Roberto Madrigal conversa sobre su más reciente libro: “Fui testigo de una época sin testimonios”

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Roberto Madrigal (cortesía del entrevistado)

En el año que acaba de terminar, la editorial Casa Vacía incorporó a su catálogo Diletante sin causa. Textos sobre cultura y represión, un libro de Roberto Madrigal (La Habana, 1950), escritor cubano residente en Estados Unidos.

El volumen acoge una selección de trabajos publicados por el autor en el blog homónimo que mantuviera durante casi una década. En el prólogo, Madrigal comenta que estos son “trabajos escritos con la urgencia de reflexionar, comentar y aportar sobre hechos inmediatos, con la prisa de rescatar del olvido eventos y personajes que merecen atención y mejor entendimiento”. Pero los textos de Diletante sin causa… dejan ver un proceso de búsqueda e investigación, y una intencional construcción de sentido, que invita a los lectores a explorar experiencias artísticas y culturales (no sólo cubanas), que no se ofrecen fácilmente al individuo. En esas experiencias Madrigal registra ejemplos de la compleja relación existentes ente la vida individual y la estructura social, entre el individuo y el poder.

Algunos de los textos agrupados en el libro narran las experiencias de Roberto Madrigal en Cuba antes de su salida por el puerto del Mariel. Estos pasajes puntuales cuentan entre los más estimulantes de la compilación, porque recuperan la memoria histórica de una época que ha sido escamoteada por el poder político. El autor trata de entender un periodo histórico y un proceso social por medio de una mirada sobre sí mismo: en la mayor parte de los trabajos incluidos en Diletante sin causa…, Madrigal coloca su yo en el texto sin que la apertura al dominio de su subjetividad atente contra la rectitud del análisis. Al contrario, tal involucramiento personal contribuye a enriquecer particularmente la escritura.

Quizás Madrigal asuma el repertorio de temas abordados en el libro desde la perspectiva de un diletante, como él mismo se apresura a apuntar en el inicio del prólogo. Ahora, la nutrida documentación de estas páginas, la riqueza asociativa con que el autor maneja la información, la capacidad con que dimensiona un suceso particular al nivel de una abstracción, el dominio que evidencia de la escritura, acodada en un preciso sentido de la comunicación, son índice de un trabajo asentado en la cultura. La destreza con que Madrigal se mueve de la literatura al deporte, del cine a la Historia…, develan a un hombre seducido por el conocimiento y las ideas. Y esa es una sensación que, perceptible en la textura y el ritmo de la prosa, hace estimulante y reveladora la lectura de Diletante sin causa…

ÁNGEL PÉREZ

En el prólogo a Diletante sin causa…, comentas que los textos reunidos en el libro provienen del blog homónimo que abriste en diciembre del 2010. Hacia principios de este siglo, el formato blog posibilitó un espacio capaz de generar nuevas formas de participación en el campo intelectual de la isla, al punto de “reactivar” el periodismo cubano. Me gustaría que comentaras un poco acerca de tu experiencia con el blog.

El blog fue una experiencia extraordinaria. Dada la flexibilidad de su formato, se podían hacer muchas cosas con él, desde una especie de revista hasta un foro de opiniones. Para alguien como yo, que experimenté la censura total desde temprano, se me abrieron las puertas para publicar lo que quisiera sin necesidad de intermediarios y con el ambivalente beneficio de la inmediatez. Yo tenía la experiencia de haber editado una revista (Término, 1982-84) en la cavernaria era predigital y mi primera intención fue crear una especie de semanario con trabajos de otros escritores y periodistas, pero no quise esperar mucho y decidí convertirlo en una suerte de columna de opinión, en donde podía mezclar literatura con periodismo, con ensayos breves a la Montaigne y utilizar lo anecdótico como fuente de reflexión histórica. Fue muy interesante poder saber desde dónde te leían, recibir feedback de los lectores y saber que uno podía ser un provocador intelectual sin necesidad de apoyo institucional. También traía muchas responsabilidades. Había que cuidar lo que se escribía y la ausencia de editor obligaba a revisar mucho la escritura. Pero eso es también un excelente ejercicio para el escritor. Fueron casi nueve años agotadores pero fructíferos. Luego Facebook fue creciendo como una plataforma a la cual la gente acudía más, una plataforma que requería una atención más breve y una condición más efímera.

¿Por qué decides agrupar ahora las crónicas, reseñas, críticas… en formato de libro?

Rara vez me releo, pero me puse a revisar algunas cosas y me di cuenta de que, si seleccionaba varios trabajos de los 250 que aparecieron en el blog, que pudieran estar relacionados por uno o varios temas comunes, ahí tenía un libro. Escogí aquellos que tuvieran afinidad temática respecto a la represión cultural, a través de los cuales pudiera dejarse un testimonio de la Historia a través de las pequeñas historias. También, en el formato de libro, esa coherencia cobra más fuerza, pienso yo, que no crecí en la era digital. Los trabajos en el blog, aunque permanecen por largo tiempo, se vuelven dispersos. Creo que esa unidad temática incluso realza el valor individual de cada texto.

De manera más o menos directa, según el artículo y el tema que te ocupa, un asunto que atraviesa el libro –y al que Diletante sin causa… invita a reflexionar– es el lugar del intelectual en la cultura cubana de las últimas décadas. En “El debate intelectual” llegas incluso a dar una posible definición. ¿Pudieras indagar al respecto?

Desde muy al principio del supuesto proceso revolucionario se le dio al intelectual una importancia de la cual nunca había gozado, tanto al elevarlo ofreciéndole la legitimidad que concede el poder, como al censurarlo, reprimirlo y ningunearlo, que es también una forma de brindar relevancia. El debate intelectual fue inmediatamente secuestrado, sobre todo tras el discurso de Fidel Castro, infamemente conocido como “Palabras a los intelectuales”. A partir de ahí, el derecho a debatir se limitaba a aquellos designados o aprobados por las instituciones culturales, todas ligadas al gobierno. Siempre se han reservado el derecho a decidir quiénes son intelectuales y qué instituciones pueden promover un simulacro de debate. A pesar del surgimiento de las redes sociales y los nuevos mecanismos de información, se siguen aferrando a ello. Eso se ve clarísimo tras los sucesos del 27N, el Movimiento San Isidro y ahora el 27 de enero. Todavía citan ese discurso de Castro como fuente de inspiración de la “diversidad intelectual”. La legitimidad del debate intelectual no tiene que venir del poder. Desgraciadamente, muchos destacados intelectuales cubanos han optado por servir a esa narrativa o han callado atemorizados. Muchos aceptan esa oficialización del discurso intelectual, como algo legítimo.  Esa obediencia implica colaboración, como diría Hannah Arendt. Fíjate que una de las respuestas a estos nuevos movimientos es decir que no son en realidad artistas, ni escritores, ni intelectuales. Temen perder el control total de la cultura.

Otro asunto que emerge continuamente entre las páginas del libro es la cultura cubana de la diáspora. ¿Qué lugar crees que esta ha jugado y juega en el campo cultural contemporáneo insular?

Cuba tiene una larga historia de grandes escritores exiliados desde Heredia, Martí, Villaverde y Varela, hasta llegar a Baquero, Cabrera Infante, Lydia Cabrera, García Vega y Reinaldo Arenas, sólo por citar algunos. La diáspora siempre ha enriquecido a la cultura cubana y hoy es donde se producen los verdaderos debates intelectuales, libres y sin compromisos, se publican numerosas revistas y libros. Gracias a la revolución digital y a Internet, existe una comunicación entre los escritores y artistas emigrados y los de la isla que no aceptan la domesticación estatal, que no había existido antes y eso sirve para enriquecer la cultura y para que muchos pierdan el miedo. De hecho, para muchos escritores y artistas, permanecer en Cuba era su única posibilidad de aspirar al Panteón cubano. Esa idea se está haciendo trizas. Me atrevo a decir que la mayoría de los intelectuales y artistas cubanos más importantes se encuentran fuera de Cuba.

Textos sobre cultura y represión es el subtítulo de Diletante sin causa. ¿Pudieras explicar tu perspectiva sobre esa relación y cómo se materializa en el libro?

La cultura y la represión, en fin, la represión cultural y la cultura represiva han sido siempre temas de mi mayor interés. En gran parte porque sufrí la represión directamente, ya que pasé de la adolescencia a la adultez en el periodo más duro de represión cultural en Cuba. Toda mi obra ha sido hecha fuera de la isla. Por lo tanto, a la hora de seleccionar los textos me interesó reunir aquellos que tuvieran el hilo común de la represión cultural, tanto la de Estado como la de los grupos editoriales. Aparte de anécdotas personales y análisis sobre la censura en Cuba, también aparecen escritos sobre personajes que la sufrieron en otros lares, como Robert Lowry, Vera Chytilová, Harriet Beecher Stowe y hasta el ajedrecista Victor Korchnoi. Me interesó reflejar esa represión sobre la cultura llevada por razones ideológicas y políticas, que no tienen nada que ver con el arte y la cultura.

Pareces tener un particular interés por abordar la vida (o ciertos perfiles de la vida) de personalidades “excéntricas”, provengan lo mismo del deporte, del arte, de la literatura, de la política… ¿Encuentras ahí una posibilidad para mirar ciertos márgenes de la Historia, márgenes que la experiencia individual te ofrece?

El personaje del marginal es algo que me atrae enormemente. De hecho, me considero uno. Hay muchas razones por las cuales somos marginados. Ese individuo “excéntrico”, que no se acomoda a las convenciones sociales, o a los lineamientos políticos e ideológicos en un estado totalitario, o simplemente a la moral aceptada, al ser marginado, dice mucho de la sociedad. El ser humano en general, se resiste a la diversidad, busca la homogeneidad grupal, tiene propensión a la mentalidad de rebaño. En el marginal, la sociedad proyecta sus temores, sus complejos, sus rencores y sus frustraciones. La forma en que miramos al marginal y las razones del marginalismo, iluminan mucho la comprehensión de la historia. Por otra parte, conocer marginales ha sido normal para mí, casi una circunstancia vital.

Quizás la zona que me interesa más de Diletante sin causa… sea aquella donde vuelves sobre tu experiencia en Cuba antes de salir hacia los Estados Unidos. Hay ahí una suerte de (re)escritura de la memoria histórica revolucionaria desde la memoria personal. ¿Pudieras comentar un poco sobre estos pasajes del libro?

Mi interés por el cine y la literatura comenzó en 1968, un periodo horrible para la cultura en Cuba, durante el cual el gobierno y sus notarios trataron de solidificar y vender, tanto al resto del mundo como a los propios cubanos, que nación, país y estado eran sinónimos envueltos en una densa capa ideológica monocromática. La etapa que va desde 1967 hasta 1980, momento en que me pude ir, está narrada desde un solo punto de vista. De esa época, hasta ahora, sólo se ha contado con la historia oficial. No hay otra documentación disponible. Pienso que es una responsabilidad de los testigos que la sufrimos, presentar una alternativa para que se conozca la verdad. No crear un discurso histórico maniqueo en oposición al que vendió el régimen, que no sería más que su imagen especular, sino testificar a través de las pequeñas historias vividas y observadas, que poco a poco, si se suman, van constituyendo el proceso de erosión necesario para desmantelar ese falso andamiaje que construyeron con mucho cuidado. Es la única forma de mostrar la complejidad de la realidad que se vivía en tiempos en los cuales querían hacer creer que aquello era una epopeya a la caza de una utopía por la cual todos se sacrificaban y los que no, eran unos traidores. Como concluyo al final de la introducción: “Fui testigo de una época sin testimonios”. Creo que es una responsabilidad moral de todos los que vivimos y sufrimos esa etapa, no dejar que se pierda entre el olvido y la nostalgia.

Puesto que ambas cosas afloran en varios momentos del libro, quisiera que comentaras ahora acerca de tu experiencia en la revista Término, y con ella, del acontecimiento Mariel.

Yo estuve asilado en la embajada de Perú y varias semanas más tarde salí por el Mariel. Conmigo llegó una gran cantidad de escritores y artistas, la mayoría entonces eran desconocidos debido a la represión política, otros habían publicado muy poco, pues habían sido inmediatamente censurados y otros, como Arenas, ya tenían las puertas cerradas en la isla y venían buscando espacios de libertad. Al principio no fuimos bien recibidos por las generaciones anteriores. Teníamos una gran necesidad de recuperar el tiempo perdido. Inicialmente publicamos en los pocos medios disponibles entonces, pero en cuanto pudimos reunir unos centavos (no muchos), Manuel Ballagas y yo, que vivíamos puerta con puerta aquí en Cincinnati, junto a otro grupo de amigos, como Orlando Alomá, Jorge Posada, Esteban Luis Cárdenas y Ricardo Oteiza, decidimos fundar una revista, a la que nombramos Término.

El primer número salió en octubre de 1982. La idea era publicar principalmente a todos aquellos que habían sufrido censura en Cuba y que recientemente habían llegado a estas playas. Había mucha gente dispuesta a colaborar. Con el paso del tiempo también se incorporaron escritores de otras generaciones y otras oleadas migratorias, como José Kozer, José Mario, Enrico Mario Santí, Pío Serrano y Estelle Irizarry. También se sumaron escritores de otros países, como Allen Ginsberg, Julio Ramón Ribeyro, Rubí Arana y Daniel Moyano, entre muchos otros. Casi todos los redactores de la revista Mariel, que salió un poco después que Término, publicaron también en nuestra revista, como Arenas, García Ramos, Carlos Victoria, Valero y Juan Abreu. La revista fue ilustrada por Reglo Guerrero, Carlos Alfonzo y Juan Boza, entre otros. Invitamos a colaborar a residentes en la isla que habían sufrido la misma censura que nosotros, pero dadas las difíciles circunstancias y los riesgos, sólo el poeta y artista Nicolás Lara se atrevió a enviar una colaboración. Se hizo en condiciones impensables hoy. Salieron ocho números en dos años. Fue un período de gran actividad creativa. Desde La Habana enviaron a sus tropas de avanzada cultural a contrarrestarnos en las universidades americanas y europeas, a intentar detener el avance de la creatividad desatada. Nos ninguneaban en la isla y salían a atacarnos en el extranjero.

Cubierta de ‘Diletante sin causa. Textos sobre cultura y represión’, Editorial Casa Vacía, 2020.

Una última pregunta. Diletante sin causa fue publicado por la editorial Casa Vacía, una de las experiencias editoriales más significativa de los últimos años en la diáspora cubana, como deja constatar su catálogo. Me gustaría saber tu opinión sobre la radicalidad con que este y otros proyectos editoriales fuera de la isla están incidiendo en la escena literaria cubana.

Casa Vacía es una de las más serias y selectivas casas editoriales con que cuentan los cubanos en el extranjero. Me honra ser parte de su catálogo. Junto a otras iniciativas editoriales como Hypermedia, la misma Rialta, Exodus y Puente a la Vista, están abriendo posibilidades de publicación a los escritores cubanos que por obra y gracia de las gestiones y manipulaciones políticas de la dirigencia de la isla, no encontraban casa en otras partes. Estos esfuerzos editoriales romperán los límites geográficos que allá quieren imponer a la cultura. Comienzan a sentir que están perdiendo el control total de la cultura cubana, que siempre han pretendido. Se aferran a un discurso gastado y viejo, pero ya no pueden impedir el impulso que está ganando la cultura cubana con todas estas propuestas editoriales. Ya en esas editoriales pueden publicar los emigrados y los que residen en la isla y pierden el miedo, sabiendo que no tienen que limitarse a la obediencia ni a las ya escasas oportunidades editoriales que ofrece el Ministerio de Cultura y sus instituciones dependientes. El panorama editorial y, por tanto, el cultural de la diáspora se enriquece por días y, de nuevo, gracias a los medios digitales, la cultura cubana podrá navegar cada vez más libremente entre una y otra orilla.

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ÁNGEL PÉREZ
Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.
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