Un salmón migrando en contra de la corriente (FOTO Canvas)

Hay escritores (o personas de cualquier otro oficio) que son capaces de recordar –a veces con meridiana exactitud– lo que pasaba en el mundo o en su país cuando escribieron o hicieron esto o lo otro. O viceversa, recuerdan lo que estaban escribiendo o haciendo con su vida en el preciso instante que en el mundo o en su país estaba pasando esto o lo otro. Me parece admirable, pero reconozco que no soy bueno en eso. Soy bastante desmemoriado y mucho más para enlazar una cosa con otra. Siempre he sido pésimo para las efemérides. La palabra misma me recuerda una enfermedad, un padecimiento. Ni siquiera puedo acordarme, o sólo de manera aproximada, de los cumpleaños de mi propia familia. (Voy más allá: ahora mismo acabo de servirme café y no sé dónde carajo he puesto la taza.) Creo que siempre he sido así, un poco despistado, como mi madre, que extraviaba el peine y luego lo encontraba asombrada dentro del refrigerador.

Por suerte, siempre hay gente que se acuerda de todo. Hasta de aquello que debiéramos olvidar para siempre. Pero eso de “tener conciencia histórica del momento que estamos viviendo” siempre me ha parecido un reclamo paralizante. Es creepy, como dicen ahora. Quizás por eso tuve tanta afinidad con el pintor y escritor Julio Girona, quien había participado nada menos que como soldado norteamericano en la Segunda Guerra Mundial, pero lo contaba como si hubiera sido otro. Como si hubiera sucedido en una película. Una película de Chaplin, además. Se acordaba de cosas insignificantes, casi siempre graciosas. De la expresión del rostro de un oficial del ejército mientras trataba de buscar con urgencia a Lieja en el mapa de Europa y Julio se lo señalaba con la punta de la escoba con que estaba barriendo la oficina. O de lo que le dijeron unos niños cuando lo vieron cargando su rifle: “¿A cuántos has matado?”. Y él no sabía qué responder. Cosas así. Arriesgó la vida peleando contra el fascismo, pero no se puso dramático.

Las cosas importantes deben buscarse en los libros de historia, y en los periódicos, siempre que hayan sido escritos de manera objetiva, y que hayan podido evitar luego los borrones y censuras de cualquier bando. Pero uno nunca vive en la Historia, sino que va viviendo en el día a día, como puede, haciendo las cosas que sabe hacer, que le gusta hacer, incluso si está en medio de una guerra. O sentado frente a un teclado imaginando que esa guerra acabó, cuando en verdad no parece que se va a acabar nunca.

Ya no recuerdo las circunstancias en que Tania Bruguera me pidió colaborar con un texto para su obra Memoria de la posguerra. En aquel momento no supe que había publicado un número anterior. Y mucho menos que luego no habría un tercer número, que iba a ser prohibido mediante un explícito acto de presión y censura oficial. Tampoco supe –o quizás lo olvidé– que Memoria… no era un periódico independiente, digamos, sino una obra de arte o parte de una obra de arte. Era una cosa nueva, al menos para mí. Saberlo quizás me hubiera impresionado y hubiera hecho que me esforzara un poco más. Tenía un título apocalíptico que me recordaba a Blade Runner o a Mad Max, así que me senté enseguida y lo escribí con mucho placer. Sabía que la guerra no había terminado. Pero ya desde entonces me gustaba vivir en el futuro.

marzo de 2021


Atunes, anguilas, golondrinas o mi hermana Margarita pare en diciembre en Fortaleza

1.

Vuelan y ya. O nadan. Atraviesan cientos de kilómetros sólo para poner sus huevos más al norte, o más al sur, o porque el plancton o los grillos, o lo que sea que coman, está escaso, o porque presienten que el hombre va a matarlos con sus escopetas, sus anzuelos, sus redes, sus mierdas químicas, sus ruidos. Y se van, a veces para siempre. No sé cómo se ponen de acuerdo y un buen día abandonan sus lugares de origen y amanecen en otras aguas, sobre otros árboles. Sin recoger maletas, ni despedirse, ni mirar atrás. Sin necesitar ningún trámite. Sólo irse. Irse. Nadie los aconseja o los recrimina o los ofende por esta decisión. No los regula ninguna ley. Son animales, es decir, gente libre. Se van a donde les parece que han de vivir mejor. Siempre lo han hecho así. Y adonde quiera que llegan siguen llamándose atunes, golondrinas, cigüeñas, mariposas, arenques. No odian, ni sufren, ni se entristecen, ni tienen rencores, ni nostalgias. Necesitan muy poco para sentirse bien. Y lo buscan. Donde quiera que esté.

2.

—Extranjero, di, ¿a quién amas más, hombre enigmático? ¿A tu
hermana o a tu hermano?
—No tengo padre, ni madre, ni hermana, ni hermano.
—¿A tus amigos entonces?
—Te sirves de una palabra cuyo significado hasta
ahora me ha sido incomprensible.
—¿A tu patria, tal vez?
—Ignoro en qué latitud está situada.
—¿A la belleza?
—Bien la amaría, ya que es diosa e inmortal.
—¿Al oro, sin duda?
—Lo aborrezco como tú aborreces a Dios.
—Pues ¿a quién amas entonces, raro extranjero?
—Amo a las nubes…, a las nubes que pasan… por allá…,
¡a las maravillosas nubes!

3.

La migración de las anguilas es una de las más notables de este tipo. Durante parte del año se encuentra en gran abundancia en los ríos de Europa y América, y en el otoño desaparecen los ejemplares adultos. Su destino fue desconocido hasta que el sabio danés Schmidt realizó famosos estudios que exigieron los más grandes esfuerzos registrados en los anales de la biología marina. Tales investigaciones revelaron el área de desove de las anguilas, que se efectúa en el Mar de los Sargazos, y el extraordinario recorrido de sus larvas. Unas se dirigen hacia las costas de América, que alcanzan en poco más de un año, y otras, correspondientes a las especies europeas, emigran hacia las costas del Viejo Continente, en un largo viaje de unos tres años.

4.

Me acaba de llamar mi hermana Margarita, que pare en diciembre en Fortaleza, en el nordeste de Brasil. Qué alegría. La familia crece.

5.

La gaviota ártica, por ejemplo, salva los 18 000 kilómetros que separan el lugar donde se reproduce del que utilizan para invernar.

6.

No vive ya nadie en la casa –me dices; todos se han ido. La sala, el dormitorio, el patio, yacen despoblados. Nadie ya queda, pues que todos han partido. Y yo te digo: Cuando alguien se va, alguien queda. El punto por donde pasó un hombre, ya no está solo. Únicamente está solo, de soledad humana, el lugar por donde ningún hombre ha pasado.

7.

Mi mujer nació en Huacachina, un oasis en medio de las pampas de Ica, en Perú, y vino a vivir a La Habana. Así que mi hijo Sebastián tiene un poco de sangre inca, shipiba, y un poco de sangre taina. El perro de mi hijo, un sato blanco con manchas negras que él mismo bautizó con el délfico nombre de Flipper, nació en los jardines de la embajada de Perú en Cuba, de madre habanera, y sata también, desde luego.

8.

La migración del salmón es inversa a la de la anguila: vive en las aguas oceánicas y en la primavera o a principios del verano, acude a la boca de los ríos y, en grandes cardúmenes, nada contra la corriente largas distancias, salvando difíciles obstáculos hasta alcanzar las áreas adecuadas para el desove. Los padres, exhaustos, mueren o, llevados por la corriente, regresan al océano.

9.

Todos han partido de la casa, en realidad, pero todos se han quedado en verdad. Y no es el recuerdo de ellos lo que queda, sino ellos mismos. Y no es tampoco que ellos queden en la casa, sino que continúan por la casa. Las funciones y los actos se van de la casa en tren o en avión o a caballo, a pie o arrastrándose. Lo que continúa en la casa es el órgano, el agente en gerundio y en círculo. Los pasos se han ido, los besos, los perdones, los crímenes. Lo que continúa en la casa es el pie, los labios, los ojos, el corazón. Las negaciones y las afirmaciones, el bien y el mal, se han dispersado. Lo que continúa en la casa es el sujeto del acto.

10.

Los más recientes experimentos parecen indicar que el impulso a emigrar está relacionado con el desarrollo de las gónadas. Dicho desarrollo es influenciado por ciertas hormonas que se producen de acuerdo con la cantidad de luz que recibe el animal.

11.

Glexis está en Monterrey con Ido y Carmina. Pepe en Miami con Leonor y Pepito. Carlos en el DF. Carlitos Cárdenas en New York. Gustavo en España. Pepe Franco en la Argentina. Así que he tenido que hacer nuevos amigos.

12.

Atún. Pez muy corpulento, excelente nadador, emigrante, alargado, de color azul, casi negro por el dorso, plateado por debajo. Se pesca mediante almadrabas o atunaras que consisten en un laberinto de redes de las que el atún no puede salir por la curiosa costumbre de este pez de avanzar siempre durante sus viajes migratorios.

13.

Mi tío Rafaelito me trajo de España una corbata azul, pintada a mano, con una escena de toreros. Yo tendría cinco o seis años y apenas lo recuerdo. Creo que sólo lo vi esa vez. Era cantante y pasó casi toda su vida en New Orleans. Cuando me dio la corbatica dicen que le dije: “¿Y esa mierdita fue lo que me trajiste?” Rafaelito murió en New Orleans hace unos años y la corbatica ya tampoco existe, desde luego, pero en casa nos seguimos acordando de este incidente.

14.

En donde puedo ser libre es mi patria

En donde puedo crearme
En donde puedo resucitar cada día sin horror
En donde puedo soñar
En donde siento que no soy exiliado
En donde soy compatriota de Virgilio, de Alonso Quijano, de Stravinski, de         Omar Khayam, de Cristo y de Lenin, de Goya, de Goethe, de Quetzalcóatl.
En donde no existe el pus hediondo de Caín.

La Habana, abril de 1994


* Construido sobre fragmentos de Charles Baudelaire, César Vallejo, Luis Cardoza y Aragón, y del libro Nueva zoología (Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1972), este texto fue publicado en Memoria de la posguerra, La Habana, n.o 2, año 1, junio de 1994, p. 3.

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