Un documental sobre León Ferrari para celebrar su centenario

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El artista argentino León Ferrari en una foto de archivo usada en el documental ‘Civilización’, Rubén Guzmán, dir., 2012

El pasado 3 de septiembre se celebró el centenario del artista argentino León Ferrari (Buenos Aires, 1920-2013), uno de los más reflexivos, contestatarios y críticos que pueda recordar Argentina y Latinoamérica. A propósito del aniversario, entre otras iniciativas, el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) del país austral liberó en su página web, de forma gratuita, el documental experimental Civilización (2012), del realizador Rubén Guzmán.

Luego de la suspensión en el MNBA de la muestra retrospectiva León Ferrari. Recurrencias, con curadoría de Andrés Duprat y Cecilia Rabossi, por causa de la forzada reclusión que impuso la Covid-19, el museo decidió posponer su inauguración para principios de 2022 y, en su lugar, desarrollar una serie de acciones virtuales en homenaje al artista.

Además de compartir el documental Civilización, el MNBA presenta una serie de testimonios audiovisuales en los que diversas figuras de la cultura argentina y del exterior –artistas, músicos, curadores, críticos, académicos, historiadores del arte y familiares– reflexionan sobre el pensamiento y la trayectoria artística de León Ferrari. Participan Noé Jitrik, Silvio Rodríguez, Ticio Escobar, Tamara Stuby, Nora Hochbaum, Fabián Lebenglik, Luis Felipe Noé, Diana Dowek, Néstor García Canclini, Regina Silveira, Luis Camnitzer, Eduardo Grüner, entre muchos otros.

El documental Civilización, con guion de Andrés Duprat y del propio Guzmán, producida además por Mariano Cohn y Gastón Duprat, reconstruye, a modo de patchwork, la trayectoria de “uno de los artistas contemporáneos más importantes del mundo”, como se cataloga en el propio sitio web del MNBA.

La película, ganadora del primer premio al mejor documental en el Festival de Cine Latinoamericano de Toulouse, nos presenta durante casi una hora de duración, ora desde la contemplación, ora desde la enunciación, a un artista irreverente que construyó una de las críticas más audaces a los procesos de dominación, violencia y exterminio, unido a una incisiva reflexión en torno al papel que ha desempeñado la institución iglesia, la católica en particular, a lo largo de los siglos: “mi primer infierno”, dice en el documental el propio Ferrari, mientras recuerda su infancia en colegios de curas.

Después de una larga diacronía que pasó de una obra tradicionalista, en sus inicios, a otra eminentemente conceptual, en 1965, Ferrari realizó un conjunto de cuatro instalaciones en las que se imbricaba violencia, militarismo y religión, para participar en el Premio del Instituto Torcuato Di Tella, el lugar privilegiado de la vanguardia artística en Buenos Aires. De hecho, Ferrari perteneció a lo que después se dio en llamar “Generación del Di Tella”, que agrupó a los creadores más irreverentes de los sesenta en Argentina, hasta que el gobierno de facto de Juan Carlos Onganía clausuró el Instituto en 1970.

Una de las cuatro piezas, quizá la más perturbadora, llevaba como título La civilización occidental y cristiana: un Cristo crucificado sobre la maqueta de un avión de guerra norteamericano. Un cazabombardero norteamericano. US AIR FORCE. El avión –FH 107– que estaba siendo utilizado en los ataques estadounidenses en Vietnam. Un avión y un cristo comprado en una tienda de santería. Un Cristo crucificado sobre la civilización que lanzaba el Agente Naranja sobre Dien Bien Phu. Un Cristo crucificado sobre lo que hay de humus en lo humano. Un Cristo crucificado sobre sí mismo, suspendido verticalmente.

Jorge Romeo Brest, en aquel momento director del Di Tella, el mismo que le había pedido a León que participara en el Premio, solicitó que retirara la pieza por presunta “blasfemia”, por “demasiado política”, por “corrosiva” y por afectar “la sensibilidad religiosa”. Ferrari, finalmente, en un acto aparentemente marcado por la mansedumbre, decide no retirar todas las piezas y exponer las tres que no habían sido censuradas.

Días después, apareció en el diario La Prensa un artículo firmado por un tal Ernesto Ramallo que deslegitimaba las obras de León. Como contrapartida, jaque mate pastor, Ferrari publica en la revista Propósitos su celebérrimo manifiesto “La respuesta del artista”:

“Quitar la crítica al arte es cortar su brazo derecho (…), eso sería reducir al artista a ser un fabricante de adornos para generales (…). Lo único que le pido al arte es que me ayude a decir lo que pienso con la mayor claridad posible, a inventar los signos plásticos y críticos que me permitan con la mayor eficiencia condenar la barbarie de Occidente; es posible que alguien me demuestre que esto no es arte; no tendría ningún problema, no cambiaría de camino, me limitaría a cambiarle de nombre: tacharía arte y lo llamaría política, crítica corrosiva, cualquier cosa.”

Rubén Guzmán tomó como resorte principal para su documental estos sucesos en torno a La civilización occidental y cristiana –incluso desde el propio título– para, acompañado por material de archivo y la participación auspiciosa de Ferrari, construir una gramática intimista que consigue presentar el cosmos desbordante del artista argentino, ganador del León de Oro en la Bienal de Venecia en 2007.

Guzmán, quien además es docente y curador de artes audiovisuales y nuevas tecnologías, logra articular, con la ayuda de la actriz Cristina Banegas, un dispositivo experimental que retrata el imaginario simbólico de Ferrari y lo muestra sin cortapisas excesivas. Banegas, desde la voz en off, enuncia la trayectoria del artista de La civilización…, desde una perspectiva histórica, al principio, y luego desde una mucho más metafórica y elocuente. Si se dijera también que la película llega a ser didáctica, esa posibilidad no es errónea.

“Me interesa el arte de León después de su giro hacia lo político, algo que comenzó con la guerra de Vietnam, pero también me atrae su arte más formal y menos ideológico”, comentó Guzmán quien, con el objetivo de ser “fondo y no figura”, utiliza una narración cronológica apoyada por momentos disruptivos, muchos de ellos en bucles, que enfatizan la impronta irreverente de Ferrari y sus prácticas del disenso a través de esculturas, pinturas, heliografías, dibujos caligráficos y collages.

Ferrari era enemigo de todo tipo de totalitarismos, y de todo tipo de religiones, quizá los dos núcleos principales de su obra. En diciembre de 1997, en una carta enviada a San Juan Pablo II, solicitó la abolición del Infierno, en calidad de miembro del Club de los Impíos, Herejes, Apóstatas, Blasfemos, Ateos, Paganos, Agnósticos e Infieles (Cihabapai):

“Se acerca el fin del milenio. Se acerca, posiblemente, el Apocalipsis y el Juicio Final. Si es cierto que son pocos los que se salvan, como advierte el Evangelio, se acerca para la mayor parte de la humanidad el comienzo de un infierno inacabable. […] La existencia del Paraíso no justifica la del infierno: la bondad de los pocos salvados no les permitirá ser felices sabiendo eternamente que novias o hermanas o madres o amigos y también desconocidos y enemigos (prójimo que Jesús nos ordena amar y perdonar) sufren en tierra de Satanás. Le solicitamos entonces volver al Pentateuco y tramitar la anulación del Juicio Final y de la inmortalidad.”

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