo anglófono que Dykstra ha venido acometiendo desde mediados de los noventa.

Además de versionar a escritores latinoamericanos como Amanda Berenguer, de enseñar en el Saint Michael’s College de Vermont, o de sostener una obra creativa propia, Dykstra ha traducido y gestionado la publicación en inglés de la obra de poetas cubanos como Juan Carlos Flores, Ángel Escobar, Omar Pérez, Marcelo Morales y, sobre todo, Reina María Rodríguez.

Con la reciente edición en inglés del cuaderno finisecular de Reina, La foto del invernadero (The Winter Garden Photograph, Ugly Duckling Presse, 2019, traducido en colaboración con Nancy Gates Madsen), Dykstra acaba de ganar el importante PEN 2020 Literary Award, en la categoría de Poetry in Translation. Aprovecho esta circunstancia para conversar con ella sobre asuntos de traducción y experiencia.

Ibrahim Hernández Oramas

Dentro del mundo literario cubano, muchos te reconocen como la traductora que con más sistematicidad y empeño ha trabajado para dar a conocer en inglés la poesía contemporánea de la isla, pero poco se sabe de tu vida. ¿Quién es Kristin Dykstra? Háblanos de tu infancia y formación. ¿De dónde proviene tu apellido? ¿Eres hija de inmigrantes? ¿Dónde aprendes el español? ¿Conoces otros idiomas además del español?

Para decir la verdad, sería un relato muy largo, si empiezo desde la infancia y sigo hasta llegar a Cuba. Siempre tengo problemas cuando me piden resúmenes en charlas, porque esta experiencia no es reducible a una cuña de audio. Pero empiezo con el apellido.

Cuando Omar Pérez estudiaba holandés con un señor de Frisia, provincia del norte de Holanda, ese señor se sorprendió por mi apellido. Parece que los padres de mi bisabuelo, Broer Doekeles Dijkstra, eran siervos en las granjas de esa región e inmigraron a Estados Unidos buscando acceso a la educación, además de convertirse en los dueños de pequeñas granjas del medioeste. Broer Doekeles además solía traducir los himnos de las iglesias pequeñas de la zona del holandés al inglés, viajando en bicicleta de una comunidad a otra. Según lo poco que sé de esa historia, eso habría pasado en los estados de Dakota y tal vez también en Iowa. O sea, esos viajes en bicicleta entre iglesias habrían sido muy, muy largos. Mi abuelo aprendió algo de holandés cuando niño, pero el idioma no pasó a las siguientes generaciones.

Mi aspecto no se corresponde al apellido, y a veces las preguntas sobre mi origen cuando camino por las calles me hacen reír. Es debido a que soy eslovaca, el legado de otra bisabuela. Ella trabajaba en una granja afuera de Bratislava. Emigró a aquí, llegando sola en un barco, cuando tenía catorce años, y pasó por Ellis Island. Después se casó con un lechero alemán en New Jersey. Y no sé mucho de otras ramas de mi familia. De veras, algunos de mis antepasados inmigrantes hablaron tan poco que me pregunto si ocultaban varias experiencias traumáticas.

Mis padres llegaron a Ohio a través del trabajo de mi padre. Siendo músico (pianista), se ganaba la vida como profesor. Mi pueblo, Wooster, tiene el estatus legal de “ciudad”, pero no es grande, y además está rodeado por el campo y las granjas. Mis padres tenían una casa en el campo, el primer sitio que recuerdo. Y esto sí es importante, porque había solamente dos familias english allí en esa calle rural, nosotros y los vecinos granjeros. Todas las otras familias eran de la comunidad Amish. Una de mis primeras amigas, Anna, hablaba pennsylvania dutch en casa (una forma antigua del alemán que ha cambiado con el paso del tiempo en Estados Unidos, o sea, un idioma híbrido fascinante). Su hermana mayor me cuidaba. Mis primeras memorias son de estar en casa de familias bilingües que no hablaban inglés en casa y que vivían de una manera distinta, sin agua corriente o luz, con caballos y calesas.

No eran para mí exóticos los amish. Eran vecinos que intercambiaban huevos por llamadas en nuestro teléfono: muy pragmático todo esto. Nos llevábamos bastante bien, por lo que vi cuando era una niña muy pequeña. Luego cuando empecé en el kindergarten, nos mudamos a Wooster, donde el sistema educativo público tenía mejor calidad, pero las memorias del campo quedaron. Hoy en día vivo en otra parte del país, cerca de Canadá, pero al volver he oído hablar de granjas industriales que dependen del trabajo de inmigrantes no documentados, viviendo ahora al lado de los granjeros amish y english. Para entenderlo, uno tiene que hacerse preguntas dentro de un silencio general sobre el tema, según mi experiencia.

Mis primeros encuentros con el español en los ochenta resultaron del sistema público de educación, con varias maestras. Al recibir el premio PEN le agradecí a Nydia Roque, de mi colegio, porque ella realmente me ayudó a salir de la clase con el idioma puesto y lo convirtió así en parte de mi vida. Me pidió ser voluntaria, para ayudar a una niña de Argentina recién llegada al pueblo, que asistía a la escuela primaria y no sabía nada de inglés. Yo trabajé con ella –una niñita muy inteligente que empezó a aprender rápidamente con muy poca ayuda– y después con sus hermanitos durante el verano. No sabía de Cuba durante los años en Wooster –nadie habló con nosotros sobre el país, según lo que recuerdo ahora–, pero Nydia Roque nació en Cárdenas. Hablé con ella años después, cuando ya había descubierto los poemas de Reina, tal vez en 1996 antes de ir a la isla por primera vez. Nydia me expresó su alegría y apoyo. Nada –quiero precisar– de comentarios conflictivos sobre “los de aquí” y “los de allá.” Siempre muy positiva.

¿Cómo llegas a la poesía cubana y, en específico, a la obra de Reina María Rodríguez?

La versión breve: a través del intelectual venezolano Arnaldo Valero, que me pasó una antología, Poemas transitorios, o algo así. Me sugirió traducir poemas de Reina, lo cual me parecía una locura, y luego se olvidó completamente de haberlo sugerido. Pero poco a poco entré en esa locura.

Además de The Winter Garden Photograph, ya antes habías traducido la antología de la obra de Reina Violet Island and Other Poems (Green Integer, 2004) en colaboración con Nancy Gates Madsen. ¿En qué consiste esta relación de trabajo? ¿Por qué sólo se limita a la obra de Reina?

Bueno, resulta una locura la traducción de poesía, definitivamente no es para todos. No hay pago casi nunca. Muy pocas editoriales publican traducciones si el autor no es ya muy famoso en inglés, algo que muchas veces pasa solamente después de la muerte del autor. Generalmente, el público duda y critica a los traductores, sin pensar en la necesidad de la traducción, sea la traducción literaria o la traducción en la vida diaria. Casi no hay concursos, ni becas, ni apoyo psicológico. Yo he tenido que trabajar como profesora y buscar maneras de resolver la cuestión de cómo hacer esto.

Nancy es una investigadora maravillosa y profesora de idiomas. Ella colaboró conmigo solamente en esa primera antología de Reina. Después volvió a su carrera con enfoque en Argentina y el Cono Sur. Ella ganó el prestigioso premio Katherine Singer Kovacs, de la MLA, con su libro de crítica. Ahora es profesora de español en Luther College, en Iowa.

Me decidí a traducir La foto del invernadero porque me parecía un libro importante. Con los años siempre he querido mejorar las traducciones del pasado, y cuando Ugly Duckling Presse aceptó la edición bilingüe, Nancy y yo tuvimos la oportunidad de revisar un grupo de los poemas que habían aparecido en la antología de 2004. Quiero agradecerle a la editora Silvina López Medín en Ugly Duckling por la oportunidad y su colaboración.

¿Qué dificultades has enfrentado al traducir una obra tan extensa y de tantos registros como la de Reina? ¿Qué las decidió a traducir La foto del invernadero dentro de una obra, como decía, tan variada?

Bueno, en cuanto a dificultades, siempre está la parte financiera, pero sobre todo la parte mental, sí, necesito tiempo porque tengo que percibir y también entrar en esos registros variados. Muchas veces tengo que leer obras de otras personas, ver películas, etcétera. Y siempre le hago un montón de preguntas a Reina.

Quiero mencionar este asunto de hacerle preguntas, porque algunos de sus lectores en Rialta habrán visitado la azotea de Reina, donde nos reunimos muchas veces. Es como una estación de trenes. Ella siempre tiene cinco o seis libros inéditos en los que está trabajando, luego la gente llamando, los amigos y familiares y otros poetas tocando a la puerta. Incluso hemos recibido grupos de turismo literario en La Habana y tenido que improvisar lecturas bilingües. Hay gente interrumpiendo por todos lados. Yo empecé en los noventa como alguien muy tímida, muy respetuosa, siempre esperando mi momento, y con cierto miedo a Reina. Con el tiempo me di cuenta de que el momento perfecto nunca iba a llegar. Ahora interrumpo a todos en voz alta, insisto en las preguntas, dibujo círculos y flechas en marcadores rojos o fluorescentes, hago gestos con los brazos extendidos, y a Reina también le envío carpetas con preguntas adicionales resaltadas, y después la llamo por teléfono para asegurar que terminemos algo. Ella siempre me responde de buena gana cuando por fin logro atraer su atención, y luego tengo muchas pistas para seguir.

Juan Carlos Flores, Kristin Dykstra, Reina María Rodríguez y Rolando Sánchez Mejías, en New York, mayo de 2011

¿En general cómo ha sido la experiencia de adentrarte en el lenguaje, la imaginería y las referencias de la poesía cubana de las últimas décadas? ¿Qué poeta ha sido más complicado de trasladar al inglés?

Siempre al llegar a otra voz pienso: “¡No será posible!”. Pero son tan maravillosos, y sé que nadie lo va a hacer si no lo intento. Así que el proceso siempre empieza con examinar los fracasos y leer –porque todos los poetas que traduzco han leído mucho y a veces se aprende mucho del “diálogo” entre poetas mundiales–. Con Juan Carlos Flores no pude hacerlo realmente hasta el día en que me senté a conversar con él. Luego lo entendí muy bien, y su pareja Mayra nos ayudó, después por correo electrónico, a comunicar detalles muy específicos (sobre Alamar, sus lecturas, su historia personal, etcétera). En este sentido, Ángel Escobar ha presentado la mayor dificultad: ya se había suicidado y no podía contestar preguntas. Abuso de confianza es un libro sumamente “difícil” en todos los sentidos posibles. Es un libro simultáneamente duro y tierno.

¿Qué significa este premio para tu labor como traductora y para el conocimiento de la obra de Reina en los Estados Unidos?

No sé todavía. Yo de veras creía que otra persona iba a recibir el premio. Ha sido una semana muy emocional –quiero decir, algo físico, como un ataque al corazón que ha durado ya siete días.

Quiero mencionar que otro finalista este año, Lawrence Venuti, ha escrito libros importantes sobre la falta de apoyo a la traducción en culturas angloparlantes (Estados Unidos y Reino Unido). La estadística es impresionante, y luego el análisis de sus consecuencias. Alguien debe traducir los libros de Venuti al español, si eso no ha pasado todavía, como The Translator’s Invisibility: A History of Translation y The Scandals of Translation: Towards an Ethics of Difference, entre otros. Son imprescindibles para entender nuestro contexto editorial y también, entre muchos poetas aquí, la falta de una lectura más internacional de poesía. Cuando se leen los libros de Venuti y otros que colaboran en esa conversación analítica ahora, se empieza a entender por qué hay pocos premios o pagos o editoriales apoyando la traducción como tal en esta nación, y ni hablar de la poesía.

La recepción pública de la traducción literaria siempre circula por los clichés que criminalizan a los traductores –que somos buenos solamente para traicionar, y todo ese blablablá–. Esas imágenes pueden ser de interés intelectual en manos de especialistas como parte importante de la historia literaria (por ejemplo, en la figura de la Malinche), pero en la vida diaria se reducen a un ancla de desánimo constante. A pesar de cierto progreso nacional, son pocos los intelectuales que han leído con profundidad sobre el tema debido a nuestra historia de indiferencia. En la comunidad norteña donde vivo, no hay nadie con quién hablar de manera seria, aunque en congresos nacionales sí hay ponencias excelentes. Entre los poetas aquí, bueno, he leído en algunos eventos, pero siempre como la única presentando traducciones. Los demás sólo están preocupados por compartir su propio trabajo. Vivo prácticamente al lado de otro país y en una provincia bilingüe, ¿cómo es posible que sea la única que quiere compartir traducciones en lecturas de poesía? Cuando leer una traducción es algo impensable, la perpetración de un error literario-social, es imposible que se articule consciencia alguna de una comunidad internacional de poesía. La geografía crea, de esta manera, una ironía especial: aquí vivimos al lado de Quebec, y Montreal es la ciudad más cercana a Burlington. Así que el premio PEN simboliza un momento de justificación de la vida diaria. Los jueces son poetas, escritores con criterios rigurosos –el hecho más importante para mí.

¿En qué nuevos proyectos de traducción te concentras?

Trabajo en varios, desarrollo los proyectos de traducción con concentración, pero las posibilidades para publicarlos o solicitar becas llegan de una manera sumamente errática. Quiero crear un proyecto nuevo con Reina, aunque necesito buscar una beca. Luego, tengo manuscritos ya completos de Marcelo Morales y Reina. He empezado a traducir los ensayos magníficos de Raúl Zurita –son fundamentales; mis amigos Anna Deeny Morales y Daniel Borzutzky son algunos de los traductores de su poesía que sí se ha publicado en inglés, pero los ensayos no han aparecido aquí–. Casi he terminado un libro completo de Amanda Berenguer (soy coeditora de una antología de sus poemas que se publicó en 2019, y ahora espero publicar La dama de Elche). Aquí en Burlington, Vermont, está la poeta Tina Escaja, amiga que se especializa en ciberpoética, pero que también tiene un libro tradicional que estamos terminando. Y estoy esperando noticias sobre un contrato que podría interrumpirlo todo. ¡A ver!

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