Annabelle Rodríguez
Una visita de la redacción de ʻEncuentro de la Cultura Cubanaʼ al expresidente español Felipe González. De izquierda a derecha Manuel Díaz Martínez, Annabelle Rodríguez, Jesús Díaz, Felipe González, Beatriz Bernal, Eduardo Manet, Iván de la Nuez y Luis Manuel García

Junto a Jesús Díaz, Annabelle Rodríguez fue la responsable no solo de fundar Encuentro de la Cultura Cubana, sino también de mantener la existencia de la revista tras la muerte de su director en 2002. Gestora principal de la Asociación Encuentro de la Cultura Cubana, creada en Madrid en 1995 para dar soporte estructural a la publicación, a partir del 2000 tuvo una mayor responsabilidad con la aparición de Encuentro en la red – Diario independiente de cultura cubana, pasando así no solo a administrar esos proyectos, sino también a participar en conferencias, seminarios y lanzamientos de números de la revista. A través de la siguiente entrevista, tenemos la oportunidad de conocer más sobre cómo se llevó a cabo este trabajo, decisivo tanto en los aspectos de gestión administrativa, subvención financiera, articulación política y promoción editorial, como en lo que respecta, como veremos, a las propias cuestiones de la redacción.

No es difícil constatar que gran parte del éxito de la revista Encuentro de la Cultura Cubana –así como de Encuentro en la red– ocurrió gracias a las hábiles articulaciones de política cultural y de subsidios llevadas a cabo por la Asociación Encuentro de la Cultura Cubana, entre su fundación en 1995 y su cierre en 2009. Cuéntenos un poco sobre la estructura de la Asociación en cuanto al equipo y los roles que cada integrante desempeñaba para su funcionamiento. En su caso personal, ¿cómo fue gestionar dos proyectos tan exigentes al mismo tiempo?

Me preguntas por la dificultad de gestionar dos proyectos tan exigentes al mismo tiempo. En realidad, para mí era un solo proyecto con dos vertientes bajo el paraguas de Encuentro, y había otros afluentes de ese río que también me tocaba gestionar, como fueron todas las conferencias, seminarios y presentaciones de la revista a lo largo de 15 años.

No era la primera vez que asumía el diseño y gestión de un proyecto de cierta envergadura. En Cuba, en 1960, Ma. Teresa Freyre de Andrade, directora de la Biblioteca Nacional y mujer de un prestigio indudable en ese campo, me pidió que me hiciera cargo de coordinar la creación de una Red Nacional de Bibliotecas, un trabajo muy agradecido, que me hizo crecer en todos los sentidos.

En España, desde el Ministerio de Asuntos Exteriores, su entonces secretario de Estado para la Cooperación y para Iberoamérica, Chencho Arias, me encargó en 1993 el diseño y puesta en marcha de los tres Programas Educativos de las Cumbres Iberoamericanas, que eran de magnitud intercontinental. Se crearon las Becas Mutis, la TV Educativa Iberoamericana y los Programas de Alfabetización de Adultos, en los que participé personalmente en El Salvador y República Dominicana.

Por supuesto que en todo lo anterior, al igual que más tarde en Encuentro, el trabajo era obra de un grupo de personas muy comprometidas sin las cuales nada se habría conseguido. La mayor parte del tiempo la dedicaba, primero con Jesús y Pío, y después con un equipo ya experimentado, a la parte más creativa: imaginar el número, los dosieres que eran de mayor actualidad, escoger cuento y poesía, escribir a los colaboradores con las conclusiones a las que llegábamos, decidir la plástica del número.

El proceso de armar un número era una fiesta, pues además recibíamos constantemente ideas y textos del grupo más cercano. Lichi Diego, Rafael Rojas e Iván de la Nuez eran puntales importantes de la revista. En Madrid, primero, y desde París después, estaba Elizabeth Burgos, que dominaba el panorama sociopolítico latinoamericano y fue decisiva para organizar varias presentaciones y seminarios en esa capital. Manolo Díaz Martínez, poeta y fantástico recreador de la memoria de su tiempo, era también un puente con los poetas cubanos de todas las generaciones, y una voz importante para tomar decisiones. Carmelo Mesa-Lago, el padre de la economía cubana, nos mantenía al día, con textos y asistencia frecuente a nuestras conferencias y mesas redondas. Carlos Espinosa, crítico literario, de cine y de cualquier tema cultural, era una enciclopedia viviente, capaz de abordar con éxito cualquier dosier que se le proponía. Pío Serrano, que había sido uno de los fundadores, se marchó demasiado pronto, pero fue fundamental para poner en marcha la revista.

Gastón Baquero, Víctor Batista, Marifeli Pérez-Stable, Haroldo Dilla, Cecilia Bobes, Josefina de Diego, Joaquín Ordoqui, Mauricio de Miranda y otros participaron activamente en esos días inaugurales.

Mientras Jesús vivió, no quiso nunca contratar un jefe de redacción, pues decía que yo cubría esa necesidad. Al faltarnos él, yo me vi desbordada y tuve la suerte de poder contar con un excelente editor, Luis Manuel García, con el que trabajé hasta el cierre de la revista. Cada número se hacía, como decía Jesús, “en el Atlántico”, pues entre emails y llamadas de teléfono, eran un poco obra de todos.

Por supuesto que también había una parte administrativa, presentar el proyecto a posibles patrocinadores y obtener subvenciones para darle continuidad, preparar y supervisar presupuestos que se atuvieran a los términos de los contratos, dar cuenta de las actividades, pero siempre contamos con un asesor fiscal y una contable que llevaban el detalle de los pagos a Hacienda y las rendiciones de cuentas. Yo me ocupaba de redactar los textos, en español e inglés, que debían detallar las actividades en las que se utilizaban los fondos y su utilidad para generar un intercambio de puntos de vista entre los profesionales cubanos, independientemente de donde vivieran.

En el diseño de Encuentro, que ya Jesús traía a medio cocinar en su cabeza, participamos muchas personas, para cada una su historia tiene una fecha y unas circunstancias distintas. Para mí fue Madrid, Casa de América, noviembre de 1994, una cena en la que ejercía de anfitriona, para dar la bienvenida a treinta autores cubanos, 15 residentes en la Isla y otros 15 que venían de distintos países, a presentar sus ideas y debatir libremente durante la semana que duraba el Seminario La Isla Entera, un homenaje a la revista Orígenes que habíamos organizado, con las aportaciones de Pío Serrano y Felipe Lázaro, Pilar Saro y yo, ambas asesoras ejecutivas del Secretario de Estado, y que se celebraba en la Universidad Complutense por las mañanas (sesiones académicas) y por las tardes en la Casa de América (sesiones informales y, esperábamos, un poco más polémicas).

De izquierda a derecha Anabelle Rodriguez Jesus Diaz Rafael Rojas y Victor Batista en Madrid en 1997 | Rialta
De izquierda a derecha: Anabelle Rodríguez, Jesús Díaz, Rafael Rojas y Víctor Batista, en Madrid en 1997

Aquella noche, el inolvidable Guillermo Rodríguez Rivera se me acercó sigilosamente para consultar si se podía sumar a la cena de bienvenida un escritor muy importante, recién llegado de Berlín, que resultó ser Jesús Díaz. A partir de ahí, Jesús se incorporó al grupo y organicé una cena en mi casa con Pío Serrano y Elizabeth Burgos para que pudiera contarnos su idea, que era publicar una revista que pudiera dar cabida a creadores de dentro y fuera de Cuba, de ideas y sensibilidades diferentes, con la sola exigencia de rigor y calidad. Pío se sumó al proyecto, y Elizabeth y yo, ella desde su puesto como agregada cultural de la Embajada de Francia en Madrid y yo desde el Ministerio, nos entusiasmamos con la idea de formar parte de esa aventura. Se estableció una codirección entre Pío y Jesús y fueron días de reuniones en Verbum, después en la oficinita que alquilamos, en plan brainstorming, contrastando ideas, redactando el primer Editorial, escogiendo el diseño más adecuado y, sobre todo, improvisando aquellos primeros números.

El diseño que presentó Carlos Caso era perfecto, pues conservaba la forma de libro, que permitía coleccionarla sobre un estante, pero desde el principio insistió en intercalar la plástica, lo cual le daba aire y la alegraba. Caso llevó a cabo una maquetación preciosista de Encuentro desde el primer al último número, apoyándose mucho en Iván de la Nuez, que dominaba el universo plástico y proponía ideas novedosas.

Sé que circula una leyenda urbana según la que yo solo me ocupé de buscar los medios y Jesús de los contenidos de la revista, pero la realidad es bien otra.

Jesús, Pío y yo realizamos juntos todas las gestiones iniciales para poner en marcha la Asociación y la oficina (por cierto, con muebles de uso que Pío y yo compramos en el Rastro), y de la misma manera nos entrevistamos con mi jefe, Chencho Arias, para pedirle el apoyo de la Cooperación Española, con Emilio Lamo de Espinosa, para que apadrinara en el Instituto Ortega y Gasset la presentación del primer número (por cierto gracias al apoyo de Elizabeth Burgos, que presentó una carta de la Embajada de Francia solicitando la sala), y con las Embajadas, principales partidos políticos y personalidades culturales para darles a conocer el proyecto. Jesús y yo nos entrevistamos con el representante del Centro Internacional Olof Palme, y con Pío fuimos a ver a Alfonso Guerra, que presidía la Fundación Pablo Iglesias. Con Iván de la Nuez, visitamos a Pasqual Maragall, presidente de la Generalitat de Cataluña. Y, por supuesto, acudimos también a la Moncloa, a pedir el apoyo del Gabinete de Relaciones Internacionales.

Más adelante, después de que Pío decidió que no continuaba en la revista, Jesús viajó conmigo a Nueva York y Washington a entrevistarnos con las Fundaciones Ford, Rockefeller, la NED, la MacArthur y el Open Society Institute, de George Soros. En todas esas visitas, explicábamos a cuatro manos el sentido que tenía publicar una revista así, sin tabúes políticos ni literarios, abriendo el abanico a las ciencias sociales, la literatura, la economía, las artes plásticas, la ecología, la arquitectura, la música, en fin, a todas las disciplinas. Considerábamos imprescindible contar con la visión de los participantes que residían en Cuba, mucho más inmersos en la realidad del país, y por ello invitamos a escritores de todos los colores políticos a exponer sus ideas y sus textos. Partíamos de que ningún cubano era nuestro enemigo, solo que había interlocutores con los que discrepábamos y lo expresábamos libremente. Queríamos dibujar una Cuba sin exclusiones de ningún tipo, y proyectar en la revista un ensayo de democracia, un sitio donde los cubanos se habituaran a discutir sin considerarse enemigos.

La última gestión importante que Jesús y yo hicimos juntos fue en Bruselas, con la Comisión Europea, para solicitar una subvención que nos permitiría mudarnos, colocar la revista en Internet y poner en marcha el diario digital.

A Jesús no le interesaba Internet en aquella fecha, cuando se apareció en Madrid su hijo espiritual, Manuel Desdín, protagonista de su novela Las cuatro fugas de Manuel (pero esa es otra historia), un físico experto en informática, con la idea fija de colocar la revista en Internet y sacar un diario de noticias y cultura cubana. Recuerdo aquella noche en la terraza de mi casa, Jesús negado a ampliar el proyecto, porque “¿de dónde vamos a sacar el dinero, no solo para iniciarlo, sino para mantenerlo vivo?”. Manuel, que no aceptaba una derrota, le dijo entonces: “Viejo, ¿tú me dejas hacer el proyecto con Annabelle? Yo me voy a Colombia, pero me entiendo con ella por email y no te vamos a molestar para nada; ¿si conseguimos el dinero, me apoyas? Porque ese diario tiene que estar dentro de Encuentro, ser parte del mismo”. Y así fue como nos pasamos año y pico, con Manuel mandándome por email listas de equipos y de gastos técnicos, el funcionamiento de la web que planeaba, y yo completando el presupuesto con lo que faltaba y elaborando la propuesta en inglés que había que literalmente venderle a la Comisión Europea y a la Fundación Ford, que finalmente cofinanciaron la puesta en marcha con un presupuesto para dos años, que estiramos a tres. Y que, como en todas las ocasiones anteriores, Jesús fue a defender conmigo a Bruselas, donde pudimos explicarle el proyecto hasta a Javier Solana, gracias al buen hacer de los diplomáticos de la Misión Española, que estaban convencidos de la necesidad de la revista.

Yo seguí trabajando en el Ministerio de Exteriores hasta 1996, pues con el cambio de Gobierno cambian los asesores, pero me dio tiempo a organizar La Isla Entera II, dedicada a la narrativa, con la participación de un destacado grupo de escritores y con un formato igual al de la 1ª edición.

Jesús se había mudado al lado de mi casa, pues le preocupaba dejar sola a su hija Claudia (13 años) en sus frecuentes viajes a dar clases de guion de cine en cualquier punto de Europa, por el Programa MEDIA de la UE. De modo que Jesús atravesaba el portal y nos reuníamos por las tardes en mi casa a leer originales que nos llegaban, editar textos, hacer llamadas a colaboradores o corregir pruebas, lo que tocara. Habitualmente yo me ocupaba de proponer el “Textual”, editaba las “Cartas a Encuentro”, seleccionaba fragmentos de textos, y corregía las traducciones, o las hacía yo misma. Recuerdo un texto de Carlos Solchaga, escrito a mano por él con una letra minúscula, que me tocó descifrar. En otras ocasiones aparecía Caso con su propuesta de plástica para el número y entre los tres escogíamos, de entre un grupo de posibilidades, las que finalmente saldrían a color, la portada y la contraportada. Para mí fue una época muy divertida.

A lo largo de los años de publicación de la revista (1996-2009) podemos observar, a través de la sección “Cartas a Encuentro”, que hubo muchos lectores dentro de Cuba. Me gustaría que nos contara algo sobre las estrategias para la distribución de ejemplares en la Isla. ¿Cómo se creó la logística para esta distribución gratuita?

La revista se enviaba a Cuba a través de las embajadas, no recuerdo que ninguna nos rechazara. Allí se las entregaban a las personas que se habían brindado para repartirlas, algunas ya no están en Cuba, otras ni siquiera en este mundo, ha pasado mucho tiempo desde entonces. La verdad es que, una vez que las revistas llegaban a Cuba, a nosotros mismos nos sorprendía su recorrido, por las cartas inesperadas que nos llegaban, de gente de a pie que no conocíamos, y de lugares insólitos.

Durante 13 años y 54 números, usted fue responsable de la publicación impresa de una de las revistas culturales cubanas contemporáneas más leídas y comentadas. ¿Cómo pudo resistirse a no publicar un solo texto de su propia autoría en las páginas de Encuentro?

¿Qué por qué no publiqué? Nunca me dediqué a escribir, sino a leer, he sido una lectora voraz desde niña. Siempre he leído por placer, sin disciplina. Papá tenía una biblioteca interminable y lo mismo encontraba a Camus que me leía de un tirón el teatro de O’Neill. Creo que tengo buen gusto para distinguir lo auténtico, más allá de las modas.

A veces me tienta escribir sobre las cosas que he vivido, la petite histoire, hay tantas anécdotas sabrosas…, pero sería políticamente muy incorrecta.

De izquierda a derecha Heberto Padilla, Annabelle Rodríguez, Guillermo Rodríguez Rivera y Jesús Díaz
De izquierda a derecha Heberto Padilla, Guillermo Rodríguez Rivera, Annabelle Rodríguez y Jesús Díaz

En la entrevista Encuentro creó un terremoto en Cuba”, publicada a propósito de la celebración de los diez años de la revista en junio de 2006, usted dijo que la ilusión de Jesús Díaz con la creación de Encuentro en la red era que el diario en algún momento jugara un papel en la transición política en Cuba, como el que en España tuvieron Cuadernos para el Diálogo o el diario El País, así como también Gazeta Wyborcza, en Polonia, es decir, el papel de constituirse como “una ventana abierta al mundo” que permitiera “a los cubanos de dentro recibir una información fiable sobre las posibilidades que abre un proceso de transición, en los propios términos de su lenguaje y de sus códigos sociales”. Si bien aún no se ha producido la transición a la democracia en la Isla, ¿cómo usted ve el estado actual de la cultura y la política cubanas y cuáles fueron los aportes de la revista impresa y el diario digital a esta situación?

Sí, una vez creado el diario, al que se incorporó Pablo Díaz, que venía de graduarse de la Escuela de Cine de Berlín, y de nuevo con el diseño de Carlos Caso y el software creado por Manuel Desdín, director del proyecto, Jesús acariciaba la idea de que fuera el germen de un periódico futuro, publicado algún día en La Habana, y no repito tus citas, pues son exactas. Era una época en la que todo parecía posible, y él pensaba que habría un entendimiento en algún punto del futuro próximo.

Apenas sé nada de la política cubana actual, pues me prometí desconectarme del tema cuando me jubilé, a los 70 años. Necesitaba descansar de una participación demasiado intensa, demasiado dolorosa en lo personal. Mantengo solamente relaciones familiares, como siempre hice, y casi todos mis mejores amigos ya no existen.

Sobre el aporte de la revista impresa a la vida cultural cubana, suscribo lo que han escrito los otros participantes. No lo podría decir mejor. Encuentro no solo rompió esquemas y tabúes dentro de la Isla, sino en Miami y otras capitales del exilio.

Una vez finalizado el Proyecto Encuentro (Asociación, revista y diario), ¿qué se hizo con el archivo sustancial (originales, imágenes, cartas, documentos) acumulado durante el período de su ejecución? En el caso del portal Cubaencuentro ¿cómo fue el proceso de continuidad de sus actividades luego de la finalización de la Asociación? ¿Quiénes son los responsables por él hoy?

Me alegro de que me preguntes por el archivo de Encuentro, porque esa es otra leyenda urbana. Cuando se inició el proyecto, todas las personas que participaban dominaban los ordenadores, cada uno tenía el suyo y se metían conmigo porque siempre había trabajado con una secretaria al lado, pero ese había sido mi mundo laboral.

De modo que nadie archivaba nada en papel, todo estaba en los ordenadores de cada uno. Únicamente yo, que no tenía cultura digital y sí muy mala visión, fui organizando poco a poco un archivo en papel de mi trabajo, las cartas o emails que escribía o recibía, las presentaciones que redactaba para solicitar ayudas, etc. Nunca tuve en ningún archivo mío nada de lo que escribía Jesús en su ordenador, ni Luis Manuel García, cuando fue jefe de redacción, ni lo que tenía Pablo Díaz, ni ninguno de los periodistas que trabajaba con él. Cada uno de ellos se llevó al cierre su ordenador, con todo su contenido.

Lo que sí conservo es mi correspondencia con los colaboradores y los files de mis intervenciones en eventos, nacionales o internacionales, que fueron aumentando proporcionalmente al prestigio de la revista. En los últimos años me tocó participar en conferencias y seminarios en Berlín (2003 y 2007), Biarritz, La Cita, Homenaje a Jesús Díaz (2002), Praga, jornadas con Václav Havel (2005), Varsovia, invitada por Lech Walesa (2006 y 2008), Estocolmo (2006), París (2005), Bruselas, invitada por FRIDE como Moderadora de la mesa USA-EU (2005), Durban, Sudáfrica, como oradora principal en la Plenaria de 600 personas del WMD (2004), Miami, a presentaciones de la revista (2002, 2004, 2009), New York, invitada por la Ford Foundation (2002), Kiev, Ucrania, con el WMD (2008), Estambul con el WMD (2006).

Por cierto, que mi papelería siempre ha estado abierta a investigadores que han publicado textos y tesis sobre Cuba, Encuentro y/o Jesús Díaz, como Lucila Navarrete (UNAM, México), Romy Sánchez (La Sorbonne, París), Yvon Grenier (St. Francis Xavier University, Nova Scotia, Canada), Carlos Uxó (Monash University, Melbourne), Amina Damerdji (La Sorbonne, Paris).

Annabelle Rodríguez
Annabelle Rodríguez

Entre los propios excolaboradores de la revista, poco se sabe y mucho se especula sobre las divisiones internas que contribuyeron, junto con la falta de subsidios, a terminar con la publicación de la revista Encuentro. ¿Le gustaría aprovechar este espacio para realizar algún comentario sobre este tema?

En 2008, como sabes, hubo una quiebra internacional que se llevó por delante bancos, industrias, comercios y hasta países, como Grecia. Desde que empezó 2009 empezaron a fallar subvenciones. La Cooperación Española cortó a mitad de año un 33% de la cifra que ya estaba aprobada, y que lógicamente ya se había ido gastando. La Fundación Soros, que ya tenía aprobada una ayuda, nos notificó en agosto, unos días antes de la fecha prevista para recibirla, que habían cancelado ese año todos sus contratos. En España estaban cerrando revistas culturales emblemáticas. Con la cancelación de esos subsidios, los fondos disponibles en septiembre apenas alcanzaban para despedir y pagar finiquitos y me vi obligada a avisar a todo el equipo que a partir de octubre cesarían todas las actividades. Fue un momento muy duro, muy tenso y entiendo que se dispararan los nervios de todos. Yo ya había avisado que me jubilaba ese fin de año y eso hice. Había trabajado y cotizado en la Seguridad Social desde que llegué a Madrid en el 71 hasta cumplir los 70, treinta y nueve años, y era hora de descansar.

En ese momento hubo un movimiento de dispersión, lógicamente cada uno buscó su acomodo. Manuel Desdín, que había sido el creador del proyecto de Internet, estaba dispuesto a mantener la revista al acceso de los lectores, así como todas las ediciones del diario digital, que constituyen una valiosa hemeroteca de la Cuba de esos años. Otros proyectos preferían hacer borrón y cuenta nueva y no mantener en Internet nada de lo anterior. Cada proyecto ocupó su espacio.

De Cubaencuentro puedo decirte que se mantiene desde entonces sin ninguna subvención, sólo por la vocación de Desdín de ser fiel a lo que hubiera deseado Jesús, y el interés de Alejandro Armengol, Carlos Espinosa y otros que escriben y publican sin cobrar nada. No es ahora un espacio noticioso, ni está suscrito a ninguna agencia, más bien es un espacio abierto a distintas opiniones, y es completamente vocacional.

Respecto a lo que me dices que se especula sobre lo que contribuyó, junto con la falta de subsidios, al cierre de Encuentro, tengo que decirte que Encuentro se cerró así, súbitamente, por la falta de subsidios.

Más allá de que hubiera conflictos de opinión, como en toda obra humana, habíamos permanecido juntos, discutiendo, riendo, peleando o celebrando, desde 1995 hasta 2009, catorce años, y créeme que dirigir un proyecto cultural es más difícil que pastorear gatos. Todos teníamos egos, y me incluyo.

Es cierto que había discrepancias en cuanto a si debíamos tratar de salvar al menos uno de los dos proyectos. Yo me sentía más comprometida con la revista, me parecía más importante que el diario digital. Otros pensaban lo contrario. Supongo que todos cometimos errores, que hubo malentendidos, que no nos dimos tiempo para aclararlos porque todo ocurrió demasiado rápido.

Visto con perspectiva, se estaba operando un cambio de ciclo que alteró todas las reglas del juego. Y ahora pienso que la revista surgió cuando tenía sentido su aparición, y cerró cuando cambiaron las circunstancias que la habían alimentado, no solo en el aspecto económico, sino hasta en el interés social hacia Cuba y su futuro.

Habíamos vivido más de una década de actividades culturales frecuentes sobre Cuba, de convocatorias por parte de FRIDE, Casa de América, el Instituto Elcano, el Instituto Ortega y Gasset, Seminarios de la Universidad de Verano en El Escorial, por no hablar de nuestros viajes a eventos internacionales, todos para analizar distintos aspectos de la situación cubana.

De pronto, todo eso se evaporó, la crisis de 2008 lo borró, por decirlo de alguna manera. La sociedad, a nivel global, estaba enfocada en cosas más urgentes.

Pero creo que, si no hubiera existido esa crisis y por ende esa inesperada falta de subvenciones, ese momento crítico que forzó un cierre en menos de un mes de plazo, los dos proyectos habrían continuado sin mí y sin la necesidad de traumas, las discrepancias y malestares se habrían resuelto. De modo que sí, pienso que fue la falta de un presupuesto estable lo que violentó una situación que se hubiera resuelto de otra manera.

No obstante, me siento feliz por haber sido capaz de mantener vivo un proyecto que, además de su importancia cultural y política para Cuba, le brindó trabajo estable y reconocimiento social a un grupo de personas muy valiosas durante 14 años, incluso 8 años después de la muerte de Jesús Díaz, cuando todos pensaron que Encuentro se acababa.

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Vítor Kawakami. Escritor, editor e investigador brasileño. Actualmente finaliza su doctorado dedicado a la revista Encuentro de la Cultura Cubana en la Universidad de São Paulo. Sus estudios sobre revistas culturales y literarias hispanoamericanas han sido publicados en diversas publicaciones académicas internacionales. Ha publicado los libros Descontos (2015, cuentos), Bem-me-queres malmequeres (2008, poemas) y Sem roteiro tristes périplos (2004, cuaderno de viaje). Es colaborador del Suplemento Literário de Minas Gerais y de la Revista Usina, y fundador de la Sempre-viva Editorial.

1 comentario

  1. BRILLANTE.
    La entrevista da una idea sustancial del esfuerzo que significó levantar el proyecto y mantenerlo vivo por tanto tiempo, y sobre todo, del alcance de ENCUENTRO, un hito dentro de la cultura cubana, que como pocos, tendió puentes y desdibujó fronteras.

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