Mexicana Tatiana Huezo cosecha éxitos con ‘Noche de fuego’, un potente filme sobre el control del cuerpo femenino en la cultura del narco

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Fotograma de ‘Noche de fuego’ (2021); Tatiana Huezo
Fotograma de ‘Noche de fuego’ (2021); Tatiana Huezo

Una ovación de diez minutos y una mención honorífica en el Festival de Cine de Cannes, han sido razones suficientes para que Noche de fuego (2021) –debut en el largometraje de ficción de la reconocida documentalista Tatiana Huezo– se convierta en el suceso fílmico más discutido de América Latina en estos momentos. Inspirada en la novela Payers for the stolen (Jennifer Clement, 2012), original literario del que apenas se toman algunos personajes y motivaciones argumentales, Noche de fuego ha gozado de una extraordinaria acogida internacional. A su exitoso palmarés se suman ahora los tres galardones que acaba de obtener en la 69 edición del Festival de Cine de San Sebastián: el Premio a Mejor Película Latinoamericana en la sección Horizontes Latinos, el Premio Otra Mirada de RTVE y el Premio AECI Cooperación Española.

La película vuelve sobre un tema abordado casi hasta el hartazgo en la cinematografía mexicana actual: la violencia desatada por la guerra del narcotráfico. Celebrada por la crítica desde el estreno de El lugar más pequeño (2011), Tatiana Huezo se había ocupado ya del tema en su documental La tempestad (2016). Por ello, este nuevo filme supuso el reto de no caer en los esquemas y lugares comunes que el compromiso social y el reflejo directo de la realidad social han moldeado en la ficción cinematográfica de su país.

Esta vez Huezo se adentra en una comunidad rural de las montañas mexicanas controlada por el narcotráfico. El crimen armado, y los conflictos entre el cartel que controla el pueblo y la dudosa autoridad militar, se han normalizado a tal punto que la cotidianidad transcurre en una atmósfera de terror. Definitivamente, el primer mérito del filme se halla en la sensibilidad expresiva con que la directora representa esa sensación constante de miedo que gravita sobre la comunidad: regula el transcurrir del tiempo y controla los cuerpos. Huezo moviliza con precisión el repertorio expresivo del cine para conseguir que Noche de fuego convoque desde la contención y el silencio; hay muy pocos diálogos a lo largo del metraje. Y es esa estrategia metafórica la responsable de que el filme ahonde en el estado de terror que define ese hábitat.

Fotograma de ‘Noche de fuego’ (2021); Tatiana Huezo
Fotograma de ‘Noche de fuego’ (2021); Tatiana Huezo

Nunca vemos directamente la violencia ejercida por los narcos, aunque la presencia ocasional de los mismos, o su inminente aparición, paute el devenir vital del poblado. La realizadora opta por una narración fragmentada en la que no se dibuja un conflicto retórico; la historia avanza en consecuencia con el agravamiento de la experiencia existencial de los personajes. Es la puesta en escena –el valor expresivo de los espacios y la condición alegórica de las situaciones– lo que define el ritmo interno de la narración. La edición responde eficazmente a ese interés enunciativo y, antes que tributar al raccord tradicional, dispone las escenas con atención a su potencial discursivo. Estrategia que reporta, además, eficacia en materia de exposición. También resulta especialmente elocuente el estilo fotográfico: una cámara en mano que se mantiene siempre cercana a los protagonistas, atenta a las emociones cifradas en sus gestos y acciones. Cuando el plano se abre para mostrar el espacio, esa geografía remota de México, lo hace menos en función de un interés plástico que en la búsqueda de una explicación física a la precariedad existencial de esos individuos. 

Noche de fuego teje su argumento a través del personaje de Ana, una pequeña de nueve años, y las experiencias vividas junto a sus amigas Paula y María. Las tres se mueven por la comunidad imbuidas en su mundo infantil, y escapan del terror circundante –para el cual están siendo entrenadas todo el tiempo– por medio del juego y la fantasía. Mientras Ana se divierte, su madre sufre ante el posible secuestro de la niña por los narcos. El argumento da un salto de cinco años aproximadamente, y conocemos a una Ana adolescente, que comienza a descubrir su condición de mujer. En ese tránsito, en los cambios que experimenta la mirada y el cuerpo de la muchacha, se concreta –en puridad– el gesto discursivo de la directora. Cuando niña, Ana burla la sensación de peligro constante, pero no deja de ser una víctima. La madre la viste con ropa de niños y la lleva a la peluquería para cortar su cabello. Masculinizar su apariencia, anular su condición de mujer todo cuanto sea posible, es su única estrategia de salvación. Cuando adolescente, Ana no puede ocultar más su feminidad, y empieza a vivir situaciones cada vez más atroces, emociones desconcertantes, experiencias trágicas. Su mirada infantil ha quedado desterrada.

Por este camino, Tatiana Huezo esculpe una perspectiva singular sobre la situación desatada por el tráfico de drogas en México. La película es un alegato sobre la economía del cuerpo femenino inscrito en el espacio dominado por la cultura del narco. En ese sentido es un filme absolutamente feminista, sin que en tal calificativo medie militancia alguna. Ana puede salir a jugar con sus amigas en la medida en que cancela/niega su cuerpo de mujer.

Tatiana Huezo despliega ante cámara, con una absoluta maestría en el manejo del repertorio expresivo –sobre todo en la instrumentación de los efectos especiales–, esos entornos de opresión donde las mujeres son mutiladas por un Otro que controla incluso sus subjetividades. Como consecuencia de ese poder, ellas están obligadas a reproducir una herencia de preterición, humillación y miedo constantes. Resultan especialmente elocuentes esos instantes de diversión (una fiesta, un juego…) en que la violencia y el terror irrumpe para recordar que no hay felicidad posible para estas vidas. Allí donde explora el universo de la niñez y la adolescencia femeninas mientras son atravesadas por la violencia del narco, Noche de fuego alcanza una plenitud discursiva y estética extraordinarias.

Fotograma de ‘Noche de fuego’ (2021); Tatiana Huezo
Fotograma de ‘Noche de fuego’ (2021); Tatiana Huezo

El más auténtico gesto de la directora se localiza en la construcción de su personaje protagónico. Ana observa con atención el mundo que la rodea –la cámara se detiene en su mirada continuamente–. Ni de niña ni de adolescente ella se doblega. Ana es un símbolo de resistencia.

Tatiana Huezo arriba al largometraje de ficción con una película excelente que demuestra –una vez más– la potencia con que las mujeres se inscriben en el panorama fílmico de Latinoamérica, y en general la calidad estilística del cine contemporáneo en la región. Su película parte de un agudo compromiso político que, lejos de atentar contra la condición artística, multiplica su alcance estético.

Noche de fuego es un filme sintomático que, sin embargo, tiene la capacidad de subvertir todo lugar común.

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Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.

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