Una foto de septiembre de 1932 muestra, de izquierda a derecha, a T. S. Eliot sonriendo con la cabeza ladeada; a Virginia Woolf, de cuyo gesto se infiere que antes o después del disparo de la cámara también sonrió; y a Vivienne Haigh-Wood, la primera esposa del autor, con una expresión impenetrable que de ningún modo es una sonrisa. Aparece ligeramente separada de T. S. y Woolf. Es mucho más baja que ellos. Viste una infantil bata de satén, se ha llevado las manos atrás y parece levitar sobre la hierba, como un fantasma.
“He aquí a Tom y Vivienne… –ella, tan salvaje como Ofelia, ay, ningún Hamlet la amaría […]—…; Tom, pobre hombre, atrincherado como de costumbre, pulcro, gris, haciendo amables bromas con ella… Luego sus altibajos y cambios… todo lo cual él soporta con gran paciencia: sintiendo quizá que sus siete meses de libertad se acercan”, diría Woolf de ese encuentro. Es su última foto juntos. Dos semanas después, el 17 de septiembre, Eliot marcharía a su natal Estados Unidos a impartir una serie de conferencias sobre literatura y crítica.
Desde hace algunos años, Yale University Press viene publicando, bajo el título The Letters of T.S. Eliot, el dilatado epistolario del autor de La tierra baldía y Los cuatro cuartetos. Hasta la fecha, diez volúmenes han visto la luz, el sexto de los cuales cubre esta decisiva temporada americana de Eliot (1932-1933). “El año más feliz que puedo recordar”, diría a su regreso. Una suerte de liberación que implicó separarse de Vivienne –su fe religiosa le impediría solicitar el divorcio–, musa de su primera etapa creativa. Una mujer que, en palabras de Theresa Garret Eliot, “lo destruyó como hombre, pero lo hizo poeta”.
Las amistades del matrimonio referían que la casa de los Eliot era un espacio prácticamente inhabitable, tenso e infeliz. “Dos personas muy nerviosas encerradas en una proximidad asfixiante”, refiere la escritora Elizabeth Bowen. Vivienne solía “imaginar desaires y provocar escenas embarazosas”, era dada “a períodos de retraimiento, agresividad y necesidad afectiva intensa”, y estaba sometida a tratamiento psiquiátrico. La poeta Edith Sitwell cuenta que, en una ocasión, saludó a Vivienne y esta la miró “con desconfianza y tristeza” y respondió:
—¿A quién cree que está dirigiéndose? No la conozco.
—No seas tonta, Vivienne, sabes perfectamente quién soy.
—No, no, usted no me conoce. Me ha confundido otra vez con esa mujer terrible que se parece tanto a mí… Ella siempre me mete en problemas.
Es sencillo conjeturar que Eliot estaba decidido a separarse de su esposa incluso antes del viaje. En marzo anterior había comentado a su hermano Henry la mala situación económica en que vivía; que “mantener” a Vivienne en Inglaterra era costoso, pero llevarla a América lo sería aún más, con el añadido de que entorpecería su trabajo. Concluía que necesitaba un descanso, que incluso “una vida muy activa le resultará reparadora si puede estar solo”.
No es hasta febrero de 1933, ya en tierra americana, que Eliot clarifica su decisión. En carta también a Henry Eliot deja sentado que, una vez en Inglaterra, “será mucho más difícil salir [de su casa] que mantenerse fuera”, en consecuencia, propone dirigirse a otro lugar y con ello evidenciar sus intenciones. Cree que no existe ya “ningún afecto lo suficientemente profundo como para tenerlo en cuenta”, pero prevé que Vivienne recibirá la noticia con miedo, de modo que se decanta por “un corte brusco y repentino” antes que prolongar durante meses una situación que solo generaría ansiedad y conversaciones interminables “mientras ella intenta acostumbrarse a la idea de que él no piensa volver”. Es un paso que ha contemplado durante años. “No sentiré otra cosa que alivio, y preferiría no volver a ver a V.”. Su razón es “obtener paz para trabajar y librarse del veneno de la incompatibilidad y la simulación”. Su matrimonio ha sido “una farsa espantosa”. “Como una mala novela de Dostoievski”, dirá luego.
Por este tiempo, la intuición de Vivienne comienza a actuar y escribe a su cuñado. Por si “algo le sucedía [a ella]”, dejaba en herencia todas sus posesiones a su esposo. Quiere asegurarse de que “el resto de la vida de Tom sea más feliz, más fácil y más seguro que lo que ha sido hasta ahora”.
Eliot es feliz en América, aunque de tanto trabajo a veces añora la tranquilidad de un hogar ideal. Deja varias anécdotas reseñables. En St. Louis dice a un reportero: “No creo que me guste escribir… no es una ocupación regular… Además, uno nunca está satisfecho con lo que hace. Creo que cierta presión, el no disponer de tiempo suficiente, es un estímulo necesario. Sin eso, no podría escribir”. Esta relación con el tiempo ha jugado un papel en la valoración de su matrimonio. Su estancia en América le ha hecho reflexionar en torno a su envejecimiento y a una vida junto a Vivienne que ahora considera “fútil”.
En una presentación de su inacabado Sweeney Agonistes en el neoyorkino Vassar College, Eliot menciona frente a un grupo de estudiantes que su poesía era “sencilla y directa” [“simple and straightforward”], el auditorio prorrumpe en risas y el autor reacciona con visible molestia. Llega a decir que California es un lugar horrible y “lo que más me desconcierta en este país es el materialismo de las personas virtuosas”. Su celebrado poema La tierra baldía, es “un refunfuño rítmico” [“rhytmical grouching”].
A finales de junio, Eliot regresa a Inglaterra. De acuerdo con su plan, pasa una noche en el Oxford and Cambridge Club de Londres, visita a su abogado para tratar su separación y luego viaja al sur, a Surrey, donde pasará los siguientes tres meses. Si bien había comunicado su decisión a Vivienne a través de su representante legal, omite la fecha de llegada para evitar ser recibido en la estación o en el puerto. Dos semanas después, sus abogados organizan una reunión formal de la que Vivienne dirá: “Él se sentó cerca de mí y yo tomé su mano, pero él nunca me miró”.
Vivienne se pertrecha en la negación. Concibe, como única posibilidad, el regreso sin paliativos de su esposo. Eliot, por su parte, se siente afectado cuando algún amigo común se vuelve “en contra” de Vivienne. Su decisión es irrevocable, pero su intención siempre ha sido organizar la situación de la manera menos lesiva al orgullo de su esposa. Desea que ella no pierda amistades por su causa, manifiesta a la aristócrata y amiga del matrimonio Ottoline Morrell, a quien, por su lado, Vivienne cuenta que lleva dos semanas “de terror absoluto”. “Tom corre algún tipo de peligro real”, dice. En vano, ha telefoneado a Geoffrey Faber –fundador de la mítica editorial Faber & Faber, jefe y amigo de Eliot– intentando averiguar algo sobre él. No sabe dónde está Tom, nadie lo sabe. “Muerto, loco o secuestrado”, dice creer Vivienne, como para hacer saltar las alarmas.
Lo cierto es que Eliot está de paso por la residencia de los Woolf. Según Virginia, se ve “diez años más joven… como un boy scout glorificado” y está “terso y brillante como una cochinilla”, aunque también percibe en él “algo de agua de pozo: fría y pura”. Woolf observa que él se está instalando, con cierta severidad, en su papel de “gran hombre”. Eran los primeros atisbos de lo que, décadas después, percibiese su amiga y pretendiente Mary Trevelyan: “un hombre en prisión, en gran parte construida por él mismo”, proclive a perderse en la ilusión de ser “un clásico viviente”.
Tras un período en que parecía resignada, Vivienne vuelve a suplicarle a Eliot que regrese con ella “bajo cualquier condición que él imponga”. Él no contempla ninguna opción que no implique vivir separados y arregla unos términos ventajosos para su esposa. Ella no acepta e insiste en un encuentro. Dice que su salud ha ido “deteriorándose rápidamente”. Pasa muchas horas sola, en un aislamiento que la desgasta, y siente que no podrá recuperarse hasta que lo vea. Sabe que él “no es cruel a propósito”, pero insiste en que “es cruel no venir, ahora que él sabe que ella está enferma”, que cualquier cosa podría ocurrirle. Le promete que su visita no interferiría con los arreglos legales. “No cerraré con llave la puerta principal mañana miércoles por la noche, así que entra sin vacilar”. “Por favor, ven en cuanto recibas esta carta…”. Eliot jamás volvería.
Carole Seymour-Jones, biógrafa de Vivienne, refiere que durante los años siguientes se desarrollaría entre ellos una especie de juego del “gato y el ratón”. Ella lograría “cazar” a su esposo en un par de ocasiones, una durante una feria del libro y otra por las calles de Londres. Él se negó a hablar con ella.
Una noche de julio de 1938, Vivienne fue detenida por la policía. Su inestabilidad nerviosa había alcanzado un punto crítico. Dijo que se escondía de “personas misteriosas”. Maurice Haigh-Wood, su hermano, escribe a Eliot: “Al parecer, Vivienne llevaba dos noches vagando sin rumbo… Estaba llena de las sospechas más descabelladas […] Me preguntó si era cierto que te habían decapitado”.
Fue internada en Northumberland House, un sanatorio cercano al barrio londinense de Finsbury Park. Eliot recibía informes sobre su estado de salud, pero nunca iría a verla por “recomendación de los médicos”, confesó años después a Valerie, su segunda esposa. Permanecía tranquila y leía mucho, y conservaba su antigua costumbre de acumular medicamentos y tomarlos de golpe, sin dosificarlos. Al parecer, uno de estos episodios le trajo la muerte nueve años después, el 22 de enero de 1947, a la edad de 58 años. Maurice dijo: “Nunca estuvo loca. Estoy tan seguro como el día en que nací”. Eliot reaccionó con profundo dolor y asistió al funeral.
Vivienne Haigh-Wood escribió en 1934: “La vida es como una caminata apresurada en la oscuridad: un tropiezo ciego. La muerte debe ser como abrir la puerta de una casa iluminada y decir sin aliento: «Bueno, he llegado, pero no sé cómo lo hice»”. Hoy descansa en el cementerio de Pinner, bajo una lápida que reza “29 de enero de 1947”, fecha que nadie se molestó en corregir.





