De la serie ‘Diez días en Mazorra’, Damaris Betancourt, 1998

En esa isla de extendidos reinados que ha sido Cuba en las últimas seis décadas el comandante Eduardo Bernabé Ordaz, director del hospital psiquiátrico de la capital solo conoció dos émulos que lo superaran en longevidad: el mismísimo Fidel Castro, quien estuvo al mando del país apenas unos meses más que Ordaz al frente del hospital psiquiátrico y la eterna Alicia Alonso con sus 71 años al frente del Ballet Nacional de Cuba. El prolongadísimo imperio de Fidel Castro sobre vidas y haciendas cubanas generó no pocos feudos, como el de Haydeé Santamaría primero y Roberto Fernández Retamar después al frente de la Casa de las Américas o Alfredo Guevara al mando del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). Pero ninguno, a excepción de la duquesa de los piruettes y de Rodrigo Álvarez Cambras al frente del hospital ortopédico nacional fue tan extenso, ni tan indiscutible como el de Ordaz sobre su ciudad de perturbados.

La fama del Comandante Ordaz provenía de la leyenda de haber convertido un “almacén de locos, donde la única cura posible era la muerte” en “un modelo para la psiquiatría mundial”. Así se cuenta en la hagiografía del Comandante-Doctor en Ecured, la Wikipedia oficial cubana. En ella también se enuncia el origen de su autoridad: a inicios de enero de 1959 Celia Sánchez, amante y factótum del Comandante en Jefe, le informó al anestesista de profesión que “Fidel le pedía que al llegar a La Habana se hiciera cargo del Hospital Psiquiátrico. [Ordaz] Solo atinó a decirle: «Yo no sé nada de psiquiatría, Celia. Lo mío es la anestesia». Y Celia le contestó: «Dice Fidel que tú eres el indicado, Ordaz»”.

Desde entonces, según la leyenda, Ordaz revolucionó el manicomio habanero como mismo el Máximo Líder al resto del país. Según cuentan los bardos oficiales en sus días de gloria Ordaz ejercía el poder absoluto su manicomio con paternal eficacia. A la escala reducida que le permitió su control sobre aquellas sesenta y dos hectáreas de país materializó obsesiones y caprichos. Fanático del béisbol, incluyó en la plantilla del hospital a algunos de los mejores jugadores de la capital del país, convirtiendo al equipo que representaba al hospital en uno de los más fuertes del campeonato provincial. Se aprovechaba de la simulación de amateurismo deportivo existente en Cuba para ofrecerles una coartada laboral a algunas de las estrellas del béisbol de La Habana y así disputarle un campeonato tras otro al equipo de la policía, donde estaban inscritos el resto de los mejores beisbolistas de la ciudad.

Para confirmar esa imagen benévola y patriarcal la Wikipedia local lo describe en la “primera etapa de su mandato” realizando “los acostumbrados recorridos por la instalación en un caballo moro que le obsequiara un amigo”. Con su barba cerrada, un sombrero tejano, sus guayaberas y el título de comandante, Eduardo Bernabé Ordaz parecía una réplica personalizada a pequeña escala del Comandante en Jefe. y el control absoluto del primero sobre Mazorra la mímesis del que ejercía el segundo sobre todo el país. Estas simetrías han dado lugar a analogías fáciles que oscurecen una realidad elemental: Mazorra funcionaba bastante mejor que el resto del país. Todavía un doctor que pasó su residencia en el hospital hace décadas recuerda que “la comida de los pacientes y trabajadores en general era especial porque Ordaz había creado un sistema de autoabastecimiento muy eficiente”. No por gusto el Comandante en Jefe incluía el hospital psiquiátrico como punto básico del itinerario que ofrecía a los mandatarios de visita en el país. (Quizás esta obsesión con convertir a Mazorra en institución-vitrina fuera la razón por la que en Cuba muchos chistes sobre locos tuvieran lugar durante supuestas inspecciones al hospital por parte del mismísimo Fidel Castro). Las leyendas urbanas que circulaban sobre la famosa institución también daban cabida a un lado bastante más siniestro, según el cual en dos de sus pabellones se recluía y torturaba a los disidentes, una leyenda que ha quedado demostrada a través de numerosos testimonios.

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Cubierta de ‘Diez días en Mazorra’, Rialta Ediciones, 2021

Cuando la fotógrafa Damaris Betancourt, ya afincada en Suiza, realizó su reportaje fotográfico del Hospital Psiquiátrico de La Habana a inicios de 1998 este todavía se hallaba bajo la férula bonachona del Comandante Ordaz. Betancourt, según nos cuenta en la introducción de Diez días en Mazorra (Rialta Ediciones, 2021), había viajado a La Habana bajo el encargo de “un influyente periódico suizo” de cubrir la histórica visita del papa Juan Pablo II al último reducto del ateísmo de Estado en el hemisferio occidental. La fotógrafa nos cuenta que al serle denegada la acreditación por el único delito de “ser cubana” se buscó un plan alternativo. No apareció otro más atractivo que fotografiar los predios de Eduardo Bernabé Ordaz. Con la autorización personal del comandante-director, Betancourt tuvo la posibilidad de recorrer y fotografiar todo lo que le permitiera la “sombra vigilante” que le asignaron como guía. La doble condición de local y “extranjera” le dio una ventaja única: acceder a donde a los fotógrafos locales generalmente no les era posible llegar y ser capaz de ver allí lo que alguien ajeno a la densa madeja de restricciones sobreentendidas que constituye la vida en Cuba pasaría por alto.

Esa doble condición de la fotógrafa explica la tensa ambigüedad del centenar de fotos que nos entrega su Diez días en Mazorra. La propia autora rechaza la comparación con el fotógrafo suizo Roland Schneider y el libro Zwischenzeit (1988) que compuso a partir de su propia experiencia internado en un hospital psiquiátrico. En Diez días en Mazorra no se trata de retratar la locura por dentro. O la experiencia hospitalaria desde la mirada de un paciente. Betancourt no pretende pasar por lo que no es. Juega con todas las cartas a la vista. El valor más visible de sus fotos es, en sus propias palabras, “precisamente su frontalidad: hacer que un rostro choque contra la cámara sin muchos adornos, de manera natural”. Quizás peque de modesta. La fotógrafa también tuvo que pasar por el recorrido básico destinado a los invitados extranjeros que incluía la visita a “los talleres de manualidades, a los campos de rosas, y la actuación del grupo de danza con el coro entonando una oda al comandante Ordaz”. Betancourt, metida en la piel de la fotógrafa extranjera que no es, consigue desviar la mirada de la exhibición oficial para sorprender la realidad del manicomio en lo que vale y no como pretenden que luzca. En tal sentido Diez días en Mazorra recuerda más las colecciones de fotos de Michal Huniewicz, Eric Lafforgue y Phillippe Chancel, cuando en sus visitas controladas a Corea del Norte consiguen captar el ridículo de las rutinas totalitarias. Betancourt retrata esa coreografía norcoreana que era la Mazorra de Eduardo Bernabé Ordaz como si Huniewicz o Chancel fueran nativos a los que por algún desliz burocrático se les permitiera ejercer por diez días el papel de fotógrafos extranjeros.

Es significativa la insistencia de la fotógrafa en el topónimo Mazorra. El nombre oficial de la institución era Hospital Psiquiátrico de La Habana, pero en el mundo real nadie lo reconoce por otro que por el de Mazorra. Ese era el apellido del propietario de la finca en la que en 1857 se fundó la Casa General de Dementes de la Isla de Cuba, concebida en sus inicios para encerrar a “los emancipados esclavos seniles, vagabundos y orates”. Desde entonces, Mazorra se convirtió en el sinónimo cubano de manicomio. Miles de almas acusadas de algún tipo de atolondramiento han sido encerradas en sus muros durante más de siglo y medio para tranquilidad del resto de la sociedad con independencia del régimen político imperante. Esto convierte a Mazorra en una de las instituciones laicas más antiguas del país funcionando en un mismo sitio. La insistencia de la fotógrafa en llamarle Mazorra puede ser su manera de recordarnos que dicho lugar fue una geografía antes de ser una política.

Es el libro de Damaris Betancourt un desfile de locos bajo control. Así sea momentáneo. La fotógrafa explica que “[m]i sombra vigilante se obcecaba en sólo mostrarme a locos felices”. Lo que sí aparece fuera de control es la locura que dirige las vidas de los pacientes, ese cálculo totalitario que intenta sacarle todo el partido posible a los pacientes. Esa “burocracia psicótica y loca” –de la que habla Carlos A. Aguilera en el magnífico ensayo que cierra el libro— igual dictamina cuál es el “paciente más destacado del mes”, que les impone a los enfermos el mismo discurso doctrinario que al resto de la población, sin que le importe su capacidad para asimilarlo. El totalitarismo cubano, como,en la definición básica de cualquier fanatismo, no solo es incapaz de cambiar de idea sino también de tema de conversación.

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A esa locura institucional Betancourt la retrata en la oficina del comandante-director que posa con barba, sombrero tejano y bata negra, junto a las paredes de su oficina empapeladas, literalmente, con diplomas a los infinitos méritos laborales de la institución y de su director. O en una pared cargada de banderas y gallardetes que proclaman al hospital el “más destacado a nivel nacional año 1976”, “Unidad vanguardia nacional”, “Vanguardia de la productividad en saludo al XI Festival”. O en una puerta asediada por las fotos de las máximas deidades del panteón revolucionario: Fidel y Raúl Castro y Celia Sánchez. Que esté la fotografía de Fidel Castro colocada justo encima del marco de la puerta en la que luce el letrero de “Psiquiatra” parecería un guiño juguetón sobre quien desempeñaba en aquella isla, entre tantas funciones, la de Psiquiatra en Jefe.

De la serie Diez dias en Mazorra Damaris Betancourt 1998 | Rialta
De la serie ‘Diez días en Mazorra’, Damaris Betancourt, 1998

Pero ninguna imagen representa mejor el impacto del bombardeo doctrinario en el cerebro de los pacientes que una del Che Guevara. En ella, Leonardo, paciente de la sala de “esquisofrenia [sic]”, a la cabeza icónica del retrato de Korda con boina estrellada, mirada transpuesta y melena hirsuta, le añade un esqueleto que sostiene en sus manos un Winchester, el famoso fusil que ayudó a conquistar el Oeste norteamericano. Acompañando esta apoteosis del vudú revolucionario aparecen un par de frases propagandísticas que el dibujo del esqueleto guerrillero intenta ilustrar: “Tu ejenplo [sic] vive tus ideas perduran”, “Tus restos son inmortales”.

Pero ¿qué son estos detalles ante la grandeza de una revolución que se ocupaba de redimir las mentes menos lúcidas? Publicar aquellas imágenes entonces le pudo parecer a Damaris Betancourt mera maledicencia fotográfica. ¿No era, después de todo, aquella ciudad de locos una de las pocas instituciones que funcionaban decentemente en un país que llevaba décadas desmoronándose?

Y entonces llegó el fatídico invierno de 2010 que mató veintiséis pacientes. El Gobierno y la prensa oficial trató el tema con su discreción habitual. O sea, no lo mencionó hasta que ya era un escándalo internacional. Solo entonces un escueto comunicado del Ministerio de Salud publicado en Granma explicó las muertes por “las bajas temperaturas de carácter prolongado que se han presentado (de hasta 3,6 grados centígrados en Boyeros, donde se ubica el hospital) y a factores de riesgo propios de los pacientes con enfermedades psiquiátricas”. Si podía culparse a la naturaleza y a las víctimas ¿para qué buscar otras razones? No obstante, las fotos de los muertos que se habían filtrado no daban mucho espacio a la duda. Mas que del cobarde frío habanero las víctimas parecían haber muerto de hambre. Las duras sentencias emitidas un año después contra las principales autoridades del hospital (15 años de prisión para el director, 14 para el vicedirector, 12 para la nutricionista principal y penas de entre 5 y 10 años para los otros diez acusados) parecían darle más razón a las fotos filtradas y a la prensa extranjera que al sobrio comunicado de Ministerio de Salud un año atrás.

En la tragedia del 2010, Damaris Betancourt –nos cuenta en el prólogo a sus Diez días en Mazorra— vio confirmadas sus sospechas “de que Mazorra era un lugar tenebroso”. Para ese entonces el comandante-director del hospital llevaba cuatro años muerto y hacía tres que el hospital llevaba el nombre de “Comandante Dr. Eduardo Bernabé Ordaz Ducunge”. La debacle del 2010 parecía confirmar la idea de que solo la personalidad y el poder de Ordaz pudo conjurar el desastre por tanto tiempo. Pero también servía para suponer lo contrario: que el poder absoluto que ejerció el comandante-doctor sobre aquella ciudad de locos, y su opacidad, permitieron abusos de los que la hecatombe del 2010 era apenas su punto más visible.

En cualquier caso, lo que examina con más detenimiento un libro como Diez días en Mazorra no es el legado de un funcionario público que estuvo en su puesto más tiempo del recomendable. De un lado, el libro es una visita sorpresa a uno de los últimos bastiones del fidelismo funcional, rara variante del experimento casi siempre descabellado que ha sido Cuba durante más de medio siglo. (La Cuba de hoy, con el ejército convertido en la corporación dominante del país, más que fidelista es trujillista). El Hospital Psiquiátrico de Ordaz era la vitrina del hombre nuevo guevarista, versión demente. El loco nuevo. Aquellos orates certificados que en los años setentas y ochentas eran los únicos cubanos que se atrevían a desafiar públicamente al Estado socialista (como para confirmar la idea de que solo a un loco podía ocurrírsele oponerse al Sistema) intentaban ser domesticados en Mazorra con terapia ocupacional, dibujos de los nuevos próceres y hazañas productivas en la emulación socialista. Las metáforas foucaultianas que pretenden convertir el caos capitalista en ordenado Gulag –desde la escuela al manicomio, pasando por la prisión– se hicieron carne en el socialismo real caribeño. Los micropoderes –desde el simple guardián del manicomio al del jefe de almacén y el no tan micro del comandante-director– se sintonizaron con el ritmo básico del Poder con mayúsculas para ejecutar la coreografía totalitaria. Una vez domesticados los instintos básicos de la sociedad, el totalitarismo, resignado a que su anhelo de control sobre la vida y mente de sus súbditos tiene límites, se convirtió en el imperio del simulacro. Hacer a los enfermos mentales parte de esta simulación tanto ideológica como productiva (la consigna laboral del socialismo real reza “ellos hacen como que nos pagan y nosotros hacemos como que trabajamos”) nos da una idea de la esquizofrenia totalitaria: un sistema perfectamente ineficiente en lo que respecta a capacidad productiva encomendaba una parte significativa de sus proyectos económicos a estudiantes adolescentes, a presos y a locos.

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Bernabé Ordaz, De la serie ‘Diez días en Mazorra’, Damaris Betancourt, 1998

No estoy seguro de qué estaría buscando Damaris Betancourt cuando en enero de 1998 fotografió Mazorra durante diez días. A juzgar por el tiempo transcurrido entre las fotos y la publicación, posiblemente ni ella lo tuviera del todo claro. Lo cierto es que ese algo siempre estuvo allí, atrapado por el instinto y la sensibilidad de la fotógrafa. Las fotos de Damaris Betancourt tienen, entre tantos méritos, el de sorprender a Mazorra justo el momento anterior o posterior a la representación de su papel como manicomio-postal. Como los famosos pasteles de Edgar Degas sorprendían a las bailarinas antes o después de convertirse en entes etéreos para satisfacción del público burgués. Pero si en algo la fotógrafa insiste es en sostenerle la mirada a los pacientes. Es en esas miradas, desafiantes, risueñas o zalameras, tan distantes de la resignación vacuna que tantos fotógrafos han retratado en los rostros cubanos de las últimas décadas, donde reside el valor último de este libro. En restituirles a los pacientes de Mazorra la dignidad que le han escamoteado décadas de exhibicionismo de Estado, haciéndoles repetir piruetas de locos domésticos. Miradas en las que constatamos la misma humanidad que la nuestra, con similares inquietudes, temores y esperanzas por mucho que los estallidos en el cerebro los agigantes. Miradas que nos recuerdan que el hecho de que sean ellos los retratados y nosotros los observadores es mera convención, mero accidente.


* Una versión reducida de este texto fue publicada en Letras Libres.

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Enrique Del Risco Arrocha (La Habana, 1967). Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana y Doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Nueva York (NYU), en donde actualmente se desempeña como profesor del Departamento de Español y Portugués. Ha publicado, entre otros textos, Obras encogidas (1992), Pérdida y recuperación de la inocencia (1994), Lágrimas de cocodrilo (1998), Leve Historia de Cuba (2007) y ¿Qué pensarán de nosotros en Japón? (2008), obra con la que ganó el V Premio Iberoamericano Cortes de Cádiz. Turcos en la niebla, su primera novela, obtuvo el XX Premio Unicaja de novela Fernando Quiñones en 2018 y fue publicada en 2019 por Alianza Editorial. Con el seudónimo Enrisco publicó una columna semanal en el diario digital Cubaencuentro por varios años y lleva un blog desde 2007.

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