Ariel Vargassal
Fragmento de ‘Around the World’, Ariel Vargassal, acrílico sobre lienzo

Detrás de nosotros hubo una conmoción. Siempre habrá una conmoción, una revolución, un estado de opinión. Todo aquello que hacemos genera un tipo de reacción afectiva en los otros, gestiona el rechazo o simplemente seduce. En materia de reacciones, de sentencias, de seducciones, la pintura –a ratos– tiene mucho que decir.

Cuando me preguntan acerca de esta, de sus facultades narrativas y locutivas, siempre respondo un poco lo mismo. Y es que no deja de sorprenderme su facilidad para abordar las materias más diversas e inverosímiles, su disposición para encarar paisajes temáticos que van desde lo más frívolo y banal hasta las más enconadas discusiones críticas sobre el mundo contemporáneo. La pintura es, antes y después de todo, un estado permanente de curiosidad. En ella acontece una suerte de soberanía de lo arbitrario y un sentido caprichoso de la interrogación.

La obra del joven artista mexicano Ariel Vargassal, por muy dependiente que sea de su correlato histórico y de sus circunstancias inmediatas, habita más allá de esto. Su sensibilidad y espesura se rebelan frente al contrato de dependencia, subvierte y pervierte ese orden reglamentario de una razón que cree entenderlo todo. Su narrativa se descubre tremendamente sugestiva y singular: cifra un espacio de relaciones simbólicas entre el sujeto y el animal, entre la superficie pictórica y las láminas del yo.

‘The telling of the bees’, Ariel Vargassal, acrílico sobre lienzo
‘The telling of the bees’, Ariel Vargassal, acrílico sobre lienzo

La pintura de Ariel Vargassal manifiesta esa arbitrariedad que mencionaba antes. Algo en ella produce, al mismo tiempo, fascinación y rechazo. Goza de esa doble condición de poder ser seria y frívola, serena e inquietante, expectante y distante. Este artista tiene la habilidad de gestionar ciertas combinaciones de tropos y de figuras que permiten luego a la crítica, como es el caso, dotar de estatutos semióticos a la superficie pictórica en un juego de digresión y de exégesis que podría resultar más o menos convincente.

Tal vez por ello me seduce tanto poder escribir sobre la pintura desde los mecanismos de la retórica en estricta complicidad con la pulsión hormonal que entraña cualquier acto de interpretación y de lectura. No puedo entender la imagen sin sus dependencias correlacionales con el lenguaje y con la emoción. Creo que, entre los lenguajes del arte, la pintura es el que más puede jactarse de pasar de ser un espécimen en vía de desaparición a objeto de una estridente epifanía. Tantas defunciones le han diagnosticado que la única manera de poder soportar el hedor de ese cadáver ha sido celebrándole otros múltiples nacimientos. De ahí que sin patria y sin amo, la vemos aparecer saludable y divina en todas las geografías del arte. Escribo esto consciente de que toda idolatría conduce, inexorablemente, a la decadencia. A los excesos de celebración, en cualquier aspecto del arte y de la vida, acompaña siempre su propia esclerosis.

Ariel Vargassal
‘To whom who wears the crown’, Ariel Vargassal, acrílico sobre lienzo

En esa misma línea de apariciones de la pintura como escenario de conflictividad y de seducción, figuró la muestra Fábula, en el Building Bridges Art Exchange de Los Angeles, curada por la argentina por Marisa Caichiolo, quien entre sus tantos perfiles profesionales es también artista. Esta fue una exposición ciertamente hermosa que apostó por lo que se presupone constituyen los signos de vigor de su obra pictórica. En ese concierto de piezas no solo se hablaba del tema que fijó la curadora a modo de relato de comprensión de la puesta en escena, sino que asistimos a un extraño juego de repliegues de identidad, contrastes narcisistas e hibridaciones digresivas. Fábula dibujó un mapa de intenciones mientras que la obra burló el límite de esa intencionalidad cartográfica.

Moraleja o afabulación es la consecuencia o el resultado de toda fábula, una especie de lección o de sentencia ética que, se estima, nos ayuda a ser mejores, a responder mejor y de manera políticamente correcta a las demandas del deber ser. Me pregunté entonces y ahora si la muestra de Ariel ¿ofreció, propuso o facilitó la consumación expedita de esa moraleja? Sigo albergando dudas al respecto. No porque advierta torpeza en la gestión curatorial, sino porque entiendo que la obra se ubica en un lugar más atractivo desde el punto de vista retórico y propiamente visual. De rápido llego a advertir dos cualidades en ella: por un lado, su movilidad dentro del paradigma estético del arte en su estricta dimensión retiniana; por otro, la eficaz introducción de la situación anacrónica como circunstancia prefiguradora del relato y paliativo de la apariencia.

Ariel Vargassal
‘Today’, Ariel Vargassal, acrílico sobre lienzo

Hablamos de piezas esencialmente bellas en las que la automirada (el autorretrato) deviene signo discursivo con pretensiones interpelantes más o menos escamoteadas. En casi todas las obras aparece el artista representado, muchas veces sin cabeza, en escenas o situaciones dialógicas en las que los interlocutores son animales. Se dice que es un discurso que versa sobre los efectos devastadores del cambio climático y la narración distópica que resulta de ello. Y no podría parecerme más reduccionista y estrecha esa lectura, toda vez que señalo en estas obras una profundidad mayor en la dispensación de los sentidos y en su capacidad para convertirse en láminas de las paradojas de este mundo nuestro. Se trata de mininarraciones claramente atractivas y que bien podrían figurar en cualquier campaña publicitaria. De hecho, como valor y no como lo contrario, podría decir incluso que es una obra escandalosamente frívola, deliciosamente light y hábilmente oportuna. La propuesta de Vargassal, con largueza, admite y permite ser leída desde muchas amenazas ensayísticas y creo que la mayoría de ellas quedarían lejos de ese asunto climático venido como corsé.

Lo cierto es que hay matices relatores de esa circunstancia, pero considero que es un error de la crítica de arte y de los frentes de interpretación cultural establecer sospechosas relaciones de dependencia entre la obra de arte y los reclamos de urgencia. Con demasiada obscenidad y ligereza se reproducen textos y exposiciones en todo el mundo que intentan comprometer el discurso artístico con aquellos enunciados o debates de moda. Esto incurre en la peligrosa distorsión carnavalesca y en la perspectiva anodina que muchas veces señalamos en los itinerarios y programaciones de importantes museos y galerías. La dubitación intelectual y la anorexia conceptual suelen ser los signos más visibles de esos escenarios de dependencia en los que el grosor de la obra se reduce a su equiparación con una zona de conflicto. Los discursos de género, cuando se instrumentan de manera ficticia y tiránica, resultan un claro ejemplo de ello. Hace apenas unos días leí dos textos cuyos enunciados prometían una “lectura estética desde la perspectiva de género” para una propuesta que gira en torno a la cuestión del segregacionismo racial y los prejuicios desfavorables de la otredad. Aquello no era ni una cosa ni la otra. Textos en modo alguno reflexivos y en extremo subsidiarios de una coyuntura: frases hechas y lugares comunes.

Ariel Vargassal
‘What ever it takes’, Ariel Vargassal, acrílico sobre lienzo

Tal vez por ello pienso que resulta peligroso apostar por esquemas cerrados de interpretación (el mío podría serlo, sin duda), cuando nos puede el entusiasmo frente a la obra –aún joven– de un artista. La idea de desembocar en la nulidad de la evidencia y en la impostación de conceptos que no viven en la obra o que la trascienden, me aterra como crítico. He sido irresponsable en mi vida todo lo que he querido o he podido, pero he intentado ser siempre responsable con el texto, con la letra en blanco y negro que quedará cuando ya no exista, cuando ya no tenga que oscilar entre lo que soy y lo que dicen que soy. Con la obra de arte pasa lo mismo. De su responsabilidad y de su pertinencia hablará la historia. Nosotros, apenas, apuntamos un par de ideas peregrinas.

Sospecho que algunas de estas preocupaciones las comparte el artista a quien desde la distancia intuyo cuidadoso en el tratamiento de su poética, la que padece, sorprendentemente, de una importante orfandad crítica. Con ello me refiero a la crítica especializada, no a la reseña periodística que se alimenta de la improvisación y del reciclaje. Las obras de Ariel Vargassal se presentan reservadas, incluso hasta discretas. Puede que ello influya en todo esto. Sin embargo, esa discreción me fascina. Descubro en ella el susurro de ciertas sensibilidades y el asomo de ciertos secretos. Puede incluso que sean presa de la redundancia y de la paradoja, pero es precisamente esa ambivalencia lo que hace que me parezcan tan atractivas. Sus imágenes gozan de una virtud irrefutable, y es su voluntad para establecer relaciones y conexiones sinestésicas.

Ariel Vargassal
‘Bear with me’, Ariel Vargassal, acrílico sobre lienzo

No es de extrañar que Ariel, desde muy temprano, se entregase a la lectura de grandes voces de la literatura latinoamericana como Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Jorge Luis Borges. De este último, en particular, retoma la rentabilidad de la idea del espejo como superficie especular que multiplica el yo hasta el infinito y que densifica la realidad desde sus múltiples proyecciones. El espejo es un símbolo en sí mismo, de ahí sus constantes digresiones de sentido en las interpretaciones culturales. En su poema “Arte poética”, Borges escribe: “El arte debe ser como ese espejo que nos revela nuestra propia cara”. Creo que muchas de las obras de Ariel hablan más de él que de cualquier otro tema adjudicado al azar. Su mundo interior acendrado se descubre en la gramática latente de esas composiciones. Pareciera que el artista usa las funciones del espejo como recurso narrativo de la obra. Lacan le dedicó una gran atención al espejo como símbolo para denominar un estadio del desarrollo psíquico, algo similar hace Ariel para organizar el ritmo de la alegoría en su obra y editar una nueva conversación sobre el (auto)retrato. Todas estas asociaciones se derivan –quizás– de sus lecturas, pero también del estudio de la propia historia del arte y de la historia de la pintura.

‘Africa’, Ariel Vargassal, acrílico sobre lienzo
‘Africa’, Ariel Vargassal, acrílico sobre lienzo

Muchas de sus representaciones, creo que todas, proponen la existencia de un nuevo espacio ontológico que no establece distinciones entre lo humano y lo animal. Esa convivencia real y simbólica, esa necesidad de reconciliación entre civilización y barbarie, sin tener muy claro los comienzos y límites de una y otra, también soportan la especulación literaria de ascendencia psicoanalítica, cifrando la narrativa y haciendo valer la metáfora. No ignorar jamás ese toque camp que, por encima de la densidad y de la adjudicación de seriedad interesada, convierte el texto de Ariel Vargassal en un juego más estético que político, más atrevido en su frivolidad que aburrido desde lo antropológico, más subversivo en su belleza que transgresor en el concepto.

‘Little sweet thing’, Ariel Vargassal, acrílico sobre lienzo
‘Little sweet thing’, Ariel Vargassal, acrílico sobre lienzo

Frente al espejo lo vi pasar sigiloso cuando el hombre (y el artista) fue trascendido en su animal humanidad.

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Andrés Isaac Santana (Matanzas, Cuba, 1973). Crítico, ensayista y comisario de exposiciones. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de La Habana. Durante cuatro años colaboró con el suplemento cultural ABCD del diario ABC, en Madrid y, de forma esporádica, con la sección de cultura del diario La Vanguardia. Entre su obra ensayística, destacan los libros Imágenes del desvío: La voz homoerótica en el arte cubano contemporáneo (J. C. Sáez Editor, Santiago de Chile 2003) y Nosotros, los más infieles: Narraciones críticas sobre el Arte Cubano 1993-2005, (Centro de Documentación y Estudios Avanzados de Arte Contemporáneo, Murcia, 2008). En 2019 compiló la antología en dos tomos Lenguaje sucio. Narraciones críticas sobre el Arte Cubano, publicada por Hypermedia Editorial. Ejerce como corresponsal en España de las prestigiosas revistas de arte latinoamericano ArtNexus y Arte al límite.

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