Flannery O'Connor
Flannery O'Connor

Harold Bloom ha deplorado que la breve carrera literaria de Nathaniel West[1] impidiese al gran narrador satírico perseverar en la composición de obras maestras: aunque sus cuatro novelas han garantizado, qué duda cabe, su inclusión en el canon norteamericano, Bloom postuló que, de haber vivido quince o veinte años más, West habría pergeñado novelas comparables y aun superiores (aunque, en rigor de verdad, esto último parece muy poco probable: quizás Bloom fue, para variar, demasiado optimista) a Miss LonelyHearts, esa rotunda apoteosis de la imaginación creadora. Y aunque cualquier suposición de esa naturaleza resulta ostensiblemente precaria, es difícil no simpatizar con el obeso esteta de Yale.

En efecto “the books that might have been” ejercen una poderosa fascinación sobre innúmeros lectores… y no a pesar de su carácter conjetural, sino precisamente a causa de este: la segunda parte de Wuthering Heights (que Emily Brontë acaso preparaba cuando fue aniquilada por la tuberculosis: su talentosa pero notoriamente mojigata hermana Charlotte destruyó, tal vez, el manuscrito);[2] la portentosa saga de Ignatius Reilly que John Kennedy Toole habría podido escribir (hacia el final de La conjura de los necios el desopilante personaje estaba a punto de viajar a New York y parece lícito suponer que Toole pretendía narrar sus aventuras en esa gigantesca, decadente metrópolis); los numerosos proyectos anunciados por Flaubert en su correspondencia; la segunda parte de Los hermanos Karamazov, que Dostoievski ya había concebido: esos son sólo algunos de los volúmenes más notorios incluidos en esa prodigiosa “biblioteca no-empírica”[3] (por llamarla de alguna forma).

A esta melancólica categoría pertenecen también, cómo dudarlo, todos los libros que Flannery O’Connor, devastada por el lupus, no consiguió escribir (y aquí pienso ante todo en la continuación de Los profetas, que mencionó varias veces en sus cartas): nos abruma, pertinaz, la idea de semejante riqueza perdida: si con apenas dos novelas y dos colecciones de relatos se ha insertado, inamovible, en el canon de la narrativa norteamericana, ¿qué obras maestras habría escrito si hubiese vivido, al menos, hasta los cincuenta? Nunca lo sabremos, desafortunadamente. Habiendo dicho eso, acaso sea posible encontrar algún consuelo en la lectura de su ingeniosa, prolífica correspondencia (reunida en español en el volumen El hábito de ser, Ediciones Sígueme, 2004), cuyos rasgos fundamentales intentaré dilucidar en este artículo.

Con la excepción de algunas cartas escritas cuando estudiaba en el célebre Iowa Writer’s Workshop, su actividad como epistológrafa se concentra en el período 1950-1964: los arduos, febriles años cuando, tras recibir el ominoso diagnóstico del lupus, se parapetó en una granja de Milledville (Georgia), en compañía de su madre y varias docenas de pollos (nadie dijo jamás que no fuese excéntrica) para pergeñar la extraordinaria narrativa que seis décadas después continua seduciéndonos y desconcertándonos.

Ahora bien, la correspondencia resulta, en cierto sentido, casi tan insólita como los relatos: textos de inaudita hibridez donde el humor negro más extremo (en ocasiones dirigido contra sí misma), las observaciones sobre literatura, las sofisticadas consideraciones teológicas, la minuciosa contemplación de su enfermedad y, en definitiva, las opiniones contundentes sobre cualquier tema se combinan –a menudo en la misma carta– para forjar un tejido inconsútil, complejo y fascinante.

Así, el 2 de agosto del 55: “me sobra el tiempo […] de hecho mi aflicción es el exceso de tiempo: la enfermedad consume casi toda mi energía, vivo en una granja y no recibo muchas visitas. Mi principal entretenimiento es criar pavorreales […] y también otras aves: Voy a convertirme en la mayor autoridad mundial en todo lo concerniente a pavorreales […] por lo demás también creo que solo existe una realidad y eso es todo. Sin embargo el término Realismo Cristiano se ha vuelto necesario para mí, quizás de forma puramente académica: una de las dificultades de escribir cuando eres cristiano es que para ti la Encarnación es la realidad suprema pero, por supuesto, nadie cree en la Encarnación; es decir, ninguno de mis lectores: mi principal audiencia son quienes piensan que Dios ha muerto”.

Teología, enfermedad, literatura, humor, pavorreales: sería inútil escrutar la historia literaria de Norteamérica en busca de otra artista verbal tan versátil, excéntrica e ingeniosa: Melville y Cormac McCarthy son, sin duda alguna, mucho más complejos (tanto en la arquitectura narrativa de sus obras como en la teología que estas, implícitamente, postulan), pero carecen, según creo, de cualquier rasgo ostensiblemente cómico; Faulkner –acaso el mayor novelista norteamericano que jamás haya existido– no era, ni mucho menos, refractario al humor –sus cartas rebosan de ingenio– pero sí a la teología… o al menos a cualquier articulación más o menos sistemática de argumentos teológicos: quizás sólo en Flannery O’Connor se manifiesta sin estridencias la afortunada combinación de tales rasgos.

No se trata, ciertamente, de un logro menor, en particular cuando consideramos la fuliginosa naturaleza de su ingenio: nada más alejado de la amable sátira, de los grotescos pero en última instancia inofensivos personajes de Kennedy Toole que los numerosos freaks representados en las narraciones de esta “tomista palurda”:[4] las cartas confirman, mediante una sofisticada argumentación (nadie más alejado que ella de la “espontaneidad” que ha arruinado a tantos escritores) un elemento de su poética sobre el cual nunca se insistirá lo suficiente: la peculiar noción de que “lo Cómico y lo Terrible son dos caras de una misma moneda”. Ahora bien, esta idea –sin la que sus relatos apenas resultan inteligibles– se basa en una teoría de la mímesis con profundas connotaciones teológicas y metafísicas: el así llamado Realismo Cristiano.[5]

Y es que la narradora sureña jamás se conformó con “narrar una buena historia”: hay mucho en ella de moralista y aun –por asombroso que resulte– de escritora didáctica, si bien no en el sentido que suele conferirse a semejante expresión: era una artista verbal demasiado refinada para permitir que su intensa religiosidad socavara la dignidad estética de sus obras. Sin embargo, es innegable que, efectivamente, intentaba provocar en su audiencia (“quienes piensan que Dios ha muerto”)[6] una epifanía negativa, fustigarlos para que cuestionasen su complaciente escepticismo (una empresa quijotesca, naturalmente, pero esa no es la cuestión). Desde esta perspectiva, es comprensible su predilección por esta enrevesada, sombría doctrina,[7] que le permitía articular historias investidas de gran densidad simbólica que al mismo tiempo podían ser leídas “con temor y temblor” incluso por quienes ignorasen con plenitud la teología cristiana.

Así, la correspondencia parece sugerir que todas sus narraciones desplegarían, como mínimo, tres niveles de significación: es posible, en principio, leer muchos de los textos como relatos de horror forjados con una técnica impecable, pero sin un sentido ulterior[8] (y, ciertamente, fue de esta manera que muchos críticos neoyorkinos, sin excluir aquellos que la admiraban, interpretaron A Good Man is Hard to Find, su primera colección de relatos).

En el segundo nivel, una lectura más atenta observaría, sin embargo, que las inquietantes historias trascienden la mera fabulación y se internan en el territorio del horror metafísico, pero –y esto me parece muy significativo– no necesariamente con un sesgo cristiano sino más bien todo lo contrario.

En el tercero, un crítico suspicaz podría detectar numerosos símbolos[9] con una dimensión teológica más o menos coherente, aunque sospecho que ella habría rechazado la existencia de cualquier ambigüedad en la urdimbre de su doctrina.[10]

Pero estos escalones (para utilizar una expresión cara a Walter Benjamin y los cabalistas) no agotan los significados posibles de sus artefactos narrativos: existe, según ella, un cuarto nivel (ostensiblemente el más profundo; también el menos verosímil): en este los relatos funcionarían como un poderoso revulsivo para conmocionar al incrédulo lector, para develar su Nada y conducirlo a cuestionar, siquiera parcialmente, sus opiniones sobre la estructura profunda de la realidad. Inútil añadir que esto último era mucho menos un hecho empírico (me sorprendería que alguien se haya convertido al cristianismo en los últimos dos mil años por haber leído una obra de ficción)[11] que un abrasador anhelo, pero sería difícil negar la vastedad de su ambición.

Por otra parte, no hay que imaginar a O’Connor como una diligente proveedora de mamotretos teológicos disfrazados de correspondencia: por el contrario, sus cartas se encuentran entre las más ingeniosas de la historia literaria norteamericana: “Estoy aprendiendo a caminar con las muletas y me siento como un enorme antropoide entumecido que no debería leer tanto a Aristóteles y Santo Tomás de Aquino […] de todas formas no me molesta tanto como a otros porque los deportes nunca me han interesado especialmente […] mi mayor esfuerzo y placer los últimos años ha sido arrojarle basura a los pollos […] sí, es magnífico vivir rodeada de pollos que no tienen la menor idea de que he publicado una novela”; y también: “el verano pasado me hospedé en casa de Caroline Tate, una mujer muy culta, enérgica y entusiasta que me intimida con su erudición […] según ella, mi problema es que no recibí una formación clásica […] y parecía decidida a rectificar esa ignorancia: tiene sesenta años pero cuando la visito me siento como si fuese su tía analfabeta”.

Previsiblemente, algunos de sus corresponsales (que, con algunas excepciones notorias — Robert Lowell, Robert Fitzgerald, Elizabeth Hardwick– no eran demasiado perceptivos) fueron incapaces de comprender que, junto a la religión y la literatura misma, el humor representaba nada menos que uno de los muy escasos instrumentos en su obstinada resistencia a la enfermedad: debió involucrarse en dilatadas explicaciones sobre el sentido profundo de sus bromas a lo largo de toda la correspondencia y deploró –en varias cartas a su más cercana amiga– “la desgracia de tener ingenio” en una granja del sur profundo, rodeada de pollos, vacas y fundamentalistas protestantes.[12] Pero quizá exageraba: es tan difícil imaginarla fuera del cinturón bíblico como a Faulkner viviendo en Delaware o a Cormac McCarthy en Manhattan: precisamente porque debió desempeñarse en un medio tan refractario a la literatura como el Deep South consiguió edificar tanto su obra narrativa como esta copiosa correspondencia: una auténtica obra maestra del género epistolar en la literatura anglosajona del siglo XX.

Flannery O’Connor (FOTO Joe McTyre)
Flannery O’Connor (FOTO Joe McTyre)

Notas:

[1] Murió con apenas treinta y siete años en un accidente automovilístico.

[2] A esa conclusión llega uno de sus más ilustres biógrafos, aunque, naturalmente, es sólo una conjetura.

[3] Utilizo aquí, mutatis mutandis, el dispositivo conceptual urdido por Valéry en Monsieur Teste.

[4] “Hilbilly Thomist”.

[5] Que, como es obvio, debe no poco al Realismo Fantástico de Dostoievski aunque, en rigor de verdad, O’Connor es mucho más grotesca que el novelista ruso.

[6] Una forma elegante de aludir a los innúmeros ateos que componen la mayoría de la civilización occidental.

[7] “No hay nada más duro ni menos sentimental que el Realismo Cristiano”.

[8] Algo así como: “Bueno, es una competente discípula de Faulkner que ha asimilado con destreza los códigos del Gótico Sureño”. Sin embargo, por elogiosa que pudiera parecer, O’Connor rechazó siempre semejante interpretación.

[9] O, al menos, eso afirmaba ella: como señaló Northrop Frye, la opinión del autor es sólo una entre tantas. Habiendo dicho eso, resulta difícil negar el enorme potencial alegórico de estos relatos (que la alegoría deba ser específicamente cristiana, empero, no es tan obvio, ni mucho menos).

[10] “Soy una católica del siglo XIII”, escribió en las cartas… y ya sabemos que el dogma cristiano en ese siglo se asocia con la rigurosa obra de Tomás de Aquino.

[11] Por otra parte, alguien cuyo nombre ahora me elude sostuvo que Thomas Merton se convirtió (¡y entró a un monasterio!) tras leer Portrait of the Artist as a Young Man, de Joyce: quizás la Literatura sea, después de todo, más poderosa de lo que pensamos.

[12] Henry James señaló la falta de sofisticación de Boston en el siglo XIX pero comparada con Milledville, Georgia (hacia 1954), la ciudad de Nueva Inglaterra comienza a parecer la cumbre del refinamiento estético y mundano.

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