Adonis Milán y Sandra Ceballos reviven hasta los muertos en Aglutinador

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Proyección de ‘Spoon River’, serie dramática realizada y dirigida por Adonis Milán, Perséfone Teatro, en Espacio Aglutinador

Llego en bicicleta a la esquina de 25 y 6, o quizás 4, en El Vedado, cerca del antiguo estudio de Yornel. Siempre me aturdo un poco para llegar a todas partes. Por suerte, esta vez me acompaña casi hasta la esquina uno de mis roomies favoritos de la desolación; me da la bendición y parte a lo de su madre. Entro en la pequeña terraza recubierta de plantas, ese coto de la esquina ahora pintada de rosado en que Sandra Ceballos aglutina todo lo que le parece memorable o incómodo: como la herradura de un tatuaje que ya trae en mente, quemando la porción de carne que ella ha elegido esta tarde para decir con/en su cuerpo. Un jovencito me da la bienvenida atropellando las palabras, pero no sé quién es. Que cómo me enteré, que de dónde me conoce, que si soy hija de… Un WhatsApp, le digo; de Sandra, le digo; e intento a la vez cruzar entre el zarzal de los ya reunidos, ponerle el candado a la bici en un recodo y soltarle sin mucha diplomacia que estoy segura de que él no conoce a mi madre.

Es jueves 27 de febrero a las 6 de la tarde. Está repleto el ambiente, aunque en paralelo se presenta algo de Artista X Artista en la azotea de El Cocinero, una experiencia sonora que dejo ir no sin rabia por mi incapacidad para ser ubicua. Reconozco rostros (Gorki, Ángel Santiesteban, Claudia, Luis Manuel, Octavio, la Lobón…); me suenan otros de actrices; ignoro a los más jovencitos, que no son pocos. Me pasan un plegable con el programa de mano. Veo con más detalle que el body art protagonizado por Rodney Batista, esa intervención colateral que se ha dado en llamar Casi todos conmigo (# 1), implica, ciertamente, un despliegue de tatuajes (de “prototipos, dibujos, firmas o textos cortos”), en que artistas cubanos que han sido “víctimas de represiones y discriminación”, como los Malditos de la postguerra que han exhibido aquí, pasarán a ilustrar la piel de Sandra, a acompañarla… El origen de todo esto (tanto en Sandra como en Aglutinador) nos devuelve a Chago Armada, cuando en 1996 ella se tatuó, en la convención/exposición La carne, a Salomón, ese personaje antológico de la historieta cubana cuya salida en el periódico Revolución terminó siendo prohibida en los 60.

Entro y empieza el show, por donde no pensaba, desordenándome para bien el libreto: Luisa recontextualiza, versos que no me suenan de Edgar Lee Masters y que son, en verdad, de algún desgarrón del velo de luto de la Zambrana –quien tantos muertos veló en vida–. “Mar de tinieblas” vibra en el cuerpo de la novel actriz Ida Jiménez: negra, joven, el pecho desnudo como en cimarronaje, dispersando de plano sobre sí, y por todo el piso, una copa de sangre que queda en el aire batiendo… y empegosta la boca del gato que merodea y las pisadas de los que pasamos allí toda la velada. Un machete: como una tragaespadas, un cofre de pirata donde casi se sepulta, los brazos en cruz: como atornillados a la reja en medio punto que la escolta sirviendo de escenario. Los signos se amontonan y entre los jirones del poema (“altas palmas, del suplicio antiguo”, la razón “como un mar que se hiela”, y los soles “¡oh soles de la noche!”) se me queda, como sangre pegada en las suelas, la visión de la fuerza corporal de esta muchacha, que apenas ha empezado a desandar con Perséfone Teatro y que busco –sin mucha suerte– retratar sin traiciones, para que pueda subir a la red esa prestancia suya, sin ser censurada por su desnudez –como lo fueron las mujeres de “pelo en pecho” de Okana.

Aplaudimos… El que me dio la bienvenida nos conmina a que nos giremos hacia el otro lado, para proseguir mientras resuena el zumbido de la aguja del tatuador. Sólo entonces capto que es el director; me explico de golpe su hospitalidad cuando hice entrada. No sé si enseguida o ahora, agradece a Sandra por el espacio y se conmociona o enerva un poco al decir que –aunque parezca mentira– lleva dos años sin poder entrar en escenario alguno, sin poder representar, sin ser visto lo que hace… Escucho la velada protesta de Adonis Milán (La Habana, 1993) y su agradecimiento al público congregado en la salita estrecha y alongada de Aglutinador, y pienso –claro está– en el ostracismo o la censura pasadas por teatristas como Virgilio Piñera, ese interdicto que uno no puede entender del todo cuando escribe otra cosa que teatro –o que guiones–, porque no ha probado la emoción de la obra en cartelera –en pantalla–. Recuerdo un cuadro del cuento “El sol” de Calvert Casey: la inquietud del director con la sala vacía hasta el primer llamado del pestañeo de las luces, y su alegría inenarrable cuando empezó a llenarse el teatro de ese “monstruo extraño y caprichoso” que llaman público, y que es el terror y la delicia –por el estatuto de su recepción– de este género de creadores. Nunca me ha gustado el retintín de la queja, pero reconozco que debe ser atroz quedarse solo, que te dejen mudo.

Rueda Spoon River. El que tradujeron en 2007, con cubierta azul, Susana Haug y Jesús David Curbelo para Arte y Literatura en Cuba –y que en gran parte es el empleado en esta puesta–. El que Edgar Lee Masters (Kansas, Estados Unidos, 1869-1950) publicó en 1914 y por entregas en la revista Poetry, con su amiga, la editora Harriet Monroe… Poemas-lapidarios, poemas-epitafios. Esa ristra de retratos de tanatorio, que terminó luego con el colofón añadido de “La Spooniada” y el “Epílogo”, destapando la veta teatral de su autor. Ese necrocomio de la colina, que ha inspirado ya antes, por ejemplo, alguna obra de teatro donde monologan sus “durmientes”, y que incluso dio paso a un CD en 1971 del cantautor italiano Fabrizio De André. En Cuba misma, la escritora Maylan Álvarez compuso el libro Naufragios de San Andrés, con el que obtuvo el Premio Calendario en 2011, al escuchar más que dar voz a los muertos de su pueblo. De modo que no me extraña descubrir que este volumen haya sido trabajado, desde hace varios años, por un actor y teatrista como Adonis, interesado de suyo en los mitos griegos y en su diálogo de polis a polis, de demos a demos, con nuestra realidad, –inmerso como estuvo en proyectos abortados como Las troyanas o Andrómaca, o nada más y nada menos que en una versión de Charlotte Corday. Poema dramático, de Nara Mansur. Además, –inspirados en Spoon River— el inglés Stephen Bailey montó con actores cubanos Tumbas olvidadas (2012), en el Teatro El Sótano, y Lynn Cruz dirigió y actuó Patriotismo 36-77 (2012) con Independiente Teatro Kairós en las ruinas de las escuelas de arte.

No he visto nunca nada de este grupo, aunque al final Adonis descubre –a pesar de mi pelado– que, en efecto, coincidimos alguna vez en TV, la última vez –me dice– que él compareció en pantalla, justo cuando anunciaba Al filo del mar, sobre Alfonsina Storni y Frida Kahlo, en Papel en blanco. No he visto nada de Perséfone Teatro y por eso me llama la atención que quiera retomar alguna de las tantas obras versionadas que tiene en la cabeza, quizás en algún cuarto de una casa privada –como recientemente hizo Ricardo Sarmiento con Diarios del miedo–. Me dice que va a guardar mi número para pasarme la invitación y asiento con entusiasmo; estas puestas con “cupo cerrado”, a las que tienes que confirmar participación para tener platea o simplemente espacio en el teatro mínimo donde se representará, me recuerdan levemente la salita del 9no piso del Teatro Nacional o, mejor aun, el teatro arena del 2do piso del Gran Teatro, que no sé si sobrevivió a su reconstrucción. Ese compartir el respirar de los actores, esa invasión de los cuerpos que se rozan, sin cuarta pared, sin vestiduras, es atrayente; crea un momento de fragilidad que es duro sostener no sólo para el espectador. Me gusta que se internen en este tour de force, siendo que cada vez los espacios alternativos se diversifican y ramifican en la Isla, y que los creadores emprenden mucho de los que se les ocurre, de lo que tienen ganas.

Digo que no he visto este grupo y soy imprecisa, de modo que tendré que explicarme. En Aglutinador nos encontramos el pasado jueves con la salida al callejón que ha encontrado Adonis Milán para expresarse: siete capítulos –porque se trata de filmaciones– de una primera temporada, y el primero de la segunda, pertenecientes a su bogar por Spoon River. En la primera, actores jóvenes y un músico, el líder de la leyenda urbana que todavía es Porno para Ricardo. En la segunda, veteranos como Mario Guerra y Pancho García –cuyo corto no vemos porque está en edición–. ¿No hay escenario porque sobre la representación flota la sombra siniestra del ser interrumpida, de que no llegue el director porque lo detuvieron, de que espanten al público? ¿Hay peligro de que los actores renuncien a última hora a su papel? Pues Adonis (quien antes de llegar aquí trabajó con agrupaciones como la del Hubert de Blanck, Integración, Gaia Teatro, Teatro Pálpito y Estudio Teatral Vivarta) ha ido creciendo en la aventura de hacer estos cortos que suman las voces de los muertos de Lee Masters. Es una acción híbrida que recuerda al teatro hecho para y en televisión en la Isla.

Se trata de poemas representados ante una cámara por actores como (en orden de aparición, en la primera temporada): Elizabeth Ríos, Alina Castillo, Januel Hernández, Claudia la O, Gorki Águila, Reynier Morales y Enmanuel Collazo. Locaciones distintas se suceden (el mar, el bosque, casas, una línea de tren…). E historias de vida o muerte fallidas de estos espectros, que pueden ser nuestros amigos, que podemos ser nosotros mismos, nos invanden: una granjera en desgracia, una viuda envenenada, un eterno viandante, una mujer presa de sus pasiones, un jovencito mataperreando entre los rieles, un asesino. Las actuaciones, a la vera del realismo, aunque sin abandonar un trasunto simbólico que a veces pacta con lo performático (danza, música) y otras retóricas teatrales (luces/sombras, llamaradas, cadáveres…), ocurren en solitario y están encarnadas en la primera temporada por actores jóvenes –para la segunda, se ve que Adonis sueña implicar a figuras clave del panorama actoral del patio, que ya iremos descubriendo–. Los escenarios y la música varían en diálogo con lo que cada uno tiene que contar y también varios realizadores han sido invitados a la aventura, por lo que los capítulos tienen a la vez el sello de Perséfone y el de creadores como Asbel Paz (en su mayoría), Fernando Almeida o La mesa.

Es un proyecto atrevido que me recuerda, por intentar nuevos modos, al de Publicación Escénica en La Casona. Lo visto en Aglutinador resulta un ejercicio en proceso que puede ser difícil de paladear para quien no es adicto a la poesía, más siendo que el soporte en que se nos traslada no suele ser el más acostumbrado, o sea, ya ni siquiera el libro, al menos en voz de un recitante o del autor. Como aventura audiovisual y dramática, me parece que Adonis responde con ingenio y versatilidad a la falta de espacios que lo ha embargado, con un tipo de colaboración que le permite trabajar de forma abierta y mantener con vida Perséfone Teatro. Como propuesta para el cinéfilo, puede ser esta serie una curiosidad que tal vez habría que paladear más espaciada, ya que por el tipo de obra de la que viene y que genera (monológica, reiterativa en los motivos: el discurso autobiográfico de un muerto-vivo) podría fatigar, aunque nos interne en los laberintos del alma humana. Ahí la imaginación del estatuto de lectura de lo teatral o de cualquier género nos revela otra vez su riqueza y polisemia en manos del receptor, cuya experiencia se enriquece y también, paradójicamente, se limita al materializarse en actuaciones, actores, escenario(s). Pero es uno de los tantos riesgos que el arte tiene que correr.

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