Detalle de una imagen de Adrian Socorro
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1

Fue la muerte de su esposo, un hecho que hubiese podido ser trivial, pero la condujo a la más oscura soledad, la necesidad de continuar con un trabajo y el miedo que acompañan las ausencias. El cuerpo sobre la cama, sábanas blancas, la oscuridad de un cuarto y un adiós dilatado y perenne, una distancia entre cuerpo y espíritu para la cual ninguno se encontraba capacitado. Quedaban los cuentos escritos, poemas con ningún valor que no fuese el furtivo momento en los que los escribió para ella, sus pelos negros y duros, la última erección de una pinga usable en las noches de placer desenfrenado entre las velas, en el jardín bifurcado, en un laberinto que era el cuarto. Quedaban pequeñas cosas, el sabor de su semen, sus dedos que ponía en mi vagina y luego iba pasando la lengua por mis senos y mis labios se iban abriendo despacio, mi vulva que quería y deseaba ser penetrada, ser horriblemente empalada por sus manos grandes y torpes con las cuales tecleaba en la máquina, fuerte, con una sonoridad dinámica, notas, flores, papeles viejos y su pinga que iba entrando despacio y a la vez dura, no completa, la punta que la sacaba y la ponía siempre para pasar la lengua en mi vagina, humedecerme, entrar, salir, dentro, fuera, dedos, una escupida y ese ritual siempre continuo hasta sentirla completamente dentro, caliente, punzante como un cuchillo entra un dulce y sale lleno de humedad. Era siempre así; ahora frío, la muerte abrazándole y alejándonos definitivamente.

IMAGEN Adrian Socorro
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2

Amor, ya no quedan palabras, no queda tu voz que se irá apagando, esta muerte es repentina y cómo puedo dejarte ir, no, tu cuerpo debe permanecer. Un cuadro en la sala de Portocarrero, las mesas de mármol, los muebles en madera tallada, el arco entre la cocina y el último cuarto antes del patio. La cámara frigorífica, tengo que mover el cuerpo hacía allí, tengo que inventarme una excusa tan real, nadie puede pensar en tu muerte, no has muerto, sigues vivo, prendiendo un cigarro, llenando las manos de ese olor, escribiendo la última novela como reescribiste tantas veces a Sábato, eres un endemoniado tormento. Diré que fuiste a un evento de escritores malditos, tú perteneces a esa generación de locos que escribieron para enamorar mujeres, para salir de la mierda, de la irrealidad de la izquierda, la derecha, el centro y el bosque, aunque siempre adoraste los bosques, la humedad de la tierra, el olor que sube llenando los pulmones de una magia única y pura. Siempre te escuché decir que los arboles eran como los libros en la casa, venían siendo el único lugar donde todavía se podía estar a gusto. Lo decías, tan feliz parecías cuando soltabas esos flechazos de tristezas como días lluviosos que llenan de barro y fango las calles, derrumban postes, los miedos, las escenas románticas con cartelitos rosas de novelas turcas. Tu tenías esas cosas siempre apagadas o encendidas, vivías siempre en la semipenumbra de un relato gótico.

La mano se apoderó del pene con la velocidad con la que salta un tigre, la boca se abrió, la pinga negra de un hijo de cierta africanidad desbordada se erguía con los últimos latidos del corazón, la sangre dejaba de circular por todo el cuerpo concentrándose en la pinga, poniéndola firme, endureciéndose la vena, tenía cinco minutos exactos, no había más, era una lucha atroz contra la propia vida, lo efímero y lo que permanece, el deseo, tenía que salvar el deseo, mantener esa pinga firme era lo único que me importaba, mantenerla así, apropiarme de su falo, no dejarlo rígido en posiciones incomodas 123, MORDER, volver a sentir rítmicamente, EL FRÍO, apropiándose de todos los espacios en silencio. Al fin lo conseguía, la pinga se encontraba erecta y el cuerpo muerto.

Las puertas se abrieron, un sonido metálico se deslizaba entre ruedas, el cuerpo comenzaba a congelarse.

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3

Me ha parecido siempre innecesario al escribir la búsqueda incesante y obligatoria que elimine la utilización de palabras comunes. No me fue dado el conocimiento atroz del diccionario, hace unos años escuche a un amigo de mi esposo decir que necesitaba leerse el diccionario, fue la muerte de toda autenticidad que brota de la espontaneidad y asaltó en mi cabeza la lucha de un infame escritor escribiendo versos y el diccionario distándole las palabras. Así solamente se pudiese escribir un comunicado militar, un discurso presidencial divertido en arcaísmos del lenguaje de género, pero jamás un poema. El universo de un poema es como la muerte, algo que nos envuelve en un manto grisáceo y nos devuelve brillando en otra dimensión.

4

El cuerpo en la mesa de aluminio, totalmente frío, mirarlo era solamente el sentido necesario antes de sentir ese sabor particular de su pene. Abrí las piernas, puse mis dedos finos entre los labios, pasé despacio los dedos, delicadamente, como si Brad Maldheau estuviese deleitándose en las teclas del piano un goce que solamente puede sentirse como si las nalgas estuviesen en las teclas y los dedos tocándose su vulva y entrando despacio sobre el cuerpo negro.

Los ladrillos que suman una línea infinita temporal se arremolinaron en la pared, las maneras e insinuaciones del pasado tomaron las flores del jardín, las uñas agarraron la carne muerta, los brazos despavoridos, sentí contracciones en mi vagina, sentí el movimiento ondulante de un rectángulo de agua, sentí sus piernas moverse, sus manos agarrar mis nalgas, sus ojos pestañear, pensé que enloquecía porque nunca nadie ha vuelto de la muerte, me aterroricé, vi un chorro seminal entre mis piernas. El cuerpo sobre la mesa de aluminio se encontraba erguido, sosteniendo una aguja con la cual ponía orgánicamente todos los órganos de un depósito para ponerlos mientras entraban ocho litros de sangre llenando el conducto.

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