Fotograma de 'Sparta', Ulrich Seidl dir., 2022
Fotograma de 'Sparta', Ulrich Seidl dir., 2022

No es casual que la última entrega del director austriaco Ulrich Seidl tenga por nombre Sparta (2022), pues, aunque parezca intrincada dado su tramado anecdótico, se trata de una película sobre la superioridad. Dotar la cinta con el título de una de las polis griegas más relevantes por su poderío militar hace un guiño claro a la evidente analogía que establece la superioridad económica de Austria sobre Rumania. La filmografía de Seidl es un tapiz complejo donde el director nos invita a formar parte de la experiencia de enfrentar contradicciones y angustias de la naturaleza humana, mientras realiza en pantalla un sondeo de conciencia. Seidl en sus entregas anteriores, por ejemplo, en su trilogía Paraíso (Amor, Fe y Esperanza) nos exige la acción de afrontar la complejidad de sus personajes entregando una puesta casi documental si se quiere, por su manera de abordar el acto fílmico. En Sparta teje una cinta abrumadora e inquietante, aunque carece de un sólido guion. En ella desentraña los abismos de un solitario pedófilo que convierte una escuela abandonada en una fortaleza infantil a la que pone por nombre Sparta, con la particularidad que desde el inicio a esta Esparta la cercan las murallas, a diferencia de la polis griega. Y se nombra a sí mismo profesor de judo. Una lectura atenta de la cinta nos permite trabajar con la decodificación de los espacios, pues el recinto de una escuela se ha trocado en un espacio peligroso y extraño, una heterotopía –en términos de Foucault– que arropa en silencio el cortejo perverso de un predador que danza al compás del metraje poniendo al espectador en tensión absoluta.

A nivel anecdótico la cinta está basada en la vida de Ewald, un austriaco que vive en Rumania. A inicios del metraje trabaja de manera profesional y está a punto de casarse. El personaje aparece siempre bien vestido, contrasta un poco con el apagado y mustio aspecto de la ciudad donde reside. Usa jeans y abrigos muy nuevos, que se notan en la lúgubre paleta de colores de la cinta. Durante la primera parte del filme se nos presenta al personaje que decide ir a una taberna donde los locales cantan canciones en rumano para ahogar las penas. En esa escena Ewald es visto como un outsider, y esta idea se mantiene a lo largo de toda la cinta y entabla una relación con un tema que subyace en ella, la dominación económica que ejercen ciertos países cuyo poderío económico es más fuerte. En su estrato anecdótico algunas articulaciones del guion no están del todo logradas, pues Ewald se nos presenta en una relación afectiva y a punto de casarse con una chica, de la cual nunca conocemos su nombre. Esta mujer objeto, representa precisamente el actante que coloca Seidl en la historia para que se desencadene el areté de su antihéroe. Resulta un poco vacuo, y aquí el guion de Sparta cojea al pretender que la anagnórisis de este personaje ocurra precisamente mientras se escaquea para evitar tener sexo con su novia pues no está atraído por ella.

Esta torpeza del guion el austriaco la remonta al tejer los hilos de su historia en el retrato de un pedófilo que trata bien a los niños, mientras estos son un poco dejados de lado por sus padres.

En esta intención, la película también ofrece si se quiere una mirada “colonia/imperial” que nos permite extrapolar el concepto del white savior, con la particularidad de que aquí todos los personajes son blancos. Sólo que Ewald representa un tipo de blanco superior que sin más desarrollo en el guion puede un día simplemente decidir no trabajar más, e ir en prosecución de su deseo. Un personaje sin pasado, pero austríaco, quien insiste a lo largo de la cinta no ser hábil en el idioma rumano, puede permitirse estos excesos mientras ronda y cerca a los habitantes de un pequeño pueblo de la empobrecida Rumanía.

Nada se sabe de la vida de Ewald. Ulrich nos presenta la historia de un hombre de pasado escueto, que se ancla en la tierra visitando a su padre anciano en un centro de salud, y recordando con él canciones de infancia. Cuando la película viaja a este territorio, utiliza ciertos recursos estilísticos que permiten realizar una conexión entre Ewald y este hombre. Este otro hombre del que poco aquí se sabe, quizá represente a nivel metafórico una imagen de nuestro personaje en el futuro. Aunque para una comprensión total el espectador interesado debería visionar Rimini (2022) filme anterior de Seidl, estrenado en el festival de Berlín, que compone un díptico con Sparta y entrega indicios. En cada fotograma de Sparta la sombra murmura, revelando al espectador la inquietante lucha interna de un hombre frente a sus deseos. En las noches, Ewald observa detalladamente las fotos que captura de niños durante la actividad deportiva, escudriñando los delicados contornos de sus figuras. Percibir y detallar la dualidad que emerge entre la benevolencia y el ultraje, observar en lugar de evadir y, en consecuencia, no relegar al margen es la propuesta del austriaco.

A lo largo de su filmografía, Ulrich Siedl construye un argumento en favor de la empatía de aquellos que yacen en los márgenes, condenados al ostracismo societal. La premisa esencial es que sean reconocidos como seres humanos tejidos con hilo intrincado, pues sus almas abarcan un vasto espectro de complejidades y disonancias, pero Sparta implica trabajar con el sujeto de los niños, que es uno en extremo delicado, y por estas razones la película fue retirada del Festival de Toronto, después de ser anunciada como parte de selección en 2022. Y además impone una capa de superioridad del presunto marginado sobre los seres que, aunque no físicamente, de todas formas ultraja. El comentario social sobre la superioridad del hombre austríaco sobre el hombre rústico campesino rumano no deja de permear el metraje de la cinta.

Y una vez, los habitantes del pueblo y en especial los padres de los niños comienzan a sospechar que hay algo fuera de lugar y extraño con el recién aparecido profesor de judo, Ewald se las arregla para escapar y cual predador nato sigue la fuerza de sus instintos. El último plano de la cinta nos deja ver al personaje llegando a un nuevo lugar, una nueva tierra fértil en la intrincada geografía rumana donde convertirá otra escuela abandonada en campo de batalla para sus propios demonios.

Una pregunta queda rondando: ¿Habrá llegado Ewald a su batalla de Leuctra?

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Ivonne Cotorruelo (Cuba). Programadora de cine. Actualmente ocupa puestos como programadora de largometrajes en varios festivales de cine, incluido el Festival Internacional de Cine de Cleveland (CIFF), el Festival de Cine de Trinidad y Tobago (TTFF), el Festival Internacional de Cine de Miami (MIFF) y Outfest LA.  Estudia una maestría en La Universidad de Connecticut (UCONN). Colabora como jurado en festivales de cine y fue alumna del Berlinale Talents.

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