Sol Berruezo Pichon-Rivière, una revelación del cine argentino

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La joven cineasta argentina Sol Berruezo Pichon-Rivière

Una de las películas latinoamericanas más celebradas por la crítica en 2020 ha sido Mamá, mamá, mamá, ópera prima de la realizadora argentina Sol Berruezo Pichon-Rivière. Con sólo 24 años, esta mujer ha dirigido un filme que destila madurez tanto en el manejo del lenguaje cinematográfico como en la inteligencia con que ahonda en el mundo existencial de los personajes. Deudor de la tradición fundada por Lucrecia Martel, Celina Murga y otras creadoras de la región, Mamá, mamá, mamá conjuga una radical transgresión de la dramaturgia clásica y un iconoclasta manejo de los recursos expresivos, con un imaginario femenino que devela un universo de percepciones, sentimientos y emociones propios de las mujeres.

Galardonada con una Mención Especial del Jurado Internacional de la sección Generation KPLUS del Festival de Cine de Berlín, esta película cuenta con un exitoso recorrido internacional, con participaciones en prestigiosos festivales como San Sebastián, Seoul International Women’s Film Festival, International Film festival Mannheim-Heidelberg, entre otros. Además, estará compitiendo en el concurso de Ópera prima del Festival de Cine de La Habana en el próximo mes de marzo.

El tipo de sensibilidad que pulsa el estilo de Mamá, mamá, mamá ha sido asociado, por parte de críticos e investigadores, al universo propio de lo femenino. Y, ciertamente, el excelente empaque de este filme, la organicidad con que su instrumentación minimalista del repertorio expresivo comunica acerca de la realidad aludida en la trama, la posicionan en un lugar de estima entre las obras realizadas por mujeres en los años recientes. La aventura cinematográfica emprendida por Sol Berruezo Pichon-Rivière metaforiza perfectamente la potencia estética que distingue en la contemporaneidad al cine perpetrado por mujeres; además, vuelve a evidenciar el grado de cualificación del cine latinoamericano y la fecunda experimentación que le asiste.

Mamá, mamá, mamá narra dos días en la vida de un grupo de niñas, después de que una de ellas, Cleo, pierde a su hermana ahogada en la piscina de su casa. La película se emplaza en una quinta durante un caluroso verano argentino; todo el metraje nos sitúa en ese entorno claustrofóbico, observando los detalles que conforman dicho espacio, contaminado por el dolor y el descubrimiento de sí mismas por parte de las niñas. Mientras la madre de Cleo permanece la mayor parte del tiempo encerrada en su cuarto, deprimida por la pérdida de su hija menor y acompañada por su hermana, Cleo pasa el tiempo con sus primas entre juegos e incertidumbres que la asechan. En medio de estas circunstancias, las horas se dilatan, y Cleo sufre el dolor de no poder ver más a su hermana y de descubrir el estado en que se encuentra su madre, al tiempo que comienza a experimentar en su cuerpo las primeras transformaciones de la adolescencia.

Ese duro momento por el que atraviesa la familia es observado desde la perspectiva de las pequeñas, quienes impregnan toda la historia de su imaginario y sus fantasías. Los adultos son enfocados con cierta distancia; están presentes siempre, pero, al mismo tiempo, están ausentes del universo de las niñas. Asistiremos durante el filme a la primera menstruación de Cleo, a retozos y juegos de muy diversos tipos, a conversaciones y actividades típicas de la edad de cada una de ellas –la mayor de las primas tiene quince años y Cleo tiene doce–, instantes todos en los que se trasuntan el cosmos de la pubertad y los códigos particulares de la niñez, donde el descubrimiento de la sexualidad y de la condición de mujer se muestran como parte de un universo plagado de confusiones, miedos y angustias.

Sol Berruezo Pichon-Rivière ha rodado una suerte de coming of age, donde la observación de gestos, diálogos, acciones aparentemente intrascendentes conforman el cuerpo del relato. En algún momento, llegan a la casa la abuela de Cleo y una empleada suya con su hija, quien le contará al resto de las niñas acerca de las desapariciones y secuestros ocurridos a chicas de su edad. En las reacciones que ellas tienen a tales comentarios se filtran los miedos que un mundo heteropatriarcal gestiona en torno a las mujeres y los estereotipos que crea. Gracias a la eficaz cualidad sensorial de la película, el espectador es sumergido en determinadas particularidades de la femineidad durante la niñez. Y de este modo, Mamá, mamá, mamá reflexiona sobre la cimentación de una identidad en ese momento de transformaciones tan intensas.

Efectivamente, en Mamá, mamá, mamá es posible apreciar una articulación de la trama y un modo de focalizar las voces de los personajes muy propio del legado que ha ido urdiendo el feminismo en el cine. Siendo un filme sobre el imaginario de las niñas y de su tránsito a la adolescencia, la organización del relato responde precisamente a la percepción del mundo que tienen estos individuos. La directora ignora, de entrada, todo principio de identificación con los personajes, propio de la gramática estandarizada por el cine clásico hollywoodense, y opta por una suerte de rebeldía expositiva que extiende en el tiempo las acciones y conversaciones de los personajes sin que tengan verdadera importancia en términos dramáticos.

Más que dramática, esta es una narración argumentativa que contempla, con todo el intimismo que la anécdota demanda, una experiencia de vida. Ese principio de progresión que tiene por norma la lógica de causa y efecto le es indiferente por completo a esta joven cineasta, quien privilegia un encadenamiento más elíptico, vinculado a una estructura emparentada con el ritmo de la cotidianidad, de las conversaciones ocasionales o de los mecanismos de funcionamiento de la memoria, como sugería Lucrecia Martel al intentar explicar la sintaxis de sus películas.

Nos enfrentamos a una exposición continua que modela el sentido, no por medio de acciones dramáticas, sino a través de la contemplación del ambiente, de los objetos, de las situaciones y conversaciones espontáneas o de las rutinas cotidianas en que están inmersos los personajes.

Todo lo anterior hace que la trama de esta obra resulte elocuentemente minimalista, envuelta en un tono introspectivo que extiende en el tiempo el conflicto psicológico de la protagonista, relacionado con la crisis propia de la pubertad y el duelo por la muerte de la hermana. El argumento deviene el acaecer de una serie de pequeños eventos, aunque todo el tiempo la atmósfera está cargada de la tensión resultante de la trágica muerte de la hermana menor de la protagonista.

Decía antes que la crítica ha vinculado esa propensión a la desdramatización –el término es operativo, frente a la alta formalización dramática del cine mainstream— a la reivindicación de lo femenino, en tanto se mira como la negación de un cine fuertemente sujeto a una interpretación masculina del mundo. Estas son también razones esgrimidas por Sol Berruezo Pichon-Rivière, quien decidió realizar el filme con un equipo integrado casi en su totalidad por mujeres para defender atributos y valores propios de lo femenino.

Mientras los personajes de Mamá, mamá, mamá hablan o hacen algo, la cámara se ocupa de encuadrar, en planos casi siempre volados, un ventilador que gira o un televisor encendido que nadie mira. Toda la película está plagada de tomas subjetivas relacionadas con la percepción de los personajes, y que poco o nada tienen que ver con las cualidades dramáticas de la historia.

La fotografía es extremadamente comunicativa. Es preferentemente estática, con un cuidado diseño compositivo, pero regido por un código heterodoxo que tiende a los planos bajos, cortantes, angulares… Otros aspectos relevantes son el montaje y el sonido, ambos encauzados a potenciar la atmósfera aturdida del lugar. Es impactante la elocuencia con que los cortes secos interrumpen las acciones para pasar a planos detalles de objetos o espacios –como el césped mojado, un cake con hormigas– o a planos fijos sobre los que se acentúan sonidos como el ruido de los mosquitos, que dotan al filme de una corporeidad capaz de metaforizar la niñez y la preadolescencia como un periodo en crisis.

Mamá, mamá, mamá es una película sumamente interesante, en la que la exploración de la niñez ante el impacto de una pérdida familiar condiciona la propia experiencia cinematográfica. En lo adelante, habrá que poner atención al trabajo de esta joven realizadora, que ha entregado con veinticuatro años una verdadera obra de vanguardia.

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ÁNGEL PÉREZ
Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.
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