José Prats Sariol
José Prats Sariol

Al hablar de la revista Encuentro de la Cultura Cubana, José Prats Sariol logra relatar con discernimiento y prudencia (no exento de ironía) algunos rasgos del ambiente insular en el que la revista fue recibida a lo largo de los años. Colaborador cercano desde el primer número en junio de 1996, además de haber presenciado la gestación de Encuentro a partir del evento La Isla Entera que tuvo lugar en Madrid en 1994, Prats Sariol describe desde las reacciones de los dirigentes del oficialismo cultural hasta las curiosidades provocadas por la prohibición de la circulación de ejemplares por la Isla. Su franqueza al presentarse a sí mismo como un “disidente oficial” hasta su salida al exilio en 2003 expone las limitaciones de las actividades intelectuales dentro del régimen, destacando así el papel de Encuentro para la emancipación cultural de muchos cubanos durante su período de publicación.

Desde el primer número de Encuentro de la Cultura Cubana usted estaba ya presente como colaborador con la reseña del libro de memorias de Manuel Díaz Martínez, participación que se extenderá con el transcurrir de los años de existencia de la revista, ora con otras reseñas, ora con ensayos, teniendo solo unos pocos intervalos de ausencia en sus páginas. ¿Podría comentar cómo conoció el proyecto inicial de la publicación de Encuentro y cómo fue la invitación para su participación?

Encuentro fue agua fresca. Estaba de tránsito en Madrid en el verano de 1996, hospedado en el piso de Pío E. Serrano en la calle Eguilaz, cuando se acabó de “cocinar” el proyecto, gracias a las gestiones financieras de Annabelle Rodríguez García, con el PSOE y creo que con fundaciones europeas vinculadas a la socialdemocracia; y de Pío E. Serrano con el Partido Popular. Ellas posibilitaron el nacimiento de la Asociación Encuentro de la Cultura Cubana, cuyas primeras gestiones se incubaron en el evento La Isla Entera, a finales de 1994.

La pluralidad de puntos de vista y la defensa de los derechos humanos priman en la revista que dirigiera Jesús Díaz. Al negar el binarismo –revolucionarios versus contrarrevolucionarios– y la fragmentación, la revista impidió el desencuentro, valga el prefijo. Basta un golpe de vista a su primer número, donde aparece un homenaje a Tomás Gutiérrez Alea (Titón), nuestro más importante director de cine, recién muerto en abril de ese año (1996), cuyo entierro despidió el oficialista Alfredo Guevara en el Cementerio de Colón, al doblar del ICAIC en El Vedado.

Jesús Díaz demostró ser un perspicaz disidente, crítico del sistema y de sus dirigentes, según evidencia, por ejemplo, su polémica con Armando Hart. El valor de Encuentro, por lo menos mientras duró su curva de apogeo, hasta la repentina muerte de Jesús, estuvo en darnos un sitio para publicar. También en obligar al régimen a abrirse un poco, suavizar la censura, quizás bajo la premisa de que nuestra influencia no era decisiva, no iba a precipitar cambio alguno.

Encuentro contó hasta su tercer número con Pío E. Serrano (Director Adjunto) y Felipe Lázaro (Secretario), dueños respectivamente de las editoriales Verbum y Betania. Sus experiencias laborales y relaciones favorecieron la nómina de colaboradores y la divulgación; además de la calidad tipográfica y de diseño. Ese fue el grupo inicial, hasta las desavenencias que provocan la salida de ambos.

Alejada del llamado exilio duro, lo que favorecía nuestras colaboraciones desde Cuba, la Asociación Encuentro es hija del espíritu que fragua el evento madrileño La Isla Entera, iniciado el lunes 21 de noviembre de 1994 con la participación de los que no hemos dejado que políticas y políticos –de cualquier etiqueta– hipotequen nuestros juicios estéticos y artísticos.

Los enemigos de aquella fraternal reunión estuvieron dentro de los sectores más conservadores –soy benévolo en el calificativo– de los dos extremos: Abel Prieto (entonces presidente de la UNEAC) mandó a mi casa –y a las de otros invitados– a sus amanuenses F. López Sacha y Marilyn Bobes para que renunciáramos a ir. Del otro lado, Gastón Baquero polemizó con los intelectuales que desde Miami –desde El Nuevo Herald– consideraron que participar era hacerle el juego a la dictadura.

El régimen autorizó al fin –la mañana del sábado 19 de noviembre– que pudiéramos viajar –esa misma tarde– gracias a su sector menos troglodita. Respondía el Gobierno cubano al reclamo del ministro español de Exteriores, Javier Solana, que se interesó personalmente en que los escritores cubanos de la isla acudiéramos al evento. Desde luego, esto también respondía a la feroz necesidad de recursos. El Gobierno cubano deseaba ofrecer una imagen aperturista, acorde con los derrumbes del socialismo real en Europa, que posibilitara inversiones. Y, como siempre, estaba necesitado de que las remesas de los cubanos aumentaran, de ahí que organizara en La Habana la conferencia La nación y la emigración. No le convenía contradecirse de un modo tan burdo.

Volamos a Madrid en Iberia y la semana sobre poesía cubana, emblemáticamente titulada La Isla Entera, resonó en Casa de América, en las conferencias que dictamos en la universidad Complutense, en etílicos cafés cercanos a la Residencia de Estudiantes; como una inolvidable noche con Heberto Padilla y el canario J. J. Armas Marcelo, empeñados en que un travesti visitara a César López en su recámara, famosa porque en ella había vivido Salvador Dalí.

Terminamos sin estar de acuerdo en algunos asuntos, por lo que nunca nos aburrimos. Hubo consenso en que el virus político entorpecía, lastraba, hipotecaba… Actuamos como cualquier élite literaria –sea en Brasil, Japón o Cuba– en lo que respecta a no tomarnos demasiado en serio, hablar mal de los ausentes y burlarnos de los gobernantes de turno. En España era Felipe González, que había bailado con la vedette Juana Bacallao en el Cabaret Tropicana, ante los aplausos de Fidel Castro.

La revista se opuso a cualquier sectarismo –políticos, sexuales, raciales, generacionales y hasta provinciales–, ajeno a la búsqueda de una nación armónica, por lo menos sin tensiones irreconciliables. Cierto epicureísmo, más fuerte que las inclinaciones ideológicas, me ayudó a identificarme con sus propósitos.

En su primer número, Gastón Baquero deslinda la inclinación filosófica: “La cultura nacional es un lugar de encuentro”. En esa breve nota-pórtico está la clave. Por supuesto que aún hoy, en 2020, comparto el ideario que allí enuncia el poeta que, junto a Virgilio Piñera, Fina García Marruz, Eliseo Diego y Cintio Vitier, forma el centro irradiante de la Galaxia Lezama, una de sus seis estrellas. Aunque tal encuentro sea una esperanza, como argumento en el ensayo “Lo cubano como ensoñación”.

¿Sus colaboraciones ocurrieron siempre a partir de invitaciones de los directores de la revista o en alguna ocasión usted los buscó para publicar un texto suyo?

Estábamos entre amigos de la misma generación, aunque yo participaba desde mi casa en Santos Suárez, al sur de La Habana. Lo que añadía un detalle por lo menos arriesgado. Me pedían o enviaba. Nunca me rechazaron ningún texto. Ni me preguntaron por qué no quería escribir sobre determinado autor o libro. El primero lo escribí y se lo di a Jesús en Madrid. Regresé a Cuba con los ejemplares del número inaugural, los primeros que entraron al país. Y con el dinero para pagar las primeras colaboraciones, trabajo que compartí con una amiga, cuyo nombre debe revelar ella, porque reside en Cuba y las represiones no han cesado.

Una información de difícil acceso para los investigadores que como yo no han tenido la oportunidad de visitar Cuba se refiere a la circulación de las entregas de Encuentro por la Isla. Eliseo Alberto, en la muy buena reseña “Desde las penas de la joven Lila” (nº 34/35) dedicada a comentar su novela publicada en México (2004), afirma que “Lo prohibido siempre encanta”, y que “La buena literatura del exilio corre en la Isla de mano en mano, por canales secretos, y esa circulación le otorga una energía inesperada”. Además de esta distribución de ejemplares de “mano en mano”, que probablemente ingresaron a través de personas que viajaron al extranjero o de visitantes extranjeros, ¿hubo otras personas, algunas instituciones u organizaciones que facilitaron esta circulación?

Por supuesto, aunque hubo decomisos en el aeropuerto José Martí de La Habana, como a un profesor de Poitiers. Pero en general, se lograba que entraran. Se debe agradecer a las embajadas de España (principalmente), Holanda, Venezuela y alguna otra, a algunos consejeros culturales (en especial a los españoles Ión de la Riva y Carlos Barbáchano) y a algunos corresponsales extranjeros. Siempre hay “algunos” que rompen los muros, como ocurrió en la Unión Soviética y ocurre en la China actual.

Encuentro –en Guanabacoa o Manzanillo o donde fuera– nunca se llevaba a la vista, como Tres tristes tigres de Cabrera Infante, sino envuelta en un periódico Granma o dentro de una jabita como la que usó Virgilio Piñera, propia de viandas, vegetales y pomitos ambarinos para café.

Para el Departamento de Orientación Revolucionaria (DOR) del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, Encuentro era “propaganda enemiga”. Las instituciones culturales reprimían en consecuencia, nos estampaban el membrete de opositores, cuando no de vendidos o mercenarios. Claro, los dirigentes de las instituciones, solapadamente, no se perdían un número. Había, hay, una complicidad bajo cuerda entre intelectuales no fanáticos, no extremistas; aderezados por el sol del Caribe, capaz de derretir, según Lezama Lima, los tres tomos de El capital de Marx si se exponen a las dos de la tarde en la Plaza de la Revolución.

Entre los lectores de la revista residentes en la Isla cercanos a usted, ¿sería posible reconocer esta “energía inesperada” sugerida por Eliseo Alberto?

En el dosier de Gastón Baquero que se conserva en la Cuban Heritage Collection de la Universidad de Miami, hay una carta de Roberto Fernández Retamar donde le manifiesta su renovada admiración y le pide colaboraciones para la revista Casa. De Retamar para abajo y para los costados de los intelectuales-burócratas, siempre podemos hallar goticas de esa “energía inesperada”. Y me parece bien que así sea. No solo actuó de ese modo por oportunismo, creo que él y ciertos “oficialistas” de ahora mismo, disfrutan temblorosamente las herejías.

Pero Lichi Diego más bien se reconoce en nosotros. Porque ese tipo de “energía” es más propia de intelectuales “sin mandato”, lectores de Canetti, Camus, Cioran…, asqueados de las estructuras piramidales de poder, tan represivas en regímenes como el castrocomunismo, por mucho que la geopolítica caribeña –la isla que se repite– matice, lime los bordes.

¿Tiene algún relato interesante sobre su acceso a los ejemplares de la revista que pueda ilustrar esta dificultad para leerla antes de que usted saliera de la Isla?

Sé de un conocido bibliomaníaco –más que bibliófilo– al que mi difunto amigo José Catalán le prestó dos números, y alegó que se los habían robado en una guagua rumbo a su apartamento de Buena Vista, porque estaba ligeramente aguardientado. La víctima, conocedor del sujeto, sólo le exigió que en una semana se los devolviera o con el mismo aguardiente le quemaba la biblioteca con él adentro. Con los ejemplares de Encuentro no se jugaba.

Todavía refiriéndome a la reseña de Eliseo Alberto, en ella le menciona a usted, junto a Enrique Saínz y Jorge Luis Arcos, como intelectuales que actuaron de forma marginal a “las tribunas más apetitosas de la nomenclatura” oficial. Sabemos que ustedes fueron importantes colaboradores de Encuentro de la Cultura Cubana desde el interior de la Isla, al lado de otros nombres como Raúl Rivero, Lina de Feria, Antonio José Ponte, Rafael Alcides, César López, Josefina de Diego, Rolando Sánchez Mejías, Efraín Rodríguez Santana, Reina María Rodríguez, Emilio Ichikawa, Pedro Juan Gutiérrez, Abilio Estévez, entre otros, y con diferentes grados de afiliación al proyecto iniciado en el exilio por Jesús Díaz. En diferentes momentos de los textos de su autoría en las páginas de la revista, podemos encontrar menciones críticas a la falta de “unidad en la diversidad” o de “ecumenicidad” en la cultura cubana (“Epístola moral a sí mismo”, nº 14); también elogios a la postura de Gastón Baquero por su “filiación pluralista, libre de sectarismos anquilosantes” (“De cuando Gastón Baquero se sentaba a caminar con César Vallejo”, nº 47); o incluso una referencia a la censura por parte de las autoridades oficiales por no permitir la publicación del libro Los dientes del dragón (1999) de Alberto Garrandés, en el Instituto Cubano del Libro, por causa de la programada lectura de su texto “Garrandés y el dragón” (publicado más tarde en el nº 16/17 de Encuentro). Antonio José Ponte, solo para citar un ejemplo, en el libro La fiesta vigilada (2007) relata las tensiones sufridas como escritor junto a la UNEAC por ser colaborador de Encuentro. ¿Usted también sufrió algún tipo de advertencia o amenaza por sus ensayos y reseñas publicados en la revista?

Por supuesto que tuvieron la “generosidad” de advertirme, aconsejarme por “cariño”, para que no me fuera a equivocar por ingenuo o desconocedor. Lo hacían con inteligencia, sutilezas… Recuerdo cómo Lisandro Otero, en 1997, cenando en un restaurante de la Zona Rosa en Ciudad de México, se dedicó a burlarse del ego de Jesús Díaz. Y cómo Graziella Pogolotti –autoproclamada dinosauria, pero también muy influyente comisaria política– contrapuso la revista Unión a Encuentro, echándole la culpa al “imperialismo yanqui” de la división, de la escasez de fondos, de la necesidad de censurar, reprimir, porque Cuba era una islita ante el tiburón…

Entre los exiliados tampoco Encuentro estuvo exenta de críticos. En el enrarecido ambiente en que respira la intelectualidad cubana, suelen surgir fanáticos, gente gustosa de negar el arcoíris, casi siempre ignorantes o resentidos. Las dictaduras alimentan curiosas formas de paranoia.

¿De qué modo la revista efectuaba los pagos a los residentes de la Isla por estas colaboraciones?

Por mi casa pasaron muchos escritores a cobrar la colaboración y firmar la lista del recibo. Encuentro, como Cuadernos Hispanoamericanos o Vuelta, pagaba modestamente los textos que publicaba. Aunque ese acto normal suscitara que los asalariados de la dictadura nos llamaran “mercenarios”.

En este aspecto del pago, que yo sepa, nunca se comprometió a diplomáticos, aunque sí a visitantes extranjeros. Toca a ellos decirlo. Prefiero la discreción, mientras Cuba siga bajo la represiva élite militar y sus cuerpos de inteligencia y contrainteligencia.

¿Cómo le fue a usted posible, y en qué medida tolerable por parte del oficialismo, conciliar las colaboraciones en Encuentro con sus funciones como profesor en la Universidad de La Habana, y, para no salirnos de los colaboradores cercanos a usted, también casos como los de Enrique Saínz o de Jorge Luis Arcos, respectivamente editor y director de la revista Unión?

Nunca pude ser profesor de la Universidad de La Habana. Ejercí la docencia en la Escuela Nacional de Arte y otros centros educativos del Ministerio de Cultura. Es en México y aquí en los Estados Unidos donde he podido ser profesor universitario.

Tengo el orgullo de no haber militado ni en la Unión de Jóvenes Comunistas ni en el Partido Comunista; de nunca haber sido confiable para el régimen, mucho menos para lo que aún llaman “formación de las nuevas generaciones”, aunque ellos mismos sepan que Internet ha logrado romper las urnas de bagazo de caña. Me tenían como una suerte de “disidente oficial”, producto de exportación. Se me permitía jugar con la cadena, pero no con el mono, según la tan repetida frase. Además, permanecía en el país, era una “muestra” de la “libertad de expresión” y de la “libertad de movimiento”. La hipocresía del acuerdo tácito nos embarraba.

Heberto Padilla afirmaba que mientras uno estuviera dentro del país era cómplice, en alguna medida, del régimen. Cada uno tiene su “medida”, muchos hasta con su almohada… En mi última década dentro de Cuba, hasta octubre de 2003, me obligaron a renunciar al trabajo docente porque cada vez manifestaba más las animadversiones al castrocomunismo, mientras sobrevivía gracias a mis conferencias y publicaciones en el extranjero.

Al leer sus textos en las páginas de la revista, es posible identificar algunas reflexiones puntuales sobre el ensayo como género literario que ayudan a pensar sus fronteras más convencionales. Por ejemplo, en el anteriormente mencionado “Garrandés y el dragón” (nº 16/17) usted señala como valor para el ensayo el hecho de que el “aparato conceptual” no cubra el texto; en el ensayo “Ortega y Gasset en la Revista Cubana de Filosofía” (nº 19) usted se refiere a los textos analizados indiscriminadamente como ensayos o conferencias, de esa forma llamando la atención sobre cierta flexibilidad entre sus destinos como textos para ser leídos o escuchados; en el ensayo “En el barrio de Reina María”, escrito en homenaje a Reina María Rodríguez para el dosier publicado en la entrega nº 30/31, usted menciona su aprecio personal por cierto “boceto de opinión”, reclamando a su propio texto el “sentido que le otorgaba Montaigne” y no “el depredado por la crítica literaria de currículos”. Curiosamente, estas ideas podrían contrastar con un estilo de producción de artículos más académico, la mayor parte del tiempo encerrado en formalismos o hermenéuticas poco o casi nada maleables. Como exprofesor y exinvestigador académico y pensando en la producción de sus ensayos a lo largo de su vida, ¿cómo trató de lidiar con la distinción entre artículo académico y ensayo literario?

Nunca los he distinguido. Las separaciones sólo son en última instancia estilísticas, porque considero que el ensayo –y la crítica como forma de ensayo– es ante todo un género literario. El primer atractivo tiene que ser su escritura, no su extensión o formato. Pero me molesta que se tome el término “académico” como sinónimo de aburrido o grisáceo. Falso. Nada que ver. El desprecio es a lo anodino, que puede cometerlo un periodista de un semanario cultural; a la trivialidad, que puede perpetrar el más romántico de los autodidactas; no a las universidades, aunque dentro de ellas y en sus revistas aparezcan textos espantosos, plagios encubiertos, tonterías semióticas y mucho esnobismo donde se extrapola de las ciencias la idea de progreso, de que un estudio sobre Góngora de este año “supera” (sic) los estudios de Dámaso Alonso, por el simple hecho de que son nuevos. La novolatría –como tantas imbecilidades– es infinita. Hablando en general y pensando en lo que quiere decir con su lectura de la entrega en 1956 de la Revista Cubana de Filosofía dedicada a Ortega y Gasset, cuando enfatiza la “lógica de la diversidad de niveles” de calidad entre los ensayos allí publicados, quisiera que comentara algo sobre la producción ensayística cubana publicada por Encuentro en términos de legitimación discursiva: ¿usted cree que la revista supo cuidar de una ecuanimidad valorativa frente al pluralismo democrático pretendido o estuvo más preocupada con una jerarquización que privilegiara el discurso de origen académico?

Fui discípulo de El Curso Délfico que impartía Lezama en su casa de la calle Trocadero desde mis 17 años, hasta su muerte en 1976. Me acerqué a Husserl y el instrumental de la fenomenología. Estudié la Escuela germano-hispana y me afilié a la Escuela de Ginebra, que jerarquiza al autor. Proceso que aderecé con mis lecturas de Harold Bloom, de sus ensayos sobre Shakespeare y la poesía de habla inglesa; los rechazos al multiculturalismo y otros gérmenes populistas infiltrados en la estética, la teoría literaria y la crítica.

Montaigne no tuvo que padecer la plaga de demagogos, pudo darle una probadita –eso significa ensayo– a cualquier tema, sin que la extensión y el formato determinaran la calidad. Apenas cambia el ropaje, como las notas al pie, al final o de vacaciones.

Ha pasado más de una década desde que terminó la publicación impresa de la revista Encuentro de la Cultura Cubana, lo que nos permite ubicarla con mayor precisión en la historia hemerográfica cubana. ¿Con qué afiliación de publicaciones de revistas culturales la identificaría?

La polémica en la revista Bohemia (octubre. 1949), entre Jorge Mañach –defendiendo la revista de Avance– y José Lezama Lima –defendiendo la revista Orígenes–, muestra que ninguna publicación se salva de la pertinaz nube de mediocres. De textos –sobre todo poemas, entrevistas y reseñas– francamente deplorables. Encuentro no fue una excepción, aunque parece que apenas se mostró propensa a que los textos de académicos triviales u oscuros, y de “amistades peligrosas”, la empantanaran. La misma diversidad de los temas que trató, impide compararla con las más ceñidas a lo artístico-literario.

La valoración resalta, en general, su tendencia aperturista. Aunque es algo imposible de lograr a plenitud en una nación polarizada por una dictadura de corte comunista.

Encuentro es inexcusable en la cultura cubana contemporánea, a diferencia de la mayoría de las publicaciones coetáneas, tanto del insilio como del exilio. Demostró su relevancia intelectual gracias a fraguarse en un sitio casi libre de presiones exógenas (Madrid) y a una inclinación político-filosófica abierta al diálogo crítico.

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Vítor Kawakami. Escritor, editor e investigador brasileño. Actualmente finaliza su doctorado dedicado a la revista Encuentro de la Cultura Cubana en la Universidad de São Paulo. Sus estudios sobre revistas culturales y literarias hispanoamericanas han sido publicados en diversas publicaciones académicas internacionales. Ha publicado los libros Descontos (2015, cuentos), Bem-me-queres malmequeres (2008, poemas) y Sem roteiro tristes périplos (2004, cuaderno de viaje). Es colaborador del Suplemento Literário de Minas Gerais y de la Revista Usina, y fundador de la Sempre-viva Editorial.

2 comentarios

  1. Gratitudes a Rialta y a Vitor por la publicación de la entrevista. Supongo que en 2022 o a más tardar en el 23, aparezca un libro con la tesis y cada una de las entrevistas, como otro ejemplo de ecumenicidad.

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