Cynthia Ozick
Cynthia Ozick

No abundan, en rigor de verdad, las narraciones que consiguen representar adecuadamente eso que Anthony Grafton ha llamado “los orígenes trágicos de la erudición”, es decir, esa voracidad ilimitada por el conocimiento que, si bien ha engendrado ocasionalmente algunos descubrimientos de primer orden,[1] a menudo devasta a los hombres a quienes atenaza (obsesos incurables del saber más arcano; patéticos aspirantes a la sabiduría) y los conduce, acaso inexorablemente, al fracaso y la autodestrucción. En este sentido, el mejor libro jamás escrito sobre el tema es, qué duda cabe, Auto de fe, del gran Elías Canetti, pero también podemos atisbarlo en numerosos relatos de Thomas Bernhard (La calera, Corrección, Maestros antiguos… y muchos más: en ocasiones parece como si fuera su único tema).

Ahora bien, mientras Canetti representa al sinólogo Kien como un misántropo incurable que termina por inmolarse entre las llamas junto a su biblioteca por no poder soportar el mundo fuera de los libros,[2] Bernhard –ese gran especialista de la desdicha– opta por utilizar una sátira salvaje, un humor particularmente despiadado que convierte sus obras en algo parecido a una farsa trágica (quizá el más difícil de los géneros).[3] Entre la visión abisal de Canetti y el galows humor[4] del irascible granjero de Nathal[5] (dos linajes estéticos cuya influencia no puede ser exagerada), se ha desplegado, en general, la producción literaria en torno a este tema abstruso y laberíntico: resulta natural, entonces, que eventualmente apareciese algún autor capaz de encontrar una vía media entre el imperturbable hieratismo de Canetti y las cadencias crueles del nihilismo centroeuropeo que Bernhard encarnó como ningún otro: nadie lo había logrado hasta que Cynthia Ozick publicó Heredero del mundo resplandeciente, quizá su mejor libro.

Ozick es una gran escritora que se mueve con habilidad entre varios registros de la prosa: sus ensayos son textos de primer orden… sus novelas también. Dos grandes obsesiones dominan toda su obra: los judíos y Henry James. En efecto, sus mejores relatos (“El mesías de Estocolmo”, “Los papeles de Puttermesse”)[6] giran en torno a temas tan idiosincrásicos como la Cábala, el Golem (quizás los más arcanos del judaísmo) o, alternativamente, condescienden a ocuparse de las excéntricas biografías de escritores hebreos devastados por la embestida alemana (el gran mundo aniquilado del yiddish y los guetos centroeuropeos).

Pero sería un error suponer que Ozick experimenta algo parecido a la “angustia de las influencias” en relación a quien podríamos considerar su principal predecesor en la escritura sobre “el viejo mundo judío” (me refiero aquí, naturalmente, a Isaac Bashevis Singer, ese otro gran narrador de la tradición ashkenazi): allí donde el novelista polaco[7] nos impresiona como un gran discípulo de Balzac en pleno siglo XX (en todo lo concerniente a sus procedimientos formales y modos de representación), Ozick, por el contrario, es la indiscutible heredera del último Henry James:[8] sus libros consiguen explorar, con singular agudeza conceptual, las ideas teológicas más enrevesadas del judaísmo pero en ningún caso percibimos la “ingenuidad estructural” que informa tantas novelas del maestro polaco (cuyo principal objetivo parece ser, incluso cuando explora los así llamados grandes temas,[9] que el relato avance sin demasiadas complicaciones de un capítulo a otro): Ozick, por el contrario, ha asimilado como pocos la lección de su ídolo cosmopolita y utiliza, con inusual destreza, todos los recursos formales del arte narrativo.

Abordemos entonces el texto en cuestión: se trata una vez más (y no podía ser de otra forma tratándose de Ozick)[10] de un relato sobre judíos excéntricos y más o menos desquiciados: la narradora en primera persona es Rosie, una huérfana de dieciocho años quien, tras perder a su padre (mitómano, científico fracasado, estafador de poca monta) y haber sido rechazada por su último pariente, debe encontrar un trabajo en el despiadado Manhattan de 1935. Todo parece perdido (la Gran Depresión no fue precisamente el mejor momento en la historia norteamericana), pero, súbitamente, irrumpen los Mitwisser. “Tratar de conocer a Wittgenstein”, escribió Bertrand Rusell que durante un semestre lo tuvo entre sus alumnos, “fue la aventura intelectual más excitante de mi vida” (Ricardo Piglia, Respiración Artificial). Y una fascinación semejante atenaza a la joven narradora cuando, de la forma más inesperada y rocambolesca posible, entra al servicio del considerable erudito Rudolph Mitwisser, antiguo profesor titular de la Universidad de Berlín, naturalmente hasta 1933, sabio misántropo, el mayor especialista de todo el mundo en… los caraítas. ¿Los caraítas?: precisamente eso pensó la estupefacta muchacha cuando el viejo le ordenó sin demasiadas contemplaciones que comenzara a mecanografiar sus incomprensibles meditaciones en alemán y hebreo (que ella, como la mayoría de nosotros, desconoce): “¿y quiénes son esos?”, se atrevió a preguntarle a la hija mayor de Mitwisser, “ah, no te preocupes, son la gente de mi padre” (respuesta que revelaba idéntica ignorancia en la propia familia del investigador): todo el relato gira en torno a esa interrogante y Ozick narra con tal sutileza y ejemplar reticencia que, cuando cerramos el libro, tenemos una idea aproximada del significado de este término, pero no conseguimos comprender aún el sentido profundo de la obsesión de Mittwisser.

Quizá sea conveniente, antes de continuar, ofrecer una definición, siquiera mínima, de estos curiosos personajes: “Los caraítas, empiezo a verlos […] vienen a mí poco a poco, paulatinamente, según el capricho del profesor Mitwisser […] son herejes; por lo tanto odian. Pero también son amantes: aman la pureza y odian la impureza. Y lo que consideran impureza son las exploraciones del intelecto; sin embargo, se les conoce por el intelecto […] los caraítas rechazaban y negaban el Talmud. En el siglo IX se convirtieron en enemigos de los rabinos. ¡Las Escrituras!, exclamaban. ¡Sólo las Escrituras! No estaban dispuestos a tolerar la interpretación de los rabinos. No tolerarían sus comentarios. Despreciaban la metáfora y la poesía de la inferencia. Sólo la expresión de las Escrituras constituía la herencia divina”.

Asombrosa secta, prolepsis casi secreta de Lutero, Calvino y Milton: los caraítas son, por así decirlo, los protestantes del judaísmo.[11] La gran diferencia es que, mientras el protestantismo se desplegó en la historia con inaudita potencia,[12] los caraítas –como los gnósticos cristianos– desaparecieron casi por completo y sólo sobreviven en algunos fragmentos deslumbrantes en los que, irónicamente, emplean una casuística muy parecida a la rabínica para defender sus doctrinas.

Estos son entonces los misteriosos personajes estudiados por Mitwisser,[13] la obsesión que domina por completo su existencia y lo vuelve indiferente a todo lo demás, incluyendo obtener el dinero necesario para mantener a su familia que, poco a poco, parece desmoronarse. Pero las cosas no son tan sencillas pues, como ya he observado, Ozick equidista tanto de Canetti como de Bernhard: sin desconocer en absoluto la ruina que puede provocar esta afición desmedida por el conocimiento, está demasiado interesada en los arcanos del judaísmo como para edificar un relato que, a la manera del escritor búlgaro en su libro más influyente, formule una advertencia inequívoca contra la pasión desenfrenada por el saber (esa terrible libido sciendi que, según algunos teólogos cristianos, habría sido la verdadera causa de la Caída). Tampoco le interesa, como a Bernhard, ridiculizar a “los así llamados sabios”:[14] su perspectiva es, por así decirlo, una vía media que encarna todo el refinamiento y la minuciosa ambigüedad de su gran ídolo estético.[15]

Así, aunque a primera vista los Mitwisser parecen sumidos en la desdicha, poco a poco el lector intuye que su destino pudo haber sido mucho peor: después de todo habían conseguido escapar justo a tiempo de Alemania (1935). Y, ¿a qué debían este singular privilegio? Pues, aunque nos cueste creerlo… ¡a los herméticos caraítas!, como señala Rosie, esa resignada amanuense, en un párrafo donde la amable ironía de Ozick se despliega con ejemplar contundencia: “El error era cómico. En su bienintencionado intento de salvar a una familia de refugiados, la junta del Hudson Valley Friends College había solicitado a su rector que invitase al profesor Rudolf Mitwisser, conocido especialista alemán en historia de las religiones, para que impartiera varios seminarios sobre los carismitas, una secta mística cristiana del siglo XVI, rama de la fraternidad Pneuma del nordeste de Baviera. La junta, formada principalmente por hombres de negocios, había confundido a los carismitas –famosos por su énfasis en el espíritu interior, afín a la luz interior de su propia organización– con los caraítas”.

Bien, un ateo de estricta observancia se encogería de hombros y replicaría que el mero azar produjo un error semejante, pero, en el universo simbólico de esta novela,[16] donde todos los personajes están obsesionados con el Destino, Dios y la tradición cultural judía, el fragmento intensifica la ambigüedad esencial del texto: el azar es aquí una categoría conceptual que ni siquiera se plantea.

En cualquier caso, si necesitásemos una demostración ulterior acerca de la inextricable naturaleza de esta cuestión (¿es una tragedia?, ¿ es una comedia?, ¿es una farsa trágica?), bastaría con citar otro pasaje en que la visión de la narradora experimenta un cambio radical: hasta ese momento ha considerado a Mitwisser como un pobre diablo que se entretiene con vetustos manuscritos que nada significan pero, súbitamente, su perspectiva se transforma: “Aun así percibí algo vengativo en Mitwisser […] le atraían los cismáticos, los fieros herejes, los apóstatas, los lunáticos de la historia. Bajo su pelaje de erudito jadeaba un fuelle salvaje, que llenaba y vaciaba su ardiente bolsa; un horno llameante que exhalaba fiebres […] Había bibliotecas al fondo de su horizonte […] Él se había convertido en su propio archivo. Babilonia, Persia, Bizancio bullían en las cuencas de sus ojos; coros de nombres esotéricos resonaban contra el techo […] Él era exactamente eso, un archivo, un depósito de siglos, un mensajero de alfabetos e historias”.

Entonces, ¿quién es realmente Mitwisser?: ¿un infeliz insignificante balbuceando sobre cuestiones que a nadie interesan?; ¿acaso un visionario genial, un laborioso emblema de la sabiduría y los riesgos inmanentes a su búsqueda desenfrenada?: nadie ha encontrado ni encontrará jamás una respuesta definitiva y Ozick es demasiado inteligente como para intentar esbozarla: en esa deliberada y exquisita ambigüedad radica también el perdurable encanto de su relato.


Notas:

[1] Debo aclarar que aquí me refiero exclusivamente –y también lo hacía Grafton– al estudio de las humanidades: las así llamadas ciencias exactas no me conciernen; tampoco las naturales.

[2] Un final terrible pero no inesperado para una narración calificada por muchos de grotesca, cruel y apenas soportable… como el último acto de King Lear.

[3] “¿Es una tragedia?; ¿Es una comedia?”, se titula uno de sus cuentos: en realidad nunca podemos decidirlo y, precisamente, de eso se trata.

[4] Así llaman los ingleses al humor negro más extremo.

[5] Pues Bernhard –acaso emulando a Faulkner– siempre se definía como “propietario rural”.

[6] En el título original hay una evidente alusión a The Aspern Papers, esa gran nouvelle de Henry James.

[7] Es un decir: nació en Varsovia, pero emigró a Estados Unidos en la década del treinta y todos sus libros se publicaron allá. Sin embargo, nunca pudo escribir en inglés (o quizás ni siquiera lo intentó: su apego al yiddish era demasiado profundo) y todas sus obras eran diligentemente traducidas tan pronto las entregaba en la editorial: en ese sentido era inclasificable, “una ley para sí mismo”… formalmente, no tanto, como pronto veremos.

[8] El más sinuoso, laberíntico y exquisitamente complejo en su estilo –esa barroca, perversa sintaxis de sus casi interminables oraciones–, vocabulario y arquitectura narrativa: el enigmático, inasible autor de Los embajadores y La copa dorada.

[9] Lo que, por lo demás, nada garantiza: si la Literatura fuese una cuestión de temas Henryk Sinkiewickz sería superior a Hemingway.

[10] A su manera, la escritora norteamericana es tan obsesiva como Bernhard.

[11] Esto debe entenderse, por supuesto, en relación con el gran principio doctrinal Sola Scriptura: la Biblia es la única fuente de autoridad en el Protestantismo: no el papa, no los obispos, no la tradición, no los comentarios: con este devastador argumento, Lutero y sus epígonos socavaron para siempre los cimientos del catolicismo.

[12] Fragmentándose a su vez, previsiblemente, en innúmeras denominaciones, pero eso es otro asunto.

[13] Una especie de Scholem desquiciado, un erudito maníaco con arranques de genialidad.

[14] Para el misantrópico austríaco toda pretensión de sabiduría era, con escasísimas excepciones, cómica.

[15] Me refiero a Henry James, naturalmente.

[16] Que, como toda la gran literatura, incluye –de manera más o menos ostensible– una meditación sobre su propia estructura y nos sugiere las convenciones que deben guiar su exégesis.

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